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Luego de bloquear el puerto de Buenos Aires a partir del 28 de marzo de 1838, en lo que restó de ese año las acciones francesas más importantes fueron:
    1) la derrota del entonces presidente oriental Oribe, por parte de Rivera coaligado con los franceses en la batalla del Palmar en junio;
    2) la detención por parte de los franceses de la escuadra del gobierno de Buenos Aires al mando del almirante Brown mientras intentaba abandonar Montevideo en septiembre; y la captura de la isla de Martín García en octubre por una fuerza compuesta por marineros franceses y fuerzas riveristas;
    3) en el mismo mes, la renuncia de Oribe gracias a los auxilios prestados por los franceses a Rivera y el posterior embarque del ex presidente a Buenos Aires, donde Rosas lo recibió como presidente legítimo del Uruguay, desconociendo la autoridad de Rivera, y
    4) la formulación, en diciembre, de una alianza ofensiva y defensiva, celebrada entre los agentes franceses, el nuevo presidente oriental Rivera y el gobernador correntino Berón de Astrada, cuya finalidad era "remover del mando de la Provincia de Buenos Aires y de toda la influencia en los negocios políticos de la Confederación Argentina, a la persona de don Juan Manuel de Rosas" (1).
    Este episodio ilustra una vez más lo que es ya un leit motiv de esta obra: en qué medida las provincias argentinas no eran aún nada parecido a un Estado consolidado, con alianzas político-militares que cruzaban fronteras artificiales e inestables.
    La acción francesa estaba orientada a la resolución de la vieja controversia de 1829-1830: obtener la igualdad de derechos de los residentes franceses con los súbditos británicos en el Río de la Plata, entre ellos el derecho de eximirlos del servicio militar. Personalmente Rosas no tenía inconvenientes en aceptar estas demandas. Sólo que el centro del conflicto no estaba en torno de la concesión o no de estas demandas. La naturaleza del conflicto paulatinamente iba desembocando en un enfrentamiento cada vez más abierto entre sectores locales, en el que el gobierno francés se encontraba cada vez más dispuesto a intervenir. Planteado el conflicto con Francia en estos términos críticos, es decir, como yuxtapuesto a una guerra civil que amenazaba la existencia misma del orden rosista, Rosas no podía negociar ni hacer concesiones que aparecieran como impuestas por otros sectores de su partido, colocados en la vereda de la disidencia. Al mismo tiempo, Rosas no comprometió con actos irreparables la posibilidad de negociar con París una vez derrotados sus rivales internos, lo que hubiera sido suicida para un Río de la Plata que estaba modelando una embrionaria imagen internacional. Descartando hábilmente estos extremos, Rosas confiaba en que, si resistía en forma pasiva y por un tiempo suficientemente prolongado la agresión francesa y la de sus enemigos internos, la voz de la razón transmitida desde la diplomacia de Londres terminaría por hacerse oír en París (2).
    Fiel a esta política, la diplomacia porteña procuró a partir del bloqueo francés un decidido acercamiento a Gran Bretaña a través de la emisión de una serie de gestos dirigidos al Foreign Office. Entre dichos gestos -destinados a obtener la disposición británica a oficiar como factor de contrapeso frente a la creciente intervención francesa en los conflictos del Río de la Plata- el gobierno de Rosas firmó el tratado contra la trata de esclavos cuya negociación Mandeville había solicitado en vano durante años; retomó la costumbre, tan grata a los ojos de los agentes británicos, de hacer examinar por estos últimos los proyectos de declaraciones y resoluciones oficiales; y volvió a proclamar que el tratado de 1825 era la base de la existencia internacional argentina y que el país guardaba eterno agradecimiento por los servicios prestados por Gran Bretaña a su independencia. Yendo aún más allá, Rosas aseguró ante el ministro Mandeville y el comodoro Sullivan, jefe naval inglés, "que si el peso de la soberanía se hace demasiado gravoso para la joven nación, a nada aspira más sinceramente que a depositarlo a los pies del trono británico". Esta declaración no fue tomada sino como una extravagante muestra de cortesía, porque tanto Rosas como sus interlocutores británicos no ignoraban que semejante obsequio no era deseado por Gran Bretaña (3).
