Mantenido desde marzo de 1838 hasta octubre de 1840, el bloqueo francés demostró ser
mucho más efectivo que el aplicado por el gobierno brasileño durante la guerra de
1826-1828. Su impacto sobre la economía de la Confederación Argentina, reflejado en
efectos tales como el cese del comercio de ultramar, la caída vertiginosa de la
recaudación impositiva, y la adaptación, en algunos casos drástica, de los precios de
artículos de consumo a la coyuntura de crisis (1), no tardó en evidenciarse. Ante esta
delicada situación y decidido a mantener una política de saneamiento de las finanzas y
estabilidad económica, el gobierno de Rosas en un principio procuró evitar la emisión
monetaria, recurriendo a métodos alternativos como el crédito y la colocación de
títulos en pago de deudas, que terminaron en manos de los comerciantes. También el
Estado rosista recurrió a la venta de tierras públicas. Pero el escaso rédito de esta
solución (que entre 1837-1840 sólo cubrió un 2,44% del total de recursos financieros)
obligó a las autoridades de Buenos Aires a volver a la emisión de papel moneda para
sufragar sus gastos. Se repetía de este modo la perversa fórmula de los años de guerra
con Brasil: la combinación de los efectos del bloqueo con los de la exagerada expansión
del circulante (2).
El gobierno de Rosas apeló también a extremas medidas de austeridad.
El 27 de abril de 1838 se comunicaba al inspector general de Escuelas, a la presidenta de
la Sociedad de Beneficencia y al rector de la Universidad que debían solicitar a los
alumnos el pago de una cuota para el sostenimiento de los respectivos cursos o cerrar los
colegios. Asimismo se ordenaba a los administradores del hospital de Hombres y de Mujeres
que recurrieran a la suscripción voluntaria. Un mes más tarde se modificaba la
recaudación de la contribución directa, se elevaban los contratos enfitéuticos y el
papel sellado. Para contrarrestar el bloqueo se resolvió suspender un decreto del 4 de
marzo de 1836 que gravaba los productos de ultramar que fueran trasladados al interior, y
se disminuyeron los derechos de los productos de importación que durante el bloqueo
fueran introducidos en la provincia (3). Esto último constituyó un intento por inducir a
los ingleses a no respetar el bloqueo, los que por otra parte no aplicaron la doctrina del
bloqueo estricto.
Asimismo, el bloqueo francés influyó significativamente en la vida
comercial porteña, pues para disgusto de los comerciantes de Buenos Aires ayudó al
crecimiento del puerto de Montevideo. No obstante, Reber señala que -con la expresa
excepción del bloqueo anglofrancés- los bloqueos no fueron suficientemente prolongados
y/o efectivos como para significar una amenaza real a aquellas casas mercantiles que
poseían una sólida posición financiera (4). El boom exportador que se produjo
apenas terminado el bloqueo también permitió la rápida recuperación de los
comerciantes.
Los efectos del bloqueo francés se extendieron a toda la economía
urbana, afectando inclusive a sectores alejados del comercio de exportación, como el de
la construcción. Mientras duró, el encarecimiento de productos importados de consumo
masivo, como yerba, azúcar, galleta y tabaco, golpeó inclusive a los sectores más
populares. Los efectos del bloqueo también se hicieron sentir en los sectores urbanos
medios dependientes del sector privado (fundamentalmente el comercio), que estaba en
contracción. A su vez, los sectores urbanos menos favorecidos buscaron un alivio en el
enrolamiento, tendencia que se reflejó en la suba de gastos en cuerpos militares y en una
espiral inflacionaria que alejaba toda posibilidad de estabilizar la economía de la
Confederación. Esta era una consecuencia lógica del funcionamiento del orden rosista, en
tanto dicho orden definía a amigos y enemigos a través de la guerra, más que por medio
de la adhesión a principios ideológicos.
