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Respecto de la dimensión estrictamente militar del conflicto, se pueden distinguir dos períodos diferentes:
    a) Un período inicial, donde el balance de las operaciones militares resultó claramente desfavorable para las provincias del noroeste argentino, que contaban con escasos recursos y no obtuvieron la ayuda esperada ni de las otras provincias de la Confederación ni del propio gobierno de Rosas. Los ejércitos de la Confederación Peruano-Boliviana cruzaron la frontera y ocuparon exitosamente las localidades de Cochinoca, Iruya y Santa Victoria. Asimismo, como sabemos, las fuerzas de Santa Cruz obligaron al ejército chileno a firmar el Tratado de Paucarpata el 17 de noviembre de 1837, y derrotaron a las fuerzas de la Confederación Argentina en las batallas de Iruya y de Cuyambuyo (conocida como batalla de Montenegro por los bolivianos), el 11 y 24 de junio de 1838. En esta primera etapa la delicada situación económica de las provincias norteñas, encargadas de costear la guerra contra Bolivia, fue notoriamente agravada por las consecuencias del bloqueo francés.
    b) Una segunda etapa en la que el balance de la guerra se inclinó a favor de las fuerzas chilenas, dado que (como sabemos) el ejército trasandino derrotó definitivamente a las fuerzas de Santa Cruz en la batalla de Yungay el 20 de enero de 1839. Esta derrota liquidó el sueño de una Confederación Peruano-Boliviana y motivó la caída de Santa Cruz en Bolivia, transformando en una victoria de Rosas y de los federales del Norte argentino lo que hasta ese momento había sido, si no una derrota, por lo menos una frustración sin visos de resolución.
    Como se dijo anteriormente, las provincias norteñas debieron sobrellevar el peso de la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana sin contar con los suficientes recursos para enfrentar a las fuerzas del régimen de Santa Cruz. Ilustra este hecho la carta de Rosas del 30 de abril de 1837 en respuesta a una anterior de Alejandro Heredia del 15 de febrero de 1837, en que éste afirmaba que el peso de la guerra no debía ser sobrellevado exclusivamente por las provincias del noroeste sino que debía ser compartido por las demás, incluyendo las del Litoral. Rosas explicaba en ella el motivo por el cual resultaría muy difícil a las provincias litorales contribuir en la guerra:

Por lo que respecta a las Provs. litorales de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, yo no dudo que cooperaran con empeño a tan justa como importante empresa, bien que si las cosas de la Banda Oriental no mejoraran de aspecto y llegan a tomar el muy terrible que ya se deja percibir, no haran poco en guardarse y defenderse por si solas sin pedir auxilio a las demas, porque crea U. que el orizonte Oriental me da mas que recelar, que el de Bolivia. Por estos lados litorales hay muchos Santa Cruces, y pocas Cruces Santas, porque estamos rodeados por todas partes de gente non Sancta, que como buitres estan acechando los momentos de darnos el picoton para sacarnos los ojos y devorarnos despues completamente (1).

