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La cuestión de límites entre la Argentina y Chile ha sido un tópico sensible y controvertido. Si bien ya durante el período colonial el límite entre los futuros estados argentino y chileno estaba en principio determinado por la presencia física de la cordillera de los Andes, el tema de la delimitación de las distintas jurisdicciones del Imperio español fue desde muy temprano problemático. En los primeros años del descubrimiento y la colonización, la Corona firmó con los adelantados capitulaciones, es decir, contratos de los que se derivaban obligaciones mutuas y por los cuales los descubridores y futuros pobladores se comprometían a solventar los gastos de las expediciones. Como el objetivo era adelantar la conquista sobre un territorio desconocido, estos acuerdos prácticamente no fijaban límites o lo hacían de forma muy vaga. Una vez que el descubrimiento estuvo relativamente avanzado, la Corona tomó a su cargo el envío de las expediciones y comenzó a organizar política, económica, judicial y eclesiásticamente el territorio conquistado. Este tipo de organización trajo el serio inconveniente de la superposición de las distintas jurisdicciones. Por otra parte, la división en jurisdicciones se hacía teniendo en cuenta las poblaciones establecidas -ciudades (las que tenían cabildo) y villas- y su zona de influencia, es decir, hasta la frontera con las zonas en poder de los indígenas, por lo cual sus límites no fueron nunca definidos (1). Además, era de interés real que la colonización se expandiera. Con el tiempo, la Corona fue modificando las jurisdicciones o creando otras nuevas, pero el problema de sus límites difusos permaneció.
    Los límites de los actuales estados de la Argentina y Chile fueron establecidos en 1776 con la creación del Virreinato del Río de la Plata, el que incluía la región de Cuyo, hasta ese momento bajo la jurisdicción de Santiago de Chile. A partir de la década de 1810, las dos entidades políticas estaban en estado embrionario: habían logrado romper sus lazos de dependencia con la metrópoli, pero no constituían aún Estados nacionales. Durante la primera mitad del siglo XIX, la Confederación Argentina y Chile estuvieron involucrados en la tarea de consolidación política, y ninguna de las partes tenía la inclinación o los recursos para colonizar áreas tales como el desierto de Atacama, la Patagonia, el estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego.
    Por cierto, el extremo austral, más allá de la jurisdicción española sobre el mismo, en la cual se basarían los pretendidos títulos de la Argentina y Chile, nunca estuvo ocupado efectivamente por la Corona española y fue territorio indio hasta fines del siglo XIX. En los albores del período independiente, los territorios que el supuesto límite separaría estaban poblados por indios independientes del control de la población "blanca", chilena o argentina. Eran considerados "desiertos". Por lo tanto, el tema limítrofe entre la Argentina y Chile no pasaba de ser una línea sin mucha importancia práctica. El historiador chileno Francisco A. Encina rubrica este argumento con las siguientes palabras:

durante largos años, la Patagonia y la Tierra del Fuego fueron tierras de nadie. En los mapas, la Argentina lindaba por el sur con el Río Negro, que era su límite legal, y Chile sólo se extendía hasta el estrecho austral de la isla de Chiloé, que era el territorio realmente ocupado. (...) La disputa de límites argentino-chilena permaneció latente hasta 1845 (2).

