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Pasaremos ahora a la descripción sintética de la situación de los dos principales países vecinos de la Confederación Argentina, durante los turbulentos años del régimen rosista y sus múltiples conflictos internos y externos. Esto resulta necesario para comprender mejor la naturaleza de la dimensión externa de esos problemas, en tanto para comprender cabalmente un conflicto no sólo se precisa conocer su eje (es decir, saber cuáles eran los intereses encontrados), sino que también se requiere comprender qué (o quién) estaba en conflicto con qué (o con quién). En otras palabras, la cabal comprensión de un conflicto requiere conocer también la naturaleza de sus actores. Comenzaremos con el caso del Brasil, al que en un capítulo anterior tratamos sólo con relación al proceso de su independencia, sin avanzar más allá de 1822.
    Desde la llegada de la corte portuguesa en 1808, que coincidió con la apertura de los puertos brasileños, el comercio exterior del Brasil estaba en manos de extranjeros, principalmente de comerciantes británicos. A comienzos del siglo XIX Brasil había perdido su cuasi monopolio mundial de la producción del azúcar, pero éste continuó siendo su cultivo y exportación más importante, representando 40% de sus ingresos externos en 1822. El azúcar era cultivada principalmente en el noreste pero también en las provincias de Río de Janeiro y Sao Paulo. El algodón representaba 20% de las exportaciones y se cultivaba principalmente en Maranhao y Pernambuco. El café estaba en alza, representaba más de 20% de las exportaciones y provenía en su mayor parte de Río de Janeiro. Por otra parte, la importación británica más importante desde Brasil era el algodón. El azúcar y el café no tenían acceso al mercado británico ya que existían tarifas protectoras que beneficiaban a las colonias británicas. Pero mucho de lo que Brasil le vendía a Europa pasaba por manos británicas, y a su vez los británicos le proveían a Brasil la mayor parte de sus importaciones manufacturadas (1).
    Por otra parte, la integración económica del territorio brasileño era imperfecta. Básicamente, existía un gran circuito económico y unos pocos circuitos más pequeños desconectados del mayor. El principal eje cubría el centro y sur del Brasil. En el centro y sur, Minas Gerais proveía a Río de Janeiro con carne, habas y productos de granja; Río Grande do Sul suministraba las mulas y el ganado, además del trigo y la carne seca que alimentaba a los esclavos y a los muy pobres; Río de Janeiro proveía azúcar, café y bienes importados. Por otra parte existían otros tres circuitos mucho más pequeños: Bahía y Sergipe, Pernambuco y sus vecinos inmediatos (Alaogas, Paraíba, Río Grande do Norte y Ceará), y el norte (Maranhao, Piauí, Pará y Amazonas).
    Estos circuitos eran mundos en sí mismos. Existían grandes dificultades de transporte y comunicación. Antes del surgimiento de los barcos a vapor, llevaba más tiempo ir desde Maranhao a Río de Janeiro que a Lisboa. Como señalan Bethell y Murilho de Carvalho (2), en Brasil no existía una unidad económica ni un sentido de identidad nacional. Existía solamente una frágil unidad política.
    La unidad política era desafiada por diversos factores, entre ellos que el emperador Pedro I era sospechoso de no ser un devoto constitucionalista, de favorecer los intereses de Portugal, y eventualmente de esperar la reunificación con Portugal a través de la herencia del trono lusitano. Además, al partir para Europa Juan VI se había llevado 50 millones en moneda, arruinando el erario. El gobierno debió apelar a empréstitos, que se obtuvieron en Londres por 3 millones de libras, dos de los cuales se pagaron a Portugal para obtener el reconocimiento. Don Pedro convocó una Asamblea Constituyente que aprobó una Constitución, pero ésta no fue aceptada por el soberano por considerar que restringía su poder personal. José Bonifacio de Andrada da Silva fue por un tiempo el consejero del emperador, e intentó evitar que éste adoptara el absolutismo. Pero José Bonifacio renunció en julio de 1823, y a esto le siguió una polarización política. En noviembre don Pedro disolvió la Asamblea y la sustituyó por un consejo de Estado que redactó otra Constitución (1824) que le daba el poder de vetar la legislación y disolver la Legislatura, lo que colocó al país prácticamente bajo un poder centralizado. El emperador designaba los gobernadores provinciales y los senadores. Los senadores y los miembros del consejo de Estado tenían carácter vitalicio. Los gobernadores provinciales no tenían necesariamente que ser originarios de la provincia que gobernaban, y en efecto en general provenían de otras regiones. Esta Constitución rigió hasta el fin del imperio.