La respuesta de Rosas mostraba además que tanto el jefe de la Confederación Argentina como los gobernadores del Litoral tenían sus mentes puestas en la guerra oriental y no en el Norte, con lo que se confirmaba la escasa conexión entre las provincias del noroeste, por un lado, y las de Buenos Aires y el Litoral por el otro, estando estas últimas más conectadas con la Banda Oriental que con la Puna jujeña. Ante los numerosos reclamos del tucumano en relación a la falta de cooperación del resto de las provincias confederadas, el dictador porteño aseguró que estas últimas cooperarían, "pero para no prometernos ni exigir de ellas mas de lo que es justo, es preciso poner en el caso de cada una, no mirando las cosas de afuera sino como se mirarian de adentro si uno mismo estubiese á la cabeza de ella" (2).
    Además de la falta de apoyo material por parte de Buenos Aires y el Litoral, las provincias norteñas debieron soportar la contrariedad de llevar solas una guerra quizá mal conducida por Heredia, quien como ya se dijo sufrió a manos de las fuerzas bolivianas dos derrotas sucesivas en junio de 1838. En parte, el fracaso militar debe atribuirse al hecho de que cuando Rosas declaró formalmente la guerra a Santa Cruz, ya las provincias norteñas integrantes del Protectorado de Heredia revelaban debilidades internas que conspiraban contra la conformación de un aparato bélico adecuado para enfrentar a las fuerzas bolivianas. Los primeros síntomas de debilidad se manifestaron en Catamarca, en las desinteligencias entre el comandante general Juan Eusebio Balboa apoyado por las milicias de Belén, y el propio gobernador Cubas, acusado por Balboa y los suyos de estar vinculado a los "unitarios catamarqueños". Esta disputa no resultaba nada cómoda para Alejandro Heredia quien no confiaba en el grupo de Balboa pues éste tenía contactos con el comandante de La Rioja, brigadier general Tomás Brizuela, quien inspiraba recelo en Heredia. Por otra parte, el gobernador tucumano tampoco confiaba en su colega catamarqueño Cubas, porque aunque éste no le había dado motivos de sospecha, tampoco era un hombre de su elección personal. Para colmo, un miembro clave del gabinete de Cubas era cuestionado desde Buenos Aires, lo que incidió negativamente sobre el gobernador catamarqueño. La situación catamarqueña fue una causa importante en la demora del general en jefe del Ejército Confederado de Operaciones en iniciar la marcha hacia la frontera para enfrentar a las fuerzas de Santa Cruz.
    Otro factor que demostró la falta de una estrategia unificada frente a las fuerzas bolivianas fue la presencia de ópticas discordantes respecto de la situación norteña que se reflejó en la correspondencia intercambiada entre Rosas y Alejandro Heredia. Rosas criticó especialmente la benevolencia de Heredia hacia algunos "unitarios" del interior emigrados a Bolivia. Como se desprende de esta carta, el dictador porteño intentó sin mucho resultado inculcar al gobernador tucumano su ortodoxia federal:

Hago a usted esta indicación porque noto que en sus oficios y proclamas no resuena tanto como es preciso la voz y Causa Santa de la Federación, y que por ejemplo al decir todo argentino, los buenos argentinos, todo patriota, los buenos patriotas no dice usted todo Argentino Federal, los buenos Argentinos Federales, todo Patriota Federal, los buenos Patriotas Federales, sobre lo que se yo que se fija mucho la atención por Federales y unitarios, aqui y en casi todas las provincias de la República, porque aquellos no tienen por buen argentino, ni por buen patriota, como no deben tenerlo, al que hoy día no es Federal, y estos para encubrirse de que son unitarios, y haciendo desprecio de la clasificación de Federal, usan de esas voces desnudas, buen argentino, buen patriota, las que por lo mismo si antes tenian entre nosotros una significación noble, hoy la tiene muy ambigua y sospechosa (3).

También el gobernador de Santiago del Estero, Felipe Ibarra, en plena guerra contra Santa Cruz, criticó la política flexible del tucumano respecto de los "unitarios" en términos bastante similares a los del dictador porteño. Aunque en tono relativamente amistoso, en una carta de octubre de 1837 Ibarra recriminaba a Heredia diciéndole:

Ya debemos estar cansados de conoser la tactica de los unitarios que no se reduce á otra cosa que enredar, malquistar y calumniar á todos los gefes de la Federacion cuando no pueden desfogar su zaña de otro modo. (...) Este es un estado vastante triste, y aun mas triste será si tu llegases á dar alguna importancia a los cuentos de bocas mordases que no se dirigen á otra cosa que á entorpeser y resfriar nuestra amistad en perjuicio de los pueblos que presidimos. Yo estoy persuadido que la menor desavenencia entre nosotros solo será util para nuestros comunes enemigos, que lo son igualmente de nuestro pais. Reflexciona pues cuanto debemos estar alerta y castigar seberamente en vez de dar oidos á cuanto picaros intenten de cualquier modo que sea devilitar la unión de estas provincias que dependen casi unicamente de la buena armonia de sus gefes (4).

Si bien estas disidencias entre el gobernador de Tucumán, y los de Buenos Aires y Santiago del Estero no llegaron a mayores, contribuyeron a agudizar las tensiones preexistentes y a desacreditar a Heredia, quien además de recibir permanentes reprimendas por parte del dictador porteño, no logró obtener el suficiente respaldo financiero de Buenos Aires. Para colmo, existía desunión dentro del mismo Ejército Confederado. Como advertía Heredia a Rosas:

(el ejército) está creado sobre volcanes que había formado el tirano Santa Cruz, y sostenido sobre hogueras que se alimentan con todo género de combustibles, que pueden muy bien calcularse desde que se saben las astutas maquinaciones del tirano y los escasos recursos que se han proporcionado desde que se declarró la guerra (5).