El establecimiento chileno en la zona de Punta Arenas y la llamada "campaña al desierto" del general Julio A. Roca, que implicó la incorporación de la región patagónica como zona productora, fueron factores que le dieron al tema limítrofe un carácter más práctico, urgente y real, y por lo tanto generaron intereses -políticos y económicos- de uno y otro lado de la Cordillera (3).
    Chile corrió con una ventaja inicial sobre la Argentina en su proceso de expansión hacia el sur debido a que logró su consolidación como estado mucho antes que su vecina, proceso facilitado por el hecho de ser un país pequeño y homogéneo y no sufrir el agudo proceso de fragmentación y guerras civiles que caracterizó a la Argentina en la etapa posterior a la Revolución de Mayo hasta Pavón (4).
    Como ya se dijo el interés del gobierno chileno por el estrecho de Magallanes surgió a raíz de las actividades de William Wheelwright, quien había llegado a Chile en 1829 y cuyos intereses comerciales abarcaban varios puertos sudamericanos de la costa oeste. En 1840, Wheelwright viajó a Inglaterra donde organizó la Pacific Steam Navigation Company. En agosto de ese año, sus dos primeros navíos, el Chile y el Perú, zarparon de Inglaterra y realizaron exitosamente el viaje a Chile a través del estrecho de Magallanes. Este hecho dirigió la atención del mundo de los negocios hacia dicho estrecho, pues esta ruta abreviaba el tiempo de viaje entre los mercados europeos y los puertos sudamericanos (5). En 1841, George Mahan, un pescador norteamericano que estaba familiarizado con los estrechos, pidió al gobierno chileno un monopolio de diez años para operar con barcos remolcadores a vapor en los estrechos. El 21 de diciembre de dicho año el gobierno de Chile accedió a la petición de Mahan y decidió establecer su autoridad en el área. Con este objetivo las autoridades chilenas respaldaron varias expediciones exploratorias en la región, con la idea de establecer una colonia permanente cerca de los estrechos (6).
    El 21 de septiembre de 1843, oficiales chilenos fundaron Fuerte Bulnes en honor a su presidente el general Manuel Bulnes en el estrecho de Magallanes. El asentamiento apuntaba al control del estrecho, lo cual se transformó en una prioridad para el gobierno chileno ante la posibilidad, provista por la navegación de vapor, de conectar la economía del país con los mercados de Europa y Estados Unidos. En opinión de Geoffrey Smith, este interés chileno en el estrecho de Magallanes constituía una amenaza para el gobierno de la Confederación (7).
    La colonia de Fuerte Bulnes apenas sobrevivió cinco años. Debido a su mala localización, tierra inculta y fuertes vientos, la colonia no podía mantenerse a sí misma. Luego en el otoño de 1848, un fuego destruyó cerca de la mitad del asentamiento. En vez de abandonar completamente el proyecto, el gobierno de Chile trasladó la colonia a una nueva ubicación, Punta Arenas, que estaba situada a sólo 15 kilómetros de distancia de Fuerte Bulnes, pero poseía un clima más favorable y mejores condiciones del suelo. La colonia floreció y aún existe en el presente. Alfredo Rizzo Romano sostiene que la fundación de Fuerte Bulnes y luego la de Punta Arenas fueron realizadas a pesar de que una comisión de peritos chilenos integrada por Barros, Espiñeira y Jugran juzgaba, en contra de la opinión sostenida por Sarmiento, que la mitad del estrecho pertenecía a la Confederación Argentina y que por ende estas dos fundaciones no eran legítimas (8).
    Tiempo atrás, el 11 de noviembre de 1842, había comenzado a publicarse en El Progreso de Santiago una serie de artículos ponderando las ventajas que a Chile acarrearía su establecimiento en el estrecho de Magallanes. La constitución chilena de 1833, que estaba en vigencia en ese momento, establecía que los límites de Chile eran de Norte a Sur, la Puna de Atacama y el cabo de Hornos. Ni Rosas ni gobierno argentino alguno cuestionó los límites que el gobierno de Chile se había asignado. Cuando se tuvieron noticias del establecimiento en el estrecho de Magallanes de una colonia chilena en el punto donde se había fundado la colonia española de San Felipe, en aquella fecha Puerto del Hambre, ubicada en la parte más austral de la península de Brunswick, ninguna objeción se hizo desde Buenos Aires. Finalmente, cuando se firmaron las instrucciones al ministro plenipotenciario Baldomero García, no se aludió para nada a esta cuestión que años después daría motivos a la prensa de Rosas para intentar crucificar a Sarmiento como "traidor" a la patria.
    Rosas tocó por primera vez el problema del Estrecho en su mensaje a la Legislatura del 15 de diciembre de 1847, señalando lo siguiente:

Repetidas veces llamaron la atención del gobierno las relaciones que se daban por el de la República de Chile al Congreso Nacional, sobre una Colonia que había mandado formar en las costas del estrecho de Magallanes. (...) El Gobierno se ha dirigido al de Chile demostrándole los incostrastables títulos y perfectos derechos de soberanía que tiene la Confederación sobre el territorio en que se ha establecido la Colonia. De ellos siempre estuvo en posesión, desde el tiempo de la Monarquía Española, el Gobierno de Buenos Aires, a cuyos Virreyes, durante aquél, se daban las órdenes para la vigilancia del Estrecho de Magallanes, de sus islas adyacentes, y de la Tierra del Fuego, como autoridades a las que estaba sujeta toda esa parte del territorio (9).

