Capítulo 17: La guerra e inmediata posguerra vistas desde la Confederación Argentina
Mientras el gobierno porteño se tomó tiempo en decidir la ruptura definitiva con el régimen de Andrés Santa Cruz, en las provincias norteñas el clima de guerra podía advertirse ya desde 1835. La violación del territorio boliviano por fuerzas confederadas en ocasión de la aprehensión de José Antonio Reinafé y Cornelio Moyano en agosto de dicho año agudizó las tensiones preexistentes en la frontera y dio lugar a réplicas por la parte boliviana, acrecentando los recelos entre las provincias del Norte y Bolivia. Alejandro Heredia confiaba en la resistencia que generaba la política de Santa Cruz en Perú y Bolivia como argumento para emprender una acción contra el gobierno boliviano desde la Confederación Argentina. Particularmente, Heredia contaba con las simpatías de la población de Tarija y Chichas, señalando a Rosas el 13 de julio de 1836:
Desde que las provincias de Jujui y Salta han entrado en un órden regular, los departamentos de Tarija y Chichas envidian nuestra situación; y los chicheños que han sido arruinados en sus traficos de arrias para sostener el puerto de Cobija, ansian por un trastorno en Bolivia para volver á su antiguo exercicio de transportar los efectos que se introducían de esta República... (1)
Pero fundamentalmente Heredia confiaba en la capacidad de las fuerzas
norteñas para hacer "desistir al presidente Santa Cruz de sus necias
pretenciones" (2). Por cierto, esta confianza del tucumano para derrotar al gobierno
boliviano partía del presupuesto de que contaría con el auxilio porteño.
La escalada bélica en Jujuy y Salta comenzó casi inmediatamente
después de la asunción de los nuevos gobiernos impuestos en dichas provincias por
Alejandro Heredia. Una serie de decretos (del 13 de julio, 4 y 22 de agosto y 13 de
septiembre de 1836) sancionados por el gobernador de Jujuy Pablo Alemán disponían la
prohibición de extraer caballos y yeguas a las repúblicas vecinas, y la organización de
los regimientos cívicos y de infantería y caballería junto con su instrucción militar.
Por su parte, el gobernador de Salta militarizó toda su provincia. Asimismo, los
gobiernos de ambas provincias y el de Catamarca mantuvieron estrecha vigilancia en las
localidades fronterizas. A su vez, estas medidas generaron otras similares por parte de
las autoridades bolivianas, con lo que el ambiente se volvió cada vez más propicio a
actitudes hostiles por parte de uno u otro bando.
NOTAS
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