La intervención europea en Montevideo en 1842 hizo que Rosas buscara el acercamiento
con Washington, olvidando el incidente de la fragata Lexington que a partir de fines de
diciembre de 1831 había enfriado las relaciones con esa capital. Por intermedio de los
oficiales navales norteamericanos, Rosas manifestó que no se oponía a la reanudación de
las relaciones diplomáticas. Esta actitud del gobierno de Buenos Aires decidió al
secretario de Estado norteamericano Upshur a enviar a la capital de la Confederación
Argentina a H.M. Watterson como agente especial en septiembre de 1843 (1).
Watterson tenía instrucciones de recoger informes sobre los asuntos
internos y externos de la Confederación y especialmente de todo aquello que pudiese
afectar los intereses de los ciudadanos norteamericanos. Debía dedicarse a lograr para la
marina mercante de Estados Unidos condiciones ventajosas similares a las que gozaba la
inglesa y a preparar el camino para un ajuste general de los reclamos pendientes (2). El
enviado norteamericano quedó gratamente impresionado por la cordialidad con que Rosas lo
recibía.
Al producirse, a fines de julio de 1845, la ruptura abierta entre los
comisionados inglés y francés, por un lado, y el gobierno de Rosas, por el otro, el
encargado de negocios norteamericano en Buenos Aires William Brent, rabiosamente
anglófobo, se pronunció violenta aunque ineficazmente contra la intervención
anglofrancesa. En las numerosas notas que Brent enviaba al Departamento de Estado
reclamaba la intervención norteamericana y señalaba que los designios de la Providencia
lo habían llevado al Plata para servir de instrumento contra las diabólicas
maquinaciones de Europa. Basándose en un texto del Antiguo Testamento, donde se recuerda
que Israel se había librado del invasor mediante peces y ayunos, se explayaba y
recomendaba a Rosas que hiciera lo mismo que el pueblo israelí (3).
Por su parte, Henry Wise, ministro de los Estados Unidos en Río de
Janeiro, quería evitar el predominio de las potencias europeas tanto en Buenos Aires como
en Paraguay y Corrientes. Wise seguía una política de inspiración propia, ya que no
había instrucciones claras del Departamento de Estado sobre los lineamientos de política
a seguir para asegurar los intereses norteamericanos en la región. Tras una conversación
con el canciller brasileño França, Wise se entusiasmó con la idea de que los Estados
Unidos y Brasil se unieran para poner fin a la guerra entre Montevideo y Buenos Aires, e
impedir que Inglaterra y Francia adquiriesen una influencia preponderante en el Plata. La
idea de Wise consistía en que el Imperio debía conminar al gobierno de Buenos Aires para
que cumpliera la promesa contraída en la Convención de 1828, respecto de celebrar un
tratado definitivo con Brasil que comprendiese tanto la independencia del Uruguay como la
libre navegación de los ríos. La tensión presente en las relaciones entre Brasil y la
Confederación Argentina hizo imposible la realización de la propuesta de Wise, pero para
el historiador John F. Cady no cabe duda de que los consejos pacificistas del ministro
norteamericano contribuyeron en buena medida a evitar una ruptura abierta entre Río de
Janeiro y Buenos Aires (4).
No obstante la fallida propuesta de Wise, la llegada a Río de Janeiro
del agente especial norteamericano Edward Hopkins a fines de julio de 1845, dio espacio a
Wise para seguir intentando su política. Inicialmente, la misión de Hopkins no tuvo
ninguna vinculación con la intervención anglofrancesa en el Río de la Plata. Hopkins
perseguía su interés personal. La independencia del Paraguay y la libre navegación del
río Paraná constituían espléndidos negocios para él y para el grupo económico que
representaba. Por su parte, el presidente Polk había enviado a Hopkins respondiendo
únicamente a intereses comerciales, de los cuales el mismo Hopkins era un gestor. Los
comerciantes norteamericanos instaban al gobierno de su país a reconocer la independencia
del Paraguay y obtener la libre navegación del río Paraná. Las instrucciones de
Hopkins, no obstante, se adaptaban a la política de Wise, pues incluían la declaración
de que Hopkins se hiciera aconsejar por Wise con respecto a la conducta a seguir. De tal
modo, el ministro norteamericano procedió a apropiarse de la misión de Hopkins para sus
fines personales. Estaba obsesionado con la idea de que su gobierno podría, mediante una
política absolutamente pacifista e imparcial, erigirse en el gran protector de los
Estados americanos (5).
