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En esta sección retomaremos el caso chileno desde donde lo dejamos al estudiar la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana, analizando ahora lo que ocurrió en sus relaciones interestatales durante las décadas de 1840 y 1850, de modo de llevar nuestra cobertura de los países conosureños hasta mediados del siglo XIX.
    Hacia 1850 Chile era aún un Estado con mucho mayor grado de consolidación que la Argentina. En 1841 el general Manuel Bulnes, vencedor en la batalla de Yungay contra las fuerzas de Santa Cruz, se convirtió en presidente. Durante los seis años que siguieron a la guerra se produjo en Chile un gran desarrollo económico. Las ingresos del gobierno aumentaron un promedio de 55% si se los compara con el período de preguerra. La educación fue fuertemente promovida. Se reiniciaron los pagos de la deuda a Gran Bretaña, y el crédito chileno en el extranjero mejoró a tal punto que en 1844 los bonos de 100 pesos se vendían en Londres de 3 a 6 pesos por encima de su valor nominal. Esto hizo de Chile el país con mejor crédito extranjero de América del Sur. El desarrollo económico no se detuvo, sin embargo, y durante el período 1845-1865 las entradas del gobierno aumentaron 75% y el comercio exterior 225%. Hacia 1865, Chile había firmado y ratificado acuerdos comerciales con Francia, Gran Bretaña y España. Desde comienzos de la década de 1850, Valparaíso tuvo que competir con San Francisco, Callao y el ferrocarril panameño, pero el crecimiento de estos centros comerciales también generó mayores oportunidades para Chile. Entre 1849 y 1864 la marina mercante chilena duplicó sus barcos y triplicó su tonelaje (1).
    Por otra parte, hacia 1840 se descubrió el valor del guano como fertilizante. El guano era un excremento depositado por los pájaros a lo largo de la costa. El mercado del guano se expandió rápidamente. Cuando se descubrieron grandes depósitos de guano en el desierto de Atacama, el gobierno chileno declaró que su territorio se expandía hacia el norte hasta el paralelo 23, y que los depósitos de guano eran propiedad del Estado (propiedad "nacional"). El gobierno de Bolivia protestó declarando que sus propios territorios se extendían hacia el sur hasta el paralelo 26. Chile rechazó este reclamo y así nació una nueva disputa territorial que puede atribuirse con justicia al gobierno chileno, pero que no emergía de las políticas caudillo-céntricas de dirigentes facciosos (como había ocurrido en el caso de los intentos de expansión territorial de Flores, Santa Cruz, Gamarra y otros, vistos en un capítulo anterior), sino que se trataba más bien de una cabal realpolitik Estado-céntrica, calculada desde los intereses de un Estado consolidado. Lo que estaba en juego era un valioso recurso natural que un Estado estable buscaba explotar para el interés general de la comunidad chilena, a expensas, por supuesto, de los bolivianos. Obviamente, algunos miembros de la sociedad chilena se beneficiarían más que otros, pero hasta cierto punto la nueva riqueza produciría un efecto derrame (spillover) que llegaría a la mayoría de la población, de modo que hasta se podría definir esta política como ciudadano-céntrica, al menos si limitamos nuestro concepto de ciudadanía a la población del valle central de Chile. Lo dicho de ninguna manera pretende ser una justificación de la expansión chilena sino simplemente constituye una descripción del estadio de organización estatal y nacional alcanzado por Chile en esa época.
    Además, el gobierno chileno estaba muy ocupado promoviendo la navegación a lo largo de la costa del Pacífico. La Pacific Steamship Navigation Company se estableció en Valparaíso con capital británico, y hacia 1845 ya estaba llegando a Panamá. A más de esto, cuando se demostró el valor comercial del estrecho de Magallanes (producto de la reducción de costos de transporte frente al previo recorrido alrededor del cabo de Hornos), esta empresa fue precursora en el uso de la nueva ruta. Al hacerlo actuó en coordinación con el gobierno chileno, que temía que las grandes potencias se apropiaran del Estrecho (2). Además, en 1843 una expedición chilena fundó Fuerte Bulnes sobre el Estrecho mismo, y el gobierno chileno se lanzó asimismo a establecer un servicio de barcos a vapor en el Estrecho. El gobierno de Buenos Aires protestó en 1847 por la ocupación de ese territorio que consideraba propio, pero estaba demasiado ocupado con Gran Bretaña y Francia, y con sus propios problemas internos, como para ir más allá de esa tardía protesta. Como veremos en el próximo capítulo, el gobierno de Buenos Aires encargó un estudio para el apoyo del reclamo territorial argentino, que fue publicado en 1852 por Pedro de Angelis. En respuesta, el gobierno de Chile encomendó a Miguel Luis de Amunátegui un trabajo para justificar la pretensión chilena, donde por primera vez se incluía toda la Patagonia dentro de la jurisdicción trasandina. Pero ninguno de los dos Estados estaba dispuesto a ir a la guerra en ese momento, por lo cual en 1856 se ratificó un tratado dilatorio que reconocía los mal definidos límites de 1810 como válidos (3). Mientras tanto, Chile se aferró exitosamente al estrecho de Magallanes.