En este orden que, al decir de Tulio Halperín Donghi, era de
"guerra permanente", el bloqueo francés se yuxtaponía a múltiples frentes de
conflicto dentro y fuera del territorio de la Confederación Argentina (cabe recordar que
en 1837 el gobierno de Rosas entró en guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana).
La "guerra permanente", como elemento definitorio del orden rosista, permitía
identificar enemigos, otorgando cohesión a un orden que en la práctica era muy laxo y
que se uniformaba a través de la lealtad o deslealtad de los caudillos provinciales hacia
el cintillo punzó, símbolo por antonomasia del federalismo rosista. Entre 1835-1836 y
1837-1840, el promedio anual de remuneraciones militares aumentó en 86,49%, y el de
gastos en vestuario y armamentos en 367,14%. Estas cifras demuestran hasta qué punto la
guerra formaba parte del funcionamiento del régimen de Rosas (5).
Por otra parte, las consecuencias del bloqueo francés sobre las clases
propietarias pueden diferenciarse en función de la prosperidad relativa de cada
terrateniente y hacendado. Para los más fuertes, que venían adquiriendo tierras
públicas desde 1832, el bloqueo abrió una oportunidad (si bien forzosa) de hacer una
pausa en la matanza de ganado para exportar, y aprovechar el compás impuesto por el
bloqueo para ahorrar e invertir en tierras vacías. En cambio, los hacendados menores, que
no disponían de recursos suficientes para esperar el término del bloqueo, se vieron
obligados a vender carne a precio de liquidación, lo que implicó que los sectores
populares de la ciudad de Buenos Aires pudieran contar con carne barata a pesar de la
inflación del papel moneda, aunque al costo del deterioro de la campiña bonaerense. En
este sentido, hubo una estrecha relación entre los perniciosos efectos económicos del
bloqueo francés, y el alzamiento de los Libres del Sur de 1839, que representó
mayormente a estancieros más débiles (6).
De tal manera, el régimen de Rosas, que era un hacendado que había
llegado al poder con el respaldo de las clases propietarias en 1829 y que había adoptado
medidas favorables a los intereses de éstas, se vio obligado a distanciarse de una parte
de este sector a partir de 1839, cuando la Revolución de los Libres del Sur puso de
manifiesto el hartazgo de los hacendados menores con el bloqueo. Tras aplastar este
alzamiento, y hasta los últimos días de su régimen, Rosas pasó a respaldar sólo a
aquellos terratenientes y hacendados que le dispensaran una lealtad sin reticencias. En
otras palabras, el régimen de "guerra permanente" impuesto por Rosas se volvió
aún más extremo en sus exigencias de lealtad después del bloqueo francés. Reflejo
inequívoco de esta actitud fue el embargo de bienes de los propietarios disidentes,
mecanismo que le permitió al gobierno de Rosas requisar ganados y caballos, mantenerlos
en tierras embargadas y públicas, cubrir las necesidades de un ejército movilizado, y
prescindir de la compra de productos rurales en el mercado. Otra consecuencia de esta
política fue la ampliación de la fuerza de trabajo absorbida por el Estado,
particularmente la de peones rurales para el cuidado del ganado requisado (7).
Por lo demás, el cuadro económico-financiero, que caracterizó los
años del bloqueo francés y los inmediatamente posteriores al mismo, estuvo conformado
por los siguientes rasgos:
1) Se produjo una caída en los ingresos de los sectores medios
urbanos, factor que frenó el comercio importador.
2) Tras el levantamiento del bloqueo, se produjo un incremento de las
exportaciones pecuarias (las exportaciones del Río de la Plata en los años 1842-1844
excedieron a las importaciones en 40,69%, y mientras éstas sólo crecieron 20% en
comparación con el trienio anterior, las exportaciones lo hicieron en 102%.
3) Se desencadenó una crisis en la vinculación entre el gobierno de
Rosas y los terratenientes, que condujo al paulatino reemplazo de éstos por los
representantes del comercio importador-exportador, como los aliados privilegiados del
régimen.
