Pero la mejora en las relaciones con Francia fue solamente temporaria. Mientras los
eventos que describimos en las secciones anteriores tenían lugar en Buenos Aires, en 1834
el gobierno uruguayo se había negado a negociar un tratado con Gran Bretaña. Existía en
el Uruguay una intensa hostilidad hacia los extranjeros. La República Oriental cayó en
una violenta guerra civil, por lo que Montevideo perdió su relevancia comercial por un
tiempo, con la consiguiente temporaria concentración de los intereses británicos en
Buenos Aires. Cuando la paz regresó, la prosperidad retornó a Montevideo, y los
intereses británicos en el Río de la Plata volvieron a diversificarse entre ambas
capitales. Los intereses británicos en Buenos Aires y Montevideo convergían respecto de
la necesidad de paz, pero divergían en los medios para obtenerla. Esto provocó una
división de los intereses británicos, que tendría importantes consecuencias políticas.
En el Uruguay la década de 1830 estuvo dominada por la confrontación
de dos jefes revolucionarios que habían luchado contra el emperador del Brasil. Uno de
ellos, Juan Antonio Lavalleja, había lanzado su ataque desde la Confederación Argentina.
El otro, Fructuoso Rivera, luego de haber sido oficial al servicio del Brasil, se había
plegado a las fuerzas de Lavalleja en su cruzada liberadora. Pero la mala relación entre
ambos continuó después de que terminara su guerra con el Brasil. Rivera, fundador del
partido Colorado, fue el primer presidente uruguayo. En 1835 el general Manuel Oribe,
fundador del partido Blanco, que apoyaba tanto a Lavalleja como a Rosas, fue elegido
presidente. Entonces Rivera comenzó su intento de deponer a Oribe y se convirtió en
aliado de la exiliada facción antirrosista de Buenos Aires y de los agentes franceses
(1). Esto acercó aún más a Rosas y a Oribe. Por su parte, Lavalleja tenía
vinculaciones muy amistosas con el núcleo que en el Estado de Río Grande do Sul se
levantaría contra el Imperio y daría origen a la revolución de los farrapos
(1835-45). El Imperio, naturalmente, miraría a los amigos de Lavalleja, Oribe y Rosas
como a adversarios. Producido el levantamiento de los farrapos, los imperiales denunciaron
los lazos que unían a Bento Gonçalves, cabeza de la revolución farroupilha, con
Lavalleja.
Esto ilustra nuevamente dos puntos que hemos tratado constantemente de
mostrar:
1) Lo difícil que era separar los asuntos internos de los externos,
así como los asuntos de Buenos Aires de los del Uruguay. A pesar del tratado de 1828 (que
legalmente establecía la independencia uruguaya) estas dos provincias aún eran parte de
una misma realidad interna.
2) El punto hasta el cual las rivalidades entre los caudillos dominaban
la política local, generando políticas que estaban básicamente al servicio del hombre
fuerte y su camarilla.
En 1838, mientras el almirante francés Leblanc amenazaba a Rosas en
Buenos Aires y apoyaba a Rivera en el Uruguay, éste destituyó a Oribe, que huyó a la
Confederación Argentina. En 1839, fue Rivera quien finalmente le declaró la guerra a
Rosas, iniciando lo que en Uruguay se conoce con el nombre de la "Guerra
Grande", que duró desde 1839 hasta 1851 (hasta febrero de 1852 si se incluye en ella
la caída de Rosas). Rivera buscó afianzar su posición cooperando de forma cercana con
los residentes extranjeros de Montevideo. También se alió con Corrientes y Rio Grande do
Sul (2). Los franceses le dieron armas y dinero. Rivera hipotecó las rentas de aduana a
empresarios, la mayoría británicos. De esta forma, los intereses británicos en
Montevideo se involucraron hasta tal punto con Rivera que se vieron forzados a apoyar su
gobierno, y ejercitaron toda la presión que pudieron para que Londres abandonara su
política de no intervención en los asuntos del Río de la Plata. Es así como los
intereses británicos en Montevideo se volvieron contra Rosas, mientras los intereses
británicos en Buenos Aires tendían a apoyarlo. No obstante, la firma del tratado
Arana-Mackau de 1840, que terminó con el bloqueo francés, puso temporariamente a Rivera
en difícil situación frente al poder rosista. Para colmo, la derrota del general Lavalle
(al mando de las fuerzas de la Liga del Norte) por Oribe en la batalla de Quebracho
Herrado de noviembre de 1840, aseguró a Rosas el dominio del Interior.
