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Capítulo 18: El contexto conosureño hacia mediados del siglo XIX

Antes de avanzar en la materia de esta parte de nuestra obra, dedicaremos este capítulo a sintetizar la evolución conosureña de la época, abordando primero el caso argentino y luego los de Brasil y Chile. Sólo después estaremos en condiciones de tratar sobre bases más sólidas los bloqueos francés y anglofrancés, y posteriormente los procesos que condujeron a la caída de Rosas.
    Como sabemos, la relación con Gran Bretaña fue un condicionante fundamental en las primeras décadas de independencia política de las provincias argentinas. Una vez superada la crisis de la independencia, en Gran Bretaña existió un gran optimismo con respecto al Río de la Plata. Pero a pesar de que este optimismo persistía en 1825 (el año del tratado angloargentino), sus bases no eran demasiado sólidas. En 1824 las exportaciones británicas al Río de la Plata llegaron a más de un millón de libras esterlinas. Los inversores en Londres habían absorbido los títulos de Buenos Aires por un valor nominal de un millón de libras. Los hombres de negocios británicos en Buenos Aires también habían realizado inversiones en un banco argentino. Sin embargo, 25 años después, es decir en 1850, el valor de las exportaciones británicas a la Confederación Argentina era de menos de un millón de libras, y solamente durante un año, en 1849, había sido superior al de 1824. En años malos como 1827 y 1845, las exportaciones británicas no habían alcanzado siquiera las 200.000 libras, colocando el promedio del período en aproximadamente 700.000 libras. Durante el período transcurrido entre el reconocimiento y la construcción del primer ferrocarril de larga distancia (1863), la Confederación Argentina era para Gran Bretaña un mercado bastante menor que Brasil, no tan bueno como Chile, y de ninguna manera comparable a Australia. En esos años el comercio británico con la Confederación Argentina se desarrolló a un ritmo menor que con el resto del mundo (1). No obstante, desde la perspectiva local, el comercio inglés tenía importancia si se lo considera comparativamente con el de otros países. Ortiz señala que en 1849 las exportaciones británicas eran de 35 millones de francos, en tanto las francesas habían alcanzado los 15 millones y las procedentes del norte de Europa, de los Estados Unidos y de Brasil eran de 5 millones cada país. Los productos provenientes de Gibraltar, España y el Mediterráneo alcanzaban sólo los 3 millones (2).
    Para enfrentar la situación de anarquía que sucedió a la Revolución de Mayo (3) y adaptarse al mercado rioplatense, los comerciantes extranjeros -y especialmente los británicos- establecieron casas mercantiles en Buenos Aires, al igual que en otras ciudades de Sudamérica. Las operaciones de las casas mercantiles británicas en el Río de la Plata databan de la invasión inglesa de 1806, pero el cambio político producido a partir de mayo de 1810 implicó para muchos comerciantes extranjeros la posibilidad de lanzarse a nuevos emprendimientos comerciales. Se abrió así, entre 1810 y 1820, la etapa llamada "aventurera", donde el mercado rioplatense ofrecía de manera pareja tanto oportunidades como riesgos -quizás más riesgos que oportunidades-, y en que las casas comerciales británicas de importación-exportación acometieron la eficaz jugada de introducir sus bienes directamente a las provincias del Interior en vez de venderlos en Buenos Aires. Ir hacia el Interior implicaba remontar los ríos Paraná y Uruguay o bajar hacia Ensenada y cruzar a Colonia en el Uruguay. Implicaba también evitar los obstáculos engendrados por los disturbios civiles, por los conflictos entre Buenos Aires y Montevideo, por la necesidad de obtener licencias especiales, y requería asimismo sortear múltiples dificultades en las comunicaciones y en las operaciones de intercambio con los eventuales consumidores.
