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Como se ha planteado en otros capítulos, la designación de Rosas como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina no implicaba que necesariamente las provincias integrantes de dicha Confederación se alinearan con los criterios de política interna y exterior emanados desde Buenos Aires. Así como las provincias del Litoral tenían mayor conexión geográfica y económica con el sur de Brasil, la Banda Oriental y el Paraguay que con Buenos Aires, y las de la región norteña la tenían con Bolivia, las economías cuyanas encontraban en Chile el mercado que la política económica librecambista de Buenos Aires y el bloqueo francés y anglofrancés al Río de la Plata les negaron -salvo, claro está, en el breve lapso en que la ley de Aduanas de 1835 estuvo vigente, que fue acogida con sincero entusiasmo por los gobiernos de las provincias cuyanas-.
    Esto demuestra una vez más la inexistencia, en esa época y desde 1810, de algo parecido a un Estado nacional. En este sentido, vale citar las expresiones de Vicente D. Sierra, quien afirma categóricamente:

Perdura en la mentalidad del hombre argentino la idea en virtud de la cual parecería que en 1810 existía una nación, hecha y derecha, denominada Argentina, la cual se emancipó del dominio de otra llamada España. Semejante esquema determina que se pierda el concepto esencial de que la Nación Argentina seguía siendo, en 1835, una posibilidad por realizar, pero no una realidad hecha. (...) Tanto no existía, que, como sabemos, se trabajaba para desmembrar a Salta y unirla a Bolivia; otros aspiraban a formar una nación con las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca y Tucumán; se gestionaba una unión de las provincias de Cuyo con Chile y no faltaban quienes creían posible crear un gran estado con la Banda Oriental, Río Grande, Corrientes y Entre Ríos. Tales hechos constituían problemas que Rosas tuvo que encarar a poco de haber iniciado su segundo gobierno de Buenos Aires. ¿Podemos dejarlos a un lado para comprender su época? No existe ninguna razón científica para hacerlo, y las otras -las políticas-, disfrazadas de patriotismo o de odio a la tiranía, no pasan de factores subjetivos acosados por el miedo a la verdad (1).

Asimismo, el examen cuidadoso del contenido de la correspondencia mantenida entre Rosas y los caudillos provinciales revela que el primero no era tan poderoso y que los últimos no estaban tan subordinados al poder del encargado de las relaciones exteriores como afirman los historiadores antirrosistas. Por ejemplo, la carta a Rosas del gobernador de Mendoza, Félix Aldao, fechada en marzo de 1842, planteaba el problema de la falta de caballos para sostener las guerras contra antirrosistas y malones indígenas, y dejaba entrever críticas a la gestión del encargado de las relaciones exteriores. En dicha carta, Aldao reprochaba a Rosas el sacrificio de la economía mendocina en la lucha de éste contra sus enemigos, y declaraba dramáticamente la necesidad de buscar un mercado alternativo en Chile como vía de escape para una sociedad castigada por las luchas civiles entre rosistas y antirrosistas, por la inestabilidad política, y por los malones indígenas. Siguiendo este razonamiento, Aldao decía a Rosas:

Por los documentos que le adjunto, verá Vd. el número de los animales que se han recogido (para atender al pedido del general rosista Angel Pacheco) y de lo que ha habido en el particular asegurándole por mi parte, que después de esto, ha quedado el país enteramente destruido de este artículo, y tan pobre que no se reparará en muchos años, por cuya razón las deudas infinitas que he contraído no podrán pagarse. Como la provincia está siempre amagada de los salvajes unitarios residentes en Chile y de los indios, me veo en el caso de empeñar mi crédito y el de mis amigos para traer alguna pólvora y armas de Chile, contando siempre con que Vd. me auxilie con algunos vestuarios de los que me ofreció la vez pasada(...) (2).

Obsérvese que Aldao utilizaba los términos "país" y "provincia" como si fuesen sinónimos. Este detalle no hace más que reflejar y reforzar la hipótesis señalada en la parte introductoria de esta obra: la inexistencia del concepto de "patria" más allá de los límites provinciales. Para Aldao, su "patria" o "país" era su provincia, Mendoza.
    Desterrando el mito tan difundido entre los antirrosistas acerca de la figura todopoderosa de Rosas y la supuesta subordinación incondicional de los caudillos provinciales a su autoridad, Irazusta aclara:

Lo que esta carta dice de los caballos nos revela dificultades que no habríamos sospechado en un despotismo como el de que hablan los antirrosistas. ¿Cómo? ¿Los gobernadores de provincia, que supuestamente vivían temblando ante Rosas, no cumplían sus órdenes repetidas de tomar los caballos donde estuviesen? No. ¿Por qué? Pues, porque tenían en cuenta los intereses de sus comprovincianos, como cualquier gobierno digno del nombre porque el gobierno central no tenía en aquella época la fuerza que hoy tiene; porque se habían acostumbrado a esperar completa ayuda del Encargado de las Relaciones Exteriores en casos de esta especie; porque ninguno comprendía el problema en su conjunto ni tenía tanta decisión como el caudillo porteño. A causa de esa desobediencia, los ejércitos federales no se movieron siempre con la necesaria celeridad para evitar todos los contrastes; y como dice Rosas, lo que sus colegas ahorraron en sus respectivas provincias sería aprovechado por el enemigo, que se lo apropió con medidas draconianas, que los gobernadores legales habían querido evitar. Sin embargo, ello habrá tenido una compensación en las opiniones, pues la diversa conducta de uno y otro bando en el asunto habrá repercutido favorablemente para los primeros y desfavorablemente para los segundos. Será una de las tantas razones por las cuales los rosistas disfrutaron durante toda la campaña del apoyo popular, mientras los antirrosistas sufren una constante repulsa, según lo veremos (...) confesado por ellos mismos (...) (3).

En síntesis, y en el caso particular de las provincias cuyanas, su temprana conexión con Chile tanto en términos económicos como culturales respondió a la conjunción de diversos factores, entre ellos la lejanía geográfica respecto de Buenos Aires y la falta de respuestas de ésta a los problemas que aquejaban a los gobiernos cuyanos -escasez de recursos para enfrentar a los malones indígenas, falta de salida para los productos de Mendoza, San Juan y San Luis, crónica permanencia de las luchas entre rosistas y antirrosistas en la vida política de estas provincias, etc. Más allá del uso de la cinta punzó y de la adopción, fuera por miedo o convicción, de la causa de la federación rosista, la presencia de estos obstáculos llevó muchas veces a estos gobiernos cuyanos a buscar respuestas del otro lado de la cordillera de los Andes. El gobierno de Rosas, enfrentado con múltiples focos de resistencia, privilegió su atención sobre el Litoral y la Banda Oriental, zonas ricas en recursos y sobre todo en caballos, elemento clave en la guerra del dictador contra sus adversarios. No pudo o no quiso controlar las situaciones en el Norte y Cuyo. Pero paradójicamente del Litoral y la Banda Oriental emergerían las alianzas que terminarían por derrocarlo en 1852. Y precisamente Urquiza, el brazo derecho de Rosas en su lucha contra sus enemigos del Litoral, sería el encargado de terminar con el orden rosista.

  1. V. D. Sierra, op. cit., tomo VIII, p. 395.

  2. Carta de José Félix Aldao a Juan Manuel de Rosas, Mendoza, 15 de marzo de 1842, citada en J. Irazusta, op. cit., tomo IV, p. 93.

  3. Ibid., tomo IV, p. 27.

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