    De esta forma, como señala Burr (4), el guano y el vapor le dieron al Estado chileno un alcance territorial más amplio. Desde la perspectiva de la dirigencia chilena, esto hacía necesaria una marina de guerra más fuerte. Hacia 1851, barcos de guerra chilenos escoltaban regularmente toda la ruta comercial hasta San Francisco. Se generó así un círculo virtuoso por el cual por una parte, debido a la mayor jurisdicción territorial activa del Estado (desde el Estrecho hasta el paralelo 23), se percibía la necesidad de una armada más fuerte, mientras que por la otra era posible acceder a una armada más fuerte gracias precisamente al creciente poder financiero del mismo Estado, que había aumentado como consecuencia del orden interno, del desarrollo económico, y de las nuevas riquezas extraídas de territorios norteños anexados a la jurisdicción de ese Estado. Este desarrollo económico también había sido estimulado por la expansión de la minería de la plata y el cobre en Chile, como asimismo por los mercados de corto plazo para el trigo y la harina que emergieron como consecuencia de las fiebres de oro en California y Australia, donde se desarrolló una demanda para las exportaciones chilenas de alimentos. Aunque no fue muy importante hasta el siglo XX, el comercio con Estados Unidos adquirió cierta significación. Por cierto, aunque la mayor parte del capital que recaudó era británico, el precursor de la navegación a vapor en Chile fue un ciudadano norteamericano, William Wheelwright, y fue otro estadounidense, Henry Meiggs, quien hizo lo mismo en el desarrollo ferroviario que comenzó en 1852.
    La producción agraria chilena se benefició de estas mejoras en el transporte. La fuerza de trabajo rural estaba compuesta por inquilinos (arrendatarios de escasa independencia) y peones migrantes. A diferencia de las provincias argentinas, la fuerza de trabajo era abundante, de manera que cuando la demanda de productos chilenos aumentó, los terratenientes simplemente exigieron más de sus trabajadores sin dar mucho a cambio. La población rural excedente migró hacia las ciudades, o mejor aún, a la Argentina, donde ganaban entre ocho y diez veces más que en Chile.
    Los avances en las comunicaciones y en el transporte también beneficiaron la industria del cobre, que hacia 1835 ya representaba la exportación chilena más valiosa. Hasta las primeras décadas del siglo XIX casi todo el cobre se obtenía de óxidos, mientras que la mayoría de los sulfatos de cobre eran inútiles y no tenían mercado alguno. No obstante, los británicos desarrollaron un método que lograron mantener secreto por el cual producían cobre a partir de sulfatos, y gracias a la aplicación de este "método galés" importantes cantidades de sulfatos fueron exportadas de Chile a Gran Bretaña. Hasta mediados del siglo XIX, Gran Bretaña era el productor de cobre más importante del mundo, y perdió esta posición precisamente frente a Chile. Entre 1850 y 1880 el país trasandino fue el productor de cobre más importante del mundo, produciendo entre un tercio y la mitad de la producción mundial total, y alcanzando un récord de 60% del cobre mundial en 1876. La mayor parte de la producción, emprendida en aquel momento por empresarios chilenos con métodos relativamente primitivos, era exportada al Reino Unido. La presencia británica fue también de asistencia en esta instancia del desarrollo de la industria del cobre, especialmente en términos de servicios y de knowhow técnico. Las exportaciones chilenas fueron de considerable importancia estratégica durante algunos conflictos armados del siglo XIX, como la guerra de Crimea y la Franco-Prusiana.
    Pero Chile no fue el único país de la costa del Pacífico que prosperó durante este período. A comienzos de 1840 Perú estableció el monopolio del guano que incrementó los ingresos del gobierno, los cuales entre 1847 y 1854 aumentaron a más del doble, multiplicándose cinco veces hacia 1864. En 1844, Ramón Castilla asumió la presidencia e impuso el orden entre los caudillos, ganando nuevamente la primera magistratura entre 1845 y 1851, y entre 1855 y 1862, siendo la personalidad dominante en los años intermedios.
