De este breve análisis del conflicto entre el gobierno de
Rosas y la Confederación Peruano-Boliviana, de los posteriores conflictos con Bolivia, y
de las rencillas de las provincias del Norte entre sí y con el gobierno de Buenos Aires,
se pueden extraer algunas conclusiones interesantes:
1) La guerra contra el gobierno de Santa Cruz y sus prolegómenos
demuestran la dificultad de aplicar mecánicamente los conceptos de unitario y federal. Si
bien los enemigos de Rosas en general se identificaron con el bando unitario, la
situación política de Salta, con gobiernos cambiantes "de dudoso tinte
federal" según Barba, muestra que la lógica política interna de estas provincias
norteñas era sumamente compleja: lógica de facciones pertenecientes a las familias
tradicionales cuya filiación ideológica era cambiante de acuerdo con las necesidades de
la lucha por espacios de poder. Resultan elocuentes al respecto las palabras de Miguel
Angel Vergara, quien, al comentar la independencia de Jujuy de la tutela salteña en 1834,
afirma:
Creemos más bien que los jujeños con una política sutil buscaban en la sociedad salteña, de tinte unitario, un ambiente favorable a la independencia (...). La política jujeña tenía sus complejidades desconcertantes: buscaba la autonomía y presentaba aspectos antagónicos ante los espectadores y gestores de la política nacional: parecía a ratos unitaria, a ratos federal. Este era también el ritmo político de las demás provincias débiles de la República.
Tomando en cuenta las documentadas opiniones de estos especialistas, vale subrayar que el énfasis excesivo en la antinomia entre unitarios y federales para explicar los conflictos interprovinciales puede llevar a la simplificación de una realidad interprovincial norteña que no puede ser leída dogmáticamente en términos de dicha dicotomía, sino que debe ser interpretada en términos de la lucha entre caudillos provinciales por espacios de poder. En este sentido, la pugna por la influencia en el ámbito del norte de la Confederación Argentina entre dos gobernadores de tinte federal: el de Salta, brigadier Pablo de la Torre, y el de Tucumán, general Alejandro Heredia, es uno de los tantos ejemplos de esta compleja realidad que impone la descalificación de dicha antinomia en términos historiográficos. El federal Heredia, con el fin de debilitar la influencia de su rival salteño, incitaba las ideas de autonomía de los jujeños, que tenían inclinación unitaria y dependían en esos momentos de la autoridad de Salta. De la Torre, a su vez, hacía la misma política de intrigas en la provincia de Catamarca, sujeta a la autoridad tucumana. Por cierto, como sostiene Enrique Barba en su libro Unitarismo, federalismo, rosismo:
Más que federalismo, muestran los pueblos un fuerte y disociador localismo (....) Este localismo nuestro, desde sus orígenes y en su confrontación ulterior, se ajusta a la definición que Ortega y Gasset da para el caso del particularismo en España. "La esencia del particularismo -dice el maestro- es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia, deja de compartir los sentimientos de los demás". ¿Y qué otra cosa que no sentirse parte en el quehacer nacional mostraban algunas provincias en los primeros intentos federalistas? ¿ Y qué otra cosa que un crudo localismo es lo que en ocasiones ofrece Buenos Aires, enfrentando y afrentando a las provincias en un pertinaz aislamiento ajeno al sentimiento nacional?
Asimismo, el apoyo de Rosas al gobernador Alejandro Heredia -federal de
Tucumán- no fue totalmente compartido por los caudillos del Litoral -caso del santafesino
Estanislao López-. Si aplicamos mecánicamente el eje de conflicto unitarios-federales se
pierde una gran parte de la compleja realidad histórica argentina, una realidad basada en
una alianza muy precaria y cambiante de Rosas con los caudillos provinciales.
