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Hasta la década de 1840 las relaciones entre el gobierno de Chile y el de la Confederación Argentina podrían calificarse de relativamente cordiales, a pesar de algunos problemas que las complicaron. Rosas había acordado la colaboración chilena durante su campaña al desierto en 1833 contra los indígenas, aunque aquélla luego se cumpliera en forma muy insatisfactoria para el gobernador de Buenos Aires. En la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana los gobiernos de Chile y la Confederación Argentina estuvieron juntos en el bando opositor al gobierno del mariscal Andrés Santa Cruz para detener sus apetitos expansionistas, pero nunca llegaron a ponerse de acuerdo para firmar un tratado de alianza, lo que finalmente motivó la orden de retiro del encargado de negocios chileno de Buenos Aires expedida en octubre de 1838. Por otra parte, las depredaciones que los indígenas causaban en las estancias y villas del territorio de la Confederación Argentina significaron no pocas veces el pase a territorio chileno de ganado vacuno y caballar que enriquecía su ganadería, gestándose una complicidad entre ganaderos y hacendados chilenos y malones indígenas. Asimismo, la sola existencia de un tratado de comercio entre el gobierno chileno y los de Mendoza y San Juan, más allá de su exigua vida útil, irritaba al gobierno de Rosas pues implicaba un desafío a su política de centralización y control territorial.
    La falta de entendimiento con el gobierno de Rosas decidió al presidente chileno Joaquín Prieto a enterrar la convergencia entre ambos gestada durante la guerra contra el régimen de Santa Cruz. Por su parte Rosas, acosado por múltiples frentes de conflicto, intentó mantener un bajo perfil en las relaciones con el país trasandino, a fin de mantener las buenas relaciones, aunque éstas no estuvieran exentas de suspicacias. Con tacto político, el gobernador de Bu2enos Aires decidió felicitar a su colega chileno atribuyéndole todo el mérito de la victoria contra Santa Cruz en Yungay (20 de enero de 1839), con las siguientes palabras:

Si el triunfo memorable de las armas de Chile ha pulverizado un sistema funesto a la paz y a la independencia de los pueblos; si el Perú y Bolivia respiran hoy el aire de la libertad; la justicia reclama un completo homenaje hacia los esfuerzos magnánimos y la elevada política de la administración que V.E. preside dignamente (...) (1).

Pero Prieto pronto evidenció su decisión de distanciarse de Rosas a través de una serie de actitudes sumamente irritativas para éste. La primera señal fue la decisión del gobierno chileno de retirar a su encargado de negocios en Buenos Aires, decisión que había sido tomada en octubre del año anterior pero que se efectivizó a los pocos días de conocida la victoria chilena de Yungay. El segundo paso fue el envío de una nota del canciller chileno a su colega Felipe Arana, el 1º de agosto de 1839, aconsejando al ministro de relaciones exteriores de la Confederación Argentina la reanudación de las negociaciones con los agentes franceses, y dejando sin respuesta la nota de Arana respecto de la victoria rosista de Pago Largo en marzo de 1839 sobre las fuerzas del gobernador de Corrientes Genaro Berón de Astrada, aliado de los agentes franceses en Montevideo y del oriental Fructuoso Rivera contra Rosas. Arana trató inútilmente de convencer al gobierno chileno, estableciendo la comunidad de causa entre los esfuerzos de Chile contra Santa Cruz y de la Confederación Argentina contra Berón de Astrada y Rivera. Otro acto inamistoso del gobierno de Prieto fue no pronunciar palabra acerca del tratado Arana-Mackau que el 31 de octubre de 1840 puso fin al bloqueo francés en el Río de la Plata, y sí reclamar del gobierno de Rosas el permiso para que el emigrado antirrosista Mariano Fragueiro pudiera regresar a Buenos Aires.
    Asimismo, el Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno chileno, alentado por los emigrados unitarios a los que había dado asilo, intentó generar disidencias entre los gobiernos cuyanos y el de Buenos Aires, tratando de inducir al gobierno de Mendoza a asumir una actitud autónoma. Testimonio de esta nueva política fue la nota que el gobierno chileno envió al mendocino el 31 de diciembre de 1840, en donde aclaraba que para "reclamos de poca monta" como la de los valles intermedios, no era necesario y conveniente para el último:

recurrir a una autoridad distante, con quien no es posible entenderse sino atravesando distancias enormes por regiones expuestas desgraciadamente a vaivenes políticos que turban e interrumpen por largo tiempo las comunicaciones (...). Las circunstancias de estar encargado el Gobierno de Buenos Aires de las reclamaciones exteriores, no se opone a que las autoridades subalternas, y mucho menos los estados soberanos provinciales, hagan justicia los reclamos de los particulares; antes es su deber oírlos y decidirlos en primera instancia, sea que se les hagan directamente por los interesados, o por un comisionado que obre como medio de comunicación ante los particulares y las autoridades locales (2).