    Las doctrinas del absolutismo, resurgidas por la Santa Alianza, fueron acogidas por don Pedro. La disolución de la Constituyente exacerbó la oposición de los liberales, divididos en "moderados" y "extremistas" (3). La alianza de don Pedro con importantes segmentos de la clase dominante de todo el Imperio se destruyó y comenzaron las insurrecciones. En diciembre de 1823 hubo amenazas de secesión en Bahía. En marzo de 1824 se produjo un alzamiento en Pernambuco, Río Grande do Norte, Paraíba y Ceará, que condujo a la proclamación de la "República del Ecuador". Esta fue derrotada seis meses después por las fuerzas del emperador.
    Por otra parte había mucho descontento con don Pedro ya que para asegurar la ayuda británica con respecto a la independencia del Brasil y para asegurar también su rápido reconocimiento, se había visto forzado a realizar concesiones informales respecto de la esclavitud. Estas concesiones se sumaron a las limitaciones al tráfico de esclavos que Gran Bretaña había acordado con Portugal anteriormente, entre ellas el tratado de enero de 1815, que prohibía el tráfico al norte del ecuador, y la convención adicional al mismo firmada en Londres en julio de 1817, por la cual se le daba a la armada británica poder de policía para visitar y buscar en altamar barcos portugueses sospechosos de tráfico de esclavos en la zona declarada ilegal. De acuerdo con la interpretación que de los tratados vigentes hacía George Canning, luego de que Brasil se separó de Portugal, la mayor parte del tráfico de esclavos en Brasil se volvió ilegal. Los esclavos brasileños provenían de colonias portuguesas en Africa, principalmente de Angola, y Portugal tenía un tratado con Gran Bretaña que lo comprometía a no vender en el Atlántico esclavos a territorios que no fueran portugueses. Sin embargo, estos argumentos no funcionaron, y en noviembre de 1826 el gobierno británico le impuso un Tratado a don Pedro por el cual en tres años el tráfico de esclavos en Brasil se convertiría en ilegal. Para la mayoría de los brasileños, éste era el más grande sacrificio imaginable de los intereses brasileños, es decir, toda una traición. Temían que el fin del tráfico de esclavos fuese una catástrofe para la agricultura y para otras ramas de su economía (4).
    Don Pedro también perdió popularidad como consecuencia de su política respecto del Río de la Plata, que resultó cara y desafortunada. Además, se lo consideraba portugués en un momento en que existía un creciente odio contra ellos. Y las dificultades económicas no lo ayudaban a consolidar su poder. Durante 1820 los precios de la mayoría de las exportaciones brasileñas cayeron constantemente. Por otra parte, el Tratado comercial anglobrasileño de agosto de 1827 -una réplica del tratado angloportugués de 1810- fue efectivamente el precio que pagó el Brasil por la ayuda británica en su proceso de independencia, así como el legado de la posición dependiente de Portugal respecto de Gran Bretaña desde su separación de España en 1640. Las principales características del tratado eran que:
    1. Le daba a Gran Bretaña la posibilidad de designar jueces especiales para tratar los casos en los que estaban involucrados comerciantes británicos. Esta cláusula extraterritorial puso en una posición asimétrica a las dos partes del tratado, y fue muy resentida por los brasileños. Esto hizo que el tratado anglobrasileño fuera sustancialmente diferente del tratado angloargentino de 1825, que era completamente simétrico. Era también muy diferente de otros tratados que Brasil había firmado con otras potencias. Por ejemplo, el tratado comercial firmado entre don Pedro y Carlos X de Francia en enero de 1823 no incluía este tipo de cláusula.
    2. Le daba a los cónsules británicos el derecho de administrar la propiedad de los súbditos británicos que morían en Brasil sin dejar testamento. Este elemento tampoco era parte del tratado con Francia, pero como el tratado con este país incluía una cláusula de nación más favorecida, los cónsules franceses consiguieron tener también este beneficio extraterritorial.
    3. Sacrificaba los intereses del transporte marítimo brasileño a los de la marina mercante británica.
