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La situación de la provincia de San Luis merece un análisis especial. Ella compartía con sus vecinas cuyanas la resistencia a la política económica de Buenos Aires, y por ello las familias tradicionales de la sociedad puntana, como los Daract o los Videla, evidenciaron tempranamente sentimientos antirrosistas. Se ha visto cómo el gobierno puntano de Calderón había impulsado la gestación de un espacio económico integrado en la región cuyana. Asimismo, la economía puntana -como la sanjuanina y la mendocina- encontraba una salida a sus productos en el mercado chileno. Esta opción se hizo particularmente necesaria a partir de los bloqueos francés y anglofrancés en el Río de la Plata, que obstaculizaron la salida de los productos puntanos por Buenos Aires. Pero a estos problemas económicos se agregaban los derivados de las permanentes luchas entre los partidarios de Rosas y sus enemigos, que generaban una constante inestabilidad política.
    Además, estos factores se sumaban al problema que representaban los malones de indios chilenos y ranqueles. Como señala Carlos Chacoff, los malones se yuxtaponían a las luchas civiles entre rosistas y antirrosistas, potenciando los efectos disruptivos en la economía y la política puntana (1). Asimismo, complicando aún más el panorama y como ya se ha visto, también se registraban alianzas entre algunas tribus indígenas e intereses chilenos, los que estaban hasta cierto punto contrapuestos a los de los Estados provinciales de Cuyo, aunque no de una manera permanente ni mecánica. De modo que la compleja trama de alianzas e intereses entrecruzados en las provincias cuyanas no respetaba ni el límite con Chile, ni la división entre rosistas y antirrosistas, ni la antinomia entre indios y "cristianos". Rosas, consciente tanto de la dimensión alcanzada por el problema de los malones en las distintas provincias confederadas como de las limitaciones de Buenos Aires para sostener simultáneamente la lucha contra sus enemigos y contra los indios, sabía de las conexiones de los ranqueles con los sectores antirrosistas, y en septiembre de 1841 puso sobre aviso al gobernador de Mendoza, José Félix Aldao, respecto de este problema:

Sabe Vd. que los Ranqueles, antes de la invasión del salvaje unitario Lavalle, anduvieron interesados en la paz, que ellos siempre han tomado por pretexto cuando se han creído en mal estado, y luego han faltado con insolencia cuando les ha parecido, para continuar sus robos. (...) Invadió el salvaje unitario Lavalle, y fue conveniente conservarlos en el ejército. Los caciques Ranqueles, guardaron silencio por esta parte, pero no respecto de Córdoba, pues se estuvieron entendiendo con el salvaje unitario Madrid, desde que lo creyeron triunfante, e invadieron por Córdoba. Lo que advirtieron su error, a consecuencia de nuestros triunfos, se esforzaron en disculparse. Les mandó decir, que si fuera cierto no conservarían al salvaje unitario Brizuela y otros salvajes unitarios. Que si les cortaban la cabeza y me traían las lenguas, les creería. Me remitieron entonces al salvaje unitario Cabral y apuraron sus disculpas. Me desentendí, y les hice dar en Tapalqué, en diversas remesas bastante número de hacienda yeguariza y vacuna para la mantención, previniéndoles, que los ayudaría mensualmente con yeguas para dicha mantención, si entraban en su deber y cumplían con lo que les había prevenido respecto de esos cuantos salvajes que se habían refugiado a ellos. Después de esto, intentaron robar por el Pergamino, y por las Mulitas, a la 2provincia de San Luis. Suspendí desde entonces darles más; les he hecho entender, lo disgustado que estoy con su falso, infame modo de proceder (...).

En esta misma carta a Aldao, Rosas paradójicamente comentaba la necesidad de confiar en los indios chilenos. Consciente de sus limitadas posibilidades de derrotar a indios araucanos y ranqueles a la vez, y del hecho de que su principal problema no era el de la alianza de los araucanos "chilenos" con los intereses económicos trasandinos, sino el de la alianza política entre los ranqueles "argentinos" con los antirrosistas, Rosas escribió al gobernador mendocino que:

Los indios chilenos enviados, fueron llamados por los Ranqueles, diciéndoles que estando en guerra los cristianos unos con otros, era oportuno que vinieran a llevar haciendas sin dificultad. Los chilenos a que me refiero, son los indios cuyos caciques principales son Namuncurá y Callfulcurá. Estos indios son, como creo sabe Vd., los que han casi acabado con los restos de Borogas, aliados de los Ranqueles, y (estos) por consiguiente no han sido amigos de Namuncurá ni de Callfulcurá (...). Cuando (los Ranqueles) les mandaron decir que viniesen a robar, (Namuncurá y Callfulcurá) me lo avisaron, pidiéndome al mismo tiempo, permiso para venir a situarse por Salinas (Grandes). Mandaron caciques a Tapalqué, en solicitud de este permiso, asegurando no vendrían si yo no se lo permitía. Yo creí conveniente dárselos, porque no tenía motivo para desconfiar de ellos, y porque creía que no sería extraño sirva esto para contener e imponer a los Ranqueles, que son inferiores en poder (a los araucanos). Desde que llegaron, he tenido más motivos para creer que su intención ha sido hasta lo presente pacífica, y que no han aprobado el proceder de los Ranqueles. (...) Los Ranqueles, pues, que han estado viviendo cerca de nuestro compañero el señor (Manuel) López (go2bernador rosista de Córdoba), no le han hablado la verdad. Quieren hacer creer que los dichos chilenos han venido a robar, y que ellos los contenían, siendo por el contrario los triunfos nuestros y la aproximación de esos chilenos, lo que ha contenido últimamente a los Ranqueles. No quiere decir esto, que yo fíe absolutamente en los mencionados indios chilenos que han venido, pues ya sabe Vd., que no me faltan razones para saber lo que son los indios, pero sí, que no hay hasta el presente, motivo para dudar de su buena fe, del deseo con que quieren continuar la paz, y que los que no han andado ni andan bien, son los Ranqueles. Ese aviso último que Payné mandó al señor López, respecto de una partida de indios que había marchado a robar por la parte de Mendoza a San Luis, es otra prueba de ello, pues esos indios han salido con el consentimiento de los mismos caciques ranqueles Payné y Pichum (2).

Por lo que se ve, pues, ninguna de las divisiones tradicionales con que se suelen conceptualizar los conflictos de esa época sirve para comprender la compleja red de intereses cruzados, en una realidad política y cultural que desconocía las convenciones del "Estado-nación" y los lugares comunes de la lucha entre el "cristiano" y el indígena, y entre unitarios y federales.

  1. "Durante el período de Guerra Civil, las comunidades indígenas se involucraron con uno y otro bando, tal vez con la intención de aprovechar las desinteligencias del blanco, o cristiano, o criollo. Una posible cosecha de migajas en los banquetes bélicos (...)." Carlos M. Chacoff, Libro de Oro. 400 años de San Luis (1594-1994), San Luis, 1994, p. 47.

  2. Carta de Juan Manuel de Rosas a José Félix Aldao, Buenos Aires, 5 de septiembre de 1841, citada en J. Irazusta, op. cit., tomo IV, pp. 22-23. Otro tema crucial en las conversaciones entre Rosas y los gobernadores de las provincias era el de los caballos, vitales para la guerra que el dictador de Buenos Aires debía emprender contra sus enemigos. En una carta al gobernador de Córdoba Manuel López, Rosas decía:

    Respecto de los caballos, ya sabe Vd. que si todo elemento de guerra debe en la guerra de la libertad tomarse de donde se encuentre, siendo los caballos el primero, con mucha más razón han debido y deben tomarse donde se encuentren, sin ninguna consideración, no pidiéndolos a las autoridades civiles cuando se advierte que esto no es bastante, sino mandando partidas fuertes militares a (arrebatarlos) de donde los esconden. Asi es como lo he hecho yo, en esta provincia según es notorio a todo el mundo; poco con el sentimiento de ver que cuando estos caballos no alcanzaban a llenar el objeto en el Ejército por la distancia de San Juan y de Mendoza, llegaban a esta provincia a no pasar arrias de mulas que cruzaban la jurisdicción de San luis y la de Córdoba cuando el Ejército tanto carecía de caballos y de mulas en las carnes en que aquéllas venían cuando pasaban por allá. En San Juan, en Mendoza y en San Luis, había caballos en buen estado, pero no se tomaban tampoco para el Ejército. De la provincia de Córdoba venían con frecuencia desertores que eran aprehendidos en ésta, aun con los caballos de buenos lomos que robaban en el tránsito y han venido también varios pasajeros con caballos en buen estado de carnes, y algunos de aquéllos y éstos gordos.
    En cuanto a los desertores en sus declaraciones han dicho generalmente que no se les ataja ni pone obstáculo por las autoridades del tránsito en esa provincia y varios de ellos han presentado pases de algunas de dichas autoridades para continuar a esta provincia porque se les habían presentado diciendo de enfermedad, los unos, otros que por haber perdido los pases, y otros, sin más pretexto ni razón que decir el que firma el pase seguir marcha el individuo hasta esta provincia (...) (Carta de Juan Manuel de Rosas a Manuel López, Buenos Aires, 15 de septiembre de 1841, citada en ibid., tomo IV, p. 26.)

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