    El gobierno chileno no se sintió amenazado por la prosperidad peruana. Según Burr esto se debió a que Perú mantenía un conflicto permanente con Bolivia, serios problemas con Ecuador y relaciones tensas con Nueva Granada. Incluso había aumentado la complementariedad económica entre Chile y Perú. En cambio, las disputas de Chile con Bolivia y con la Confederación Argentina estaban en estado latente, aunque sin tensiones serias. La situación se alivió aún más, desde el punto de vista chileno, cuando el notorio general Juan José FLores, el ex presidente de Ecuador que se encontraba exiliado en Europa, amenazó con invadir su país para establecer una monarquía con el apoyo de España, y con el involucramiento de Santa Cruz, también exiliado en Europa. Esto representaba una amenaza para todos los Estados hispanoamericanos de la costa del Pacífico, lo que los llevó a unirse. A su vez, el gobierno británico intervino para impedir la expedición de Flores (5).
    En 1850 el general Flores ya se encontraba en Lima conspirando. El gobierno peruano era extremadamente conservador y no objetaba sus actividades debido a que, en Nueva Granada y en Ecuador, gobiernos radicalizados, populares y anticlericales habían tomado el poder (en parte como consecuencia de la influencia de los movimientos revolucionarios europeos de 1848), y la dirigencia peruana los consideraba peligrosos para sí. Esta complicidad del Perú con Flores generó nuevas tensiones con Ecuador. El gobierno chileno le advirtió a Lima que no toleraría la anexión de Ecuador. No obstante Flores invadió Ecuador, pero fracasó y sus fuerzas fueron dispersadas. De tal manera, como en tantas ocasiones previas, la situación se invirtió y Perú se encontró amenazado simultáneamente por Ecuador, Bolivia y Nueva Granada. En tales circunstancias, el gobierno chileno actuó nuevamente a favor del statu quo, esta vez advirtiéndole a Ecuador que cualquier acción contra Perú llevaría a una intervención chilena. Pero ello no fue necesario porque Ecuador estaba en medio de una guerra civil, mientras Perú se preparaba para ir a la guerra contra Bolivia y por ello estaba dispuesto a hacer concesiones a Nueva Granada (cuyo liberalismo el gobierno de Perú detestaba). A su vez los ecuatorianos temían terminar aislados, y como resultado de estos temores mutuos se firmó un tratado entre Perú y Ecuador en marzo de 1853, en el que el primero prometía mantener al general Flores fuera de su territorio.
    Entre tanto, Chile intentó infructuosamente mediar entre Perú y Bolivia, buscando siempre mantener el statu quo. Perú ocupó el puerto boliviano de Cobija y se rompieron las relaciones entre los dos Estados, pero debido a su propia guerra civil, Bolivia no pudo reaccionar. Además, Perú también sufrió una revuelta, de modo que la anarquía interna de los dos impidió la guerra entre ambos países.
    La escena se complicó aún más en 1854, cuando los Estados Unidos aparecieron, firmando un acuerdo con Ecuador por el que se les otorgaba licencia para explotar el guano en Galápagos a cambio de la protección de las islas y de la costa ecuatoriana, además de tres millones de dólares para el gobierno ecuatoriano (6).
    Los Estados Unidos ya eran percibidos con sospecha por su crecimiento territorial a expensas de México, por sus intereses en Cuba y en las islas de los Lobos en la costa noroeste de Perú, por las incursiones de los filibusteros norteamericanos en la Baja California, y por la usurpación del gobierno de Nicaragua de parte de William Walkers. Pero la posibilidad de que tarde o temprano un protectorado norteamericano se estableciera tan al sur como Ecuador constituía una amenaza directa a los Estados hispanoamericanos del Pacífico sur. El gobierno chileno actuó rápidamente en Quito para tratar de convencer a las autoridades de rechazar el tratado, pero encontró a la dirigencia ecuatoriana nuevamente ansiosa por la amenaza peruana de cancelar el acuerdo de 1853 respecto de mantener al general Flores fuera de su territorio. Los ecuatorianos sostenían que, debido a esta amenaza, necesitaban los tres millones de dólares ofrecidos por los norteamericanos, que usarían para comprar barcos de guerra a fin de defenderse. Estaban dispuestos a rechazar el acuerdo con los Estados Unidos si Chile les prestaba ayuda naval. Pero los chilenos comprendieron que el miedo ecuatoriano a otra expedición de Flores desde Perú los convertiría en una presa muy fácil para los norteamericanos. De tal manera, Perú se convirtió nuevamente en la preocupación principal de las relaciones exteriores de Chile. El gobierno chileno permaneció activo en Lima y pudo inducir a los peruanos a firmar el llamado Tratado Continental de 1856, por el cual los peruanos se comprometían a no interferir en los asuntos de Ecuador. El acuerdo fue firmado por los tres países involucrados, pero sería presentado a los demás países de América latina para que lo suscribieran. Estipulaba además la promoción de relaciones comerciales y culturales, la mutua garantía de la independencia, y la ilegalidad de las expediciones filibusteras (7).