    4. Limitaba la tarifa a un máximo de 15% para los bienes británicos importados, sin ningún tipo de reciprocidad. Por el contrario, el azúcar brasileño era gravado en 180% en Gran Bretaña, y el café de ese origen en 300%, con el objetivo de proteger los productos de las colonias británicas de las Indias Occidentales. Por otra parte, la tarifa de 15% sobre los bienes importados por Brasil limitaba los ingresos del gobierno brasileño e impedía la emergencia de industrias locales. Esta tarifa se convirtió en la tarifa para las importaciones provenientes de otros países que tenían tratados con Brasil que incluyeran una claúsula de nación más favorecida, y por medio de un decreto de septiembre de 1828 se volvió aplicable a todas las importaciones sin importar su procedencia. En parte como consecuencia de la pobreza resultante del erario y del desaliento a las industrias locales, hubo un deterioro en las condiciones de vida entre los pobres urbanos, que a su vez incrementó la xenofobia (5).
    Este tratado no aumentó la popularidad del emperador. En marzo de 1831 se produjeron una serie de choques callejeros en Río de Janeiro entre los partidarios de don Pedro y sus oponentes, los que duraron cinco días. El emperador intentó formar un gabinete más liberal y brasileño, y luego cambió de opinión y lo reemplazó por uno conservador y portugués. El 6 de abril se concentraron miles de oponentes, incluyendo algunos cuerpos del ejército. Finalmente el 7 de abril, rechazando las concesiones que sus oponentes le exigían, Pedro I abdicó en favor de su hijo de cinco años, Pedro II. La Legislatura eligió una regencia tripartita, y Pedro I zarpó para Lisboa con su hija de 12 años, que ya era reina de Portugal.
    Una serie de rebeliones siguieron a la abdicación de don Pedro. En Río de Janeiro hubo cinco levantamientos, todos esencialmente antiportugueses con excepción del último, de abril de 1832, que exigía la restauración de Pedro I. En Salvador hubo seis rebeliones durante los dos años siguientes. En Recife hubo levantamientos tanto contra los portugueses como por la restauración. Hubo también un levantamiento rural en Pernambuco, la llamada guerra de los cabanos, que duró desde 1832 hasta 1835 y fue restauracionista (es decir que querían el regreso de Pedro I).
    El sector de la sociedad brasileña que más se benefició con la abdicación fue el sector liberal moderado que había apoyado la independencia de Portugal pero que estaba en contra del absolutismo y la centralización. El liberalismo brasileño estaba severamente limitado por el consenso generalizado entre las elites brasileñas de conservar la esclavitud. En noviembre de 1831 se sancionó una ley que imponía graves castigos a la importación ilegal de esclavos, pero nadie creyó que sería tomada con seriedad una vez que la demanda de esclavos -que había decrecido como consecuencia de un exceso de importaciones- volviera a la normalidad. Se aceptaba cínicamente que no se trataba de una ley para ser cumplida, sino tan sólo una fachada sancionada para aquietar a los británicos, quienes ejercían mucha presión para ponerle fin al comercio esclavista (6).
    Por cierto, el liberalismo brasileño no era mucho más que un movimiento a favor del federalismo provincial. Algunos liberales eminentes inclusive propusieron dividir al Imperio en dos o tres países independientes, pero la mayoría de ellos apoyaba la esclavitud. Mientras se encontraron en el poder los liberales redujeron el poder del ejército, estableciendo una Guardia Nacional descentralizada cuyos oficiales eran designados por las provincias, y reformaron el poder judicial que hasta entonces era predominantemente portugués. Por otra parte, la ley de regencia de 1831 le quitó a los regentes el poder de disolver la Cámara de Diputados, de suspender las garantías individuales y de declarar la guerra, haciendo al regente mucho más dependiente del parlamento excepto respecto de su poder de designar ministros, senadores y gobernadores provinciales. En octubre de 1831, el paulista liberal Diego Feijó asumió el cargo de regente (7).
    Los liberales dominaron durante los siguientes dos años, con el triunfo de los liberales moderados sobre los radicales y también sobre los absolutistas. El republicanismo fue derrotado, y si bien prevaleció una descentralización parcial, el federalismo también fue derrotado. En 1834 se reformó la Constitución con un Acta adicional que adaptaba los principios federalistas a la monarquía representativa. Se instauró un régimen parlamentario que alternó en el poder a liberales y conservadores, ya que en septiembre de 1834 Pedro I murió en Portugal, y con su muerte desapareció el partido de la restauración. También se consignaba en el Acta que la regencia era unipersonal.
