Mientras tanto, temeroso de las permanentes intrigas de los emigrados unitarios en connivencia con el gobierno de Santa Cruz, el 23 de abril de 1835 el gobernador Heredia escribió a Rosas diciendo que, por comunicaciones del cónsul argentino don Ambrosio Lezica, se había enterado de que en el gabinete de Bolivia se fraguaban planes contra la Confederación Argentina y que Tucumán era el blanco de sus tiros. Pedía auxilios, pues con los escasos recursos que tenía sólo podía neutralizar posibles trastornos en las provincias de Salta y Jujuy, pero no oponerse a las fuerzas de Santa Cruz si éste atacaba. Rosas respondió el 30 de mayo, desestimando las apreciaciones de Heredia y menospreciando el poder de Bolivia. Decía en su carta:
el gobierno de Bolivia és un poder tan debil, que una declaracion de guerra de esta Republica seria bastante para hacerlo bambolear. Que estando (Santa Cruz) bien persuadido de esto mismo, cuida incesantemente de fomentar la discordia en Salta, de avivar la idea de reincorporacion á Bolivia, no porque la crea posible y permanente; sino porque envuelta de ese modo la provincia en perturbaciones politicas, y despedazada por si misma con las guerras civiles á que debe ser conducida en fuerza de la resistencia que encontrará este proyecto en lo general de la poblacion, y en los demas pueblos, priva á esta de los importantes recursos que esa misma provincia le proporcionaria para recobrar la de Tarija, que aquel gobierno le tiene usurpada, y ponerse en una actitud respetable para el Estado de Bolivia, y de mucha importancia para la de Salta (1).
Heredia insistió. El 28 de agosto de 1835 hizo conocer a Rosas los
partes, noticias y comunicaciones que, por diferentes vías, había obtenido relativos a
los proyectos de Javier López sobre Tucumán, "para derrocar su pesente (sic)
administración y obtener la agregación de estas provincias á la Republica boliviana,
que es el recurso faborito que han adoptado los proscriptos y enemigos de la causa de los
pueblos..." Esas fuentes de información daban pie a Heredia para concluir que el
plan anexionista de los emigrados contaba como socios no sólo al gobierno boliviano sino
también al chileno. Al respecto, Heredia advertía a Rosas acerca de la simultaneidad de
las conspiraciones en Cuyo con los movimientos de Javier López y los de los hermanos
Balmaceda en Catamarca (2).
A diferencia de Heredia, que estaba entusiasmado con la idea de
defender la integridad del noroeste frente a Bolivia, Rosas estaba preocupado por acabar
con los residentes "unitarios" en la Confederación Argentina e imponer
gobiernos adictos a la "causa de la federación" en el Interior, filiación que
para el gobernador de Buenos Aires requería la subordinación a su persona. En este
contexto, Rosas aplaudió la expedición de Heredia contra los rebeldes de Catamarca, pero
como sabemos no dejó de reprochar la inclusión del gobierno "unitario" de
Salta en el tratado de febrero de 1835, que contradecía el Pacto Federal de 1831 y
parecía otorgar al tucumano un rol hegemónico en el noroeste que excedía en mucho el
papel de "vigilante" que Rosas deseaba para Heredia. Claro ejemplo de la
divergencia de percepciones fue el rechazo de Rosas al proyecto de Heredia de marchar
sobre Salta. El gobernador porteño sugirió al tucumano que no se moviera de Tucumán,
que la "purifique" de sospechosos a la causa federal -o mejor dicho, rosista-,
que no perdiese de vista a los "unitarios" revoltosos de Catamarca y San Juan, y
que asegure los puntos de comunicación y entrada que pudieran tener los enemigos (3).
La escasa atención del gobierno de Buenos Aires a las noticias sobre
los proyectos de los emigrados enviadas a Rosas por Heredia disuadió a éste de emprender
su campaña a Salta. Asimismo, las noticias de una nueva entrada de Javier López al
territorio de la Confederación en dirección a Tucumán contribuyeron a que Heredia
desistiera de su propósito. En efecto, saliendo de Bolivia, López cruzó la Puna de
Jujuy y los valles Calchaquíes juntando unitarios para invadir Tucumán. En enero de 1836
López penetró en aquella provincia burlando las medidas de seguridad dispuestas en Santa
María y Andalgalá. López llevaba consigo una parte del escuadrón de Cafayate con su
comandante Justo Pastor Sosa, prueba evidente para los federales tucumanos de los
contactos entre los unitarios salteños y el gobierno boliviano. Además, junto con López
venían sus sobrinos Angel y Prudencio López, los coroneles Segundo Roca, Celestino y
Juan Balmaceda, y Clemente Echegaray. El 23 de enero fueron derrotados en Montegrande
(Famaillá). Al día siguiente, Javier y Angel López fueron condenados a morir fusilados,
y el día 25, ejecutados. Por su parte, Segundo Roca y Prudencio López fueron liberados
bajo promesa de no intervenir en la política tucuamana. Juan Balmaceda y José Manuel
Sosa fueron enviados a disposición del gobierno de Buenos Aires.