    Los hermanos británicos John Parish y William Robertson fueron los arquetipos de esta etapa aventurera, bastante lucrativa al comienzo, en la que los comerciantes británicos intercambiaban en el Interior productos manufacturados por productos vinculados al sector ganadero, tales como pieles, cueros, lanas y carne secada al sol. Como se ha visto en el Capítulo 5, gracias al uso del trueque y/o de metálico como formas de pago, y a la existencia de precios competitivos para los productos manufacturados que ofrecían a cambio de los productos pecuarios, los Robertson establecieron los inicios del comercio de productos de cuero en el Interior. Hacia 1820 concluyó la etapa aventurera: el comercio del Interior se tornó menos lucrativo para los comerciantes británicos debido a la creciente competencia de los comerciantes locales, que comprendían mejor que los británicos las complejidades del ambiente político interno. A partir de este momento los británicos concentraron sus energías en el comercio de importación-exportación, menos riesgoso y más lucrativo que el comercio en el Interior. Desde la década de 1820 en adelante, los comerciantes porteños incrementaron su presencia en el Interior, ocupando el espacio que dejaban vacante sus colegas británicos. El puerto de Buenos Aires pasó a ser el intermediario entre la producción del Litoral y del Interior por un lado, y la proveniente de los mercados europeos por el otro. Los comerciantes británicos en Buenos Aires procuraron los productos del Interior ya no en forma directa sino financiando expediciones al Interior, y a través de otros exportadores, de comerciantes porteños, o de los dueños de saladeros y barracas (4).
    Como resultado de su adaptación a la anárquica realidad del primer decenio de vida independiente del Río de la Plata, los comerciantes extranjeros -y especialmente los británicos- procuraron cubrirse de los problemas económicos derivados de la inestabilidad del sistema político rioplatense a través de su vinculación con políticos locales influyentes, en la forma de sociedades. Por ejemplo, David Curtis De Forest, un norteamericano que se benefició con el comercio ilegal en el Río de la Plata, formó sociedad en 1810 con su colega español y miembro de la Junta de Mayo, Juan Larrea. Más tarde De Forest formó una compañía con un amigo cercano del director supremo Juan Martín de Pueyrredón, obteniendo protección contra los comerciantes criollos. Las prácticas de De Forest no eran inusuales, ya que las sociedades con hombres cercanos al gobierno proveían a los comerciantes británicos de un paraguas protector que inhibía los efectos negativos de la inestabilidad política y económica rioplatense. Por ejemplo, a principios de la década de 1850, la casa británica de Nicholson, Green & Co. incorporó como socio a Norberto de la Riestra, quien llegó a ocupar el cargo de ministro de hacienda en el Estado de Buenos Aires en la década siguiente. Desde dicho cargo en el gobierno, de la Riestra protegió los intereses mercantiles británicos, amparándolos de los problemas derivados de las luchas entre el Estado bonaerense y la Confederación. Por cierto, estas sociedades de casas mercantiles británicas con prominentes políticos locales resultaban ventajosas para impulsar los negocios comerciales en Buenos Aires, en el inestable marco de la primera mitad del siglo XIX, cuando la plaza porteña todavía era escasa en capital y crédito.
    Pero a la vez las sociedades resultaban altamente riesgosas porque la bancarrota, enfermedad o muerte de uno de los socios automáticamente disolvía la sociedad y cada socio se volvía responsable de las deudas de negocios de sus colegas. También la eventual liquidación o el fracaso de la sociedad comercial generaba serios inconvenientes, aun cuando todos los socios estuviesen vivos, pues estas alternativas podían obligar, por ejemplo, a que un socio se viese forzado a vender su propiedad personal para redimir las deudas de negocios de sus colegas (5). Otros efectos de la situación anárquica rioplatense tanto en términos políticos como económicos, como el alto costo de vida y la inestabilidad monetaria (6), impulsaron a los comerciantes británicos y sus casas mercantiles en Buenos Aires a asumir una diversidad de funciones, que iban desde la importación de bienes manufacturados y la exportación de productos rioplatenses, a la extensión del crédito a los viajeros, la venta de barcos, la búsqueda de eventuales mercados, e incluso la información sobre la situación política y económica del Río de la Plata (7).
