El progresivo enajenamiento de los diplomáticos británicos frente al gobierno de
Rosas fue causado además por la interacción de los siguientes elementos:
1) El progresivo empeoramiento de las relaciones entre Buenos Aires y
París, claro síntoma de las limitaciones del tratado Arana-Mackau, y que hacía posible
recurrir a la cooperación de Francia frente a la intransigencia del gobierno de Buenos
Aires.
2) La reprobación general con que Europa observaba los estallidos
populares periódicos, dirigidos por la asociación parapolicial rosista, la Mazorca.
Estos estallidos implicaban en la visión de los representantes de la diplomacia
británica un creciente peligro para la comunidad inglesa en Buenos Aires. El ministro
británico Aberdeen atribuyó directamente a Rosas la responsabilidad por los espantosos
desmanes cometidos por la Mazorca en Buenos Aires en abril de 1842. Rosas, en efecto, no
había intentado restablecer el orden hasta no dar desahogo al fanatismo de sus
partidarios. Si no hubiese sido por la circunstancia extraña de que los súbditos
británicos se veían siempre libres de todo ataque, es indudable que la Royal Navy
habría intervenido antes (1).
3) El hecho de que Rosas impidiera toda comunicación con la República
del Paraguay desde el territorio de la Confederación Argentina por decreto del 8 de enero
de 1845. Esta decisión fue adoptada como represalia por el tratado celebrado entre Carlos
Antonio López y el gobierno rebelde de Corrientes, en diciembre de 1844 (2).
4) La propuesta brasileña al gobierno británico de acción conjunta
contra Buenos Aires (misión Abrantes de 1844), que tenía como finalidad eliminar la
influencia argentina en el Uruguay y lograr la apertura a la navegación de los ríos
interiores Paraná y Uruguay, con la cual se sacaría al Paraguay de su obligado
aislamiento (3). Otro factor fue el reconocimiento de la independencia del Paraguay
realizado el 14 de septiembre de 1844 por el agente diplomático brasileño José Antonio
Pimenta Bueno, enviado a Asunción con la misión de buscar la alianza de este país para
una acción conjunta contra Rosas. Dicho reconocimiento mereció una protesta del
representante de la Confederación en Río, Tomás Guido, en febrero de 1845 (4).
5) La política financiera adoptada por el gobernador bonaerense,
juzgada por los británicos como irresponsable, pues el gobierno de Buenos Aires no se
preocupaba en lo más mínimo por el déficit anual permanente. Tampoco se consideraba
suficiente el esfuerzo realizado por reanudar el pago de las obligaciones de la deuda
pública que en su mayor parte estaba en manos de acreedores británicos. A ello se
agregaba la rápida desvalorización del papel moneda que deprimía la actividad comercial
en el Río de la Plata. Numerosos comerciantes británicos que habían hecho negocios
previendo la celebración de la paz en 1841, se encontraban en situación muy comprometida
(5).
6) La presión sobre el Foreign Office sosteniendo que para bien del
comercio británico debía mantenerse la independencia del Uruguay y sobre todo debía
arrancarse de las manos de Rosas el control de la navegación de los ríos. El 27 de junio
de 1845, el duque de Richmond presentó una petición de los "banqueros, hombres de
negocios y comerciantes de Liverpool", en la que se solicitaba la adopción de
medidas tendientes a imponer la libre navegación en el Río de la Plata. Lord Brougham
presentó otra petición análoga proveniente de la ciudad inglesa de Manchester. Estas
cartas invocaban la terrible matanza de abril de 1842 por parte de la Mazorca, que tanto
horrorizara al ministro Aberdeen, como nueva justificación para la intervención
británica (6).
Por cierto, tanto en Francia como en Gran Bretaña las opiniones
estaban divididas respecto de cómo resolver el dilema de Rosas y sus pretensiones en la
Banda Oriental. Por un lado y a favor del bloqueo como medida para terminar con la guerra
civil que amenazaba los intereses comerciales europeos en ambas márgenes del Río de la
Plata, estaban tanto la comunidad mercantil en Gran Bretaña y Francia como los agentes
diplomáticos franceses e ingleses en el Río de la Plata -barón Deffaudis y Ouseley,
respectivamente- y los jefes navales de ambas potencias europeas -almirantes Massieu De
Clerval y Sir Charles Hotham-.
Por otro lado, y en contra del bloqueo, estaban los comerciantes
británicos y franceses residentes en el Río de la Plata. Cabe aclarar que incluso dentro
de las diplomacias francesa e inglesa había voces que clamaban por una actitud más
prudente de Londres y París respecto del gobierno de Buenos Aires. Es más: el
representante británico Mandeville había simpatizado con Rosas y había informado de su
convencimiento de que la mano fuerte del dictador era absolutamente necesaria para que
pudiera subsistir gobierno alguno en Buenos Aires (7).
Por su parte, el ministro de relaciones exteriores británico lord
Aberdeen, tenía una posición intermedia respecto del bloqueo contra Rosas. Rechazaba la
utilización de la fuerza contra el gobierno de Buenos Aires y prefería oficiar de
árbitro entre la Confederación Argentina y el Uruguay a fin de imponer la paz entre los
contendientes. Pero, al mismo tiempo y atendiendo al "lobby pro montevideano" de
los comerciantes de Liverpool, Aberdeen procuraba sostener los intereses del gobierno
uruguayo en detrimento del de Buenos Aires. El respaldo a ambos objetivos era una
contradicción insostenible y la determinación de Aberdeen de imponer la paz condujo al
empleo de la fuerza contra Rosas (8).
J.F. Cady, op. cit., p. 115.
Ver C. Báez, op. cit., p. 73.
Ver T. Halperín Donghi, Historia argentina..., op. cit., pp. 381-382.
C. Báez, op. cit., p.74.
J.F. Cady, op. cit., pp. 115-116.
H.S. Ferns, op. cit., p. 276; J.F. Cady, op. cit., p. 119.
F.O., 84, de Mandeville a Aberdeen, 7 de julio de 1842, citado en J.F. Cady, op. cit., p. 120.
H.S. Ferns, op. cit., pp. 259-260.
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