4) Al igual que en los difíciles años de la independencia, el
comercio británico tuvo un papel importante en la provisión de artículos de vestuario
al régimen rosista (rubro que en el período 1841-1844 representó 9,23% del total de las
exportaciones británicas al Río de la Plata) (8).
5) No obstante lo recién apuntado, se registraron también fuertes
daños a los intereses comerciales y financieros británicos, por lo que la intervención
no se limitó a una cuestión exclusivamente bilateral entre Buenos Aires y París sino
que llegó a adquirir un carácter franco-británico.
Por otra parte, desde un punto de vista estrictamente político, y como
se dijo, el tratado Arana-Mackau del 29 de octubre de 1840 constituyó un triunfo para
Rosas. El gobernador desafió a una gran potencia europea durante más de dos años,
logró la paz en condiciones más favorables que las exigidas por el cónsul Roger,
desacreditó a sus opositores -los emigrados unitarios, los federales moderados, los
jóvenes emigrados de la Generación del 37, los caudillos provinciales disidentes, y el
caudillo oriental Rivera- debido a sus vinculaciones con potencias extranjeras, y quedó
con las manos libres para resolver cuándo y cómo intervenir en los asuntos internos del
Uruguay (9).
Además, el conflicto otorgó al orden rosista un medio eficaz para
revertir la fragmentación del federalismo y generar una cohesión sin precedentes en
aquella época. Dicha cohesión fue alimentada por el conflicto con un enemigo externo y
con sus aliados internos. Como en el caso del enfrentamiento con la Confederación
Peruano-Boliviana, Rosas utilizó argumentos nacionalistas para desacreditar tanto a los
viejos unitarios como a los federales que se oponían a su proyecto. Dichos argumentos
debilitaron una no muy sólida alianza entre los disidentes internos y Francia. Rosas
pasó a convertirse en paladín de la lucha contra "el invasor francés y sus
aliados", los que eran presentados bajo la doble acusación de traidores a la
integridad territorial y a la causa federal (10).
Vale destacar que los precios de los artículos de consumo registraron comportamientos muy diferentes durante los años de vigencia del bloqueo. En general, los artículos producidos localmente sufrieron menos de los efectos del cierre del mercado externo que los importados (o producidos con alguna materia prima de origen externo). No obstante, aun dentro del grupo de los artículos locales se pueden registrar interesantes diferencias, vinculadas tanto al grado de conexión con los mercados externos como con las posibilidades de colocación de cada uno de estos productos en los mercados internos provinciales. Por ejemplo, el precio de la leche, un artículo de consumo que en ese momento tenía muy poco que ver con la economía exportadora, prácticamente se mantuvo estable durante los años del bloqueo, excepto en los meses en que la presencia de la expedición de Lavalle afectó el circuito de intercambio entre la ciudad de Buenos Aires y su inmediata campaña. En el caso del ganado vacuno, los distintos subproductos extraídos del mismo registraron distinto comportamiento de precios. En el caso de la carne, su precio bajó durante los años del bloqueo, debido al enorme stock de ganado disponible sin posibilidades de ser exportado, a las penurias financieras de los pequeños hacendados angustiados por el cierre de los mercados externos, obligados a malvender muchas veces su producción, factores que contrastaban el interés de los grandes hacendados de guardar e incluso aumentar la existencia de ganado durante el paréntesis impuesto forzosamente por la presencia de la flota francesa, en espera de mejores precios de exportación en el futuro. En cambio, el precio de los cueros salados registró una fuerte suba. Volúmenes de venta pequeños y compras especulativas, síntomas de la existencia de expectativas de precios más favorables para los cueros una vez que se levantara el bloqueo, empujaron los precios hacia arriba en los años de vigencia de éste. En