    Las casas comerciales británicas de importación-exportación asumieron un rol protagónico en el sistema de distribución comercial del Río de la Plata. Como vendedores al por mayor de bienes importados y agentes de producción, dichas casas de importación-exportación ocuparon un lugar que muy pocos comerciantes locales pudieron compartir, pues los miembros de las mismas operaban a menudo como comerciantes de comisión, acordando en forma directa con los fabricantes en el Reino Unido el valor de los bienes que vendían en el mercado rioplatense. Pero también las casas comerciales británicas se dedicaron a la venta al por menor de bienes al público -aunque este rubro declinó en importancia luego de la década de 1820-, incentivando a los vendedores ambulantes a distribuir productos importados a las provincias del Interior, a informar del estado de los mercados provinciales, y a recoger los productos de dichas provincias para su exportación. Los servicios de embalaje y embarque también formaban parte de las funciones desarrolladas por las casas mercantiles en Buenos Aires. Durante la primera mitad del siglo XIX, y con el fin primordial de amortiguar los efectos de la inestabilidad política y económica del mercado rioplatense, las casas mercantiles británicas de importación-exportación tuvieron bajo su dominio la doble función del agente-corredor y del comerciante, roles que pasaron a diferenciarse mucho más tarde, con la organización de la Bolsa de Valores en 1854 (8).
    En síntesis, las casas mercantiles de exportación-importación tuvieron un papel precursor dentro de un sistema comercial rioplatense que durante la primera mitad del siglo XIX adolecía de muchas falencias: falta de estabilidad política, inflación, escasez de crédito y capital en el mercado de Buenos Aires, alto costo de vida, enormes distancias entre Europa y el Río de la Plata -exacerbadas por la lentitud del sistema de navegación a vela (9)-, malas condiciones de comunicación entre Buenos Aires y los eventuales mercados del Interior, demoras en las operaciones de carga y descarga en el puerto de Buenos Aires (10) y problemas de infraestructura en éste, como la imposibilidad de los buques de acercarse a la costa por los bancos de arena (11).
    Además, cabe señalar que el éxito comercial alcanzado por los ingleses se debió a su cabal comprensión de las necesidades del mercado rioplatense, a diferencia por ejemplo de los franceses que pretendían introducir artículos suntuarios. Los productos ingleses alcanzaron una difusión tal que viajeros de mediados del siglo XIX pudieron decir que habían observado a los gauchos vestidos enteramente con prendas de fabricación inglesa y que muchos establecimientos de campo tenían la casi totalidad de los artículos de uso común de procedencia inglesa (12).
    Pero la apertura del comercio internacional también trajo sus problemas. Por ejemplo desorganizó la agricultura incluso en Buenos Aires, donde hubo una creciente escasez de cereales, frutas, productos de granja y aceites vegetales: es decir, de todos los productos que requerían mano de obra y trabajo. Los brasileños ganaron el mercado del azúcar, los norteamericanos el de la harina, y los franceses y españoles penetraron el mercado del vino. Los comerciantes británicos trajeron hasta cargas de pickles y dulces, junto con sus importaciones de lana y algodón. Ferns nos recuerda que en 1820 en Buenos Aires medio kilo de manteca costaba más que una oveja, y un huevo costaba más que cualquiera de los anteriores. Por cierto, el largo estado de guerra había desarraigado e incorporado al ejército una parte sustancial de la pequeña clase campesina. Además, las ventajas competitivas del comercio de cueros y carnes, que eran los más lucrativos y los que exigían menos fuerza de trabajo, conspiraban contra los intereses agrícolas.
    La mayor inversión de capital extranjero en el Río de la Plata era la de Baring Brothers. La deuda era de un millón de libras. Los intereses anuales eran de unas 65.000 libras, aproximadamente 13% del ingreso de la provincia de Buenos Aires en 1824. Para una economía tan primitiva, la carga era realmente pesada (13). Sin embargo, no habría sido imposible cumplir con una deuda de ese monto si las premisas en que se basaron Bernardino Rivadavia y los promotores de la operación hubiesen sido correctas. Estas eran que las expensas militares podrían reducirse, y que si bien las rentas aduaneras no aumentarían, al menos tampoco disminuirían. Lamentablemente, éste no fue el caso, principalmente debido a la guerra contra el Brasil, y la provincia de Buenos Aires no pudo pagar a sus acreedores.
