Halperín Donghi encuentra una serie de diferencias entre el bloqueo proclamado
conjuntamente por Francia e Inglaterra en 1845, y el establecido años atrás por Francia
(1). La primera consiste en que el frente interno del régimen rosista se encontraba mejor
consolidado que en 1838, a pesar de la permanencia de la crisis oriental como telón de
fondo. La segunda diferencia es que el nuevo bloqueo perdió relativamente pronto su
eficacia pues las fuerzas bloqueadoras no prohibieron el comercio de Buenos Aires con
Montevideo, que se reinició a pesar de que la última se encontraba sitiada por las
fuerzas porteñas y que con ello Rosas perjudicaba a sus aliados orientales. Asimismo, un
examen del intercambio entre Londres y el Río de la Plata demuestra que los efectos del
bloqueo anglofrancés sobre el mismo no fueron demasiado duraderos. Las exportaciones
rioplatenses a Gran Bretaña bajaron de 988.000 libras esterlinas en 1845 a 250.000 en
1846, y las exportaciones británicas a dicha región mermaron, en esos mismos dos años,
de un monto de 592.000 libras esterlinas a 182.000. Pero ya en 1847 importaciones y
exportaciones alcanzaron 82,77% y 68,52% de las de 1845 (2).
El comportamiento de los precios de artículos de origen local como
carne, trigo, leche, cueros salados, velas, etc. también fue diferente en ambos bloqueos.
Al contrario de lo ocurrido durante el bloqueo francés, tendieron a bajar durante el
bloqueo anglofrancés (con la excepción de los productos textiles del Interior). La
estabilidad en los precios del trigo y la leche durante los años del bloqueo 1845-1848
reflejó la existencia de un sistema de abastecimiento de la ciudad porteña que no fue
afectado por la leva, a diferencia del bloqueo anterior. Y aun en el caso de productos
importados como el azúcar y el arroz, también puede percibirse una diferencia entre
ambos bloqueos. En el caso del azúcar, durante el bloqueo de 1838-1840 había subido un
porcentaje promedio de 339,35% (con un pico del 994,16%), mientras en los años del
bloqueo anglofrancés se registró un aumento promedio de apenas el 154,40% (con un pico
del 272,58%). En cuanto al arroz, mientras entre 1838-1840 se había incrementado en un
promedio de 244,13%, con un pico de 682,12%, en el bloqueo de 1845-1848 el porcentaje de
aumento promedio fue de 138,73%, con un pico de 304,62%. Incluso la emisión monetaria fue
mucho menor en los años del bloqueo anglofrancés que en el bloqueo previo: entre fines
de 1844 y 1848 creció en 92,02%, es decir menos de la mitad del aumento registrado en
1838-1840 (3).
Otra distinción entre los dos bloqueos consistió en el impacto de los
gastos militares en la economía de la Confederación. El bloqueo decretado por Francia en
1838 implicó para Buenos Aires volver a armar un ejército para actuar fuera del
territorio de la provincia. En cambio al producirse el segundo bloqueo, Buenos Aires no
había desmovilizado el ejército formado en los años del bloqueo francés, e incluso
había utilizado la etapa interbloqueos para reequiparlo y volver a crear una marina de
guerra. Si bien se registró un importante aumento de los gastos militares entre 1845 y
1848 frente a 1841-1844 (las remuneraciones militares aumentaron en 41,85% y los gastos en
armamentos y vestuario en 72,37%), este aumento no fue tan pronunciado como en el caso del
anterior bloqueo (4).
Por su parte, Miron Burgin señala que tanto el bloqueo francés como
el anglofrancés distorsionaron la política comercial proteccionista que el gobierno de
Rosas -menos por convicción ideológica que por conveniencia política- había
establecido con la ley arancelaria del 18 de diciembre de 1835 (5), y que había sido
recibida positivamente por las provincias. Ya el bloqueo francés demostró la escasa
capacidad de la economía de la Confederación para satisfacer la demanda de productos
manufacturados, y el 31 de diciembre de 1841 Rosas hirió mortalmente la política
proteccionista que él mismo había establecido al permitir la importación de artículos
cuyo ingreso estaba vedado por la ley arancelaria de 1835. Los artículos que por dicha
ley figuraban en la lista de importaciones prohibidas podían ingresar a la Confederación
previo pago de un derecho de 17%. Esta decisión no tuvo punto de retorno: el gobierno de
Buenos Aires no volvió al sistema proteccionista establecido en 1835. Si bien fueron
repuestas las tasas arancelarias vigentes en ese año y se acordaron privilegios a las
industrias por períodos de hasta diez años, estos privilegios nunca llegaron a
definirse, y la lista de importaciones prohibidas se abolió poco después de levantado el
bloqueo.