Con la eliminación del peligro que representaba López, en 1836
Heredia logró normalizar las relaciones con sus vecinos del noroeste. Incluso tomó
decisiones que se alejaban bastante del dogmatismo rosista, como la firma del acuerdo con
Catamarca, que nuevamente violaba el Pacto Federal de 1831, o el trato benévolo hacia
algunos participantes del abortado plan de invasión de Javier López. Tal fue el caso del
coronel Segundo Roca, que se incorporó a la Legislatura de Tucumán como diputado en mayo
de 1837 y se desempeñó como segundo jefe del Estado Mayor durante la guerra contra Santa
Cruz. Más allá de las loas de la Legislatura tucumana al gobernador de Buenos Aires y
otras exteriorizaciones meramente formales, Heredia continuó adoptando actitudes
independientes de las de Buenos Aires, que apuntaban a afirmar su base de poder en el
noroeste.
Heredia, justificándose en la fallida expedición de Javier López,
procuró legitimar su derecho de intervención en las provincias norteñas. Para el
gobernador tucumano, las confesiones de los prisioneros tomados en Montegrande eran
pruebas irrefutables de que:
la meditada empresa de invasión sobre estas provincias y muy particularmente sobre la de Tucumán, emana del antiguo plan que se tiene formado en el gabinete de Bolivia, con la intervención del general don Rudecindo Alvarado.
Sostenía Heredia que con la mediación de Alvarado "se cree que
el gobierno de Salta se ha prestado gustoso á proporcionar los medios, que faciliten las
invasiones contra esta provincia, y es de creer también que no será la última"
(4).
Por su parte, coincidiendo con Heredia respecto de las incursiones de
López, El Diario de La Tarde de Buenos Aires se quejaría más adelante de que:
López residía en Tupiza por su condescendencia (la del general Santa Cruz), (...) buscó y consiguió prosélitos de diversos puntos de la República, y con ellos invadió el territorio argentino: luego en Bolivia se organizó la conjuración anárquica que por segunda vez vino a conmover a las provincias de Salta y Tucumán (5).
Según la opinión más ortodoxa prevaleciente en la historiografía
argentina, la frustrada esperanza del presidente Santa Cruz era que la presencia de Javier
López en Tucumán facilitaría la ocupación boliviana de esa provincia y las de Salta y
Jujuy. Más allá del debate respecto de cuáles eran las verdaderas aspiraciones de Santa
Cruz, lo cierto es que desde por lo menos mediados de 1836 y mientras las provincias del
norte de la Confederación Argentina dirimían sus conflictos políticos internos, el
ejército boliviano estaba listo en su frontera sur.
En cambio, en posición opuesta en este debate, Norma Pavoni se
pregunta acerca de los móviles reales de la expedición llevada a cabo por aquel grupo de
desterrados que lideraba Javier López. De acuerdo con el análisis de las declaraciones
indagatorias y confesiones de los protagonistas, López procuraba "un golpe de
mano" sobre el gobierno de Tucumán, y contó con la ayuda del comandante general de
los Valles de Salta, Waldo Plaza, quien le abrió el camino por esa provincia, en donde
también encontró ayuda del escuadrón de Cafayate. Para los emigrados de la Liga del
Interior, que estaban impedidos de retornar a sus respectivas "patrias chicas"
por los tratados del 2 de diciembre de 1831 y del 6 de febrero de 1835, el único medio de
revocar los inconvenientes que sufrían era derrocando a su principal responsable,
Alejandro Heredia. La política del tucumano tanto en Salta como en Catamarca había
sumado muchos descontentos, y de allí que el objetivo de los emigrados fuera también el
de algunos residentes, que eran opositores a la autoridad de Heredia (6).
Respecto del involucramiento boliviano en el proyecto de invasión a
Tucumán, la autora citada sostiene que más allá de las contradictorias declaraciones de
los implicados:
El presidente boliviano viene desarrollando, desde hace tiempo, una hábil diplomacia en el Perú a fin de posibilitar su anhelada confederación con aquel Estado, al que considera el centro natural de la nueva organización política que planea. Desde mediados de 1835, su acción ha pasado a la vía de los hechos con la intervención armada (...). Difícilmente puede admitirse que, en esos momentos decisivos, Santa Cruz comprometa sus proyectos con una empresa sobre las provincias argentinas del Norte que implicaría la aparición de un nuevo frente bélico. Sus simpatías políticas para con los emigrados argentinos pueden traducirse en una tolerancia hacia sus actividades conspirativas, pero de ello no debe concluirse necesariamente que alimente deseos de una compensación territorial por el sur (7).
Juan Manuel de Rosas al gobernador de Tucumán, Buenos Aires, 30 de mayo de 1835, R. Levene, Historia del Derecho argentino, Buenos Aires, 1958, tomo XI, pp. 59-61.
Oficio de Alejandro Heredia a Juan Manuel de Rosas de 29 de agosto de 1835 y Juan Bautista Paz al gobernador de Buenos Aires, Tucumán, 18 de septiembre de 1835, Archivo General de la Nación, X-25-2-1, en N. L. Pavoni, op. cit., pp. 130-131.
N. L. Pavoni, op. cit., p. 134.
Ibid., p. 154.
El Diario de la Tarde de Buenos Aires (Nº 1964 del 17 de enero de 1838). Para más detalles acerca de la participación boliviana en la revolución unitaria contra el gobierno de Salta y la insurrección de Javier López contra el gobierno de Tucumán, ver P. Miguel Angel Vergara, "La guerra contra el Mariscal Santa Cruz, 1834-1839", op. cit., p. 541.
N. L. Pavoni, op. cit., pp. 136-137.
Ibid., p. 138.
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