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Por otra parte, es importante destacar la diferencia existente en las motivaciones que impulsaban a los hermanos Heredia y a Rosas a una eventual guerra contra Santa Cruz. En el primer caso, tanto Felipe como Alejandro Heredia dejaron traslucir que la guerra contra Bolivia era un medio apropiado para incorporar los departamentos de Chichas y Tarija a la Confederación Argentina y eliminar el régimen que había cobijado a los emigrados opuestos al protectorado de Heredia en el Norte. En cambio, para Rosas la guerra contra Santa Cruz constituía un instrumento para obtener el respaldo de los caudillos provinciales a su autoridad en el contexto de la lucha del dictador porteño contra sus enemigos. Claro que para que este objetivo de Rosas pudiera cristalizarse, era necesario que el peso de la guerra recayera sobre el gobierno de Chile y en las fuerzas comandadas por Alejandro Heredia. Rosas nunca proyectó apoyar una acción decisiva sobre territorio boliviano, como lo pretendía Heredia: sólo quería crear una valla defensiva en la frontera norte, que simultáneamente debilitara las fuerzas de Santa Cruz en su frente sur con maniobras ofensivas aisladas.
    Por lo tanto, mientras en las provincias del noroeste se desarrollaban los turbulentos eventos descriptos en el capítulo anterior, el escaso apoyo material otorgado por Rosas a Alejandro Heredia entre 1834 y 1836 contribuyó significativamente a ampliar el margen de maniobra de Santa Cruz, y a alimentar los planes de los elementos antirrosistas y sus correrías por las provincias norteñas. Sin embargo, a principios de 1836 Rosas comenzó a inquietarse ante el aumento de la influencia boliviana en Perú tras los triunfos militares de Yanacocha (13 de agosto de 1835) y Socabaya (7 de febrero de 1836). Finalmente, el 28 de octubre de 1836 Santa Cruz expidió un decreto declarando constituida la Confederación Peruano-Boliviana. Este hecho, junto con el auxilio prestado por el gobierno boliviano a los emigrados unitarios, la política económica del gobierno de Santa Cruz en desmedro de los intereses del gobierno de Rosas, y el conocimiento de que la República de Chile era también firme adversaria de la creación de la Confederación Peruano-Boliviana, llevarían finalmente a Rosas a intervenir.
    Por cierto, una serie de datos contribuyeron a estimular las sospechas de Rosas respecto de una confabulación en su contra, organizada desde los países limítrofes. El 8 de agosto de 1836, Heredia remitió a Rosas la declaración de Domingo Mendilharzu, un comerciante procedente de Chile, efectuada ese mismo día, acerca de rumores circulantes en Valparaíso sobre comunicaciones entre Juan Lavalle y Andrés de Santa Cruz, en referencia a la constitución de un Estado con las repúblicas de Argentina y Bolivia (1).
    Dichos rumores fueron confirmados por el agente confidencial que el gobierno de Chile nombró ante el gobierno de la Confederación, Francisco Javier Rosales, quien llegó a Buenos Aires a fines de septiembre de 1836 vía Salta. Rosales traía instrucciones de "preparar relaciones íntimas" entre Chile y la Confederación Argentina, destinadas a "afianzar la seguridad general" e "instruir de las maniobras contra aquella y esta Republica" por obra de Santa Cruz y los unitarios (2). El testimonio sobre el que se basaban las denuncias de Rosales era la copia del extracto de una carta dirigida por "un general argentino" a Santa Cruz, fechada el 20 de agosto de 1835 en Colonia del Sacramento, en respuesta a varias escritas por el presidente boliviano entre fines de 1834 y principios de 1835. Según esa fuente, el remitente aceptaba y solicitaba la "protección" de Santa Cruz, invocado como "salvador" y "tribunal de las naciones americanas" y aseguraba que los pueblos de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca debían constituir "un cuerpo de Nación separada". Este "plan" en el que Santa Cruz aparecía como instigador incluía también a Cuyo. Asimismo, la carta presentaba la política de Rosas como execrable, instaba a los emigrados residentes en Chile y Perú a organizarse, y culpaba al dictador porteño del asesinato de Quiroga, motivado por los deseos de organización constitucional del caudillo riojano. Según la documentación suministrada por el chileno, el plan contaba con la aceptación de Lavalle (que en ese momento estaba en el Estado Oriental) para confederar en un solo Estado a la Confederación Argentina, Chile, Perú y Bolivia, y someterlo a la autoridad del presidente boliviano (3). La mencionada documentación fue conocida por los gobernadores del Interior que se fueron informando de ella unos a otros e inclusive adelantaron el contenido de la misma a Rosas a medida que entraban en contacto con el enviado chileno. Por su parte, Rosas la mandó publicar y envió copia a todos los demás gobernadores.
    No obstante, la evaluación acerca de un afán desmesuradamente expansionista de Santa Cruz requiere tener en cuenta que al menos parte de la documentación en la que se basaban Rosas, Heredia y otros "federales" era de validez dudosa. Esto es especialmente cierto respecto del documento que trajo Rosales desde Chile. En primer lugar, no se trataba del original o copia de la hipotética carta, sino de un extracto que pasó por manos poco "objetivas", como por ejemplo, el comandante de la escuadra peruana que respondía a Salaberry -enemigo de Santa Cruz-. No hay constancia del nombre de quien la redactara. Como arguye Pavoni, existía un interés chileno por:

intensificar los antagonismos contra el boliviano y decidir a Rosas a una actitud beligerante, lo que podría preverse en razón de la perfecta adecuación entre los viejos y conocidos temores de éste sobre las maniobras de los proscriptos en la Banda Oriental y el plan esbozado en el extracto. Tanto para los peruanos adversos a los avances de Santa Cruz en su territorio como para el gobierno chileno, (...) nada mejor (...) que presentar a Santa Cruz como inspirador de las logias de los emigrados argentinos y de un vasto y napoleónico proyecto de reacomodamiento del mapa político sudamericano (4).

Finalmente, respecto de la identidad del "general argentino" que habría enviado la carta a Santa Cruz, la única vinculación que se ha encontrado de la época referida a Lavalle proviene de Mendilharzu, el comerciante llegado de Chile que prestara declaración en Tucumán. Rosas pensaba que no se trataba de un general sino de Bernardino Rivadavia, sospecha generada por las noticias de Correa Morales sobre la existencia de una logia que se reunía en Colonia en el domicilio de Rivadavia. Por su parte, el historiador José María Rosa sostiene que se trataba del general Alvear (5). De todas maneras, los informes recibidos desde Chile y los llegados desde Montevideo influyeron de tal forma en el ánimo de Rosas que Santa Cruz se transformó en el enemigo clave y Alejandro Heredia en un aliado vital. Con todo, por el momento, el encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina se limitó a acumular informes sobre la situación en la frontera norte, y a rechazar el reconocimiento del general Mariano Armaza como agente de negocios y cónsul general de Bolivia ante el gobierno confederado.
    Por otra parte, e ilustrando una vez más en qué medida es difícil catalogar estos conflictos como guerras "externas" durante este período, debe señalarse que se registraron numerosos intentos de articulación entre los emigrados antirrosistas (unitarios y caudillos federales disidentes) dentro y fuera de la Confederación Argentina, el gobierno boliviano, y el grupo de "orientales unitarizados" (a decir del historiador uruguayo Pivel Devoto). Si bien estos intentos fracasaron en su gran mayoría por la falta de coordinación entre sus diversos componentes, muestran que el poder de Rosas y de Buenos Aires sobre el resto de la Confederación Argentina era sumamente precario y que, por lo tanto, resulta vano definir el orden rosista en términos de algo similar al concepto de "Estado nacional".    
    Un testimonio de estos intentos de coordinación entre los distintos actores antirrosistas fue la nota dirigida a Rosas por su ministro de relaciones exteriores Felipe Arana, fechada el 4 de abril de 1836, citando la información de un agente de la Confederación Argentina en la Banda Oriental. Esta decía:

El infrascripto Ministro de Relaciones Exteriores, tiene el honor de dirigirse al Exmo Sor Gobernador y Capitan General de la Provincia, para poner en su conocimiento qe el Agente Argentino en la Republica Oriental, con fcha 30 del pp.do instruye las sig. noticias (...) que en el Departamento de Sandú cuenta el General Rivera con cuatro cientos Entrerrianos que han sido arrojados de su Provincia por vagos y malhechores, y también con igual numero de Yndios que pertenecieron a la disuelta Colonia de Quarei, que agregados à la mayor parte de los Unitarios que indudablemente se le incorporaran y á los demas hombres malentretenidos de otros Departamentos, puede reunir dicho General Rivera una fuerza imponente que pondría en apuros al Gobierno Oriental, y mucho mas si el partido Caramurú triunfa en el Rio Grande, pues en este caso contara con él no solo para su apoyo sino tambien para una seguridad retirada si tiene un contraste por todo lo que considera el Agente (...). Repite que el General (Mario) Armaza (agente de negocios y cónsul del gobierno boliviano) á su transito pr Montevideo se trató mucho con los Unitarios y fué de ellos visitado, y que tanto con estos como con algunos Orientales se manifestó desafecto al actual Gobierno de Buenos Ayres guardando mucho silencio sobre las opiniones del General Santa Cruz, agrega el Agente que puede asegurar qe el General Armaza es amigo de los Unitarios (6).