En la misma nota, el canciller chileno proponía expedir a Domingo Godoy la patente de cónsul y comisionado chileno en Mendoza, para conseguir este objetivo.
    Un valioso testimonio de la actitud negativa del presidente Joaquín Prieto hacia el gobierno de Rosas fue la carta que éste le enviara a su lugarteniente y amigo Angel Pacheco en noviembre de 1841 (3). En ella Rosas pasaba revista al conflictivo estado de la agenda entre ambos gobiernos, quejándose del apoyo chileno a los emigrados antirrosistas y aprobando la actitud de Pacheco:

Es muy acertado el paso que ibas a dar dirigiéndote al ministro de Chile, haciéndole saber lo que indica, y pidiendo proceda aquel gobierno con los fugitivos de esta república como lo exige nuestra seguridad, y se lo prescribe el derecho público en semejante caso; pues mientras el gobierno chileno no tome medidas que pongan al territorio argentino al abrigo de las tentativas que los salvajes unitarios pudieran hacer para turbar su tranquilidad, las precauciones que en la cordillera necesitarás adoptar no podrán dejar de ser perjudiciales al comercio de las dos naciones. Espero no sea desoída tu oportuna reclamación (...).

Particularmente Rosas expresó a Pacheco su disgusto ante la actitud favorable del gobierno de Prieto respecto de los emigrados y sectores antirrosistas:

El señor Prieto se empeñó entonces, en carta particular al general Rosas, por la libertad del salvaje unitario Tagle, que estaba con grillos en la cárcel. El general Rosas, ni como Jefe del Estado, ni como particular, jamás se ha empeñado por nadie, con el gobierno de Chile, ni con su presidente, ni con ninguno de otro 2gobierno, por no considerarlo propio, justo, digno, ni prudente. Era Tagle el preso de más delito, y no podía ser justo largarlo dejando otros. El gobierno argentino, no sólo restituyó a Tagle a su entera libertad, sino también a todos los salvajes unitarios que estaban presos en las cárceles de la ciudad y campaña; incluso al titulado general salvaje unitario Paz (...).

El gobernador de Buenos Aires no ocultó en esa misma carta su irritación por la intencionada omisión del presidente chileno en responder a la notificación del gobierno de Rosas respecto de la victoria de Pago Largo del 31 de marzo de 1839, donde las fuerzas rosistas comandadas por Pascual Echagüe y Justo José de Urquiza desbarataron el levantamiento del gobernador de Corrientes Genaro Berón de Astrada:

Entretanto no sé cómo podrá definirse que el gobierno de la administración del señor Prieto haya favorecido tanto y tan decididamente a los salvajes unitarios, al pardejón (4); que las prensas de aquella república hayan declarádose siempre con calor en favor de aquéllos, y en contra de nuestra santa causa; que no haya contestado a la nota de este gobierno en que le dio aviso por la inmortal victoria de Pago Largo, cuya nota oficial se publicó en los periódicos de esta ciudad; que en la cuestión con la Francia no nos haya ayudado; y que posteriormente, cuando invadió el salvaje unitario Lavalle la república, haya desplegado con hechos indudables ostensibles una decidida benevolencia hacia ese mismo bando feroz de los salvajes unitarios(...).

Asimismo, Rosas evidenciaba ante su amigo Pacheco su oposición a los tratados entre Mendoza, San Juan y Chile firmados en 1835 y su disgusto ante la evidencia de la intención del gobierno chileno de desconocer su facultad de representar las relaciones exteriores. Refiriéndose al gobierno chileno, sostenía Rosas:

Su paso con el gobierno de Mendoza es ajeno del derecho común de las naciones, y en todos aspectos y sentido, hostil al gobierno de la Confederación, resaltando más el espíritu de protección hacia los salvajes unitarios consideradas las circunstancias en que así procedió el gobierno de Chile. ¿Gustaría al gobierno de Chile, lo toleraría un solo momento, que el argentino hubiese hecho otro tanto con una de las provincias que componen aquel Estado? ¿Daría por válido un titulado tratado como el que antes movieron con el gobierno de Mendoza? ¿Está tampoco en las facultades de este semejante ajuste, ni convenio alguno de esa naturaleza? ¿O es farsa la Confederación Argentina?