    Como señalan Bethell y Murilo de Carvalho, en 1831 el poder pasó de las manos opresivas del gobierno central a las manos opresivas de los poderosos de cada región. En las áreas rurales los jueces de paz dependían de los jefes locales, que eran usualmente miembros de familias eminentes, mientras en las ciudades los elegidos para esos puestos, que no eran socialmente tan distinguidos, dependían de los poderosos para avanzar en sus carreras. Estos jueces de paz protegían a los falsificadores de moneda y a los traficantes de esclavos. Como resultado de las medidas liberales adoptadas, la lucha por el poder entre las facciones liberales se incrementó, generando mayores conflictos que antes. Este proceso fue seguido por una nueva serie de levantamientos, primero en Pará (en el extremo norte) y en Río Grande do Sul en 1835, luego en Bahía en 1837, y posteriormente en Maranhao en 1838. Todos eran federalistas, y, los más serios, secesionistas (8).
    En 1835 fue proclamada la independencia de Pará, y la derrota del levantamiento se hizo a costa de la muerte de 20% de la población de la provincia y la destrucción de casi toda la capital de Belém. La rebelión de 1837 en Bahía también declaró a la provincia un "estado libre e independiente". Y la última revuelta del período, en diciembre de 1838, se llevó a cabo en el sur de Maranhao, y no pudo ser sofocada hasta mitad de la década del '40.
    Sin embargo, el levantamiento más serio fue el de Río Grande do Sul, donde la pérdida de la Banda Oriental como consecuencia de la guerra entre el Imperio y Buenos Aires había golpeado fuertemente los intereses locales. Después de la guerra los estancieros locales habían continuado manteniendo relaciones políticas y económicas con el Uruguay y con las provincias argentinas de Corrientes y Entre Ríos. En 1836 fue declarada la independencia de Río Grande do Sul, bajo un gobierno republicano. Con la ayuda de Giuseppe Garibaldi los rebeldes invadieron Santa Catarina en 1839, donde también proclamaron una república. En las luchas políticas intestinas de estas provincias, los hacendados tendían a ponerse en contra del gobierno imperial, mientras que los productores de charqui tendían a aliarse al mismo, oponiéndose a los secesionistas. El líder de la rebelión riograndense parecía tener planes de conformar una federación con Uruguay y la Argentina, y conspiró con Lavalleja y Rosas. Por otra parte, su segundo en el mando cambió de bando tres veces. Finalmente, los hacendados llegaron a la conclusión de que más les convenía continuar bajo la égida del gobierno imperial, que protegería sus productos contra la competencia argentina y uruguaya, y la secesión fue derrotada, armisticio mediante, en 1845. Pero la lucha había durado diez años. El episodio ilustra hasta qué punto era difícil diferenciar entre los asuntos internos y las relaciones con los países vecinos, aun en el caso del Brasil, que se diferenciaba de sus vecinos hispanoamericanos por el lenguaje, y que había conformado una identidad diferenciada de éstos debido a las pluriseculares guerras y competencias coloniales entre España y Portugal.
    De esta manera, las reformas de 1831-34 produjeron desilusión y revueltas y los liberales perdieron el poder. En septiembre de 1837 el regente liberal, Diego Feijó, renunció, y el poder pasó a manos de los conservadores bajo Araújo Lima, que se hizo cargo del gobierno en 1838. Se desarrolló entonces un nuevo consenso conservador que favorecía la centralización. Este se vio alentado por el hecho de que un auge en la producción de café había comenzado a hacer de Río de Janeiro, que antes era sólo el centro del poder político, un centro de prosperidad comercial y económica. El poder de las asambleas provinciales fue reducido en gran medida, y la minoría liberal sintió amenazada su existencia política.
    Como consecuencia, en un intento por impedir la sanción de nuevas medidas conservadoras, en 1840 los liberales auspiciaron la declaración de la mayoría de edad de don Pedro II, que tenía solo quince años. Tuvieron éxito, y esto terminó con la regencia de Araújo Lima y dio comienzo al Segundo Imperio, que estaba apoyado por el ejército y la Guardia Nacional, por la burocracia, por el pueblo de Río de Janeiro y por los liberales. Se designó un gabinete liberal, pero al poco tiempo éste cayó y fue seguido de otro que continuó con las reformas conservadoras. A través de la reforma del Código de Procedimientos Criminales, el gobierno central recuperó el control total de la estructura administrativa y judicial de Brasil. Se requerían pasaportes para realizar viajes internos; aumentó el tamaño del ejército, y se le devolvió al poder central la capacidad de disolver la Legislatura. Frente a esta situación, los liberales se rebelaron.