El 18 de diciembre el ministro de relaciones exteriores Felipe Arana enviaba una nota al gobierno chileno haciendo conocer la posición de la Confederación Argentina en los siguientes términos:

su situación geográfica (la de Fuerte Bulnes) muestra que ocupa una parte central de la Patagonia y como consecuencia natural de su fundación ha sido destruida la integridad del territorio argentino, como también su completo dominio sobre las tierras que incluyen los estrechos desde el Atlántico hasta la costa del Pacífico donde llega la gran Cordillera de los Andes, el límite reconocido de la República de Chile. (...) El gobernador (...), tiene la grata convicción de que una vez demostrado que la colonia (Fuerte Bulnes) está situada dentro del territorio de la República, (el gobierno chileno) dará inmediatas órdenes de abandonarla, como justa medida respecto de esos reales derechos y a causa del interés primordial de ambas Repúblicas en preservar intactos los lazos de perfecta amistad que felizmente las unen (10).

El gobierno de Bulnes aprovechó la nota de la cancillería argentina para expresarle la necesidad de proceder cuanto antes a la demarcación de los límites entre los dos países. El 30 de agosto de 1848 el ministro Salvador Sanfuentes decía al gobierno argentino:

El momento actual, en que terminadas tan honrosamente las dificultades que apremiaban a la Federación Argentina, puede el gobierno de Buenos Aires dedicar su atención a otras materias que indisputablemente lo merecen, me parece el más oportuno para excitarle a que concurra con el de Chile al indicado arreglo (11).

Rosas explicaba el estado de las relaciones con Chile en su mensaje a la Legislatura del 27 de diciembre de 1848 con estas palabras:

El Gobierno de Chile, en su contestación manifestó sorpresa por el anuncio (de una reclamación) respecto de un territorio que, expresó, se había mirado siempre como parte integrante del Reino de Chile y ahora de la República en que fue constituido. (...) Contestó el Gobierno rechazando la declaración del de Chile sobre el derecho que alega tener a todo el terreno que ocupa la Colonia de Magallanes, así como a todo el Estrecho y a las tierras adyacentes, fundado en títulos que dice justificarlo. (...) El Gobierno de Chile observó que, como en las cuestiones se alegaban títulos que cada una de las partes interesadas calificaba de claros, auténticos e incontestables; y eran manifiestos los inconvenientes que de semejante conflicto de pretensiones podrían resultar en perjuicio de los particulares ciudadanos de una u otra nación y en peligro de que se alteren las relaciones de cordial amistad y fraternidad que tanto importaba cultivar entre aquella República y la Confederación Argentina, parecía propio de la justicia de los dos gobiernos manifestarse recíprocamente los fundamentos de sus reclamaciones y proceder a la exacta demarcación de los límites en que se tocan el territorio chileno y el de las Provincias Confederadas (12).

Es interesante observar que el gobierno chileno hacía exactamente el mismo alegato respecto de su jurisdicción durante el pasado colonial del estrecho de Magallanes que su par argentino.
    En el curso del año 1848 el problema de límites entre los gobiernos de la Confederación Argentina y Chile en torno al estrecho de Magallanes se había aunado a otro conflicto anteriormente mencionado: el de la posesión de los valles intermedios de Mendoza, ambicionados por Chile por su aptitud para la pastura de ganados. Esta última cuestión había vuelto a tomar vigencia a raíz de la también tratada rebelión de Juan Antonio Rodríguez contra el gobierno de Mendoza. Aunque Rodríguez fue derrotado en marzo, sus idas y venidas entre Mendoza y Chile encendieron la disputa por dichos valles, pues el gobierno de Chile alegó que los animales robados por Rodríguez y cuya devolución exigía el gobierno mendocino, provenían de los potreros de Yeso, Montañés, Valenzuela y Los Angeles, que según el gobierno trasandino no pertenecían a la jurisdicción de Mendoza, sino a la de Chile. Este reclamo chileno llevó a Rosas, en el mensaje ante la Legislatura citado en el párrafo anterior, a vincular el tema del estrecho de Magallanes al de estos potreros:

Habiéndole anunciado el Gobierno Argentino (al de Chile), hallarse deseoso de evitar diferencias entre países amigos y vecinos, y proponerse instruir del negocio de los potreros de la Cordillera al Ministro Argentino que estaba nombrado para ir a Chile; haciéndole igual anuncio relativamente a la cuestión del estrecho de Magallanes, deseaba saber si tardaría todavía algún tiempo la traslación de aquel Ministro a su destino; y si en tal caso no sería posible ventilar el asunto de los potreros por Comisionados de ambas partes que se dirigieran al terreno disputado, se exhibiesen mutuamente sus títulos, hicieran valer las razones que a su juicio los corroborasen, examinaran las localidades y en vista de todo trazasen la línea divisoria, sujetándola a la ratificación de sus respectivos Gobiernos. (...) Concurriendo en toda su extensión con los amistosos sentimientos que en ellas acredita el de Chile, le manifestó que aun cuando siempre ha considerado los derechos de la Confederación a los territorios del Estrecho de Magallanes y sus adyacentes, lo mismo que los potreros sitos en la Cordillera, los más claros, positivos y convincentes, en la discusión había estado dispuesto, como lo estaba, a llevarlo con la mayor franqueza y lealtad (13).