Rosas señalaba a continuación que por el contrario el gobierno de Buenos Aires era reconocido como conductor de las relaciones exteriores de la Confederación por Inglaterra, Francia, Estados Unidos y demás naciones.
    Otra cuestión de la agenda con Santiago de Chile tocada en esta extensa carta fue la de los malones indios. Quejándose de la actitud chilena en este tema, decía Rosas a Pacheco:

Cuando Pincheira dirigía las mil quinientas lanzas belicosas de los Boroganos, que invocando al Rey de España asolaban las fronteras de Chile, cautivaban sus familias en porciones, y mataban a los hombres, incendiando sus poblaciones, yo como Jefe del Estado le invitó oficialmente al señor presidente de Chile al plan de su exterminio. Me contestó de conformidad. Trabajé en él, sin embargo, solo, con la constancia y asiduo trabajo que bien sabido es de todos. Esta provincia, al efecto, desembolsó ingentes sumas. (...) Ni el gobierno de Chile dio las gracias al argentino, ni su presidente me las dio a mí en particular. Las prensas de Chile publicaron la terminación de Pincheira, y todo lo dieron al gobierno de Chile, sin un rasgo en favor de lo que sobre el particular se debía al gobierno argentino, y a los hijos de esta república, que por varias veces expusieron sus vidas en aquella grande empresa, trabajada a costa de tantos y tan prolongados sacrificios. Acá las prensas elogiaron al gobierno chileno, y yo guardé silencio, porque no era noble que se desmintiese por intervención mía a los chilenos, cuando los resultados serían contestaciones desagradables de una y otra parte. (...) El poder de los Indios, sin embargo de la conclusión de Pincheira, se presentaba formidable para ambas repúblicas. Concluida la guerra contra los salvajes unitarios por la última gloriosa victoria de nuestras armas en el Tucumán, al regresar el ilustre Quiroga para La Rioja, le invité a llenar el compromiso que antes habíamos acordado de expedicionar a los Desiertos. Siempre consecuente y fiel, me contestó de conformidad, y acreditando con los hechos sus palabras, siguió su marcha hasta Mendoza, ordenando que hiciese lo mismo el Cuerpo de Auxiliares. Noticié al gobierno de Chile de la proximidad de la empresa en que estábamos de acuerdo. Quedamos conformes en la oportunidad, y en la fecha en que debían marchar y penetrar los Ejércitos de la Confederación por tres puntos, al mismo tiempo que debía hacerlo el de Chile por aquella parte.
Todo se cumplió por la nuestra, sin que el gobierno chileno cumpliese por la suya nada de lo que había ofrecido. Por el contrario, las tribus que escaparon de nuestra persecución fueron a las fronteras de Chile y se les admitieron las paces. Así solamente pudieron quedar los indios que entonces escaparon en el Desierto; porque si el Ejército chileno hubiera bajado simultáneamente, ni los Ranqueles hubieran quedado (...).

Finalmente, Rosas se quejó de la falta de colaboración del gobierno de Prieto en la cuestión del bloqueo francés, señalando a Pacheco que:

En la lucha de esta república por el bloqueo de las fuerzas navales de la Francia, el gobierno de Chile en nada nos ha ayudado, sus prensas siempre continuaron lanzando anatemas de indignación contra este gobierno. Al fin ofreció al gobierno argentino un ministro mediador, cuando el británico cerca de este gobierno, caballero Mr. H. Mandeville, a quien tantos buenos oficios amigables de fina benevolencia debemos, estaba de por medio; y al hacerlo, en el espíritu de la nota desconoce, nuestra justicia: justicia que no nos ha negado el ministerio del gobierno de Su Majestad el Rey de los Franceses, según sus notas oficiales, y sus 2discursos en las Cámaras, todo ello publicado a la luz del viejo y nuevo mundo (...).

Rosas reiteraba en los párrafos finales de la carta a Pacheco sus quejas por la actitud de apoyo del presidente Prieto a los emigrados antirrosistas, y distinguía en este punto la actitud del mandatario chileno de las declaraciones efectuadas por su próximo sucesor, el general Manuel Bulnes:

Ultimamente, en la guerra que acaba de terminar contra los salvajes Lavalle y Madrid, la conducta del gobierno de Chile, según queda indicado en la primera parte, no ha sido amigable, nos ha causado graves males: y a pesar de todo, el gobierno argentino ha guardado silencio, como también las prensas de la república. El señor Prieto no ha contestado al recuerdo amigable, noticia y felicitación, que importa la prevención hecha al general Aldao para que le trasmitiese la carta relativa. El señor Prieto la recibió: escribió posteriormente recomendando a don Mariano Fragueiro para que se le permitiese llevar a su familia. Mas ni en esta carta hace recuerdo el señor Prieto de la convención de paz (5), ni de haber recibido la del general Aldao. Don Mariano Fragueiro fue servido de conformidad; desembarcó, estuvo en ésta el tiempo que quiso, y llevó a su familia, a pesar de la carta autógrafa publicada, de la titulada Comisión Argentina, y de lo que todos sabemos. El señor general Bulnes también me escribió una carta recomendando al mismo don Mariano Fragueiro; y aunque yo nada le había ni le he escrito respecto de la convención de paz con la Francia, en dicha carta me felicitó con íntima expresión (...).