    En mayo de 1842 comenzó la rebelión en Sao Paulo y pronto se extendió a Minas Gerais. Estuvieron directamente involucrados dirigentes eminentes como Feijó, así como los hombres más ricos de estas provincias. Durante un corto tiempo se contempló la secesión, pero ésta no fue popular debido a los lazos económicos existentes entre las provincias rebeldes y Río de Janeiro (lo que hacía de Río Grande do Sul un caso completamente distinto). Los fazendeiros paulistas y sus aliados mineiros fueron fácilmente derrotados. De allí en más, hasta la caída del Imperio, el partido liberal sacó su fuerza exclusivamente de San Pablo, Minas Gerais, y Río Grande do Sul. Aceptando la unidad del país, intentaron evitar una excesiva centralización.
    Mientras tanto, el joven emperador había estado todo este tiempo bajo la influencia de Aureliano Coutinho, un cortesano que había participado tanto en el gabinete liberal como en el conservador. Esto hizo posible que en 1844, cuando los liberales retornaron al poder, se otorgaran amnistías a los rebeldes paulistas y mineiros. A partir de ese momento y durante un período significativo, los liberales y los conservadores se alternaron en el poder, aprovechando los primeros las leyes sancionadas por los segundos para ganar las elecciones y mantener el orden interno, aun a costa de abusar de la misma centralización y fraude que criticaban. Esta rotación de administraciones creó un equilibrio que contrastaba con la inestabilidad hispanoamericana que caracterizó ese período.
    Desde 1844 a 1848 el Brasil fue gobernado por los liberales. Pero el crecimiento de la industria del café consolidó la autoridad central, el poder de los burócratas de Río de Janeiro y la influencia política de los fazendeiros. Como consecuencia paradójica de estos procesos transcurridos durante el período liberal, cuando los conservadores recuperaron el gobierno hacia 1848, tenían más poder del que jamás había tenido un gobierno brasileño. Esta concentración de poder, además del crecimiento económico brasileño, iba a posibilitarle al gobierno central comenzar a tratar la cuestión de la esclavitud, que se había convertido en una cuestión muy irritante en las relaciones anglobrasileñas (9).
    Como se ha mencionado, una de las más importantes fuentes de cambio político y social fue la creciente importancia del café. Hacia principios de 1830 éste se había convertido en la principal exportación del país. Hacia 1850 representaba cerca de 50% de las exportaciones. La participación del Brasil en la producción mundial de café creció de 20% en la década de 1820 a 30% en la de 1930, y a más de 40% en la de 1840. Hubo una expansión constante en el total de las ganancias de exportación, a pesar de la relativa decadencia de la industria brasileña del azúcar, que era obsoleta y perdía mercados, y a pesar también del declive en las exportaciones de algodón. No obstante y por motivos que ya se señalaron (vinculados al tratado anglobrasileño de 1827), los ingresos del gobierno eran relativamente bajos y las posibilidades de desarrollo industrial, reducidas. Hacia fines de la década de 1840 casi la mitad de las importaciones brasileñas provenían de Gran Bretaña. Por todo ello, el tratado de 1827 se convirtió en una fuente de irritación para los brasileños conservadores, por la falta de reciprocidad británica y las cláusulas que le daban a ese país privilegios extraterritoriales (10).
    Sin embargo, el tratado expiraba en noviembre de 1844. Gran Bretaña había evolucionado hacia el libre comercio, y existía allí un deseo de renegociar el tratado con importantes reducciones en los impuestos a las exportaciones brasileñas, pero con la condición de que el Brasil pusiera fin al comercio esclavista y el Estado brasileño se comprometiera a abolir la esclavitud. Esta propuesta, realizada en 1842, encontró una fuerte oposición en Brasil. Pero si el gobierno brasileño no aceptaba la condición referida a la esclavitud, el gobierno británico no reduciría las tarifas sobre el café y el azúcar, y en ese caso los brasileños no admitirían una renovación del tratado.