A la ausencia de éxitos militares se añadieron en esta primera etapa de la guerra los problemas derivados de las deserciones y la desmoralización en los lugares fronterizos, vinculados a la escasa vocación de los sectores populares de las provincias norteñas a hacer la guerra a sus vecinos, con quienes mantenían lazos comerciales y de todo tipo que la guerra afectaba. Por ejemplo, hacia noviembre de 1837 el batallón jujeño "Defensores" tenía 76 desertores (más del 50% de su total) entre sargentos, cabos y soldados puneños, más algunos bolivianos. Miguel Angel Vergara señala al respecto:

En la Puna la situación moral era desastrosa. A pesar de las prohibiciones terminantes, sus vecinos se dedicaban al contrabando; vendían caballos y naranjas de Orán y compraban coca y otras especies a los enemigos. A tal punto llegaron las desconfianzas de los jefes argentinos respecto al espíritu de los puneños, que fue necesario separar de su puesto al comandante de Yavi don Fernando Arancibia. Ese espíritu antipatriótico manifestóse más, si cabe, en la mala voluntad que demostraban aquellas gentes cuando se las llamaba a constituir los escuadrones que defenderían el suelo argentino. Era una gravísima preocupación para los jefes la manifiesta adhesión de muchos puneños a Bolivia y su desprecio por la guerra. (...). En realidad, la vida militar que se pretendía imponer a aquellos hombres ya olvidados de la disciplina y entregados a la vida pastoril y agrícola, era extremadamente dura y sacrificada. Puede contemplarse a través de los documentos el afán militarista de algunos campamentos de La Quebrada. Los hombres mal vestidos y mal alimentados (porque eso fue un oprobio de nuestros soldados) debían ejercitarse en las maniobras de las armas todo el día, con el pensamiento de que en sus ranchos miserables, sufrían sus mujeres y sus hijos todas las privaciones que su ausencia les proporcionaba. De allí las deserciones infinitas de las filas argentinas (6).

Vale agregar que como contrapartida, también se registraron deserciones de bolivianos hacia las filas de la Confederación Argentina. Tal el caso, por ejemplo, de los soldados de las guarniciones de Iruya y Cochinoca, que preferían pasarse de bando antes que luchar contra las provincias norteñas, lo que demuestra una vez más la artificialidad de la frontera. Por otra parte, es interesante observar cómo la prosa de Vergara citada arriba refleja la ingenua creencia de que pueda haber tal cosa como "patriotismo" cuando no existen lazos auténticos que justifiquen este sentimiento. En realidad, que un puneño desertara para no matar a sus primos del otro lado de la artificial frontera, y que un tarijeño desertara para no matar jujeños, era el noble reflejo del único "patriotismo" posible en esas circunstancias, patriotismo que no podía responder a Buenos Aires y ni siquiera a Tucumán, sino a los vecinos, socios comerciales y parientes.
    La falta de respaldo del gobierno de Rosas a las fuerzas de Heredia hizo que éstas quedaran en situación vulnerable. En los primeros meses de 1838, los bolivianos con un ejército magníficamente armado, bajaban por la Quebrada de Humahuaca mientras las fuerzas de Heredia retrocedían por no contar con los recursos necesarios. La situación militar erosionó el prestigio local de Heredia, y su debilitamiento se vislumbró en manifestaciones sediciosas en la misma Tucumán, a través de un conato revolucionario encabezado por el comandante del regimiento Nº 9, Alejo Córdoba, en enero de 1838. Un mes después hubo un conato en Catamarca, cuando ingresó en su territorio el ex comandante Rentería con una partida de 50 hombres, que desalojó al nuevo jefe militar.
    La mencionada vulnerabilidad militar llevó a que los gobiernos de las provincias norteñas comenzaran a oponerse a la prolongación de la guerra. Ejemplo de ello fueron las palabras del gobernador delegado de Salta, Evaristo de Uriburu, al gobernador tucumano, insistiéndole en mayo sobre la necesidad de poner término a la guerra a través de tres cartas. En la correspondiente al 11 de mayo de 1838, le decía que:

En Tucumán están muy indignados con la conducta del señor Rosas por el abandono que á echo de nosotros: aquí no deja de sentirse el mismo disgusto, que como le dije a usted personalmente que algunos se havian animado á manifestármelo...

Cinco días después, el gobernador delegado salteño reiteraba su deseo de terminar la guerra ante Heredia con las siguientes palabras:

Los pueblos todos de la Republica decean la paz, y la necesitan, y muy particularmente estas provincias a quienes les hemos sacado la piel. Save Ud. que la guerra que hemos sostenido no á sido muy popular, y entre los milagros que hemos écho son el de sin querer haver écho coperar á todos tal ves contra su boluntad" (7).