A pesar de que las declaraciones favorables del general Bulnes hacia Rosas alentaron en éste expectativas de que las relaciones entre Buenos Aires y Santiago podrían adquirir un cariz más favorable al rosismo con el reemplazo de Prieto por el propio Bulnes en 1841, pronto las esperanzas del encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina se vieron defraudadas. En efecto, desde el inicio de su presidencia el 18 de septiembre de 1841 Bulnes dio indicios hostiles hacia Rosas. Recibió al general Gregorio Aráoz de La Madrid, quien había encabezado una intentona antirrosista en Cuyo y huido a Chile tras ser derrotado por las fuerzas rosistas del general Angel Pacheco en la batalla de Rodeo del Medio, en Mendoza el 24 de septiembre de ese año. El nuevo mandatario chileno trató con afecto a La Madrid y le dispensó auxilios oficiales. Procuró además asegurar trabajo para sus compañeros de infortunio, llegando a emplear hasta cincuenta emigrados argentinos en la administración pública chilena. Segun el historiador chileno Diego Barros Arana, si bien este número:

puede parecer reducido (...) era entonces enorme por cuanto la Administración era servida por un personal muy limitado de funcionarios. Debe también hacerse notar que algunos de ellos fueron llamados a destinos de responsabilidad y de confianza (6).

Como su antecesor Prieto, Bulnes continuó la política de reclamaciones diplomáticas respecto de los residentes chilenos en el territorio de la Confederación Argentina. Este era un punto en el que Rosas no podía ceder, so pena de perder la posición frente a sus enemigos y, en particular, la imagen que había proyectado como defensor de la integridad territorial, que le permitió en numerosas ocasiones de crisis (como en los casos de los bloqueos francés y anglofrancés, y en la guerra contra el régimen de Santa Cruz) obtener el respaldo de los caudillos provinciales. Vale aclarar que las reclamaciones chilenas eran muy similares a las que provocaron el bloqueo francés en el Río de la Plata.
    Otro indicio de la continuidad de la conducta exterior chilena fue el envío de un edecán a Buenos Aires (cuyo nombre según Sarmiento era el mayor Lavanderos) con la aparente misión de informar al gobierno de Rosas acerca de la elección de Bulnes y regresar con la respuesta a sus reclamaciones diplomáticas, pero que en realidad (según palabras del ministro de relaciones exteriores Felipe Arana) tenía el objetivo de averiguar los planes del ejército rosista acantonado en tierras cuyanas. Esta misión de Lavanderos estuvo impulsada también por Sarmiento, quien a través de una campaña periodística estimuló el recelo de los chilenos alegando que el lugarteniente de Rosas, Angel Pacheco, tenía órdenes del dictador de operar sobre Chile. Todos estos factores condujeron a defraudar las expectativas de Rosas respecto de la presidencia de Bulnes, con lo que las relaciones entre Buenos Aires y Santiago continuaron teniendo serios roces.
    En síntesis, a partir de fines de la década de 1830 y durante los primeros años de la de 1840, factores tales como las intervenciones extranjeras en el Río de la Plata, los levantamientos de unitarios y federales disidentes contra el jefe de la Confederación Argentina, la prédica antirrosista de los emigrados unitarios residentes en Santiago de Chile y la presión de los ganaderos chilenos en busca de valles propicios tanto para el pastizaje como para la caza de guanacos del otro lado de la cordillera impulsaron la política expansionista del gobierno de Chile hacia la región cuyana y el área patagónica.

 

  1. Carta de Juan Manuel de Rosas al presidente de Chile Joaquín Prieto, Buenos Aires, 16 de marzo de 1839, citada en J. Irazusta, op. cit., tomo IV, p. 39.

  2. Archivo General de la Nación, X-1-10-6. Nota del Gobierno chileno al Gobernador de Mendoza, 31 de diciembre de 1840, citada en Jorge Comadrán Ruiz, "Mendoza y las relaciones exteriores durante la época de Rosas", Separara Nº 7 de Cuadernos del Centro de Estudios Interdisciplinarios de Fronteras Argentinas (CEIFAR), Buenos Aires, 1981, p. 51.

  3. Carta de Juan Manuel de Rosas a Angel Pacheco, Buenos Aires, 17 de noviembre de 1841, en J. Irazusta, op. cit., tomo IV, pp. 50-57.

  4. Apodo que recibía el caudillo oriental Fructuoso Rivera.

  5. Se refería al tratado Arana-Mackau.

  6. Diego Barros Arana, Un decenio de la historia de Chile (1831-1841), Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1905, tomo I, pp. 226-228.

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