    Aunque las pruebas de amistad de la cancillería porteña con el Foreign Office no tuvieron contrapartida importante a corto plazo, Rosas esperó con paciencia los resultados de su política internacional, redefinida a partir del bloqueo francés. Esta nueva política exterior, ejecutada desde la cancillería por Felipe Arana, era radicalmente distinta de la efectuada por su antecesor en el primer gobierno de Rosas Tomás Manuel de Anchorena. Este último, vocero de un perfil hostil al gobierno francés y a sus residentes en el Río de la Plata, había ofrecido a Francia más de un pretexto para su intervención. Como consecuencia de este giro en la política exterior rosista, los residentes extranjeros en el Río de la Plata dejaron de ser utilizados como instrumentos de extorsión, para pasar a ser voceros de una política internacional favorable al acercamiento del gobierno de Buenos Aires con las potencias extranjeras. Por cierto, la perseverancia de la Cancillería porteña en esta política de acercamiento a las grandes potencias no le ahorraría a Rosas nuevas intervenciones extranjeras, pero sí haría posible ponerles fin mediante acuerdos honorables para el gobierno del Río de la Plata (4).
    A partir de 1839 Gran Bretaña comenzó a estar cada vez menos dispuesta a contemplar en silencio la acción francesa en el Río de la Plata -toma de la isla Martín García y acciones en Uruguay y en el Río de la Plata, e incendio de depósitos y embarcaciones-. Preocupado por sus intereses comerciales en el ámbito rioplatense, el gobierno inglés presionó al francés para que adopte una actitud más prudente en el Río de la Plata. El ministro británico Mandeville estaba dispuesto a ofrecer sus buenos oficios entre París y Buenos Aires, ya que el comercio británico sufría grandes perjuicios y la perspectiva del triunfo del partido francófilo en ambas orillas del Plata bastaba para provocarle serias alarmas. Las presiones del gobierno británico y los ataques del propio Parlamento francés a la política exterior que encarnaban Roger y Leblanc obligaron al gobierno orleanista a redefinir su política respecto de Rosas (5).
    No obstante, el gobierno francés siguió acariciando por algún tiempo planes de desembarco de tropas en Buenos Aires, para abandonarlos de inmediato y decidirse por la reducción del conflicto a sus dimensiones originales, en torno del estatuto de los franceses residentes en Buenos Aires y el buen derecho de algunos de ellos a indemnizaciones. En ese terreno más restringido Rosas estaba decidido a ceder todo lo que fuese necesario, siempre que estas concesiones no implicasen humillaciones peligrosas para su popularidad. Negociando o cediendo en puntos de la agenda que ya no le interesaban, el Restaurador esperaba lograr la victoria sobre sus adversarios locales -Rivera, Lavalle, la Nueva Generación-, triunfo del que dependía su propia supervivencia.
    Además, como ya se dijo, la alianza entre el gobierno de Francia y los opositores internos a la gestión de Rosas era menos sólida de lo que parecía a simple vista. El primer éxito importante en términos de la conformación de un frente antirrosista fue la celebración de una alianza dirigida contra Rosas, entre Montevideo, dominado por el caudillo oriental Fructuoso Rivera, y el gobernador de Corrientes Genaro Berón de Astrada, que no ocultaban sus simpatías por París. A fin de asegurarse el levantamiento del bloqueo para el comercio de su provincia, Berón de Astrada se vio obligado, el 6 de marzo de 1839, a anunciar públicamente su secesión de la Confederación