el caso del trigo, la enorme suba que experimentó durante el bloqueo francés y años subsiguientes se debió a la interacción entre por lo menos tres factores: la escasez de mano de obra y/o tecnología para aumentar la declinante producción triguera, el cierre de los mercados externos, que cercenó la necesidad de recurrir al trigo importado (la Confederación Argentina importaba harina de Estados Unidos a causa de la insuficiente producción triguera local); y la escasa capacidad de Buenos Aires para colocar este producto en términos que resultasen ventajosos para los intereses económicos de las provincias del Interior, ya que Buenos Aires exigía el pago en efectivo de sus productos, factor que entorpecía el intercambio con dichas provincias, cuya capacidad de adquisición era limitada. En marzo de 1838 -unos días antes del bloqueo- el precio de venta del trigo era de $ 33 la fanega, y en septiembre del mismo año -ya en pleno bloqueo- éste había llegado a los $ 89. A principios de 1839 la cosecha de trigo local llegó a exceder las necesidades de la provincia de Buenos Aires, por lo que el gobierno porteño otorgó permisos para vender trigo a las provincias en los años 1839 a 1841, y por consiguiente, con una demanda ampliada, el precio del trigo siguió subiendo, llegando a más de $ 100 la fanega. Con la exigua cosecha del año 1842, y a pesar del cierre de las exportaciones a las provincias, la tendencia al alza se intensificó aún más: el trigo subió de $ 159 la fanega en enero a $ 344 en octubre de 1842. El alivio llegó en 1844 con mejores cosechas. Durante el bloqueo anglofrancés iniciado en 1845 el precio del trigo se mantuvo alto, y recién bajó en 1848 cuando dicho bloqueo se hizo menos efectivo y la competencia norteamericana más efectiva, llegando a $ 48 en julio de 1849. Ver Tulio Halperín Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino (1791-1850), Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1982, pp. 221, 222 y 228, y Miron Burgin, Aspectos económicos del federalismo argentino, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1969, p. 329.
Tulio Halperín Donghi, Guerra y finanzas..., op.cit., p. 220.
R.O. Fraboschi, op. cit., pp. 180-181.
De acuerdo con la opinión de Vera Blinn Reber, los bloqueos nunca fueron tan destructivos a los intereses comerciales como podría suponerse, pues los comerciantes aprendieron rápidamente a adaptarse a las coyunturas de bloqueo y sacar provecho de ellas. Una vez que un bloqueo comenzaba, los comerciantes invertían en cueros que podían ser almacenados y/o en ganados que estaban generalmente resguardados. Si tomamos en cuenta que muchos de los altos funcionarios de las casas mercantiles británicas eran a la vez dueños de estancias ganaderas, el argumento de Reber cierra. Además, los navíos británicos contaban con ciertas inmunidades para enfrentar el problema que representaban las guerras de corso. Vale advertir asimismo que los bloqueos no siempre cortaron las comunicaciones con Europa. Los paquetes o envíos que transportaba la Royal Navy disfrutaban de inmunidad diplomática y generalmente llegaban a destino. Además, la naturaleza del Río de la Plata -ancho estuario con bancos de arena- a menudo hacía relativamente fácil romper el bloqueo para los ligeros barcos británicos y navíos neutrales. Ver al respecto Vera Blinn Reber, British mercantile houses in Buenos Aires, 1810-1880, Ph. D. dissertation, University of Wisconsin, 1972, pp. 185-186.
Ver porcentajes en Tulio Halperín Donghi, Guerra y finanzas..., op.cit., p. 239.
Ibid., p. 223.
Ibid., pp. 225-226.
Porcentajes en ibid., pp. 227 y 231.
J.F. Cady, op. cit., p. 107.
Debe señalarse que muchos de estos unitarios -entre ellos Lavalle, Chilavert y Paz- sólo se incorporaron a la alianza con Francia luego que el cónsul francés Baradère les diera seguridades de que se respetaría la integridad territorial e independencia argentina. Ver R.O. Fraboschi, op. cit., pp. 174-175.
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