    Por otra parte, según las interesantes hipótesis de Ferns la revolución que derrocó al poder español generó en las provincias argentinas una sociedad excepcional, que estaba dominada por una clase de "personas ricas que eran pobres", ya que eran ricas en tierras pero no en capital. Con el paso del tiempo se volvieron a la vez más ricas y más pobres. Adquirieron más tierras pero se endeudaron. Dependían de la importación de capital. Contrariamente a las sociedades europeas, las provincias argentinas no poseían una abundante población a la que las clases dominantes pudieran obligar a trabajar productivamente, y tampoco poseían maquinarias que pudieran sustituir a la fuerza de trabajo. De tal modo la clase dominante argentina dependía de comunidades extranjeras tanto para la obtención de capital como de mano de obra, y era por lo tanto una clase endeudada y dependiente. Pero no obstante, y tal como lo señala Ferns, en la Argentina el poder político correspondía siempre a esa clase terrateniente endeudada. Esta era una situación muy distinta a la existente en los Estados Unidos, Canadá o Australia; inclusive en América del Sur existían muy pocos casos paralelos. En la mayoría de los países era una clase acreedora, no una clase endeudada, la que poseía el poder político. En las economías agrarias previas a la Primera Guerra Mundial los más poderosos eran los banqueros, los hombres de negocios y los capitalistas del ferrocarril. Pero en la Argentina era la clase rural la que determinaba la política del Estado, otorgando a las políticas crediticias, comerciales y monetarias características inusuales, que no eran típicas del siglo XIX y principios del XX (14).
    Asimismo, la embrionaria Argentina de esa época fluctuaba entre los extremos de no tener ningún banco, o de tener bancos con una legislación que era extremadamente laxa o bien ignorada, inclusive por las mismas autoridades del Estado. Como sostiene Ferns (que fue sin duda el más importante maestro de las relaciones económicas argentinas del siglo XIX), visto con perspectiva de largo plazo la Argentina se ató al libre comercio durante un período más largo que Gran Bretaña, y en muy pocas comunidades de crecimiento tan rápido hizo el Estado tan poco por la industrialización como en el país del Plata. La clase endeudada que dominaba la Argentina vivía en el lujo, mientras que los que llevaban la pesada carga del desarrollo eran los trabajadores (tanto argentinos como inmigrantes), los arrendatarios y (paradójicamente) los capitalistas extranjeros. Esta era la configuración de fuerzas sociales que estaba en vías de formación en los tiempos de la guerra con el Brasil (15).
    Gran Bretaña estaba interesada en la paz y en el libre comercio. El emperador del Brasil estaba interesado en impedir el control argentino del sistema fluvial del Plata-Paraná, y en contrarrestar la amenaza revolucionaria enfrentada internamente por su propio Estado a través de una victoria militar sobre las fuerzas revolucionarias del Río de la Plata. La flota brasileña era capaz de imponer un "bloqueo estricto" a Buenos Aires (que implicaba que los británicos aceptarían el bloqueo como "legal" y que por lo tanto no lo romperían). Pero, como sabemos, las fuerzas argentino-uruguayas derrotaron al ejército brasileño en Ituzaingó. Luego de la batalla, las fuerzas brasileñas fueron cercadas en Montevideo, que las fuerzas del Río de la Plata no pudieron tomar debido a su posición atrincherada.
    En esas circunstancias, el gobierno de Buenos Aires alentó la revolución en Rio Grande do Sul y hasta cierto punto alentó a Bolívar y Sucre a lanzar un ataque republicano contra Brasil, aunque a la vez temiera a estos caudillos hispanoamericanos. Pero hacia principios de 1826 Bolívar le aseguró a Gran Bretaña que Colombia no atacaría a Brasil. Por su parte, el gobierno de Buenos Aires aceptó a Colombia como mediador, desactivando de esta forma las facciones argentinas favorables a la continuación de la guerra que habían depositado sus esperanzas en un posible ataque colombiano sobre Brasil. A su vez, Gran Bretaña limitó su rol a exigir la libre navegación del sistema fluvial del Río de la Plata-Paraná. Rehusó dar garantías territoriales a cualquiera de las partes, y sostuvo que la mejor resolución del conflicto era la independencia uruguaya. Como ya vimos, la guerra finalmente terminó a principios de 1828, cuando la efectividad del bloqueo brasileño se anuló. A partir de 1827 los Estados Unidos se habían aprovechado de la política británica de bloqueo estricto, para penetrar comercialmente en el Río de la Plata. Pero hacia 1828 los británicos ya no estaban dispuestos a soportar esto. A su vez, el emperador de Brasil se mostró más dispuesto a aceptar la independencia uruguaya.
    Esta solución, que figura en el tratado de paz de 1828, fue el origen legal de la independencia uruguaya. Sin embargo, fue por varias décadas una solución artificial en cuanto la Banda Oriental seguía siendo parte natural del sistema político y social de las provincias argentinas. Con la independencia, las fuerzas revolucionarias del Uruguay comenzaron a atraer a los caudillos de Santa Fe y Entre Ríos. Para Buenos Aires, un Uruguay independiente se convirtió en una amenaza aún mayor que el emperador del Brasil.