Argentina, y repudiar su anterior aprobación a la política de Rosas. No obstante, la conformación de este frente antirrosista del Litoral apoyado por Francia tuvo corta vida pues no se produjo el levantamiento de las demás provincias que los coaligados antirrosistas preveían a partir del pronunciamiento de Astrada. El gobernador Pascual Echagüe de Entre Ríos se negó a seguir el ejemplo de su colega correntino, aun después de que cinco unidades de guerra francesas remontaran el río Paraná con el fin de apoyar a Corrientes y Entre Ríos frente al Buenos Aires rosista, y venció por completo a Berón de Astrada en la batalla de Pago Largo.
    Las intrigas francesas no encontraban eco en el territorio de la Confederación. Rosas supo sacar provecho de las actividades navales francesas y las intrigas de los unitarios en las distintas provincias, invocando el sentimiento nacionalista de los caudillos provinciales a través de un hábil manejo de la propaganda. Por indicación expresa de Rosas, todo periódico adicto al régimen llevaba el encabezamiento "Mueran los salvajes unitarios". Los medios de prensa enarbolaban la idea de patriotismo y proclamaban "¡Odio eterno a los parricidas unitarios, vendidos al inmundo oro francés!" "¡Odio y venganza en el pecho de todo federal contra los incendiarios esclavos de Luis Felipe!"(6) De este modo, la intromisión francesa, lejos de debilitar el poder rosista, contribuyó a consolidarlo al exacerbar sentimientos patrióticos en las distintas provincias de la Confederación, proyectando una imagen de Rosas como defensor de la integridad territorial y la soberanía nacional.
    La falta de resultados concretos en la estrategia del cónsul Roger de intervención en el Río de la Plata y los ataques del Parlamento al gobierno francés, obligaron a éste a redefinir la política francesa respecto del régimen rosista. Como resultado de este giro de París hacia una política más austera, el 24 de julio de 1839 partió del puerto francés de Toulon, la escuadra cuyo jefe, el almirante y ministro de marina barón de Mackau, debía hacer la paz o -de ser imposible- proseguir la guerra contra Buenos Aires. Para ese entonces había alcanzado el cargo de primer ministro Adolfo Thiers, quien había sido representante elocuente del partido de la guerra en el Río de la Plata. No obstante, este dúctil político estaba dispuesto a dejar en el olvido el perfil probélico de su etapa opositora en el Parlamento. Además, Palmerston había enviado al canciller francés un memorándum con toda la información que poseían sobre la intervención de los franceses en el Río de la Plata, al mismo tiempo que se anunciaba que Gran Bretaña, Prusia, Rusia y Austria apoyarían al sultán de Turquía contra el protegido francés de Medio Oriente, frente al cual Francia había adoptado una política similar a la aplicada en el Río de la Plata. En parte y como consecuencia de la evidente determinación de Gran Bretaña frente al expansionismo francés, las instrucciones que llevaba consigo Mackau reflejaban fielmente el cambio en la política internacional francesa: el ministro debía repudiar enérgicamente la existencia de obligaciones especiales de Francia hacia sus aliados en el Río de la Plata. Así, rápidamente Mackau desengañó al gobierno oriental de Rivera, señalando que el gobierno francés no se consideraba ligado por los "actos personales de sus representantes" (7).
    El tratado del 29 de octubre de 1840, firmado por el canciller Arana y el barón de Mackau, contenía una serie de cláusulas referidas a los aliados de Francia en el Río de la Plata. Sin embargo, la vaguedad de su contenido mostraba que en lo esencial el gobierno francés se desentendía de estos aliados. En consecuencia, el tratado reflejó un claro triunfo de Rosas sobre sus enemigos internos.
