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No obstante estos acontecimientos, la derrota eventual de Santa Cruz a manos de los chilenos estaba asegurada. Por cierto, como hemos visto en un capítulo anterior, la derrota del ejército boliviano en la batalla de Yungay el 20 de enero de 1839 puso fin a la Confederación Peruano-Boliviana y produjo la caída de Santa Cruz.
Pero si bien el triunfo chileno trajo alivio a las provincias del Norte argentino, la realidad política de éstas era sumamente confusa. Luego del fracaso y muerte del gobernador tucumano Alejandro Heredia en el transcurso de la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana, se constituyeron gobiernos de dudoso tinte federal. El final de la costosa guerra sostenida por las provincias del norte de la Confederación Argentina contra Bolivia no hizo otra cosa que generar rápidamente una serie de reacciones contra la autoridad de Rosas, que fue bien aprovechada por los elementos antirrosistas residentes en Montevideo. Así, el 28 de febrero de 1839 Juan Bautista Alberdi escribía desde la capital oriental a Brígido Silva, Salustiano Zavalía y al ministro Marco Manuel de Avellaneda en Tucumán, haciéndoles ver la necesidad de que las provincias del Norte retirasen a Rosas el poder de dirigir las relaciones exteriores de la Confederación Argentina. Las provincias del noroeste respondieron positivamente a la propaganda de la Asociación de Mayo, que se proponía una acción conjunta en contra del rosismo con la provincia de Corrientes y las fuerzas del general Lavalle. Marco Avellaneda enhebró la resistencia antirrosista, consiguiendo la adhesión de los gobernadores Manuel Solá de Salta, Roque Alvarado de Jujuy, José Cubas de Catamarca y Tomás Brizuela de La Rioja, formándose así la "Coalición del Norte".
Procurando evitar la gestación de un foco de resistencia en el Norte, Rosas envió al general Gregorio Araóz de La Madrid para que marchase a Tucumán, centro de la Coalición norteña, donde llegó el 13 de marzo de 1840. Pero éste se pasó al bando unitario, siendo nombrado general en jefe de las fuerzas tucumanas. Nuevamente el Norte se escapaba del control de Buenos Aires.
Instruido el gobernador salteño Solá por su colega tucumano Bernabé Piedrabuena, por el ministro de éste Marco Avellaneda, y por el general en jefe de las fuerzas tucumanas Aráoz de La Madrid, el 13 de abril de 1840 la Legislatura de Salta dictó una ley por la que esta provincia desconocía a Rosas como gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina. Esta disposición procuraba asimismo la unión de los gobiernos de La Rioja, Tucumán, Catamarca y Jujuy. La ley fue promulgada por el gobernador Solá y su ministro general, doctor Bernabé López. Ese mismo día Solá lanzó el grito de "libertad, constitución o muerte", a través de un manifiesto y en abierto desafío a la autoridad de Rosas. Poco después, el 5 de mayo, La Rioja y Catamarca seguían el ejemplo salteño (1).
Pero la situación del Norte seguía mostrando evidentes síntomas de inestabilidad, como el resto del territorio de la Confederación. Tras la derrota del ejército de Juan Lavalle por las fuerzas rosistas en Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) los federales nombraron gobernador en Salta a Miguel Otero el 16 de diciembre de 1840, desplazando a Solá, quien emigró a Bolivia, país que aún después de la caída de Santa Cruz esperaba con los brazos abiertos a cuanto elemento antirrosista se acercase a su territorio. El 8 de octubre de 1841 el gobernador federal salteño Miguel Otero reclamó al gobierno boliviano la entrega del general La Madrid y del coronel Santos que, con armas, preparaban desde Calama una invasión a Salta y Tucumán. La frontera con Bolivia fue un factor de continua alarma para Salta y Jujuy. Aunque la derrota de las fuerzas unitarias comandadas por Lavalle en la batalla de Famaillá del 19 de septiembre de 1841 destruyó a la Coalición y entregó la región norteña a los federales de Rosas, los derrotados emigraron a Bolivia y continuaron conspirando desde allí.

1. Ver más detalles al respecto en Atilio Cornejo, "Salta (1821-1862)", en Academia Nacional de la Historia, R. Levene (comp.), op. cit., vol. X, Buenos Aires, El Ateneo, 1947, p. 424.

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