    Mientras tanto Rivadavia, que había sido designado presidente en 1826 en la rivera occidental del Plata, renunció en 1827. Lo sucedió Vicente López como presidente provisional, quien convocó a elecciones en la provincia de Buenos Aires y designó a Juan Manuel de Rosas como comandante de la milicia. Una vez que Manuel Dorrego fue elegido gobernador, López renunció a su cargo y el Congreso Nacional se disolvió, desapareciendo así nuevamente el gobierno central. Manuel Dorrego firmó la paz con Brasil. Los estancieros, los gauchos y los pequeños fabricantes de las provincias eran los que se habían beneficiado en mayor grado de la guerra. Las inversiones británicas habían cesado y el comercio casi se había interrumpido. Pero en términos generales la economía no se perjudicó tanto como habría de esperarse debido a la reactivación de las actividades antes perjudicadas por la competencia extranjera.
    Hacia fines de 1828 las tropas de Buenos Aires se retiraron del Uruguay, como había sido pactado. En diciembre de 1828 el general Juan Lavalle -que a su vuelta del Uruguay había acampado fuera de Buenos Aires- destituyó al gobernador Dorrego. Lavalle consiguió un apoyo limitado de los franceses, pero luego de la ejecución de Dorrego hubo un levantamiento contra él, y la Legislatura provincial eligió como gobernador a Juan Manuel de Rosas en 1829. Su régimen duró 21 años. Rosas se apoyó en la Iglesia, en la milicia gaucha, y en las clases bajas y medias.
    Bajo Rosas se produjo una creciente transformación social en las provincias argentinas: a través de la distribución de tierras, el gaucho se convirtió en jornalero rural y a veces en propietario. De manera lenta pero segura se desarrolló una fuerza de trabajo rural. La distribución de la tierra creó unidades de producción viables. La incorporación de nuevas tierras a través de la expansión de la frontera india incrementó las posibilidades de producción. Se comenzó a desarrollar comercialmente la cría de ovejas (16).
    Dejando de lado problemas que en la época se vivieron como relativamente secundarios, como la invasión británica de las Islas Malvinas de 1833 (tratada por separado en esta obra) y algunos conflictos entre confesiones religiosas, durante la primera parte de la hegemonía de Rosas el problema más importante de las relaciones angloargentinas fue el incumplimiento del pago de la deuda de la Confederación Argentina. Más adelante, en un segundo subperíodo, el principal conflicto giraría en torno a la libre navegación de los ríos.
    El incumplimiento del pago de la deuda a Gran Bretaña fue inevitable debido a varios
factores:
    a)
el agotamiento de las minas que quedaban en territorio argentino;
    b) el balance comercial desfavorable durante las décadas de 1830 y 1840;
    c) el hecho de que la venta de tierras públicas no constituyera una importante fuente de         ingresos (como ocurría en los Estados Unidos), ya que en la Confederación Argentina la distribución de la tierra era usada políticamente para garantizar el apoyo al gobierno; y
    d) la falta de un régimen efectivo de impuestos a la propiedad rural (17).
    Sin embargo, la actitud del gobierno británico hacia el incumplimiento del pago se mostró realista y flexible, y los plazos de pago fueron convenientemente pospuestos, de manera que esta cuestión nunca se convirtió en una fuente grave de inestabilidad.
    En cambio, surgieron importantes dificultades diplomáticas con Francia. El gobierno de Buenos Aires estaba en contra de firmar un tratado con Francia similar al que había firmado con Gran Bretaña en 1825. Consecuentemente, desde 1834 en adelante se deterioraron las relaciones. Francia adoptó una política de alianza con los enemigos internos de Rosas, y de uso de la fuerza en combinación con esa oposición. Una política semejante los había conducido a establecer un protectorado en Tahití y a la anexión de Argelia. No obstante, no existía una política francesa clara con respecto al Río de la Plata, ya que dentro de Francia misma existía un conflicto de intereses entre las clases comerciales y las castas militares respecto de esta remota región del mundo, que impedía la formulación de una política coherente.
    Como se verá con más detalle en otro capítulo, fue una nimia cuestión sobre las pérdidas de un cartógrafo francés en sus transacciones con el gobierno de Buenos Aires lo que precipitó la crisis entre el gobierno de Rosas y Francia.

