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Volviendo atrás, la consecuencia más importante del tratado Arana-Mackau es que dejó al gobierno de Rosas en libertad de acción para continuar la lucha en Uruguay, donde los emigrados unitarios provenientes de Buenos Aires y otras provincias de la Confederación Argentina continuaban defendiendo la plaza de Montevideo contra los ataques del caudillo oriental Manuel Oribe. Asimismo, estos disidentes antirrosistas, en connivencia con Rivera, fomentaban con la ayuda externa de Francia e Inglaterra la segregación de las provincias de Entre Ríos y Corrientes del territorio de la Confederación (1). A la vez, el caudillo oriental Fructuoso Rivera procuraba el apoyo de Brasil mediante el proyecto de formar una federación, en la cual Rivera ocuparía el cargo de virrey (2).
    Rivera invocaba el apoyo del Imperio del Brasil ante la posibilidad de un nuevo ataque de Rosas y sus aliados, quienes, como ya vimos, tras sucesivas victorias sobre las fuerzas antirrosistas, controlaban casi todo el territorio de la Confederación Argentina salvo el Litoral, donde dominaban las fuerzas del general José María Paz (3). Por cierto, el conflicto con la Banda Oriental no tardó en reanudarse. Ante un decreto de Rivera que obligaba a los barcos que navegaban por el Uruguay a presentarse en el puerto de Higueritas, Rosas decretó en enero de 1841 el bloqueo de Montevideo, y designó como jefe de su escuadra al almirante Guillermo Brown. De esta manera, Rosas comenzaba a ayudar a Oribe contra Rivera en la lucha por el poder que éstos sostenían en su país.
    El gobierno inglés no tardó en reaccionar. Poco antes de dejar su cargo, en junio de 1841, Palmerston dio instrucciones al ministro británico en Buenos Aires para proponer un acuerdo pacífico entre Rosas y Rivera. Mandeville aprovechó la oportunidad para intentar concertar tratados ventajosos para Inglaterra en la tierra oriental. Hacia fines de 1841, viajó a Montevideo a negociar un tratado similar al acuerdo angloargentino de 1825. En esta circunstancia, inesperadamente, el canciller uruguayo Vidal pidió que Gran Bretaña estableciera un protectorado en el Uruguay. Pero los británicos se negaron, alegando que la responsabilidad sería demasiado grande. No obstante, la mediación británica no prosperó. Rosas exigía dos condiciones para aceptar la mediación de Londres: el reconocimiento de Oribe (en ese momento jefe del ejército rosista que perseguía al general Juan Lavalle en el Interior argentino) como presidente del Uruguay, y el destierro del primer mandatario uruguayo Fructuoso Rivera. Obviamente, ambas condiciones resultaban inadmisibles para Rivera.
    Por otra parte, Rosas declaró desde el principio que su partido convertiría al Río de La Plata en un matadero, un desierto, un caos antes de negociar con Rivera, y que él mismo moriría en los brazos de sus colaboradores si intentaba una reconciliación (4). Esta expresión, que los hechos demostraron ser auténtica, representa una actitud desaprensiva frente a los costos de la guerra que se reitera en lugares y momentos históricos muy diferentes entre sí, a la vez que hay otras instancias históricas, también muy diversas, en las que prima la actitud opuesta, de negociación y de adjudicación de un enorme valor a la vida y a la propiedad. Veinte años más tarde, por ejemplo, el dictador paraguayo Francisco Solano López peleó contra sus enemigos sin intentar una reconciliación hasta que casi no quedó ningún varón sano de más de 11 años en el país. Serbios, croatas y bosnios musulmanes han demostrado una disposición parecida en los últimos años, bastante opuesta a la mentalidad de un "Estado comercial" a la cual los ingleses se acercaban, en tiempos de Rosas, en medida mucho mayor que los argentinos y uruguayos de entonces. La disposición a pelear hasta la última gota de sangre antes que negociar, sin importar el daño y las pérdidas, no podría ser comprendida por los argentinos de hoy día (aunque tal vez pueda ser mejor comprendida por vietnamitas, salvadoreños, nicaragüenses o ex yugoslavos).