Por su parte, el bloqueo anglofrancés obligó al gobierno de Rosas a
reducir los impuestos a las importaciones en una tercera parte. Concluido en la práctica
en 1848, Rosas restableció tarifas aduaneras que no resultaron eficaces por la ruina del
sistema monetario provincial y por la merma de la capacidad de consumo de la población.
Es más: la tarifa encareció aún más el costo de vida, deteriorando los niveles de las
clases medias y bajas. A su vez, las economías provinciales se perjudicaron por la
dificultad del mercado de Buenos Aires para absorber la producción del Interior
(acrecentada por la caída de la capacidad adquisitiva de los sectores medios y populares
urbanos y rurales porteños debido al bloqueo), y por la exigencia de pagar en efectivo
las importaciones porteñas provenientes de las provincias -factor que entorpecía y
hacía poco lucrativo el intercambio comercial entre éstas y Buenos Aires- (6).
Burgin añade que si bien el bloqueo anglofrancés no pudo privar a la
economía de la Confederación de los artículos de primera necesidad -por la abundancia
de alimentos- y demostró ser poco efectivo en la práctica -porque la flota sitiadora no
tenía los recursos suficientes para patrullar la extensa costa del territorio de la
Confederación, y porque el río Paraná estaba bajo control de Rosas-, la victoria
obtenida por el régimen rosista sobre las diplomacias británica y francesa lo fue a
costa de la pérdida del equilibrio económico y social de la provincia de Buenos Aires.
Al igual que Halperín Donghi, Burgin distingue los efectos
diferenciales del bloqueo en las distintas capas sociales de dicha provincia, utilizando
los siguientes términos:
No hay duda de que el bloqueo los golpeó fuertemente (a los hacendados), pero apenas concluidas las hostilidades no sólo se resarcieron de sus pérdidas sino que cosecharon beneficios complementarios con los rebaños multiplicados y acumulados durante el período de obligada inactividad. Aunque parezca paradójico, los estancieros se enriquecieron precisamente por haber estado la provincia temporalmente fuera de contacto con los mercados de ultramar. La inflación no afectó seriamente su posición económica, ya que tenían el capital invertido en mercaderías y en tierras. Los comerciantes eran mucho más vulnerables. Perdieron trabajo y se vieron obligados a asumir los riesgos que suelen acompañar a la inflación. Pero se adaptaron rápidamente al nuevo ambiente económico y sin esfuerzos exagerados recuperaron su lugar en la economía provincial después de terminadas las hostilidades. Las verdaderas víctimas fueron las clases media e inferior. Los pequeños comerciantes y artesanos de la ciudad, los chacareros de los distritos rurales, los empleados del gobierno y los obreros, fueron los que afrontaron los embates de la lucha en defensa de la integridad política del país. Gracias a la buena voluntad de estas clases para reducir su nivel de vida a lo más necesario, pudo el gobierno contemplar con relativa complacencia el cierre del puerto de Buenos Aires. La recompensa de su sacrificio fue el empobrecimiento, acentuado por el alza de los precios y la disminución de los ingresos reales.
Concluye Burgin:
Las flotas francesa e inglesa no pudieron imponer la capitulación, pero trastornaron el equilibrio económico y social de la provincia. Sembraron semillas de descontento entre las desarticuladas y pasivas multitudes de la población porteña, que siempre habían sostenido fielmente a Rosas y esperado pacientemente la prometida recompensa. No hubo recompensa alguna, y cuando sonó la hora decisiva la población volvió la espalda al Restaurador de las Leyes (7).