En opinión del historiador chileno Encina, fue el ofrecimiento del gobierno chileno a Rosas de proceder a la demarcación de límites como una forma de evitar nuevos incidentes -ya lo había hecho anteriormente el canciller Manuel Vial, tratando de aplacar la indignación de Rosas por la manifiesta complicidad de las autoridades de Santiago con los emigrados provenientes de la Confederación-, lo que brindó al jefe de la Confederación -al advertir una actitud flexible en el gobierno chileno- la oportunidad de extender sus pretensiones hasta el estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego (14).
    Por otro lado, el conflicto entre el gobierno de Chile y el de Mendoza por el tema de los potreros constituyó una ocasión para intentar cohesionar la voluntad de las autoridades mendocinas con las porteñas. Rosas debía demostrar energía para resolver este incidente en la zona de los potreros cordilleranos como una forma de evitar que la provincia de Mendoza y el resto de Cuyo, áreas que estaban en la práctica más cerca de Chile que de Buenos Aires, continuaran lejos de la órbita del gobierno de la Confederación y atentaran contra el orden rosista. Los factores mencionados fueron sin duda la causa de que hacia 1847 la diplomacia rosista decidiera abandonar su mutismo en la cuestión limítrofe con Chile y, aprovechando la invitación del gobierno chileno a delimitar el área austral, resolviera como réplica asegurar su presencia en el área patagónica y del estrecho de Magallanes a través de la protesta diplomática.
    Rosas reconoció la necesidad de establecer límites precisos con Chile, pero expresó que no concordaba en la oportunidad pues

se hacía preciso, además, reunir muchos datos geográficos e históricos y elementos científicos, que no podían prepararse sino con lentitud, examen y mesura, obra que de suyo requería tiempos pacificados (15).

Como vimos en el capítulo anterior, Rosas encargó la tarea de reunir los elementos geográficos e históricos, que garantizaran los derechos de la Confederación Argentina en el estrecho de Magallanes y la región patagónica, al napolitano Pedro de Angelis (16), a la vez que encargó a Dalmacio Vélez Sarsfield el estudio de la cuestión desde un punto de vista jurídico (17).
    Mientras Pedro de Angelis buscaba en el desordenado archivo de Buenos Aires las pruebas históricas de los derechos de la Confederación Argentina en el estrecho de Magallanes y la Patagonia, en 1848 Sarmiento regresaba a Chile, al término de su viaje por Europa. Como en El Progreso no le permitieron escribir contra Rosas, pues ese diario había pasado a defenderlo afirmando que en Buenos Aires no había tiranía sino "paz, garantías y leyes", Sarmiento resolvió fundar su propio diario. Nació así La Crónica, dispuesta a llevar adelante una feroz campaña para desprestigiar a Rosas en Chile.
    Enterado el sanjuanino del reclamo efectuado por Rosas el 15 de diciembre de 1847 respecto del tema del estrecho de Magallanes, y de la llegada a Santiago del ministro plenipotenciario Miguel Otero, sucesor de Baldomero García, publicó un artículo en La Crónica del 11 de marzo de 1849 con el título "Cuestión Magallanes", en el que justificaba el establecimiento chileno y donde decía que el gobernador de Buenos Aires "había consentido tácitamente durante seis años en la realización de este hecho, sin protestar, sin alegar derecho alguno en contrario". Decía Sarmiento:

¿Cómo pueden fijarse los derechos de los gobiernos americanos a tierras no ocupadas, de las que antes de la independencia formaban en común los dominios españoles? He aquí, según nuestro concepto, la verdadera fórmula de la cuestión que veinte veces se agita entre los Estados americanos, y la manera de resolverla nos parece obvia y sencilla, dado el supuesto de que esos nuevos gobiernos salidos del tronco común de la civilización española no son manadas de lobos prontos a arañarse entre sí, sino seres racionales animados del espíritu de conciliación que debe notarse entre los que se titulan hermanos, casi siempre para disimular su espíritu de hostilidad.
El primer principio de equidad que ha de consultarse es éste:
Un territorio limítrofe pertenecerá a aquel de los dos Estados a quien aproveche la ocupación sin dañar ni menoscabar los intereses del otro.
Este principio, seguido en todos los tratados de demarcación de límites de países despoblados, tiene su completa aplicación en Magallanes. El Estrecho es una vía necesaria, indispensable de comunicación para Chile; es uno de sus caminos para Europa que le interesa aclarar, asegurar, poblar, para mejorar su comercio. Para Buenos Aires el estrecho es una posesión inútil (...) Quedaría por saber aún si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires expresa que las tierras al sud de Mendoza y poseídas aún hoy por chilenos entraron en la demarcación del virreinato, que a no hacerlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo (18).

A partir de este momento Sarmiento se convirtió en el centro de la oposición contra Rosas en Chile, y por lo tanto en el blanco favorito de los ataques de éste. Fue entonces que por orden de Rosas apareció en Mendoza La Ilustración Argentina para neutralizar los ataques de Sarmiento y cuya redacción fue confiada a los prestigiosos intelectuales Juan Llerena y Bernardo de Irigoyen, el segundo de los cuales poseía una foja de destacada actuación diplomática en Chile. En el primer número de La Ilustración Argentina se calificaba a La Crónica como:

el órgano fanático de los principios y tendencias de este bando de ilusos e ignorantes; su redacción está confiada al utopista más furibundo que haya producido el suelo americano, y sus embustes y desvaríos tienen el atractivo de lo nuevo y de lo inaudito para ciertas cabezas inexpertas (19).

Curiosamente, sin embargo, cuando Sarmiento comenzó a publicar en El Progreso, en noviembre de 1842, los primeros artículos ponderando las ventajas que se derivarían para Chile de la ocupación del estrecho, los periódicos de Buenos Aires nada dijeron al respecto. El establecimiento chileno tuvo lugar el 21 de septiembre de 1843; la primera declaración de Rosas respecto del tema del estrecho fue recién el 15 de diciembre de 1847, es decir más de cuatro años después de realizada la ocupación chilena, y aún entonces la prensa al servicio de Rosas no descargó su encono contra el sanjuanino. El historiador Enrique Barba se hace entonces la interesante pregunta: ¿cuándo y por qué se vinculó la cuestión de Magallanes con una pretendida traición de Sarmiento? (20)
    La respuesta sería que el cambio en la actitud de Rosas parece haberse debido no tanto al contenido de los artículos de Sarmiento, sino al hecho de que éste lentamente se convirtió en el centro de la oposición al gobernador porteño en Santiago de Chile. En otras palabras, Rosas habría utilizado la presunta traición externa de Sarmiento para desprestigiar a un influyente opositor en el exilio, lo que significa que usó esta presunta "traición externa" como un instrumento para su política en el interior de la Confederación.
    Por cierto, la actitud de Rosas hacia los escritos de Sarmiento comenzó a cambiar recién después de la carta del 26 de mayo de 1848, que éste escribió al coronel puntano José Santos Ramírez, instándolo a rebelarse contra Rosas (21). Contra los planes de Sarmiento, Santos Ramírez envió la carta al dictador el 30 de noviembre, denunciando los planes del sanjuanino. Rosas envió entonces copia de esta carta a los gobernadores de las provincias confederadas y el 11 de abril de 1849 se dirigió al gobierno de Chile denunciando la conspiración que allí se tramaba. El presidente chileno Bulnes hizo caso omiso del pedido de Rosas de castigar a Sarmiento.

  1. Un ejemplo es la real cédula del 16 de diciembre de 1617, extendida por Felipe III, que dividía en dos la gobernación del Río de la Plata. Esta ordenaba:

    He tenido por bien que el dicho gobierno se divida en dos, que el uno sea del Río de la Plata, agregándose la ciudad de la Trinidad, puerto de Santa María de Buenos Aires, la ciudad de Santa Fe, la ciudad de San Juan de Vera de las Corrientes, la ciudad de Concepción del Bermejo, y el otro gobierno se intitulará del Guayrá, agregándole por cabeza de su gobierno, la ciudad de la Asunción del Paraguay y la del Guayrá, Villa Rica del Espíritu Santo y la ciudad de Santiago de Jerez (...).
    V.D. Sierra, op. cit., tomo II, 1967, p. 127.

  2. Francisco A. Encina, La cuestión de límites entre Chile y la Argentina desde la independencia hasta el tratado de 1881, Santiago de Chile, Nascimento, 1959, p. 8.