    Cuando se propuso la mencionada mediación entre Rosas y Rivera, éste dominaba el territorio uruguayo y la provincia argentina de Corrientes, y tenía un dominio parcial sobre Entre Ríos. Esta era la situación cuando Vidal propuso que el Uruguay se convirtiera en un protectorado británico. El comercio británico con Montevideo crecía más rápidamente que con Buenos Aires, y hasta la comunidad británica de Buenos Aires estaba comenzando a alejarse de Rosas y a preferir a Rivera, creyendo que éste era un mejor protector y promotor del comercio exterior, y que probablemente ganaría la guerra. Así, el nuevo canciller británico Aberdeen comenzó a desarrollar una tendencia favorable al gobierno uruguayo. El ministro uruguayo en Londres presionó para acercar los vínculos, y Aberdeen le replicó que Gran Bretaña y Francia podrían recurrir a la fuerza en sus tratos con Rosas.
    Por cierto, el nuevo gobierno de Sir Robert Peel se mostraba muy interesado en ganar el apoyo de las clases mercantiles e industriales que seguían dañadas (así como los asalariados) por la depresión de 1836-37, y no estaba dispuesto a tolerar desafíos al principio del libre comercio dentro de su esfera de influencia. Previamente, cuando en 1835 Rosas había lanzado una política proteccionista con el objetivo de reconciliarse con los intereses de los pequeños comerciantes de las provincias del Interior, el gobierno británico no había puesto objeciones. Pero ahora la situación política era muy diferente: todo se encaminaba hacia una confrontación.
    Por otra parte, los hombres de negocios británicos habían sido testigos de cómo el desarrollo comercial del río Mississippi había producido enormes riquezas y beneficios, y pensaron que esto mismo podría ser logrado con otros grandes sistemas fluviales del continente, como el Río de la Plata, el Amazonas y el Orinoco. En diciembre de 1841 el Foreign Office británico produjo un memorándum sobre el comercio británico que enfatizaba dos puntos diferentes: la necesidad de nuevos mercados, y los efectos nocivos que los desórdenes políticos de Sud América tenían sobre el comercio.
    El creciente interés de Gran Bretaña por la expansión del comercio por vía fluvial llegó justo cuando en el Río de la Plata se aplicaba una política proteccionista, generando un agudo conflicto de intereses. Los puertos fluviales de Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos estaban cerrados al comercio extranjero. De hecho, y de acuerdo con las estimaciones de Ferns, estos puertos hubieran aportado muy poco al comercio británico. Pero súbitamente en Gran Bretaña todos comenzaron a creer que era terriblemente importante que existiera la libre navegación en el sistema del Río de la Plata-Paraná. Simultáneamente Rosas estaba cada vez más convencido de que era muy importante que Buenos Aires controlara el comercio exterior, en parte para ganarse el apoyo de los intereses mercantiles de la capital, y en parte como forma de forzar al Paraguay a convertirse nuevamente en parte de la Confederación Argentina. Ferns sostiene que no existe prueba convincente alguna de que la libre navegación más allá de Buenos Aires hubiese sido realmente relevante para el comercio británico, ni de que el proteccionismo hubiese dañado de verdad los intereses británicos en la Argentina, Uruguay y Brasil. Pero esto se convirtió en parte del sistema de creencias de las personas que estaban a cargo de la política británica. Así como existen momentos históricos en que todo es interpretado desde el punto de vista de la lucha de clases, de la religión, de la tecnología o del sexo, en la década de 1840 todo se explicaba en términos de laissez-faire (5). Por cierto, a lo largo de esta obra veremos una y otra vez cómo la ideología puede influir sobre los acontecimientos hasta el punto de invalidar las expectativas emergidas de teorías o modelos que sólo tienen en cuenta variables estructurales.
    En la opinión de Ferns, el mencionado memorándum del Foreign Office contenía los gérmenes de todos los errores cometidos durante los siguientes años por los británicos. Sugería que se debía ofrecer secretamente ayuda al gobierno de Montevideo, para posibilitar la obtención de un tratado con el Uruguay que le garantizara al comercio británico los privilegios y protección que Gran Bretaña buscaba de los tratados comerciales. "Ayuda" de hecho implicaba el envío de una pequeña fuerza, suficiente para la defensa de Montevideo. Esto implicaba un cambio completo respecto de la previa política de Palmerston. En realidad el memorándum no representaba una política británica, pero su contenido de alguna forma llegó a los comandantes navales británicos en el Río de la Plata. De hecho, esto implicó el fin de la neutralidad y el uso de la fuerza. Y el error principal fue pensar que el objetivo propuesto requeriría una "fuerza pequeña" (6).