No obstante los perjuicios provocados por el bloqueo anglofrancés,
Halperín Donghi señala la existencia de una situación cómoda del fisco al finalizar el
mismo, consecuencia de la nueva pujanza de la economía. Dicha prosperidad fiscal estaba
basada en la expansión del comercio externo y un equilibrio mayor entre exportaciones e
importaciones. La adecuación entre la economía pastoral y el momento económico mundial
permitieron la consolidación de la economía exportadora que benefició al régimen
rosista. Halperín atribuye a éste un éxito financiero y económico: "un éxito
basado en la inserción -más completa que en cualquier momento del pasado y (aunque
resulte sorprendente) del futuro- de la economía porteña en un sistema de división
internacional del trabajo, que impone una concentración extrema en el sector
primario-exportador" (8). Incluso asevera que la expansión de las exportaciones e
importaciones que tuvo lugar en 1849-1850 no fue posible sólo debido a la economía
pastoril porteña sino también a la gravitación de las restantes provincias en el
comercio exterior argentino, aunque esto no pueda medirse exactamente. No obstante la
hegemonía de Buenos Aires sobre el Interior se mantenía, reflejada en el tributo fiscal
que extraía de las demás, en las medidas tomadas por las provincias limitando su
comercio con los países vecinos, y en la imposición del papel moneda de Buenos Aires
(9).
Por último, siguiendo a Horacio Giberti, corresponde mencionar los
beneficiosos efectos que paradójicamente brindó el bloqueo anglofrancés a la región
mesopotámica y particularmente a los ganaderos entrerrianos, ya que éstos podían
comerciar directamente con las potencias europeas sin intermediación porteña. Durante
los años del bloqueo, las aguas de los ríos Paraná y Uruguay fueron testigo del
tránsito comercial de naves francesas e inglesas que traían mercaderías manufacturadas
y a cambio se llevaban cueros, tasajo, astas, cerdas, tabaco y yerba. Este súbito impulso
a la ganadería entrerriana pareció esfumarse con el fin del bloqueo, pues ambas
potencias reconocieron el control de Rosas sobre la navegación de los ríos
mesopotámicos (10). Con el fin del bloqueo anglofrancés parecía que la hegemonía
comercial porteña ya no enfrentaría competidores, en su doble función de receptora del
intercambio con las provincias del Litoral e Interior y como intermediaria del comercio
con el mercado exterior. A partir de 1848 esta tendencia se acentuó con la caída del
intercambio entre las provincias litorales y el Estado oriental -que operaba como centro
del comercio de tránsito-. Pero los ganaderos entrerrianos, que desde los años del
bloqueo anglofrancés eran los representantes de una economía en ascenso, no estaban
dispuestos a aceptar el yugo porteño en forma pasiva. De tal modo, conectada a través de
lazos comerciales y diplomáticos con Brasil y la Banda Oriental, Entre Ríos se
transformó en los últimos años del rosismo en la competidora de Buenos Aires.
En el caso de la economía correntina, a lo largo de la década de 1840
también se registró un notable incremento de los vínculos comerciales con Brasil,
especialmente desde el momento que, durante la administración de Joaquín Madariaga,
ambos gobiernos reforzaron sus vínculos políticos, que tenían un fuerte sesgo
antirrosista (11). Entre octubre y diciembre de 1845, los correntinos exportaron a Sao
Borja un total de 1.471 cabezas de ganado, 425 arrobas de yerba y 140 arrobas de pelo de
caballo. A pesar de los conflictos entre rosistas y antirrosistas que entorpecían el
tráfico sobre el Uruguay, estas exportaciones estimularon la tendencia ascendente que
venía perfilándose desde las décadas anteriores respecto de las existencias ganaderas
de la provincia (12). Si tomamos en cuenta los ingresos fiscales del gobierno correntino
-donde el rubro de más peso era el derivado del comercio exterior-, puede afirmarse que
el bloqueo anglofrancés repercutió favorablemente en el comercio de la provincia, ya que
dichos ingresos se elevaron de $13.150 en 1844 a 431.449 dos años después, ya en pleno
bloqueo, incremento que en el caso correntino pasaba a ser casi milagroso (13). Si bien el
bloqueo anglofrancés no generó los beneficios esperados por los comerciantes
extranjeros, desde la óptica de los correntinos y sus colegas del Alto Plata el bloqueo
puso en evidencia el enorme deseo de los actores de esta región por conservar los ríos
abiertos. Después del bloqueo, las relaciones entre Buenos Aires y los demás actores del
Alto Plata serían cada vez más tirantes.