Finalmente, y en un explícito reconocimiento respecto de la imposibilidad de seguir adelante en la guerra contra el régimen boliviano, Alejandro Heredia, quien inicialmente había mostrado signos de un enorme entusiasmo en llevar a cabo la guerra contra Santa Cruz, reconoció ante Rosas la triste realidad del fracaso de su proyecto de invadir a Bolivia:

El infrascripto general en gefe reitera nuevamente al exelentisimo gobernador de Buenos Aires Encargado por la Republica de las relaciones exteriores que el Ejercito de Operaciones sin mas recursos que los que tiene, y sin que todas las provincias tomen una parte activa en la honrosa lucha en que está empeñada aquella contribuyendo con un contingente de tropas que engrosen las filas de este, es materialmente imposible y contra todo calculo militar el poder invadir Bolivia, sino esponiendose á un contraste que comprometa el honor nacional y envuelva á las provincias del Norte a una ruina espantosa, debiendo ser estas donde el enemigo ejecute todo genero de venganzas por haber sido ellas y el Ejercito Confederado exclusivamente los que contubieron en abril ultimo todo su poder… (8).

En consecuencia, Heredia resolvió en el mes de agosto de 1838 regresar a Tucumán. Heredia no sólo retrocedió sino que dispuso la fragmentación del ejército y el licenciamiento de la tropa a sus respectivas provincias de origen. Esto permitió a Santa Cruz fortalecer su posición frente a los chilenos en la costa norte, replegando las fuerzas que se encontraban en el sur de Bolivia.
    Otro elemento que caracterizó el transcurso de la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana fue la combinación de actividades de espionaje y venta de ganado a Bolivia por parte de sectores pudientes de la sociedad jujeña. Tal fue el caso, entre otros, de hombres como Mariano Sosa, Sebastián Condori, Juan de Dios Vargas, José María Calisaya, Rufino Flores -alcalde de Cochinoca-, Hilario Condori, Anselmo Estopiñán, Crispín Flores, Leonardo Gutiérrez y Julián Ramos, quienes eran agentes de los bolivianos: les vendían ganado y les suministraban noticias. Casi todos los vecinos del departamento jujeño de Cerro del Chañi vendían sus ganados a Bolivia y se ponían a las órdenes de las fuerzas de este Estado para servir de bomberos con el objetivo de realizar espionajes. Vale destacar que el mismo general Braun, jefe de las fuerzas bolivianas, y su segundo, general Medina Celi, fueron a Chañi en busca de ganado y adhesiones. Inclusive se registró el caso de "agentes dobles" como José Gregorio Abendaño, quien anduvo vendiendo información de uno y otro lado de la frontera hasta que el gobernador de Jujuy, Pedro Alemán, lo atrapó el 24 de mayo de 1838 (9).

  1. Archivo General de la Nación, Secretaría de Rosas, 5. 28. 10. 5, en E.M. Barba, "Las relaciones exteriores..." op. cit., p. 222.

  2. Juan Manuel de Rosas a Alejandro Heredia, 6 de junio de 1837, en N. L. Pavoni, op. cit., p. 206.

  3. Juan Manuel de Rosas a Alejandro Heredia, 10 de mayo de 1837, en ibid., pp. 216-217.

  4. Felipe Ibarra a Alejandro Heredia, Santiago del Estero, 2 de octubre de 1837, Archivo Histórico del Tucumán, Sección Administrativa, Año 1837, v. 48, fs. 214 r.-215 r, en ibid., p. 241.

  5. Alejandro Heredia al gobernador de Buneos Aires, Huacalera, 17 de enero de 1838, en C. Basile, op. cit., tomo II, apéndice, Nº 48, p. 130.

  6. M. A. Vergara, op. cit., pp. 146-148.

  7. Archivo Histórico de Tucumán, Sección Administrativa, Año 1838, v. 51. fs. 195 r.-196 v. y fs. 224 r.-225 v., en N. L. Pavoni, op. cit., pp. 245-246.

  8. El general en Jefe del Ejército al Gobernador de Buenos Aires, cuartel general en Jujuy, 21 de agosto de 1838, en C. Basile, op. cit., tomo II, apéndice, Nº 76, pp. 206-209.

  9. M. A. Vergara, op. cit., pp. 173-176 y 193-198.

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