    De modo que para conseguir la paz en el Río de la Plata, Aberdeen pidió ayuda no sólo al gobierno uruguayo sino también a Francia. A estos efectos, en febrero de 1842 los británicos le aseguraron a los franceses que Gran Bretaña no se convertiría en el protector del Uruguay, e invitaron a Francia a realizar una mediación conjunta que traería la paz y haría posible la apertura de los ríos al libre comercio. En marzo, Aberdeen le dijo a los ministros británicos que si pese a sus esfuerzos Rosas se rehusaba a una mediación e insistía en una guerra injustificada por razones personales que dañara los intereses británicos, el gobierno de Su Majestad podría recurrir a otras medidas para remover los obstáculos al libre comercio.
    Por el lado francés, ante el complicado panorama planteado en la Banda Oriental y a pesar de que el gobierno de Guizot estaba decidido a no intervenir nuevamente en asuntos políticos internos del gobierno de Rosas, las relaciones de sus representantes con el Restaurador eran cada vez más tirantes. En abril de 1842 varios súbditos franceses fueron objeto de violencias durante un estallido de fanatismo popular en Buenos Aires dirigido contra todos aquéllos sospechosos de simpatizar con la causa unitaria. Decía el ministro británico Mandeville que su colega francés "había efectuado críticas ligeras aunque tal vez no muy desacertadas sobre la administración de justicia de la Capital", mientras que Felipe Arana se quejaba con igual derecho de que las naves francesas daban asilo a todos los fugitivos de Buenos Aires (7). Las relaciones se volvieron aún más tirantes a fines de 1842 y las perspectivas de que el caudillo oriental Oribe -aliado de Rosas- invadiese el Uruguay provocaban pánico entre los miembros de la colectividad francesa en dicho país.
    Por otra parte, las palabras de Aberdeen transmitidas por su ministro en el Uruguay, según las cuales en última instancia Gran Bretaña y Francia podrían recurrir a la fuerza, tuvieron consecuencias desafortunadas. Como sostiene Ferns, Aberdeen no desconcertó a Rosas, pero sí a su propio ministro, que creyó que el gobierno británico estaba dispuesto a enviar las fuerzas necesarias para llevar a cabo su amenaza. No caben dudas de que la intervención de Gran Bretaña y Francia en el Río de la Plata fue considerable. En un determinado momento hubo más de cincuenta barcos de guerra y más de 6.000 hombres en el estuario, lo que hizo posible que Montevideo pudiera soportar un sitio terrestre por nueve años, aunque esto no fue suficiente para derrocar a Rosas.
    Mientras las instrucciones de Aberdeen se encontraban en camino, Rosas hizo que la reconciliación fuera imposible consintiendo el asesinato, por parte de su organización parapolicial -la Mazorca- de muchos miembros de la oposición, tal como había sucedido en 1839 durante la intervención francesa. Cuando el ministro británico Mandeville fue a ver a Rosas para protestar, los asesinatos se interrumpieron, lo que fue interpretado como prueba de que el Restaurador poseía por lo menos la influencia necesaria como para prevenirlos.
    Aberdeen continuó presionando. Mandeville debió dirigirse a Montevideo a negociar un tratado con Rivera. Cuando a su vuelta, en junio de 1842, se encontró con Rosas, éste le señaló que dicho tratado sería una forma de apoyar a sus enemigos. El ministro le contestó que no sólo negociaría un tratado con Rivera, sino que cuando el ministro francés llegara, Gran Bretaña y Francia propondrían una mediación para terminar con la guerra, y que el rechazo de parte de Rosas podría ser fatal para él y su gobierno. La respuesta de Rosas fue sorprendentemente franca: dijo que sabía muy bien que Gran Bretaña sola, sin necesidad de Francia, podría tomar Buenos Aires. Pero, ¿y después qué sucedería? Las guerrillas rodearían la ciudad, que pronto debería rendirse debido al hambre. Dijo que él no poseía la opción de hacer la paz con Rivera, así como Luis Felipe no tenía la opción de ratificar el tratado de abolición de la esclavitud. Las obligaciones contraídas con Oribe y con su partido lo llevaban ineludiblemente a hacer la guerra a Rivera. Más aún, Rosas agregó que si algún día llegaba a perder la influencia que tenía sobre el pueblo, faltaría toda seguridad para la vida de los extranjeros en el país. Rosas terminó diciendo: "No existe aquí una aristocracia que apoye al gobierno. La opinión pública y las masas gobiernan, y si en algo no las complazco, como ser en la guerra contra Rivera, estoy perdido" (8).