Los contactos buscados por Wise lograron dos resultados: la promesa de
que el gobierno de Brasil seguiría fiel a la política norteamericana, y la del ministro
de la Confederación Argentina en Río de Janeiro, Tomás Guido, de que el gobierno de
Rosas podría reconocer la independencia del Paraguay. Sin embargo, estas respuestas
resultaban poco eficaces ante el peso de la realidad: Paraguay y la provincia de
Corrientes habían celebrado ya una alianza contra Rosas y estaban por renovarla, factor
que facilitaba la intervención de las potencias europeas, que podrían imponer sus
propias condiciones para renunciar al dominio de los ríos Paraná y Uruguay.
Hopkins llegó a Asunción el 8 de noviembre de 1845, en el momento que
el presidente Carlos Antonio López celebraba con Corrientes y el general Paz, de acuerdo
con los brasileños y los unitarios de Montevideo, una nueva alianza ofensiva contra Rosas
(11 de noviembre). El agente norteamericano se dedicó a la tarea de disuadir a López de
todo propósito de colaborar con las fuerzas europeas en su enfrentamiento con el gobierno
de Buenos Aires. Olvidando las limitaciones de sus facultades como mero agente especial,
Hopkins ofreció en nombre propio los buenos oficios del gobierno de los Estados Unidos en
el conflicto entre Buenos Aires y Asunción. Procedió luego a deslumbrar al presidente
López con la descripción de todo lo que podría hacerse en el Paraguay con el capital y
la iniciativa norteamericanos, si se introducían la navegación a vapor y las industrias.
No obstante, el 4 de diciembre de 1845, López publicaba su manifiesto
de guerra, en que exponía como razones principales de la misma la negativa de Rosas a
reconocer la independencia del Paraguay y la clausura de los ríos platenses al comercio
paraguayo. En compensación por las promesas de Hopkins de mediar ante el gobierno de
Buenos Aires y ejercer presión sobre Rosas en pro de la libre navegación de los ríos,
López aceptó que las fuerzas que enviaría a Corrientes se limitaran a 4.000 hombres y
dispuso que éstos permaneciesen totalmente inactivos a menos de ser atacados, por lo
menos durante un lapso de cuatro meses o hasta recibir noticias provenientes de Buenos
Aires. López no accedió a repudiar la alianza con Corrientes, pero aceptó en cambio
negociar con Rosas sobre la base de la independencia del Paraguay y la garantía de los
Estados Unidos a un subsiguiente tratado de límites y otro de navegación. El presidente
López quedó tan seducido por las promesas de Hopkins que finalmente le concedió el
monopolio de la navegación a vapor en aguas paraguayas y franquicias comerciales e
industriales exclusivas.
El convenio celebrado por Hopkins en Asunción contribuyó a eliminar
el riesgo de inminente enfrentamiento de las fuerzas paraguayas con las de la
Confederación Argentina al mando de Justo José de Urquiza. Por su parte, el encargado de
negocios norteamericano en Buenos Aires William Brent obtuvo de Rosas la aceptación de la
mediación del gobierno de Estados Unidos el 26 de febrero de 1846, cuando en Buenos Aires
se recibió la noticia de la derrota de las fuerzas del general Paz a manos de las de
Urquiza en Corrientes (en la batalla de Laguna Limpia del 4 de febrero de 1846).
Tranquilizado por la derrota de Paz y respondiendo positivamente a los deseos de la
diplomacia norteamericana, Rosas despachó instrucciones a Urquiza de "no invadir el
Paraguay por motivo alguno" (6). A su vez, López retiraba sus fuerzas de Corrientes,
dando por terminado este conato de guerra contra el gobernador de Buenos Aires.
Pero la buena gestión de Brent fue anulada por la decisión del
representante norteamericano en Río de enviar a Hopkins a Buenos Aires ante las noticias
del avance del ejército a las órdenes de Urquiza. Hopkins fue recibido por Arana en
forma protocolar a fines de febrero de 1846, pero en adelante no se le permitió
participar en ninguna de las conferencias relativas a la mediación por carecer de
credenciales diplomáticas. Además para el agente norteamericano resultó intolerable la
declaración de Rosas del 16 de marzo sobre los términos en que podía hacer la paz con
el Paraguay. Rosas aceptaba reconocer a Paraguay su integridad territorial, autonomía en
los asuntos internos y la libre navegación de los ríos sobre la base de la igualdad con
todos los demás miembros de la Confederación Argentina. Inmediatamente Hopkins anunció
su partida pero dejó una carta para ser entregada al gobernador donde criticaba su poder
dictatorial y su manejo de los medios de prensa, instándole a reconocer la independencia
del Paraguay en términos no muy cordiales. La difusión de esta carta generó un gran
escándalo y Brent quiso calmar la furia del jefe de la Confederación Argentina
exhibiendo la correspondencia intercambiada con Wise sobre la cuestión paraguaya. En
realidad, Brent quiso calmar el fuego con nafta, pues Rosas publicó dicha correspondencia
y Wise se vio en apuros para defender su política ante el gobierno de Washington. El
resultado fue que los diplomáticos norteamericanos quedaron mal parados ante el
presidente Polk, quien ofreció excusas a Rosas señalando que su gobierno no había
autorizado a ningún agente a ofrecer mediación alguna (7).