    No obstante, esta posibilidad no preocupaba en demasía a los comerciantes británicos, que confiaban en la superioridad de sus mercancías sin la necesidad de obtener tarifas diferenciales, siempre y cuando no se discriminara directamente contra las exportaciones británicas. Como consecuencia de esta situación, el tratado de 1827 perdió su vigencia en 1844. Las tarifas subieron nuevamente, pero la mayoría sólo a 20%, y con un objetivo meramente fiscal. Se permitió la importación no gravada de maquinaria para la industria textil, y algunos productos de lujo fueron gravados con una tarifa de 60% (11).
    Simultáneamente el gobierno británico continuó avanzando hacia el libre comercio, pero discriminó contra el Brasil esclavista a través de un gravamen más alto para el azúcar cultivada por mano de obra esclava. Sin embargo, a partir de la derogación en 1846 de la ley británica de granos (que significó un avance colosal hacia la libertad de comercio), el gobierno inglés adoptó medidas que condujeron a una mayor igualación de las tarifas a las importaciones del azúcar y el café de las colonias británicas, frente a las impuestas al azúcar y el café extranjeros. A lo largo de un período de cinco años se llevaron a cabo reducciones graduales de estas diferencias, de manera que hacia 1851 ya no existía más discriminación. La consecuencia fue que, al bajar los precios cobrados en Inglaterra por el azúcar y el café brasileños, aumentó su demanda, lo que a su vez generó una mayor demanda de esclavos en Brasil (12).
    Por otra parte, y como sabemos, la controversia sobre la esclavitud no era nueva. En Gran Bretaña existía una campaña activa contra esa institución. Desde 1807 se llevaban a cabo negociaciones con otros Estados con el propósito de lograr la supresión del tráfico de esclavos. Entre 1823 y 1838 la presión del gobierno británico contra el tráfico de esclavos se había concentrado en los miembros del Imperio Británico, pero se había extendido gradualmente también hacia Estados extranjeros. El gobierno brasileño había resistido por mucho tiempo la presión británica para poner en vigencia una legislación antiesclavista, y rehusaba darle a la armada británica el permiso formal de usar cualquier medio para suprimir el tráfico de esclavos en alta mar. A partir de un acuerdo anglobrasileño de 1831 los barcos británicos podían capturar barcos cargueros de bandera brasileña que estuviesen realizando tráfico de esclavos, pero no podían capturar barcos preparados para el tráfico si no había esclavos a bordo. Los brasileños se negaban a permitir que los británicos avanzaran más (13).
    Pero hacia 1838 el movimiento abolicionista había tenido éxito dentro del Imperio Británico, y las energías abolicionistas se dirigieron hacia otros mercados de esclavos, como el del Brasil. La campaña mundial contra la esclavitud cobró vigor dentro de Gran Bretaña, haciendo que la opinión pública fuese muy sensible respecto de esta cuestión. En 1839 fue creada en Londres la Sociedad para la Extinción del Tráfico de Esclavos y la Civilización del Africa, de la cual participaban eminentes figuras públicas. A estas fuerzas ideológicas se le sumaron intereses económicos británicos contrarios a la esclavitud, cuando el gobierno británico abolió los impuestos prohibitivos contra el azúcar extranjero, dándole a las industrias azucareras extranjeras como la brasileña una ventaja competitiva.
    Hacia 1839, entre los Estados importantes sólo los Estados Unidos, España, Portugal y Brasil comerciaban con esclavos. En 1839 el gobierno británico decidió en forma unilateral interceptar naves portuguesas equipadas para el tráfico de esclavos, cargaran o no esclavos, y más tarde extendieron esta decisión a los cargueros brasileños. Como consecuencia de esta nueva situación, desde 1839 hasta 1842 la importación de esclavos decayó a más de la mitad. Sin embargo, luego de 1842 el tráfico comenzó a recuperarse.
    Además, en 1845 el gobierno brasileño decidió terminar con el tratado comercial antiesclavista de 1817, que autorizaba a los barcos ingleses a registrar barcos esclavistas. Para los brasileños la continuación del tráfico esclavista se tornó no solamente una cuestión económica de enorme importancia, sino una cuestión de "principio" en la que estaba involucrada su soberanía. A su vez, el gobierno británico recibía presiones internas en relación a su eficiencia en la lucha contra la esclavitud. Por ello, se aprovechó del tratado de 1826, todavía vigente, que no incluía cláusulas para realizar registros y toma de barcos, pero que establecía que el tráfico de esclavos debía ser "considerado y tratado como un acto de piratería". De esta forma, la denominada Ley Aberdeen de agosto de 1845 autorizó a la armada británica a tratar a los barcos esclavistas brasileños como piratas (14).