    Obviamente, Rosas no podía negociar con el caudillo oriental Rivera como hubiese querido Aberdeen, pues esta decisión implicaba perder espacio frente a sus enemigos internos aliados a las fuerzas riveristas -unitarios, federales "críticos" de la Generación del '37, y caudillos provinciales disidentes respecto del rosismo-. No obstante, el ministro británico persistió en ir a Montevideo a negociar su tratado. Cuando regresó se encontró con un ambiente anglófobo. A pesar del mal ambiente, a fines de agosto de 1842, el ministro británico Mandeville y el recién llegado ministro francés Comte de Lurde hicieron su propuesta de mediación conjunta. Rivera ya la había aceptado sobre la base de la integridad territorial de las dos repúblicas, pero su actitud no era seria ya que poco tiempo después el oriental intentó incluir a la provincia de Corrientes en su parte del trato. Más aún, en aquel momento las provincias de Santa Fe y Entre Ríos se unieron a Rivera, Corrientes y sus aliados secesionistas del sur de Brasil. También en 1842 el libertario italiano Giuseppe Garibaldi se pasó al servicio de Rivera, luego de haber servido a los aliados en Rio Grande do Sul contra el Imperio. El flujo de alianzas entre fronteras era pues muy intenso, demostrando una vez más que en este período aún no estamos tratando con las relaciones interestatales de Estados consolidados.
    Para hacer más difícil aún la aceptación del armisticio, el comandante naval de Rosas Guillermo Brown atacó y destruyó la flota de Montevideo al mando de Garibaldi en agosto de 1842. Hacia fines de octubre Oribe atravesó Entre Ríos para posicionarse contra las fuerzas de Rivera. En noviembre, la propuesta de mediación conjunta fue presentada a la Legislatura por Rosas y vehementemente rechazada. Por la calle la multitud gritaba: "¡Muerte a Rivera! ¡Muerte a sus amigos!"
    Quince días después, el 6 de diciembre de 1842 Oribe y sus aliados argentinos aplastaron a Rivera y sus aliados argentinos en la batalla de Arroyo Grande. Más de mil soldados de Rivera desertaron para irse con Oribe, quien marchó a Montevideo e inició el sitio de la ciudad (16 de febrero de 1843) defendida por el general argentino José María Paz. A su vez, el almirante Brown se preparó para atacar Montevideo por mar, una vez declarado por Rosas el bloqueo restringido a partir del 1º de abril. Mandeville y de Lurde escribieron a los comandantes navales británico y francés para proteger a la población extranjera de Montevideo. En ese momento, Mandeville cometió lo que él mismo consideró un terrible error. En respuesta a una carta del subsecretario de asuntos extranjeros del gobierno uruguayo, le comunicó que no podía comprender la razón por la que las fuerzas anglofrancesas que supuestamente habían zarpado de Europa en octubre aún no habían llegado. Esto generó la equivocada impresión de que Inglaterra y Francia estaban preparadas para acudir en ayuda de Rivera.
    Esta promesa levantó enormemente la moral de las fuerzas de Montevideo que estaban resistiendo a Oribe. Entre 80 y 90% de la población eran extranjeros, y más de la mitad de las tropas terrestres también. El general José María Paz comenzó a organizar una legión extranjera para defender la ciudad. Las fuerzas navales francesas y británicas negociaron con Brown, quien accedió a no bombardear la ciudad pero sí, en cambio, a bloquearla. A su vez, Oribe no se atrevió a atacar Montevideo, así que el estancamiento continuó.