  3. Carlos Escudé y Cristóbal Williams, "El conflicto del Beagle. La razón y las pasiones", en Todo es Historia, año XVII, febrero de 1984, Nº 202, p. 10.

  4. Ver respecto de este tema el artículo de Carlos Escudé, "El nacionalismo territorial argentino", en Rubén M. Perina y Roberto Russell (comp.), Argentina en el mundo (1973-1987), Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988, pp. 242-243.

  5. Donald Edward Willett, Across the Andes: United States, Argentina and Chilean diplomatic relations, 1865-1883, Ph.D. dissertation, Stephen F. Austin State University, May 1976, p. 31.

  6. Argentine-Chilean Boundary Report presented to the Tribunal Appointed by Her Majesty's Government "To consider and report upon the differences which have arisen with regard to the frontiers between the Argentine and Chilean Republics" to justify the Argentine claims for the boundary in the summits of the Cordillera de los Andes, according to the Treaties of 1881 & 1893, 5 vols., London, William Clowes and Sons Limited, 1900, volume 1, 149-150, cit. en D.E. Willett, op. cit., p. 32. Ver también Robert D. Talbott, A History of the Chilean Boundaries, Ph.D. dissertation, Urbana, University of Illinois, 1959, pp. 118-119, aunque Willett aclara que Talbott cita al pescador americano como Mabon y no como Mahan.

  7. Geoffrey S. Smith, "The Role of José Balmaceda in Preserving Argentine Neutrality in the War of the Pacific", HAHR, vol. XIX, Nº 2, May 1969, p. 255.

  8. Ver Alfredo Rizzo Romano, La cuestión de límites con Chile en la zona del Beagle, Buenos Aires, Pleamar, 1968, p. 44, anteriores y siguientes.

  9. Mensaje de Rosas a la Legislatura, 15 de diciembre de 1847, en V. D. Sierra, op. cit., tomo IX, 1978, p. 357.

  10. Argentine-Chilean Boundary Report..., op. cit., p. 150; Appendix to the Statement Presented on Behalf of Chile in Reply to the Argentine Report submitted to the Tribunal Constituted by H.B. Majesty's Government acting as Arbitrator in pursuant of the Agreement dated April 17, 1896, 2 vols., London, Butler & Tanney, 1902, volume 1, 158-159, cit. en D.E. Willett, op. cit., pp. 33-34.

  11. F.A. Encina, op. cit., p. 20.

  12. Mensaje de Rosas a la Legislatura, 27 de diciembre de 1848, en V.D. Sierra, op. cit., t. IX, pp. 357-358.

  13. Ibid., pp. 358-359.

  14. Francisco A. Encina, op. cit., pp. 9-12.

  15. V.D. Sierra, op. cit., t. IX, p. 359.

  16. La obra de éste llevó por título Memoria histórica sobre los derechos de soberanía y dominio de la Confederación Argentina a la parte austral del continente americano, comprendida entre las costas del océano Atlántico y la gran cordillera de los Andes, desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo de Hornos, incluso la isla de los Estados, la Tierra del Fuego, y el estrecho de Magallanes en toda su extensión.

  17. Este trabajo llevó el título de Discusión de los títulos del gobierno de Chile a las tierras del estrecho de Magallanes, pero apareció recién en 1853, ya derrocado Rosas.

  18. Artículo de Sarmiento publicado en La Crónica, 11 de marzo de 1849, en V.D. Sierra, op. cit., t. IX, pp. 364-365. Para Sarmiento el concepto de patria que podía enarbolar Rosas era mucho menos trascendente que la lucha contra la tiranía, y a favor del bienestar individual, la civilización, la libertad de expresión y la represión de los abusos del poder. En 1843 Sarmiento escribía: "La patria no está en el lugar que nos ha visto nacer, sino a condición de ser el teatro en que se desenvuelve la existencia del hombre (...)." (Ibid., p. 367).

  19. V. D. Sierra, op.cit., p. 364.

  20. E. M. Barba, "Las relaciones exteriores...", op. cit., p. 200.

  21. Santos Ramírez había sido incorporado al ejército de Buenos Aires en 1839, y en 1841 hizo la campaña de Cuyo junto con Nazario Benavides, la cual terminó con la derrota del general Mariano de Acha, quien se había apoderado del gobierno sanjuanino, desplazando al entonces gobernador delegado de Benavides, José María de Oyuela. Acha fue ejecutado en San Juan en agosto de 1841.

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