Por cierto, las cifras de expansión de las exportaciones e
importaciones de la Confederación rosista correspondientes a 1849 y 1850 no sólo
demuestran el lugar privilegiado que ocupaban los productos de la actividad ganadera
-especialmente los derivados del ovino como la lana y el sebo- (14). También reflejan el
creciente aporte de las provincias litoraleñas en el comercio exterior de la
Confederación rosista (15). Justo José de Urquiza, uno de estos ganaderos entrerrianos
beneficiados durante los años del bloqueo, sería el portavoz del descontento de este
sector frente a la política de Buenos Aires. Urquiza, dejando a un costado su lealtad
personal a Rosas, no estaba dispuesto a echar por la borda sus lucrativos negocios y el
futuro mismo de la economía entrerriana de la época. Se acercaba el fin del régimen
rosista. Sólo faltaba que se terminara de tejer una red de alianzas que involucrara los
intereses políticos y económicos de todos los actores de la región rioplatense
que estaban afectados adversamente por la política de Rosas, portavoz de los intereses de
Buenos Aires: Brasil, Entre Ríos y Corrientes, la Banda Oriental, y el Paraguay.
T. Halperín Donghi, Guerra y finanzas..., op. cit., pp. 237-242. La fecha de iniciación del bloqueo anglofrancés que da este autor es errónea. El mismo fue establecido el 18 de septiembre de 1845. En abril de 1845 había sido declarado el bloqueo estricto a Montevideo por la escuadra de Brown.
Ibid., pp. 237-238.
Cifras y porcentajes en ibid., pp. 240-241.
Porcentajes en ibid., p. 239.
Esta ley arancelaria del 18 de diciembre de 1835 comprendía ocho capítulos, cada uno de ellos relativo a un aspecto particular del comercio exterior. El capítulo 1 trataba sobre las importaciones, y establecía para las mismas un impuesto básico de 17% ad valorem sobre todos los artículos no especificados. Productos como yeso, carbón, ladrillos, hojalata, acero, bronce, mercurio, lana en rama, cuadros, grabados, relojes, alhajas y herramientas agrícolas pagarían un impuesto de 5%. Por su parte, la seda, el alquitrán, el arroz, la arpillera y las armas sufrían un gravamen de 10%, mientras que el azúcar, café, cacao, té, yerba mate, algodón, lana y productos alimenticios eran recargados con un derecho de 24%. Calzado, ropa, muebles, vino, coñac, licores, tabaco, aceite, ciertos artículos de cuero, queso, guitarras, tinta y espejos tenían un recargo de 35%, y la cerveza, tallarines, pastas, papas y monturas uno de 50% ad valorem. Sombreros y sal pagaban impuestos específicos cuyo monto era de $13 cada sombrero y $1 por fanega de trigo. Por su parte, el capítulo 2 especificaba los artículos cuya importación era total o parcialmente prohibida: objetos de bronce y hojalata, hierro decorativo, artículos de hierro y de acero, toda clase de utensilios de cocina, tejidos y objetos de madera, maíz, guisantes, habas, manteca y mostaza. No se permitía el ingreso de trigo a la Confederación Argentina cuando el precio del producto local fuese inferior a $50 la fanega. En caso de que dicho precio subiese a más de $50 la fanega, la importación de trigo se regularía a través de permisos especiales. Estas medidas proteccionistas no se aplicaban a la harina traída al puerto de Buenos Aires para ser reexportada a otras provincias. Este carácter proteccionista de la Ley de Aduanas de 1835 fue reforzado por la sanción de impuestos adicionales, tales como los de 2 y 4% sobre todos los artículos importados sujetos a un derecho ad valorem de 10% o más, que entraron en vigencia a mediados de 1837 y que fueron justificados por el gobierno de Rosas como fuente de ingresos para sostener la guerra contra el régimen de Santa Cruz. Ver en detalle la ley de 1835 citada en Miron Burgin, op. cit., pp. 302-309.
Miron Burgin, op. cit., pp. 312-313.
Ibid., pp. 350-351.
T. Halperín Dongui, Guerra y finanzas..., op. cit., pp. 247.
Ibid., pp. 246-248.
Horacio C.E. Giberti, Historia económica de la ganadería argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 139-140.