     En el tratado Arana-Mackau cada Estado concedía al otro la condición de nación más favorecida, con una excepción muy interesante en el artículo sexto según la cual Francia no pretendería los derechos civiles y políticos que en el futuro pudieran reconocerse a los ciudadanos de otros Estados sudamericanos. Asimismo, si bien se prometía amnistía a los individuos de la Confederación Argentina que depusiesen las armas en un plazo perentorio, se excluía de dicha amnistía a los jefes o aquellos individuos cuya presencia en el país "fuese incompatible con el orden y la seguridad pública". Por otra parte, si bien el gobierno de Buenos Aires se comprometía a respetar la independencia del Uruguay, ese compromiso estaba seriamente limitado al excluirse aquellos casos en que estuviesen afectados "los derechos naturales, la justicia, el honor y la seguridad de la Confederación Argentina". Era muy evidente que la situación en que quedaba el Río de la Plata (con una guerra declarada por Montevideo a Buenos Aires a instancias del gobierno de Francia), autorizaba al gobierno de Rosas a actuar en el territorio oriental sin violar sus nuevos compromisos con el gobierno francés (8).
    Además de las previsiones señaladas en el párrafo anterior, destinadas más a salvar el decoro del gobierno francés que a ofrecer reales garantías a Rivera, a la Nueva Generación y a todos aquellos que habían cometido el error de aceptar su alianza, el tratado de octubre de 1840 marcaba la liquidación de la aventura político-militar emprendida en 1838: el bloqueo fue anulado y la isla de Martín García y los barcos capturados fueron devueltos al gobierno de Buenos Aires.
    No obstante, el tratado Arana-Mackau contemplaba en su contenido el cumplimiento de los objetivos iniciales que habían estimulado el bloqueo francés: se pagó indemnización a los residentes franceses en el Río de la Plata, y Francia recibió a partir de ese momento el trato de nación más favorecida. En los hechos, estas concesiones equivalían a otorgar a los residentes franceses en Buenos Aires todos los privilegios de los que ya gozaban los británicos, entre ellos la exención de toda obligación militar.
    El transcurso del bloqueo en el Río de la Plata muestra cómo el gobierno de Rosas abandonó un perfil inicial reticente a la penetración extranjera por una política de acercamiento a las potencias hegemónicas. Pero paradójicamente, no iba a ser Francia la principal beneficiaria de este cambio en la política internacional rosista: por lo contrario, el prestigio francés -tanto en el Río de la Plata como a nivel internacional- disminuyó luego del bloqueo. Era la presencia británica la que se iba a afirmar cada vez más sólidamente. Apostando discretamente al gobierno de Rosas, la diplomacia británica no se había hecho más popular que en las décadas anteriores, pero sí se tornaba más temible para sus adversarios. Como consecuencia de esta realidad, Mandeville se transformó en una nueva versión de lord Strangford: hombre de consejo del gobierno de Montevideo a la vez que pasó a ser un referente clave en las decisiones del de Buenos Aires.

  1. Estos y otros episodios del período 1835-1852, correspondientes al segundo período de gobierno de Rosas, mes a mes y año tras año, pueden consultarse en José Luis Busaniche, Rosas visto por sus contemporáneos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 202-213.

  2. T. Halperín Donghi, Historia Argentina..., op. cit., p. 361.

  3. Ibid., pp. 361-362. Declaraciones de Juan Manuel de Rosas favorables a la eventualidad de un protectorado inglés, formuladas ante Mandeville y el comodoro Sullivan, en Mandeville a Strangeways, private and confidential, 17 de enero de 1840, PRO, FO, 6774, ff. 69-74, en ibid., p. 362.

  4. Ibid., pp. 361-362.

  5. J.F. Cady, op. cit., p. 65.

  6. Ibid., p. 69.

  7. T. Halperín Donghi, Historia argentina..., op.cit., p. 369.

  8. Véase el contenido de los artículos del tratado Arana-Mackau en R.O. Fraboschi, op. cit., p. 178. Ver también J.F. Cady, op. cit., pp. 106-107, y T. Halperín Donghi, Historia argentina..., op. cit., p. 370.

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