  1. H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1968, pp. 142-143.

  2. Ricardo M. Ortiz, Historia económica de la Argentina, Buenos Aires, Pampa y Cielo, 1964, tomo I, p. 43. Por otra parte, algunos historiadores atribuyen a la introducción de productos extranjeros -principalmente británicos- una influencia negativa en la economía argentina, sobre todo en el Interior. Vicente Sierra sostiene que lo que interesaba a los ingleses no era el monto del comercio sino la limitación progresiva de las restricciones vigentes y de la eventual capacidad manufacturera del país. Pretende demostrar las consecuencias negativas de las medidas liberales, señalando por ejemplo que las de la Primera Junta permitieron el drenaje del metálico del país y la ruina del comercio local. Por ello, el gobierno que le sucedió, la Junta Grande, formada con la incorporación de representantes del Interior, debió tomar medidas para prohibir la extracción de monedas de oro y plata, vedar, a requerimiento de Mendoza, la introducción de los géneros de ultramar en las provincias interiores y no conceder la libre comercialización de las importaciones. Sierra sostiene que los precios ingleses respondían a una política de dumping, vendiendo por ejemplo ponchos a menos de la mitad de lo que costaban los producidos en el interior del país, lo que conducía a la ruina de las artesanías. No obstante, la crisis financiera que debió enfrentar el Triunvirato, por la pérdida del Alto Perú luego del desastre de Huaqui, lo llevó a revertir muchas de las medidas que había tomado la Junta. Frente a esto, el Consulado advertía al gobierno en 1812 sobre la paralización del comercio nacional debido a la competencia extranjera y a las contribuciones extraordinarias. [Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, tomo V, Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1968, pp. 549-555.] A su vez, la Asamblea del año XIII anuló el decreto de libre comercio del Triunvirato, disponiendo que las mercaderías extranjeras fueran consignadas a comerciantes del país. Sin embargo, a los pocos meses, las protestas de los comerciantes británicos y las necesidades del gobierno provocaron la revocación de la medida. [Ibid., t. VI, 1965, pp. 67-68.] Años más tarde, los ministros del gobernador de Buenos Aires, Rivadavia y García, hallaron en vigencia los aranceles de 1817 y 1818, de matiz proteccionista, por lo que, al considerar la nueva ley de aduanas, decidieron rebajar los derechos marítimos de entrada pero no quitar totalmente la protección de ciertos productos del interior del país, a pesar de su ideología librecambista. [Ibid., t. VII, 1976, pp. 387-388.] Según Sierra, Rosas decidió encarar su ley de aduanas porque era consciente de la función disolvente para el país ejercida por el puerto de Buenos Aires. El gobernador conocía el daño que la práctica del libre comercio había provocado a su provincia -destruyendo la agricultura-, aunque fuera el sostén de sus finanzas, y también a la economía del resto del país, lo que había sido origen del severo antiporteñismo que impedía la unidad nacional. [Ibid.. t. VIII, 1969, pp. 410-413.] De esta manera, la alternancia entre proteccionismo y librecambio se repetiría en el futuro según los gobiernos porteños tuvieran razones políticas para acordar con las provincias o urgentes necesidades financieras que pudieran cubrirse con los impuestos al comercio exterior. Los irreconciliables intereses de la ciudad-puerto y de las provincias del interior explican pues gran parte de los hechos de ese período, son una de las bases de la antinomia unitarismo-federalismo y uno de los impedimentos más importantes para lograr la unidad nacional.

  3. En este sentido, y siguiendo la argumentación de Tulio Halperín Donghi, la Revolución de Mayo implicó menos el comienzo de algo nuevo que el resquebrajamiento final de un orden colonial que desde hacía tiempo estaba en "terapia intensiva".