Vale recordar al respecto una serie de pasos políticos que adoptó el régimen correntino de Joaquín Madariaga, que contaron con el visto bueno de la diplomacia brasileña y que evidenciaban una clara actitud de enfrentamiento al poder de Rosas: el reclutamiento del general antirrosista José María Paz para liderar la lucha contra las fuerzas rosistas en la Banda Oriental y la firma de un tratado de alianza ofensivo-defensivo con Paraguay el 11 de noviembre de 1845, que proclamaba como objetivos la libertad de navegación y la independencia de la región altoplatense, tal como se desprende de su propio texto, que aseguraba para los firmantes "el completo cumplimiento de los derechos individuales y políticos que las provincias del Plata como estados independientes aún unidos en una federación", Ver Treaty of Offensive and Defensive Alliance, 11 Nov. 1845, ANA-CRB Y-30, 8, 25, Nº 1, cit. en Thomas Lyle Whigham, The Politics of River Commerce in the Upper Plata, 1780-1865, Ph.D. dissertation, Stanford University, 1986, p. 111.
Ibid., p. 112. Si tomamos en cuenta las existencias ganaderas de la provincia de Corrientes en las décadas de 1820 y 1830, se registra una tendencia ascendente. El número de caballos pasó de 61.938 en 1829 a 81.147 en 1838; el de ovejas, de 59.847 en 1829 a 107.958 en 1838 y el de vacunos, de 171.800 en 1827 a 466.590 en 1838. Ibid., p. 299.
Colectoría general de la provincia, Corrientes, 4 de enero de 1845, AGPC-CLC 1844, Legajo 86, 13 de enero de 1847, Legajo 88, en ibid., p. 108.
Al crecimiento de la demanda externa del sebo y la lana se debió el número cada vez mayor de graserías instaladas en Buenos Aires, especialmente a partir de 1842. Este aumento valorizó las reses de carneros en una época en que no se las estimaba como alimento. Estos cambios estimularon la cría del ovino, especialmente de un nuevo tipo de merino, el Rambouillet francés, de cuerpo mayor y mechas más largas que el ovino tradicional. Entre 1830 y 1850 el número de ovinos se triplicó en el territorio de la Confederación, pasando de 2 millones y medio de cabezas a siete millones. Por su parte, las exportaciones de lana pasaron de 1.609,6 toneladas en 1840, a 7.681 en 1850. Ver estas cifras en José Carlos Chiaramonte, Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina, 1860-1880, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 34, 36, y 41-42. Este panorama contrasta con el del sector agrícola, cuyos progresos de fines de la década de 1830 se perdieron en las décadas siguientes del período rosista. Ver al respecto Miron Burgin, op. cit., pp. 342-343.
El ascenso de las economías ganaderas exportadoras del Litoral fue
un proceso anterior a 1850, estimulado fundamentalmente -aunque no solamente- por dos
factores: la cercanía de la región mesopotámica a mercados tales como Paraguay, sur de
Brasil y la Banda Oriental, y los bloqueos francés (1838-1840) y anglofrancés
(1845-1848), que permitieron a la economía litoraleña prescindir de la intermediación
de Buenos Aires en el intercambio comercial con las potencias europeas. Este ascenso
ganadero del Litoral, cuyos intereses económicos chocaban con los de Buenos Aires en
temas muy sensibles como el control de la Aduana o la libre navegación de los ríos
interiores, tuvo su innegable correlato político. En el caso de Corrientes, las
múltiples demostraciones de rebeldía del gobierno provincial contra la política
centralizadora de Buenos Aires (casos del levantamiento del caudillo Berón de Astrada, y
su alianza con enemigos del rosismo tales como la elite gobernante montevideana, el
oriental Rivera y los agentes franceses, o los tratados firmados por el gobierno de
Corrientes con el de Montevideo y el de Paraguay) eran reflejos a nivel político de las
conexiones económicas que los correntinos no estaban dispuestos a ceder en favor de
Buenos Aires. Como ejemplo de la tendencia apuntada, Thomas Lyle Whigham señala, para el
caso de Corrientes, que el período posterior a 1848 reveló un importante ascenso de la
producción ganadera provincial, y que aun un puerto como Corrientes, que no se había
destacado en las exportaciones de cueros, tuvo a partir de ese momento una importante
participación en el comercio exterior correntino: entre 1848 y 1850 sus exportaciones
legales arrojaron un monto de 123.069 cueros. Incluso señala que si bien durante las
décadas de 1830 y 1840 la economía correntina sufrió los efectos de la pugna entre
rosistas y antirrosistas que tuvo a la provincia como uno de sus escenarios predilectos,
Corrientes mantuvo un circuito comercial que, basado en la exportación de cueros y
extractos de animales, tenía por centro a Goya y se conectaba con Montevideo, otorgando
vida económica a pueblos ganaderos como La Cruz, Curuzú Cuatiá y Restauración.