Por otra parte, las consecuencias de dicho tratado pronto
demostraron hasta qué punto el gobierno francés había perdido prestigio e influencia en
el Río de la Plata. En Montevideo todos los partidos, incluyendo la próspera
colectividad francesa, se manifestaron descontentos por "la vergonzosa capitulación
de Mackau". En las provincias argentinas el pueblo odiaba y despreciaba a Francia, lo
que reflejaba la efectividad de la propaganda rosista en contra de la intervención
francesa durante los años del bloqueo. Por su parte, Rosas no dio al nuevo cónsul y
encargado de negocios, Lefèbre de Bécourt, ninguna satisfacción respecto de las
reclamaciones adicionales por los daños y confiscaciones que se habían acumulado en el
transcurso de las hostilidades. Cabe aclarar que el propio Bécourt no ocultaba sus
reparos al tratado del 29 de octubre de 1840.
No obstante, los hechos sucesivos demostraron que la relación de
fuerzas entre rosistas y antirrosistas era bastante pareja a pesar del apoyo externo con
que contaban los últimos, lo que se derivó en una situación de equilibrio inestable
tanto en el territorio de la Confederación Argentina como en la Banda Oriental. Así, si
bien Rosas controló el Interior a partir de sucesivas derrotas sobre las fuerzas de
Lavalle, no pudo asegurar a su favor el equilibrio de fuerzas en el Litoral ya que el
unitario José María Paz se adueñó de las provincias de Corrientes y Entre Ríos tras
su victoria sobre el gobernador entrerriano rosista Pascual Echagüe en Caaguazú en
noviembre de 1841. A estas adquisiciones para la causa antirrosista, se agregó la
incorporación de la provincia de Santa Fe, por defección del gobernador Juan Pablo
López.
Pero aunque el triunfo de Paz en Corrientes le otorgaba un relativo
respiro a Rivera, la reacción rosista en el Litoral no se hizo esperar: Oribe llegó en
abril de 1842 a Santa Fe, derrotó al rebelde Juan Pablo López, instaló en Santa Fe un
gobierno adicto a Rosas y comenzó a cruzar el Paraná en dirección a la Banda Oriental.
Ante el avance de Oribe, los ministros francés e inglés, temiendo por la suerte de sus
connacionales en Montevideo, ofrecieron su mediación en la lucha entre Oribe y Rivera,
planteando a Rosas la continuación de Rivera en la presidencia uruguaya. Esta condición
resultaba inadmisible para Rosas, quien aseguró que Rivera le había declarado la guerra
e invadido y saqueado la provincia de Entre Ríos. Además, Rosas agregó que el gobierno
de Buenos Aires, encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, no
reconocía sino a Oribe como el presidente legítimo de la Banda Oriental. Los ministros
francés e inglés respondieron a Rosas que recurrirían a otros medios para defender los
bienes de sus connacionales. La intransigencia de Rosas, por un lado, y de Francia e
Inglaterra, por el otro, nuevamente cerraba el camino de la negociación en la Banda
Oriental y llevaría a un nuevo bloqueo por parte de las potencias europeas en el Río de
la Plata (3).
Juan Antonio Lavalleja había dirigido la expedición de los "Treinta y Tres Orientales", que partió de San Isidro en 1825 para iniciar la insurrección de los orientales contra la dominación portuguesa -la Banda Oriental había sido invadida por los portugueses en 1816 e incorporada al Imperio de Brasil como Provincia Cisplatina en 1821. El comandante oriental Fructuoso Rivera, destinado por el Imperio de Brasil a combatir a estos treinta y tres orientales, se unió a los insurrectos. Esta expedición de los Treinta y Tres Orientales fue uno de los factores que llevaron al enfrentamiento armado entre Río de Janeiro y Buenos Aires. Esta guerra culminó con el Tratado de Paz firmado entre el Imperio del Brasil y el gobierno de Buenos Aires en 1828, que creó, a instancias de la diplomacia británica, la República Oriental del Uruguay como Estado tapón. En 1830 se sancionó la Constitución de la nueva república y fue elegido presidente Lavalleja, ex jefe de la expedición de los Treinta y Tres Orientales. Pero Fructuoso Rivera desconoció este nombramiento y posteriormente logró hacerse nombrar presidente. Obviamente el desplazado Lavalleja no aceptó esta designación. Apenas llegó al gobierno en octubre de 1830, Rivera se puso de acuerdo con los unitarios emigrados en el Estado oriental y con el general López Jordán para hacer estallar una revolución en Entre Ríos, que fracasó porque Rivera quiso colocar en dicha provincia a un candidato suyo en oposición a López Jordán, propuesto por los unitarios. La pugna desatada a partir de marzo de 1835 entre Lavalleja y Rivera -ambos hacendados-, originó los dos partidos mayoritarios de la vida política uruguaya: el Blanco (nacionalista) de Lavalleja, apoyado por los hacendados, y el Colorado (liberal) de Rivera, popular entre las clases rurales inferiores. Rivera debió enfrentar dos revueltas de Lavalleja en 1832 y 1834. Su sucesor en la presidencia, el general Manuel Oribe, era un hombre proveniente de la elite urbana de Montevideo, durante mucho tiempo