2) La naturaleza de estos conflictos y las alianzas político-militares
entrecruzadas que desconocían las fronteras con los Estados vecinos demuestran la
inexistencia de una nación argentina durante el período rosista. Existen sobradas
muestras de la vinculación de las provincias norteñas con Bolivia, que era quizá más
fuerte que la existente entre esas provincias y Buenos Aires. En este plano, las palabras
de Barba citadas arriba reflejan cierta ingenuidad, en tanto suponen que hubiera sido
posible para los pueblos provinciales sentirse parte del "quehacer nacional", en
tiempos en que no existían lazos que justificaran el uso del concepto "nación"
para describir a la actual República Argentina. ¿A título de qué iba un indígena de
la Puna de Jujuy a sentir que tenía un vínculo "nacional" con Juan Manuel de
Rosas, antes que con un indígena del otro lado de la frontera boliviana? La comparación
con España no es válida, porque en el caso que analizamos el particularismo no emerge
cuando un grupo "deja de sentirse a sí mismo como parte" del conjunto
mayor, sino que aquellos puneños nunca se habían sentido más hermanados con
quienes ejercían tutela política sobre ellos, que con quienes se convirtieron por orden
arbitraria en sus enemigos según la ley.
3) Si puede afirmarse que no existía una nación argentina, puede
establecerse lo mismo respecto del Estado argentino. No existía tal cosa, sino una
configuración de mini-Estados, cada cual con las prerrogativas militares y monetarias de
un Estado separado. Incluso la delegación de las relaciones exteriores en el gobernador
de Buenos Aires no era más que una ficción conveniente, necesaria para darle un
interlocutor a los enviados de potencias de ultramar y para evitar la quita del
reconocimiento internacional. Por cierto, los vínculos económicos, culturales,
políticos y de parentesco entre las provincias del Norte y Bolivia, entre las del
Litoral, el Paraguay y el Uruguay, y entre las de Cuyo y Chile eran tales, que la
separación de estos Estados entre sí, la consolidación de un Estado argentino, y la
eventual emergencia de algo parecido al concepto politológico de una "nación"
abarcativa de las provincias argentinas y excluyente de los pueblos de los Estados
limítrofes, llevaría aún muchas décadas.
4) La guerra contra Santa Cruz probablemente no habría tenido lugar de
no ser por el hecho de que también Chile estaba embarcado en un conflicto bélico contra
la Confederación Peruano-Boliviana. No obstante, vale la conjetura contrafactual que, de
no haber participado Chile en esta guerra, sus consecuencias para la Confederación
Argentina habrían sido desastrosas. Probablemente, la Confederación Peruano-Boliviano se
hubiera consolidado, y la Confederación Argentina se hubiera desintegrado, es decir,
justo lo opuesto de lo que ocurrió en la realidad.
5) La derrota boliviana conseguida por los chilenos no transformó al
Estado del altiplano en amigo de Rosas, pero lo privó definitivamente de su potencial
como enemigo verdaderamente peligroso de la Confederación Argentina, y de este modo
sirvió indirectamente para contribuir a sentar las bases a partir de las cuales la
República Argentina, tal como la conocemos, emergería como Estado hacia 1880. Por
cierto, la derrota de Santa Cruz prácticamente eliminó a Bolivia como un interlocutor
serio en las disputas intra-sudamericanas por el poder regional. Como tal, puede
compararse con las posteriores guerras:
a) de la Triple Alianza (que eliminó al Paraguay como interlocutor serio, y contribuyó a consolidar a la Argentina a través de la adquisición de territorios en el noreste y la derrota de sus caudillos provinciales), y
b) del Pacífico (que eliminó al Perú como interlocutor serio, y contribuyó a consolidar a la Argentina porque posibilitó su expansión hacia el sur mientras los chilenos estaban ocupados en el norte).
Por cierto, la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviano puede conceptuarse, en última instancia, como uno de los favores históricos que, sin quererlo ni desearlo, el Estado chileno le hizo a la Argentina.
M. A. Vergara, op. cit., pp. 10-11.
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