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Temeroso del poder de Rosas, Rivera buscó aliados para contrarrestar su influencia. En esta búsqueda desesperada, el presidente uruguayo pidió la protección del Imperio del Brasil. En su pedido de auxilio al Imperio, Rivera recordaba el artículo 10 de la Convención preliminar de paz del 27 de agosto de 1828 por el cual los gobiernos signatarios debían auxiliar y proteger al nuevo Estado de la República Oriental por un período de cinco años. Lo que no advirtió la diplomacia uruguaya es que Brasil, sumido en su enfrentamiento con los republicanos de Río Grande do Sul, no se iba a apartar de una estricta política de neutralidad respecto de la cuestión de la Banda Oriental hasta 1845, cuando el Imperio finalmente abortó la revolución de los farrapos. La categórica y tardía respuesta del encargado de negocios de Brasil en Montevideo, Manuel d'Almeida Vasconcellos, a los pedidos de la diplomacia riverista en julio de 1841 era un claro ejemplo de la política de neutralidad brasileña que echaba por tierra las ilusiones de Rivera: "fica claro que nao ha direito algum da parte do Governo Oriental em invocar, fundado na dita Convençao, a especial intervençao do Governo Imperial na sua questao actual como o Governador de Buenos Aires" (1). Desesperado, el gobierno de Rivera propuso entonces la firma de un tratado con Brasil bajo los auspicios de Su Majestad Británica, pero nuevamente Vasconcellos manifestó la actitud neutral del Brasil. Esta decisión habría estado basada, entre otros motivos, por haberse enterado el gobierno de Brasil de que Rivera estaba en tratos con las fuerzas republicanas de Río Grande (2).
    A los manejos de Rivera para aliarse con Brasil en contra de Rosas se deben agregar las gestiones del gobierno de Buenos Aires a través de su enviado extraordinario y ministro plenipotenciario Tomás Guido. Nombrado en junio de 1841 para representar a la Confederación Argentina en la coronación de Pedro II, Guido tuvo por eje de su misión la cuestión oriental (3).
    Guido llegaba en un momento político muy complicado para Brasil, ocupado en su lucha contra los farrapos. Respecto de la cuestión de los republicanos de Río Grande la diplomacia rosista no tenía una posición tomada. Si bien por una parte la actitud de Rosas era la de entenderse con la autoridad legalmente constituida, por la otra, si Rivera recibía la ayuda de los republicanos o farrapos, Rosas tendría que estar en contra de éstos y a favor del Imperio. Finalmente, Guido optó por no tomar partido en la lucha contra los farrapos, y trató de separar al Brasil del gobierno de Rivera.
    En las conversaciones entre Guido y los brasileños, uno de los temas de agenda invocados por éstos fue la libre navegación en el río Paraná, cuyo tráfico estaba trabado por restricciones impuestas por Rosas. El ministro de relaciones exteriores Felipe Arana señaló categóricamente a Guido que:

    La idea del arreglo sobre la navegación del Parana libre p.a los Estados litorales, sin         contrariar el Art.o de la convención, la he de combatir hasta donde me sea posible. Vd. mi amigo, bien conocera q.e es asunto muy delicado y q. afecta substancialm.te la vitalidad de esta Repub.ca Basta solam.te considerar detenidam.te el tratado con la Gran Bretaña, las circunstancias de esta Prov.a nuestras poblaciones sobre la costa del dicho Parana, seguridad de ntras rentas y otros innumerables obgetos q.e se interponen, p.a ser muy cautos en deferir p.r nuestra pte, sino es de modo q.e se salven tan gravisimos inconvenientes, y ya Vd. puede considerar q.e esto no es tan facil, comose presenta á los ojos de los Brasileros, q.e no poseen ntra topografía, ni aprecian ntras particulares circunstancias, como q.e las desconocen completam.te.

Ampliando su pensamiento, Arana sostenía que el tránsito por Buenos Aires hasta la Asuncion era harto difícil, pues "a nadie absolutamente se lo permitimos" (4).
    La actividad desplegada por Guido se vio coronada con la firma de un tratado en marzo de 1843 que establecía la alianza ofensiva y defensiva entre el Emperador brasileño y el gobierno de Rosas contra el presidente uruguayo Rivera y los republicanos de Río Grande. Este acercamiento del Imperio a la diplomacia porteña fue fruto tanto de las hábiles negociaciones del enviado de Buenos Aires, como de la nueva situación objetiva creada por el acercamiento entre el caudillo oriental Rivera y los republicanos de Río Grande.
    En este tratado de 1843, ambas partes se comprometían a emplear las fuerzas de mar y tierra hasta la completa pacificación del Uruguay y de la Provincia de Río Grande de San Pedro. Brasil debía declarar bloqueado el puerto de Montevideo y todos aquéllos que estuviesen dominados por fuerzas de Rivera. El bloqueo sería mantenido por Brasil y auxiliado por Buenos Aires, cuyas unidades quedarían bajo las órdenes del Comandante de la fuerza imperial. Las provisiones de guerra, víveres y los fondos necesarios para el mantenimiento del bloqueo serían suministrados por Rosas, aunque pagados por Brasil. Rosas se comprometía a suministrar al ejército imperial el número de seis mil caballos o más si fuesen necesarios, los que serían pagados por el emperador. Las tropas de la Confederación Argentina que pasando la frontera uruguaya entrasen en territorio de Brasil quedarían bajo las órdenes del Jefe del Ejército Imperial; a su vez, las tropas brasileñas que penetrasen en territorio del Uruguay obedecerían al mandato del Jefe del Ejército de la Confederación.
    Al referirse a este tratado obtenido por Guido, dice Felipe Barreda Laos:

    Con notable habilidad y sagacidad había ganado Guido una memorable jornada diplomática, obteniendo la descalificación de Fructuoso Rivera por el Gobierno Imperial, actitud asumida por primera vez, atrayendo al Imperio a una política naval de acuerdo con el Gobierno de Buenos Aires, interceptando los planes y la acción de la intervención europea en el Río de la Plata. Grande fue la decepción de Guido al recibir la extraña comunicación del Ministro de Relaciones Exteriores Felipe Arana, exponiendo reparos adversos al Tratado (5)
    Tanto los historiadores Tulio Halperín Donghi como Enrique Barba coinciden en señalar que la objeción del gobierno de Rosas al tratado estipulado entre Guido y los representantes de Brasil constituyó un serio error diplomático. La diplomacia rosista justificó su negativa en la necesidad de contar previamente con la aprobación del acuerdo por parte del caudillo Oribe, quien era para Rosas la única autoridad legítima en el Uruguay. Pero la razón de fondo de la objeción de Rosas estribaba en la percepción del gobernador de Buenos Aires de que una alianza entre Buenos Aires y Río de Janeiro resultaba innecesaria cuando la derrota de Rivera parecía abrir a Oribe el retorno triunfal a su gobierno.
    Luego de la fallida misión de Guido, las relaciones entre Buenos Aires y Brasil se tornaron crecientemente hostiles. Complicando aún más la situación, en el territorio de Río Grande se albergaron elementos claramente antirrosistas tales como las fuerzas de Fernando Silva, dependientes de Rivera, y las del general unitario José María Paz, que viajó a Río de Janeiro en un buque brasileño.
    Otro inequívoco indicio del cambio en la política internacional de Brasil hacia un mayor involucramiento en el conflicto rioplatense durante el año 1844 fue la misión del vizconde de Abrantes ante los gobiernos británico y francés, reforzando el pedido efectuado por el emigrado unitario Florencio Varela respecto de una intervención anglofrancesa en la cuestión de la Banda Oriental. Asimismo fue señal del nuevo perfil adoptado por la cancillería brasileña el reconocimiento de la independencia del Paraguay en septiembre de dicho año, y la firma de un tratado entre los gobiernos de Río de Janeiro y Asunción con el objeto de garantizar la libre navegación en el río Paraná. Si bien la misión Abrantes fue desoída por Londres y el tratado entre Brasil y Paraguay no fue ratificado, ambas actitudes mostraban que el puente entre Buenos Aires y Río de Janeiro, esmeradamente tendido por la misión Guido, se había roto indefectiblemente (6).
    Por cierto, el rechazo de los acuerdos de Guido con las autoridades brasileñas fue un error que el régimen rosista pagaría muy caro años después. A partir de 1845, el fin de la guerra civil riograndense le devolvió al Brasil las fuerzas necesarias para actuar en el Río de la Plata. Esta tendencia se reflejó claramente en la participación de las fuerzas imperiales en el ejército aliado que, al mando del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, derrotó definitivamente a Rosas en la batalla de Caseros en 1852 (7).

  1. Enrique Barba, "Las relaciones exteriores con los países americanos", op. cit., p. 249.

  2. Ibid., p. 250.

  3. Cabe aclarar que en el contexto de la política inter-"nacional" de la época, la cuestión oriental comprendía los territorios de Uruguay, Brasil, Río Grande, las complicaciones con los caudillos del Interior (especialmente del Litoral) y por añadidura, las posteriores dificultades con Francia y Gran Bretaña.

  4. Archivo General de la Nación, Archivo de Guido, Legajo 10, citado en E. Barba, op. cit., p. 252.

  5. Felipe Barreda Laos, General Tomás Guido. Revelaciones históricas, Buenos Aires, 1943, pp. 261-262, en ibid., p. 253.

  6. Ver más detalles en ibid., pp. 256-257 y Cecilio Báez, Resumen de la Historia del Paraguay, Asunción, Talleres Nacionales de H. Kraus, 1910, pp. 74-77.

  7. Ver E. Barba, op. cit., pp. 254-255 y T. Halperín Donghi, Historia argentina..., op. cit., p. 379.

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