  4. UM/HR, Córdoba, 7 March 1836, John King to H & R, Jesuá 15 December, 1831, H.L. Jones to James Hodgson; UM/00, B.A., April 1, 1846, Wilfred Lathan to Owens, en Vera Blinn Reber, British mercantile houses in Buenos Aires, 1810-1880, Ph.D. dissertation, University of Wisconsin, 1972, pp. 147-148.

  5. Ibid., pp. 84-87.

  6. Reber acota que en Buenos Aires, y tomando el año 1826 como año base, la moneda local fue depreciada 594% durante 1836 y 2.100% en 1840. Y aunque los salarios locales se trataban de ajustar a la inflación, los precios lo hacían mucho más rápidamente. Esta espiral inflacionaria fue particularmente negativa para las actividades mercantiles, pues los comerciantes especulaban con la inflación y no respetaban los precios pactados en sus tratos comerciales. Esta situación inflacionaria también generaba escasez en la oferta de productos. UM/H.R. Green & Hodgson Letter Book, Buenos Aires, Oct. 7, 1818; March 21, 1823, James Hodgson to Joseph Green; KW, B.A., 1 Aug. 1853; April 1853, Krabbé to Darbyshire; BA/H.C. 4.1.24.4 B.A. 1852, George White to Baring; Aldo Ferrer, The Argentine Economy. An Economic History of Argentina, Berkeley, University of California Press, 1967, p. 60, fuentes citadas en ibid., p. 90.

  7. Ibid., pp. 90-91.

  8. Como ejemplo del rol crucial jugado por las casas comerciales de importación-exportación en el sistema comercial del Río de la Plata, vale destacar que los diez agentes de navegación más importantes del período transcurrido entre los años 1854 y 1856 fueron todas casas de importación-exportación. Ibid., pp. 91-93.

  9. Durante el período de 1810-1860, los comerciantes estimaban que era necesario un mínimo de 60 o 70 días para la travesía entre Londres y Buenos Aires, y un mes más para descargar los bienes en el puerto porteño. En 1831 los barcos estaban anclados en Buenos Aires hasta 150 días. En 1825 un barco a vapor operó en el Plata, pero su uso regular recién se extendió en la década de 1850, cuando el barco a vapor redujo el tiempo de viaje entre Buenos Aires y Europa a 30 días. Ver British Packet and Argentine News, 1831, fuente citada en ibid., p. 104.

  10. Como señala Reber para el caso del puerto de Buenos Aires, era de crucial importancia contar con un amplio número de días permitidos para las operaciones de carga y descarga, debido al problema del depósito de los bienes en el puerto. Raramente un barco estaba en el puerto de Buenos Aires menos de tres meses. Otra importante traba para las operaciones de carga y descarga era la enorme variación de las tasas sobre la carga, debido al impacto de la misma en los márgenes de ganancia o pérdida de los comerciantes. Estas variaciones de tasa eran hijas de la inflación y de la falta de estabilidad política. Las tasas de carga tuvieron un comportamiento generalmente ascendente, acompañando el ritmo de la inflación, y sólo cayeron cuando se incrementó el número de navíos en el puerto de Buenos Aires, tendencia que no se generalizó antes de la década de 1860. Ver ibid., pp. 95-96.

  11. La presencia de bancos de arena en el estuario del Plata impedía a los barcos acercarse al puerto de Buenos Aires. Hasta 1845 no existieron diques, muelles o espigones para solucionar este inconveniente.

  12. R. Ortiz, op. cit., t. I, pp. 42-43.

  13. Este empréstito es considerado por algunos historiadores como un pésimo negocio realizado por el gobierno de Buenos Aires, debido a que éste recibió finalmente sólo 560.000 libras, quedando el resto en el camino por intereses cobrados por adelantado y comisiones de sus gestores. Tampoco se aplicó a los fines a que estaba destinado por ley. Ver V. Sierra, op. cit., t. VII, 1976, pp. 396-404; José M. Rosa, Historia Argentina, Buenos Aires, J. C. Granda, 1965, t. III, pp. 372-381.

  14. H. S. Ferns, op. cit., pp. 153-154.

  15. Ibid., p. 154.

  16. Ibid., pp. 220-221.

  17. Ibid., pp. 223-225.

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