Durante el segundo semestre de 1845 la prensa norteamericana condenó
en forma unánime las actividades de las fuerzas británicas y francesas en el Río de la
Plata. Casi todas las noticias publicadas en ella provenían de Buenos Aires y
favorecían, por consiguiente, a Rosas. Para los demócratas, el bloqueo anglofrancés era
una demostración más de las maquinaciones diabólicas de las potencias que habían
intentado apoderarse de Texas en perjuicio de la Unión. Los diarios republicanos, por su
parte, atacaban las actividades europeas con un tono menos violento que los demócratas,
pero aprovechaban esta situación para criticarle a la administración Polk su falta de
política exterior (8).
Según Cady, el empleo de poderosas fuerzas navales británicas en el
curso superior del río Paraná fue un verdadero don del cielo para Estados Unidos durante
los años 1845-1846, cuando parecía inevitable la guerra con Inglaterra por el dominio
del Oregón y aun de California. El gobierno de Polk observó una estricta neutralidad
respecto de la cuestión del bloqueo anglofrancés y toleró de manera deliberada la
violación de la Doctrina Monroe, para quitarle a Gran Bretaña la oportunidad de salir en
defensa de México contra una intervención norteamericana en ese país (9).
En realidad, la administración norteamericana no estaba en esos
momentos interesada en la intervención europea en el Río de la Plata. Tenía su
atención puesta en los problemas fronterizos en Texas y Oregón (10). Estos temas eran
mucho más importantes para los Estados Unidos que el comercio con Buenos Aires y los
derechos de los ciudadanos norteamericanos en la región rioplatense. Por cierto, durante
el gobierno de Rosas el comercio entre Washington y Buenos Aires no alcanzó dimensiones
que justificaran la intervención norteamericana en la cuestión del bloqueo anglofrancés
(11). En resumen, el gran ganador en esta maraña diplomática fue Rosas, quien quedó
ante los ojos de los caudillos provinciales como un garante de la integridad territorial
frente a las pretensiones de las grandes potencias (12).
J.F. Cady, op. cit., p. 179.
Entre las reclamaciones pendientes de los Estados Unidos figuraba la reforma de los derechos de tonelaje decretada por el gobierno de Buenos Aires, que dejaba a la marina mercante norteamericana en condiciones desventajosas respecto de la británica. Por esta reforma los barcos extranjeros debían pagar $ 4 por tonelada contra $ 3 que pagaban los barcos de la Confederación Argentina, a los cuales estaban asimilados los británicos en virtud de las disposiciones estipuladas por el tratado de 1825. Esta medida del gobierno porteño provocó en 1843 particular preocupación en el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Ver ibid., pp. 178-179.
Ibid., p. 186. Ver también Miguel Angel Scenna, ¿Cómo fueron las relaciones argentino-norteamericanas?, Buenos Aires, Plus Ultra, 1970, p. 54.
J.F. Cady, op. cit., pp. 187-188.
Ver la misión Hopkins en ibid., pp. 189-197.
Ibid., p. 194.
Ibid., pp. 195-198.
Ibid., p. 200.
Ibid., pp. 204-205; M.A. Scenna, op. cit., p. 56.
La cuestión de Texas llevó finalmente a la guerra entre Estados Unidos y México (1846-1848) y a la posterior anexión de Texas por parte de la Unión. Por su parte, la posibilidad de la presencia francesa e inglesa en el territorio de Oregón constituía para la administración Polk una amenaza infinitamente mayor que la intromisión de estos países europeos en el Río de la Plata.
Las exportaciones argentinas a los Estados Unidos durante este período rosista representaban entre el doble y el triple del total de las exportaciones norteamericanas a la Confederación. Este intercambio comercial se incrementó significativamente después de 1851, cuando (concluido el conflicto con Europa) la Confederación abrió varios puertos al comercio extranjero. Ver J.S. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos: historia de una desconfianza, Buenos Aires, Planeta, 1990, p. 55.
Ver carta de Hopkins en J.F. Cady, op. cit., pp. 195-196; también en M.A. Scenna, op. cit., pp. 54-55.
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