Como puede apreciarse, la situación revestía un alto grado de complejidad que se acentuó cuando en septiembre de 1836 tuvo lugar un incidente fronterizo mencionado en el capítulo anterior, entre Bolivia y las provincias norteñas. El mismo tuvo como protagonista al coronel boliviano Pedro Arraya, quien a su vez era dueño de una propiedad en el distrito de la Quiaca, perteneciente a la provincia de Jujuy y ubicada a una legua de la frontera boliviana. Arraya solía venir desde Bolivia a esta finca con bastante frecuencia. El 15 de septiembre, al pasar por la localidad de Mojo, Arraya tuvo una discusión con José Manuel Gorena y Fernando Aramayo, dos capitanes bolivianos pertenecientes a las fuerzas militares acantonadas en dicha localidad con fines hostiles a los gobiernos norteños. Al verse agredido, el coronel Arraya mató a Aramayo en defensa propia, huyó herido al territorio de la Confederación Argentina, pidió asilo y pasó a su casa. Por su parte, una partida de 25 bolivianos fue en persecución de Arraya, con expresa orden de capturarlo. El comandante de Mojo e integrante de la partida, José Manuel Pizarro, pidió autorización al coronel Boedo para penetrar en territorio argentino y apresar a Arraya. Boedo negó el permiso, temeroso de la posibilidad de saqueos por parte de las fuerzas bolivianas. Días después, los bolivianos entraron por la fuerza, armados con sables y tercerolas, y fueron hasta la estancia de Arraya, regresando a Bolivia sin poder capturarlo.
    El posterior desarrollo de los acontecimientos revela la artificialidad del límite fronterizo en aquellos tiempos en que hasta las mismas propiedades rurales lo cruzaban (con hacendados "binacionales" y hasta vacuno "binacional", lo que demuestra el sin sentido del concepto "nacional" aplicado a aquellas circunstancias). En vez de iniciar los trámites legales para la extradición de Arraya, entre los días 23 y 25 de septiembre las autoridades bolivianas planearon una invasión armada hacia la Puna de Jujuy. Si bien luego de estos preparativos y del intercambio de protestas escritas entre Boedo y Pizarro, sobrevino un período de aparente calma, el comandante boliviano continuó expectante con sus tropas acantonadas en la frontera. Ya hacia mediados de enero de 1837 los bolivianos habían mandado herrar de pies y manos toda la caballada de Tarija y Mojo para iniciar la invasión a las vecinas provincias norteñas. 

  1. Francisco Centeno, "Guerra entre Rosas y Santa Cruz", Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1909, tomo XXXIV, p. 252, en ibid., p. 173.

  2. Nota circular de Juan Manuel de Rosas al gobernador de Santa Fe, Buenos Aires, 29 de septiembre de 1836, Félix G. Barreto, Papeles de Rosas, 1821-1850, Biblioteca y Archivo Histórico de la Provincia, Santa Fe, 1928, pp. 107-108, citada en ibid., p. 173.

  3. Extracto de esta carta en F. G. Barreto, op. cit., pp. 44-49, en ibid., p. 174; y en José María Rosa, Historia Argentina, Buenos Aires, Juan C. Granda, 1965, tomo IV, p. 249. Ver también Miguel A. Vergara, Jujuy bajo el signo federal, Edición Oficial del Gobierno de Jujuy, Imprenta del Estado, 1938, p. 115, y Clemente Basile, Una guerra poco conocida, 2 vols., Buenos Aires, Círculo Militar, 1943, tomo I, p. 85.

  4. N. L. Pavoni, op. cit., pp. 174-175.

  5. F. G. Barreto, op. cit., en ibid., p. 175. El historiador José María Rosa sostiene que la carta no pertenecía a Lavalle ni a Rivadavia, que la fecha en Colonia era para desorientar y que su verdadero autor era el general Carlos María de Alvear, quien residía en Buenos Aires. Se basa para ello en las Memorias del general Iriarte, donde éste señala

    que lo que agravó la situación de los unitarios perseguidos por Oribe fue una carta de Alvear a Santa Cruz en la que se desenvolvían planes contra Rosas; de ella se deducía que Alvear se prometía ser auxiliado por el jefe de Bolivia. Pero esta carta se publicó anónima y datada en Colonia, y desde luego se supuso que los autores fuesen o Rivadavia o Lavalle que ahí residían (...) (Alvear) estaba en comunicación con varios de los principales emigrados unitarios (en la República Oriental) y al mismo tiempo sostenía correspondencia con el general Santa Cruz, del que decía Alvear a los emigrados había recabado protección y auxilio para invadir por Bolivia las provincias limítrofes, Salta y Jujuy, de la República Argentina (...) para llevar la guerra contra Rosas hasta Buenos Aires; los emigrados de la primera emigración debían simultáneamente y en tiempo oportuno hacer una fuerte diversión pasando el Uruguay e invadiendo la provincia de Entre Ríos.

    Iriarte agrega luego que por la conducta posterior de Alvear "es hasta ahora un misterio, una incógnita a descubrir, si Alvear obraba o no de buena fe". Rosa considera que la historia no ha dicho aún la última palabra pero cree que Alvear hacía un juego a dos puntas. El gobernador de Buenos Aires, cuando tuvo evidencia de la peligrosidad de Alvear, prefirió enviarlo a Estados Unidos donde tuvo un buen desempeño diplomático. Ver J.M. Rosa, op. cit., IV, pp. 250-251.

  6. Archivo General de la Nación, Archivo del doctor Juan Angel Farini, Varios, 1836-1839, 5. 7. 3. 1. 16, Nº 206, p. 941.

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