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Rosas percibía el panorama político cambiante de las provincias de Salta y Jujuy, con sus permanentes enfrentamientos entre unitarios y federales, como un desafío a su autoridad personal. En consecuencia, la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana apareció como la única opción posible para el Restaurador. El enfrentamiento armado era necesario para garantizar la preservación de estas provincias del poder boliviano, y a la vez unificar políticamente desde Buenos Aires a un país más presente en los papeles que en la realidad. Eso no significa, por supuesto, que Rosas pudiera en la práctica invertir los recursos necesarios para librar por cuenta de la Confederación Argentina una guerra contra Santa Cruz, especialmente si consideramos la complicada situación que se le presentaba en otros ámbitos territoriales más próximos a Buenos Aires. A su vez, para las provincias del noroeste, Bolivia y Buenos Aires eran centros alternativos y opositores de gravitación, y si hemos de compararlos, quizá Bolivia fuera el más "natural" de ambos.
    Comprendiendo Santa Cruz que el éxito de su política, cuyo eje era la materialización de una Confederación Peruano-Boliviana, peligraba con la guerra, se esforzó inútilmente en buscar un entendimiento con el gobierno de Rosas. El intento del presidente boliviano se inició con una nota del 27 de octubre de 1836 de su enviado, el general Mariano Armaza, pidiendo una entrevista con Rosas al ministro Felipe Arana. Arana tardó más de un mes en contestar, y cuando lo hizo, el 15 de diciembre, manifestó que las urgentes atenciones que ocupaban el tiempo del gobernador no le habían permitido hasta ese momento elevar a su conocimiento la carta del 27 (1).
    Santa Cruz obró también para que Inglaterra ofreciera su mediación en el conflicto. El ministro inglés en Buenos Aires se dirigió a Rosas a través de un memorándum en donde señalaba su oposición a la decisión del encargado de relaciones exteriores de la Confederación Argentina de declarar la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana, ya que en opinión de su gobierno, ningún país tenía derecho de intervenir en los asuntos internos de otros. El representante británico consideraba:

perfectamente justo el acto de confederación celebrado entre Bolivia y Perú, estimándolo como una legítima aspiración de dos pueblos que contemplaban sus mutuos intereses al ser país mediterráneo el uno, y representar el otro un poder marítimo (...).

Terminaba el texto instando al gobierno de Rosas a reconsiderar con calma su posición y analizar las causas y probables consecuencias de la guerra. El representante británico ofrecía inclusive su mediación en caso de necesidad (2). Sin embargo, y como sabemos, las exigencias impuestas por Rosas para aceptar la mediación (libertad de acción a Perú para que decida o no su incorporación a Bolivia, la restitución de Tarija a la Confederación Argentina, garantías positivas para la seguridad e inmunidad de la Confederación Argentina y Bolivia, y la aprobación del gobierno de Chile de los resultados que se obtuviesen de la mediación británica) hicieron que el ministro británico decidiera suspender las negociaciones.
    No obstante la importancia que tenía para el gobierno de Rosas la guerra contra Bolivia como un instrumento de cohesión política a nivel de la Confederación Argentina, Rosas tenía enemigos y problemas en muchos frentes, entre los que cabe mencionar las intrigas de los emigrados unitarios en la Banda Oriental y Chile, y el problema planteado a los intereses comerciales de Buenos Aires por el conflicto con Francia, que pronto conduciría al bloqueo francés. Debido a la presencia de estos múltiples conflictos, Rosas no podía distraer su atención ni sus recursos en la guerra que había decidido contra Bolivia. Por cierto, en una carta que envió al gobernador Heredia el 10 de enero de 1837, Rosas reconocía que no estaba en condiciones de enfrentar al general Santa Cruz:

Sobre el modo de hacer efectivo el remedio de la fuerza en circunstancias como las presentes, en que la República no tiene, ni puede organizar de pronto un ejército de línea capaz de imponer temor y respeto al Presidente Santa Cruz, S.E. Sor. Gobernador de la provincia del Tucumán como protector de las de Salta, Jujuy y Catamarca, es quien debe tomar la dirección, poniéndose de acuerdo con los respectivos Gobernadores de las expresadas Provincias, pues el infrascripto colocado a una distancia inmensa de ellas, sin un conocimiento práctico del territorio en que se debe operar, ni de los elementos de acción con que puede contar para hacer entrar en su deber al Presidente Santa Cruz, no está en aptitud de presentar un plan de operaciones, sin exponerse a incurrir en grandes errores (3).

Si como el propio Rosas afirmaba, las fuerzas de la Confederación Argentina no estaban en condiciones de sostener operaciones en el Norte contra los ejércitos bolivianos, ¿por qué Rosas estaba decidido a la guerra contra el gobierno de Santa Cruz? La obvia respuesta es que el gobernador de Buenos Aires calculaba que las fuerzas de Chile eran muy superiores a las de Santa Cruz, y que la alianza con el gobierno chileno destruiría el nido de conspiradores antirrosistas en que se había convertido Bolivia. Para Chile la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana era decisiva: se discutía la supremacía comercial y el equilibrio de poder en el Pacífico. Para la Confederación Argentina, en cambio, esta guerra tenía más importancia para la política interna que económica y estratégica. Los perjuicios económicos sufridos por el gobierno de Rosas por culpa de Santa Cruz eran relativamente acotados, siendo el principal el impuesto del 40% sobre las mercaderías de ultramar introducidas a Bolivia desde las provincias argentinas. Estos perjuicios económicos no justificaban por sí mismos una guerra y en principio podían resolverse pacíficamente. Si finalmente Rosas se decidió a favor de la guerra, fue por sus implicancias frente a sus enemigos internos, y además porque la eventual derrota de Santa Cruz quizá le permitiría exigir la restitución de la provincia de Tarija. Pero esto último concernía más a las provincias del Norte que a Rosas mismo y a las provincias del Litoral.
    Finalmente, y como consecuencia de estas consideraciones, Rosas resolvió que fuesen las provincias del Norte las que, en defensa de sus intereses inmediatos, llevaran el peso de las acciones bélicas. El gobernador de Tucumán Alejandro Heredia se manifestó entusiasmado en un primer momento a favor de la guerra. El 21 de enero de 1837 escribía a Rosas:

Creo que no se presentará jamás una mejor oportunidad pa recuperar el terrto de q.ignominiosamente se ha despojado a la Repuba Argent.a pa vengar los muy reiterados agravios é injurias q.l se le han hecho, para destruir de raiz las aspiraciones de los malvados unitarios y para revivir el Como qe por esta parte ha sido y es hostilizado abiertamente por el Gbno de Bolivia quien no contento con los reiterados ultrajes que siempre que se le ha presentado oportunidad ha hecho a la República Argentina hostilizando muy particularmente al partido Federal puso el 40% de dros. á los efectos de ultramar q. por esta parte se introdujesen a Bolivia; prohibiendo muy recientemente la introducción de ganados que puede decirse con exactitud es el único producto del país imponiendo también el 2% á la estraccn de metálico de aquella Repúca (4).

Poco antes de decidir el cierre de toda comunicación con Perú y Bolivia, Rosas escribía a Felipe Heredia, hermano del gobernador tucumano e impuesto por éste en la gobernación de Salta, estimulando el entusiasmo de las provincias norteñas a favor del enfrentamiento con Santa Cruz. En esta carta del 28 de diciembre de 1836 Rosas alimentó la ambición de los gobernadores de Salta y Jujuy sosteniendo que los sacrificios de la guerra serían compensados apoderándose de la Villa de Potosí,

porque los Bolivianos no viven sino del tributo de los Indios y de lo que produce el Cerro y Casa de Moneda de Potosí... y el apoderarse de aquella Villa me aseguran que no es una empresa de grandísima dificultad.

Asimismo Rosas subrayaba que Bolivia:

nos debe los millones de pesos que hemos insumido por su libertad e independencia en la guerra contra los Españoles: nos debe los inmensos esfuerzos y sacrificios forzosos y espontáneos que han hecho en su favor todos los habitantes de esta República; y nos debe la sangre argentina que se ha derramado en esta guerra, no pa quedar de peor condición para con ella de lo que estabamos antes sino para mejorar o cuando menos continuar en las relaciones comerciales como habíamos estado siempre. Estos pues deben ser los principales objetos de nuestras justas aspiraciones. Entienda que restituida Tarija, el Río Suypacha deberá dividir el territorio de ambas repúblicas; pero me parece que si podemos conseguir que la Villa de Tupiza y el pueblo de Santiago de Cotagaita queden dentro de nuestro territorio, será lo mejor y lo mas importante para dejar asegurada para siempre la paz y comercio libre entre ambos Estados, con todas las franquicias que llevo indicadas. A trueque de conseguir éste bien creo que podríamos condonarle los gastos hechos en la guerra de la Independencia y también los aprovechamientos que ha sacado de Tarija en todo el tiempo que ha tenido usurpada. Mas para obtener todas estas cosas será preciso penetrar hasta la Capital de Bolivia, y tener por nuestro el Cerro de Potosí. Tan importante adquisición debe ser obra con exclusión de los Salteños y Jujeños (5).

  1. La opinión de Rosas respecto del intento de negociación de Santa Cruz quedó reflejada en dos cartas enviadas a Rafael Atienza y a Pascual Echagüe. En la dirigida al último, Rosas tomaba a risa -por considerar a sus autores ineptos- el asunto de las credenciales otorgadas al enviado boliviano, general Armaza, que por segunda vez venían mal redactadas, acreditándolo para presentarse ante el gobierno de Buenos Aires, sin aclaración de que éste era el encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina. Según Rosas, la idea del gobierno boliviano para lograr sus objetivos había sido siempre no reconocer a un gobierno encargado de las relaciones exteriores y tratar con las provincias separadamente. Rosas sostenía que era gracioso que los bolivianos creyeran que podían engañar a su gobierno; le aclaraba a Echagüe que el general Armaza no sería reconocido y se le contestaría lo que correspondía. Por otra parte, Rosas admitía estar en conocimiento de la correspondencia entre Armaza y su gobierno. Ver Enrique M. Barba, "Las relaciones exteriores con los países americanos, Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. VII, 2ª secc., Buenos Aires, El Ateneo, 1951, p. 218, nota 6.

  2. C. Basile, op. cit., tomo I, pp. 110-111.

  3. Carta citada en E. M. Barba, "La guerra entre la Confederación Argentina y Bolivia. Sus antecedentes", en Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, tomo II, Buenos Aires, 1938, p. 47.

  4. Archivo General de la Nación, Secretaría de Rosas, 1837, 5. 28. 10. 4., citado en E. M. Barba, "Las relaciones exteriores...", op. cit., p. 220.

  5. Archivo General de la Nación, Sección Farini, Leg. 19, citado en ibid., pp. 220-221.

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