    En resumen, las instrucciones de Aberdeen y las interpretaciones de Mandeville llevaron a la prolongación de la guerra y no a la paz (que era lo que buscaban). Mandeville se dio cuenta de su error y comenzó a retirarse rápidamente hacia una postura neutral. Pero el comodoro Purvis, comandante de las fuerzas navales británicas, comenzó a actuar de manera completamente opuesta, en contra de Rosas y Oribe, desconociendo el bloqueo. El ministro Arana le hizo saber a Mandeville que si Purvis no finalizaba con sus acciones hostiles, se considerarían responsables a los residentes británicos en Buenos Aires de los actos de su gobierno. Mandeville le escribió a Purvis para advertirle que estaba llevando adelante acciones hostiles contra un Estado con el que ni Francia ni Gran Bretaña estaban en guerra, y que podría estar haciendo peligrar a los súbditos británicos residentes en Buenos Aires. Como consecuencia, Purvis detuvo sus acciones por un tiempo.
    Al poco tiempo resultó obvio que el gobierno británico no ayudaría al de Montevideo más de lo que Mandeville y Purvis ya habían hecho, y que Gran Bretaña no entraría en guerra contra Rosas. Aberdeen castigó a Mandeville por haber interpretado la cláusula de "tal vez apelar a la fuerza", como una certeza del envío de tropas británicas, que desorientó a los partidarios de Rivera. En agosto de 1843, Aberdeen reconoció el derecho del gobierno de Buenos Aires a bloquear el puerto de Montevideo, desautorizando de esta forma a Purvis.
    Sin embargo, los intereses británicos presionaron a Aberdeen a "hacer algo" respecto de la guerra. Durante 1844 éste envió un nuevo equipo de diplomáticos al Río de la Plata y sugirió que Francia hiciera lo mismo. Intentó también conseguir la cooperación de Brasil, pero esto era aún prematuro en vista de los problemas del Imperio en Río Grande (9). Mientras tanto la guerra del Río de la Plata continuaba. Un nuevo presidente fue "electo" en Montevideo mientras en la campaña el gobernante de facto era Oribe, a quien todavía le faltaba artillería pesada y el coraje de atacar directamente la ciudad. El bloqueo rosista no era realmente efectivo, por lo que la posibilidad de que Montevideo se rindiera era remota.
    Por otra parte, como se verá más adelante, Rosas tuvo éxito en su coqueteo con el gobierno de los Estados Unidos, que le dio su apoyo moral. Rosas utilizó con habilidad este apoyo, con el que maniobró para dividir a la comunidad británica y separarla de la francesa. En 1844 aceptó realizar pequeños pagos por el préstamo de 1824, y también comenzó a aceptar demandas financieras francesas. La presión de los intereses británicos en Montevideo era aún grande, pero habían perdido poder debido a las pérdidas sufridas por la guerra. Por otra parte, también como resultado de la guerra y para gran beneficio de los hombres de negocios de Porto Alegre, el ganado había sido trasladado de las pampas uruguayas a Rio Grande do Sul, en donde se realizaba su matanza.
    Más tarde resultó evidente que los intereses comerciales que habían presionado al gobierno británico a bloquear Buenos Aires y los puertos uruguayos bajo el poder de Oribe estaban relacionados con el tráfico de Rio Grande, y querían ver el tráfico del Río de la Plata cerrado al comercio para su propio beneficio. Esta complejidad tripartita, de los intereses británicos en Buenos Aires, en Montevideo y en Rio Grande, y sus efectos sobre la situación geopolítica y militar, es de un considerable interés conceptual, y volveremos sobre ella al final de este capítulo.
    Por otra parte, Buenos Aires era aún un puerto libre y 1844 fue un buen año para el comercio británico, alcanzando casi 800.000 libras en importaciones de ese origen. Así, los intereses comerciales en el Río de la Plata comenzaron a alinearse nuevamente con Buenos Aires. También influyó en esta fase del proceso la todavía moderada actitud de los franceses, algunos de cuyos dirigentes realmente apreciaban a Rosas.
    No obstante estos elementos positivos, y continuando con la comedia de errores británicos, Aberdeen escogió a las personas equivocadas para suceder a Mandeville y Purvis. En 1844 el secretario del Foreign Office se encontró bajo la influencia de los intereses de Liverpool vinculados a Montevideo. Le dio a sir William Gore Ouseley, el nuevo ministro destinado a Buenos Aires, firmes instrucciones de invitar a su colega francés a declarar de manera conjunta que si en cierta fecha el apoyo argentino a las fuerzas de sitio no era retirado, los comandantes de las escuadras navales británica y francesa recibirían instrucciones de conseguirlo por la fuerza.