    Esto enfureció a los brasileños. Sin embargo, debido a la creciente demanda de esclavos, aunque los británicos jamás capturaron tantos barcos como en el preíodo de 1845 a 1850, el tráfico de esclavos creció a niveles sin precedentes. El gobierno británico comenzó a sufrir ataques internos por los grandes costos que traía aparejada la instrumentación de una política inefectiva. Pero en Brasil los dirigentes políticos se dieron cuenta también de que la situación no beneficiaba los intereses brasileños. La esclavitud estaba condenada a desaparecer tarde o temprano, y nada se ganaba con la falta de respeto a la bandera de su país, a la vez que Brasil no tenía el poder necesario para declararle la guerra a Gran Bretaña. Hacia 1849, aparte de Brasil, sólo España y Cuba, su colonia, participaban del tráfico de esclavos. Además, en 1849 corrieron rumores de que el Foreign Office británico autorizaría incursiones de la Royal Navy en aguas brasileñas. Esto sucedió en efecto, en 1850, cuando se le dieron órdenes a los barcos británicos de entrar a los puertos, ríos y bahías brasileñas para tomar barcos esclavistas. Estas órdenes fueron suspendidas durante un corto tiempo en 1850, pero volvieron a ser expedidas, para ser canceladas recién en 1852 cuando el gobierno brasileño finalmente tomó medidas responsables contra el tráfico de esclavos (15).
    Mientras tanto, en 1848 Pedro II había formado un gabinete conservador con el anterior regente, Araújo Lima. Lo primero que hicieron fue aplastar la revolución liberal en Pernambuco. Esta victoria conservadora reforzó el poder del partido, que se dirigió hacia una mayor centralización. La Guardia Nacional quedó bajo el control central del gobierno y alejada de las elites provinciales. Este gobierno fue extremadamente conservador, pero fue también el más fuerte de la historia de Brasil hasta el momento, consolidado, como hemos visto, debido al auge del café en Río. Y de esta manera, paradójicamente, este gobierno conservador pudo abordar el problema del tráfico de esclavos, que parecía insoluble y generaba intensos conflictos. El gobierno tenía un especial interés en ello ya que deseaba contar con la buena disposición británica en el caso de que Rosas amenazara al Uruguay. Brasil de hecho se preparaba para la guerra contra Buenos Aires, y conspiraba con el general Urquiza en Entre Ríos y con la facción antirrosista del Uruguay.
    Mientras el gobierno de Río se preparaba para tomar medidas reales en contra del tráfico de esclavos, el gobierno británico encaminó su campaña transfiriendo barcos desde el Río de la Plata a la costa brasileña, donde cumplirían actividades en contra de ese tráfico. Como ya se mencionó anteriormente, en abril de 1850 el Foreign Office autorizó a la armada británica a extender sus operaciones a los territorios y puertos brasileños. Como consecuencia en Brasil hubo una grave crisis política y muchos querían la guerra, pero el país no podía afrontarla militar ni económicamente, ni tampoco en términos de su situación estratégica con respecto a Rosas. Por lo tanto, en septiembre de 1850 la Legislatura brasileña sancionó una nueva ley que fortalecía la de 1831 anteriormente vigente, declarando el tráfico de esclavos como un acto de piratería y estableciendo cortes brasileñas especiales para que lidiaran con ese problema. El primer artículo de la ley declaraba que la posesión de equipo para el tráfico era razón suficiente para la confiscación de un barco.
    Era un momento especialmente oportuno para sancionar esta legislación, ya que existía un descenso temporario en la demanda de esclavos debido al exceso de importaciones, y había también resentimiento con los tratantes de esclavos, que eran muy poderosos y tenían hipotecas sobre las propiedades de muchos terratenientes (16). El comercio esclavista disminuyó casi hasta desaparecer, y cuando la demanda de esclavos se reactivó nuevamente en 1852, se reprimió la importación. Desde este momento en adelante, el suministro de la mano de obra para las plantaciones de café a través de la inmigración europea se convertiría en una necesidad urgente para el Brasil.