    Pero la tranquilidad generada por este tratado pronto se quebró porque la necesidad del gobierno ecuatoriano de terminar con sus deudas con las grandes potencias lo llevó a vender tierras del Amazonas a inmigrantes europeos, tierras que el gobierno peruano consideraba propias. En 1859 el presidente Castilla de Perú invadió Ecuador y en 1860 firmó un tratado con el caudillo de Guayaquil, por el cual la venta de tierras se cancelaba. Castilla entonces se retiró, a pesar de que siguió apoyando a la facción de Guayaquil en las luchas internas ecuatorianas. No sólo esto, sino que Castilla comenzó a considerar la posibilidad de anexar la región de Guayaquil al Perú. Pero el apoyo peruano a Guayaquil hizo que otros caudillos ecuatorianos se agruparan contra Guayaquil, creando un gobierno "nacional" unificado. El tratado de 1860 fue entonces cancelado. Como consecuencia de este caos, Ecuador quedó gobernado por un presidente ultraconservador cuyo ejército estaba comandado nada menos que por el general Flores. Y estos caudillos comenzaron a negociar la conversión de Ecuador en un protectorado francés.
    Mientras tanto, el problema de Atacama entre Chile y Bolivia se había agravado. Durante quince años el gobierno de Chile se había abstenido de usar la fuerza para efectivizar su demanda de territorio hasta el paralelo 23. Pero la riqueza guanera del Perú demostraba la importancia de esos territorios y representaba una fuerte motivación para la acción, así que en 1857 fuerzas chilenas tomaron el puerto boliviano de Mejillones, expulsando a las autoridades bolivianas y haciendo obligatoria la obtención de una licencia chilena para la explotación del guano. El descubrimiento de vastos depósitos de guano en la región hizo intransigente al gobierno chileno, a pesar de las protestas bolivianas. Como consecuencia, el 27 de mayo de 1863 la Asamblea Nacional de Bolivia autorizó al presidente Acha a declarar la guerra a Chile (8).
    Aunque como veremos en un capítulo posterior, esta guerra no llegó a concretarse en lo inmediato debido al peligro que súbitamente presentaron las ambiciones restauradoras españolas, se vislumbra claramente que hacia mediados del siglo XIX la percepción chilena de los intereses prioritarios de su país, tanto económicos como estratégicos, ubicaba a éstos en el Norte y no en el Sur. Por ello, a pesar de que Chile tenía importantísimas ventajas frente a la Confederación Argentina en su competencia por los territorios del Sur, ya que: a) a diferencia de la Confederación Argentina, era un Estado consolidado, y b) a partir de la fundación de Fuerte Bulnes en 1843, llevaba claramente la delantera en la expansión austral, el principal eje de preocupación de los estrategas de Santiago se encontraba no obstante en el Norte. Al cuidado del equilibrio de poder en el Pacífico al norte de Chile, y a la expansión territorial hacia el Norte, se dirigieron sus mejores esfuerzos y sus principales recursos. Este factor impidió que el gobierno chileno pudiera aprovecharse plenamente de la magnitud de sus ventajas, en su competencia territorial frente a la Confederación Argentina. Gracias a ello, la anarquía en que se encontraron las provincias argentinas durante tantas décadas no impidió que, eventualmente, el límite entre la Argentina y Chile fuera trazado según las expectativas vigentes en ambos lados de los Andes en los tiempos de las guerras de la Independencia, en vez de trazarse siguiendo las infladas pretensiones chilenas de mediados del siglo XIX.

NOTAS

  1. Robert N. Burr, By Reason or Force: Chile an the Balancing of Power in South America, 1830-1905, Berkeley, Los Angeles y Londres, Univ. of California Press, 1965, pp. 69-70 y 74.

  2. Ibid., pp. 70-71.

  3. Este tratado se firmó en Santiago de Chile el 30 de agosto de 1855. También se lo conoce como "Tratado Lamarca" (por el nombre del diplomático argentino que lo negoció) o "Tratado de 1856" (por la fecha de canje de las ratificaciones legislativas). Chile lo denunció en 1865.

  4. R.N. Burr, op. cit., p. 72.

  5. Ibid., pp. 75-76.

  6. Ibid., p. 84.

  7. Ibid., pp. 84-86.

  8. Ibid., pp. 89-90.

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