    Cuando Ouseley llegó a Buenos Aires, el general Urquiza, en aquel momento partidario de Rosas, había eliminado totalmente al ejército de Rivera en la batalla de India Muerta, a fines de marzo de 1845, quedando el último fuera del juego. Oribe estaba nuevamente sitiando Montevideo, sin ningún tipo de desafío de retaguardia. Las fuerzas navales británicas y francesas se retiraron para dar lugar a la acción de las fuerzas de Buenos Aires. El 13 de abril Brown comunicaba a los jefes navales francés e inglés que el bloqueo riguroso había sido establecido. Fue en ese preciso momento que Ouseley llegó y ordenó que no se permitiera la toma de Montevideo. Los políticos de esta ciudad, nuevamente esperanzados, suspendieron sus negociaciones de rendición frente a Oribe, que estaban bajo supervisión norteamericana.
    Ouseley y el nuevo enviado francés, barón Deffaudis, ordenaron a sus fuerzas navales impedir el asalto final a Montevideo, y para lograrlo desembarcaron fuerzas. Ouseley personalmente dudaba de la sabiduría de esta política y le escribió a Aberdeen diciéndole que el comercio de Montevideo nunca compensaría las pérdidas del comercio de Buenos Aires. Sin embargo, continuó con su política y se preparó a ayudar al general Paz, que estaba en Entre Ríos intentando derrotar a los partidarios de Rosas.
    Entre tanto, las dudas que el mismo Ouseley le había expresado a Aberdeen en julio (antes de favorecer la guerra con Buenos Aires) llegaron a Londres e hicieron que Aberdeen pensara dos veces, en aquello que ya era una sucesión de torpezas que ilustraba hasta qué punto el factor humano y la limitación de la tecnología de las comunicaciones propia de la época condicionaban estas relaciones entre Estados. Al recibir los comentarios de Ouseley, Aberdeen ordenó una estricta neutralidad con respecto a los asuntos uruguayos. Pero otra vez, las instrucciones llegaron tarde. A fines de julio de 1845 la escuadra de Brown fue apresada por la flota anglofrancesa y el 18 de septiembre ésta declaró el bloqueo a Buenos Aires.

  1. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, op. cit., t. III, pp. 13-15; idem., ¿Por qué se produjo el bloqueo anglo-francés?, Buenos Aires, Plus Ultra, 1974, Capítulo 1, pp. 13-14.

  2. R.O. Fraboschi, op. cit., p. 182.

  3. Los ejércitos de la Confederación Argentina, bajo las órdenes del caudillo oriental Manuel Oribe, aliado de Rosas, derrotaron a las fuerzas del general unitario Juan Lavalle en la batalla de Quebracho Herrado en noviembre de 1840. A esta victoria rosista se sumaron otras dos: la obtenida por el general Pacheco en San Calá sobre Lavalle en enero de 1841, y la del almirante Brown sobre la escuadra de Fructuoso Rivera en el Río de la Plata en mayo del mismo año. El cuadro de situación resultaba altamente favorable a las fuerzas rosistas, salvo en el Litoral, donde el general José María Paz había logrado dominar para las fuerzas antirrosistas la provincia de Entre Ríos tras su triunfo sobre el gobernador entrerriano rosista Pascual Echagüe en la batalla de Caaguazú en noviembre de 1841.

  4. H.S. Ferns, op. cit., pp. 259-260.

  5. Ibid., pp. 257-258.

  6. Ibid., p. 259.

  7. Ver J.F. Cady, op. cit., Capítulo IV, p. 112.

  8. F.O., 6, 84, de Mandeville a Aberdeen, 7 de julio de 1842, citado en ibid., p. 120.

  9. En ese momento Gran Bretaña también intentaba conseguir la cooperación brasileña para abolir el tráfico de esclavos, lo que supone decir que estaba pidiéndole al emperador más de lo que éste podía dar. Por otra parte es digno de señalarse que los británicos también buscaban una renovación del tratado anglobrasileño, que otorgaba privilegios comerciales especiales a Gran Bretaña, lo que de hecho se contradecía con los principios de libre comercio que Aberdeen predicaba a los argentinos.

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