NOTAS

  1. Leslie Bethell (comp.), Brazil, Empire and Republic, 1822-1930, Cambridge and New York, Cambridge University Press, 1989, pp. 46-47.

  2. Leslie Bethell y José Murilo de Carvalho, "1822-1850", en ibid., pp. 48-49. Ver también A.K. Manchester, British Preëminence in Brazil: Its Rise and Decline, Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 1933.

  3. Es interesante la tesis de Tulio Halperín Donghi al respecto. Según este autor, el liberalismo brasileño representaba a las aristocracias regionales (la azucarera del norte o las ganaderas del centro y del extremo sur) y se oponía al conservadorismo urbano que era la expresión de los pequeños y medianos comerciantes portugueses de los puertos y de funcionarios que habían heredado la mentalidad del antiguo régimen. La corona debía influir entonces para garantizar al sector conservador alguna franja de poder y simultáneamente hacer de árbitro entre ambos. Señala Halperín que Pedro I fracasaría en su misión porque se identificó con los nostálgicos del absolutismo y de la unión con Portugal. Tulio Halperín Donghi, Historia contemporánea de América latina, Madrid, Alianza, 1969, p. 163.

  4. L. Bethell, op. cit., pp. 52-53.

  5. Aquí hay una similitud con lo que ocurría en las Provincias Unidas del Río de la Plata: la baja de las tarifas a los productos ingleses producía el desaliento de las industrias locales. Pero en el caso del Brasil esa medida producía una disminución en las entradas del erario, efecto que sería distinto del observado por historiadores argentinos cuando señalan que los gobiernos centralistas de Buenos Aires recurrían a las bajas tarifas en momentos de crisis financiera, dado que dicha baja producía un aumento significativo de la entrada de productos y por lo tanto mayor recaudación.

  6. L. Bethell, op. cit., pp. 61-62.

  7. Ibid., pp. 62-65.

  8. Ibid., pp. 66-68.

  9. Ibid., p. 84.

  10. Ibid., pp. 85-90.

  11. Ibid., pp. 94-95.

  12. Ibid., pp. 93-94.

  13. Ibid., p. 97.

  14. Ibid., pp. 100-101.

  15. Ibid., pp. 102-104.

  16. La persecución intensificada de la trata hacía más lucrativo el comercio de esclavos, pero ponía a la vez en crisis la agricultura que se basaba en esa mano de obra cada vez más costosa. Esta divergencia de intereses llevó a los parlamentarios de ambos partidos a no seguir rebelándose contra los sectores que pedían medidas eficaces contra la trata. Por otra parte, el senador paulista Vergueiro había comenzado a cultivar tierras de café utilizando colonos libres, a los que reconocía la mitad del fruto de la cosecha, y con buen resultado; esto señaló nuevas perspectivas a los latifundistas. T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 166-167.

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