También la economía correntina registró un importante incremento en las exportaciones
de maderas. Por ejemplo, las salidas de tirantes de irunday por el puerto de Corrientes
pasaron de 29.821 varas en 1848 a 98.497 varas en 1849, cayendo levemente a 92.388 en 1850
(la vara equivale a 33 pulgadas). En el caso de los tirantes de lapacho se registró la
misma tendencia ascendente: 214 varas fueron exportadas en 1848 por el puerto de
Corrientes, 1.534 varas en el año siguiente, y 6.396 en 1850. Lo mismo vale para las
tablas: 1.501 varas en 1848, 1.525 en 1849 y 12.316 en 1850. Tomadas las exportaciones de
madera en su conjunto, las salidas registradas por el puerto de Corrientes arrojaron los
siguientes datos: 44.925 varas en 1848, 113.360 varas en 1849 y 114.943 en 1850. Ver datos
respecto de la exportación de cueros y madera en Corrientes en Thomas Lyle Whigham, op.
cit., pp. 303-304 y 340. Por el lado de Entre Ríos, la cercanía de la provincia a
Buenos Aires afectó su desarrollo económico durante las décadas de 1810 y 1820, pues
fue teatro predilecto de las permanentes luchas entre caudillos.
Pero en Entre Ríos se registró un activo comercio con Montevideo
durante los años del bloqueo de 1845-1848. Y a fines del período rosista la provincia
registró un ascenso de las exportaciones pecuarias. La exportación de cueros y
caballares entrerrianos aumentó de 357.139 en 1849 a 435.455 en 1850. También los
productos derivados del ovino experimentaron un notorio ascenso en la economía
entrerriana: en 1849 se exportaron 19.419 cueros de lanar y 35.569 arrobas de lana, y al
año siguiente se vendieron 82.008 cueros de ovino y 44.026 arrobas de lana. Este proceso
resultó favorecido por el incremento de los establecimientos saladeriles. La exportación
de carne salada ascendió de 25.800 quintales en 1849 a 30.280 quintales en 1850. La
expansión de este rubro continuó durante los años siguientes, a tal punto que sólo el
saladero entrerriano Santa Cándida producía para 1853 una cifra de 33.000 quintales.
Otros renglones de la producción provincial, como el caso de las maderas, se mantuvieron
estables. Pero el enorme impacto de las exportaciones vinculadas a productos pecuarios
pronto se hizo sentir en la balanza comercial entrerriana, como lo demuestra el hecho de
que en 1850 dicha balanza se convirtiera en superavitaria, con un saldo favorable de
20.831 pesos, mientras que en 1849 tenía un saldo negativo de 426.461 pesos.
Los cueros entrerrianos tenían por mercados Inglaterra, España y
Estados Unidos; el sebo y la grasa se dirigían a Inglaterra, Francia y Alemania; Paraguay
adquiría el jabón, velas y aceite de potro; Brasil, Cuba, Puerto Rico e Inglaterra la
carne salada, y Estados Unidos e Inglaterra la lana entrerriana. Las importaciones de
Entre Ríos consistían en azúcar del Brasil y Cuba, arroz del Brasil y de Carolina,
aguardientes de España y Francia, miel de Brasil, aceitunas de Málaga y Sevilla,
azafrán de Castilla, chorizos de Extremadura, fideos de Génova, pasas de Málaga, quesos
de Holanda, vinos de España y Francia, y alguna vez harina de Estados Unidos. Ver
respecto de la economía entrerriana Oscar F. Urquiza Almandoz, Historia económica y
social de Entre Ríos, (1600-1854), Buenos Aires, Banco Unido del Litoral, 1978, pp.
262-265 y 294-296.
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