oprimida por los caudillos de la campaña y dispuesta a buscar apoyo contra ellos en Buenos Aires o en Río de Janeiro. Oribe estrechó relaciones con Buenos Aires y enfrentó las sublevaciones de Rivera en 1836 y 1837. Apoyado por antirrosistas desterrados, por algunos de los revolucionarios de Río Grande -disidentes respecto del Imperio del Brasil- y por la plebe rural, Rivera asumió nuevamente la presidencia en 1839 -previa renuncia obligada de Oribe- gracias al respaldo de la diplomacia francesa ya en conflicto con Rosas. Desplazado Oribe, éste buscó refugio junto a Rosas, quien siguió considerándolo el presidente legal del Uruguay. Este juego de alianzas: riveristas coaligados con los franceses -y más tarde con los ingleses- contra la unión Oribe-Rosas fue el que desencadenó la llamada Guerra Grande (1839-1851). En el transcurso de ésta, Montevideo sufrió un largo sitio por tierra por parte de las fuerzas de Oribe, apoyado por los rosistas, entre el 16 de febrero de 1843 y el 8 de octubre de 1851, y el bloqueo del puerto por la escuadra de la Confederación desde enero de 1841 (en forma restringida desde el 1º de abril de 1843 y estricta desde el 13 de abril de 1845) hasta fines de julio de 1845, en que se produjo el apresamiento de la escuadra de la Confederación por la escuadra anglofrancesa. Esta impuso un nuevo bloqueo a Buenos Aires a partir del 18 de septiembre de 1845. Quizás el dato más interesante de esta larga lucha es el hecho de que en la misma los propios orientales eran poco menos que ajenos. El ejército de Oribe era, en realidad, un ejército conformado por gente de las provincias de la Confederación Argentina; el bloqueo naval a Montevideo estaba protagonizado por la escuadra de la Confederación, cuyo jefe era el almirante Guillermo Brown; los defensores de Montevideo a su vez eran en su mayor parte extranjeros -casos del general unitario José María Paz, y de las legiones francesa, inglesa e incluso la italiana al mando de Giuseppe Garibaldi, quien antes había participado en el movimiento separatista de los republicanos de Río Grande do Sul frente al Imperio de Brasil y posteriormente fue uno de los protagonistas de la unificación italiana. Montevideo, por su parte, se había constituido desde hacía varios años, en el centro organizado de la resistencia contra Rosas en el exterior. Consultar al respecto Enrique Barba, "Las relaciones exteriores con los países americanos", en Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), op. cit., vol. VII, 2ª sección, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, p, 264. Ver también A. Saldías, Historia de la Confederación Argentina, op. cit., t. II, Capítulo XXVII, pp. 27-39, y Tulio Halperín Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Madrid-Buenos Aires, Alianza, 1986, Tercera parte, Capítulo 2, pp. 181-182.
Al terminar Rivera su período presidencial fue designado Comandante General de la Campaña, jefatura que venía desempeñando desde muchos años atrás, primero bajo la dominación luso-brasileña y luego durante su propia presidencia. En dicho cargo se sustentaba gran parte de su prestigio y de su poder. La existencia de este centro de poder era una amenaza para las autoridades constituidas, por lo cual el presidente Oribe decidió suprimir el cargo. Rivera se levantó en armas pero fue derrotado en Carpintería (1836). Sin embargo, en un nuevo intento, dos años después, aliado con los unitarios emigrados de la Argentina y los revolucionarios riograndenses, más el apoyo de los franceses, obtuvo la dimisión de Oribe. Es muy significativo el contenido de uno de los tratados suscripto por Rivera con los revolucionarios riograndenses, el 21 de agosto de 1838, donde se establecía lo siguiente:
Art. 1º. El General en Jefe Defensor de la Constitución (Rivera) se obliga a hacerse elegir y proclamar por el Pueblo Oriental en el más corto espacio de tiempo posible Presidente de la misma República empleando para lograrlo toda su influencia y aquellos medios que pueda emplear todo individuo para merecer la confianza y el voto nacional.
Art. 2º. El General en Jefe Defensor de la Constitución, confiando en la eficacia de estos medios se obliga por sí, para el Pueblo y el Ejército que representa no descender jamás de la silla de la Presidencia en el término marcado por la Ley, sin pasar inmediatamente a ocupar el lugar de Comandante Gral. de la Campaña de la República Oriental con las atribuciones hasta aquí legalmente conferidas a este empleo, y nunca menos, a fin de que pueda suceder a su turno a su propio sucesor en la silla de la Presidencia, cuando éste descienda de ella: y así sucesivamente pasará de Presidente a Comandante Gral. de Campaña, por todo el tiempo que durase la actual guerra de Independencia gloriosamente sustentada por el Pueblo Rio Grandense.
Luis C. Benvenuto, Breve historia del Uruguay, Buenos Aires, EUDEBA, 1967, pp. 53-54.
Ver J.L. Busaniche, op. cit., Capítulo IV, pp. 78-79.
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