Capítulo 21: Los mini-estados de la Mesopotamia y sus conflictos con Rosas
El período que comienza con el fin del bloqueo anglofrancés y culmina con la caída
de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros fue uno al que la mayoría de los
historiadores caracterizaron por el dominio de Rosas y la aparente ausencia de conflictos
externos, aunados al crecimiento económico.
A partir de 1850, Rosas imperó casi sin resistencias en el ámbito de
la Confederación Argentina. Durante este período en la provincia de Buenos Aires se
aceptó la autoridad rosista sin atenuantes. Rosas también logró congelar los viejos
conflictos políticos en las provincias del Interior. En este sentido, el dictamen del
Restaurador de las Leyes pasó a ser decisivo para conservar o derrocar situaciones
locales desde Mendoza hasta Salta, aunque no así en el Litoral.
Por su parte, los emigrados antirrosistas residentes en Montevideo,
Santiago de Chile o La Paz habían perdido casi toda esperanza de derrocar al dictador.
Rosas había logrado desbaratar los ataques a su autoridad que, con la colaboración
anglofrancesa y/o brasileña, protagonizaban estos emigrados. Además, luego de firmada la
paz con Inglaterra y Francia, la economía de la Confederación rosista daba muestras de
crecimiento.
No obstante la certeza de estos datos, el control de Rosas sobre el
territorio de la Confederación Argentina distaba de ser absoluto. El análisis de las dos
décadas previas a la de 1850 revela que los gobernadores de las provincias litoraleñas
tenían una situación de "independencia" respecto del poder de Buenos Aires
como consecuencia del activo papel jugado por ellas en las continuas guerras que Rosas
sostuvo contra sus enemigos dentro y fuera de la Confederación Argentina. Escudándose en
este poder ascendente del Litoral, los gobiernos de dicha región procuraron hacer oír
sus viejas aspiraciones económicas y políticas, que chocaban contra los intereses de
Buenos Aires encarnados en la persona del jefe de la Confederación: libre navegación de
los ríos, derogación del régimen de puerto único en Buenos Aires y sanción de una
Constitución para la Confederación.
Además del ascenso político, militar y económico de las provincias
litoraleñas -particularmente las de Entre Ríos y Corrientes- la aparente ausencia de un
enemigo externo que amenazara el orden rosista fue un factor adicional que a partir de
1850 complicó el mantenimiento de ese orden, que estaba sustentado no sobre la base
jurídica de una Constitución escrita sino en las alianzas de facto entre el
hombre fuerte de Buenos Aires y los caudillos provinciales. Un orden que se definía en
tanto y en cuanto existiese un enemigo externo claramente identificable que lo amenazara
(1).
La idea de un Estado llamado Confederación Argentina tenía un muy
limitado sentido y sólo mientras existiese alguna conjura desde el exterior; desaparecido
el enemigo externo, dicha idea se convertía en una ficción desestimable. Según el
secretario privado del general Urquiza, Julio Victorica:
preocupaba al dictador la tranquilidad reinante en todo el país. Empezaban a llegar a sus oídos vagos rumores de que, habiendo cesado la anarquía, las guerras y los peligros exteriores, razones o pretextos en que el dictador se apoyaba para negarse a constituir el país, como lo había ofrecido más de una vez, podría reclamarse, de un momento a otro, el cumplimiento de esa promesa. Esos rumores los sentía principalmente del lado de Entre Ríos (...) (2).
En consecuencia, el período de consolidación de la alianza antirrosista entre 1850 y 1852, y su desenlace, la caída de Rosas, sólo pueden comprenderse a través de un examen de las décadas previas de 1830 y 1840. Dichas décadas muestran la lenta constitución de una trama que tuvo varios protagonistas, con intereses contradictorios entre sí pero con un objetivo común: derrocar a Rosas. Este heterogéneo elenco antirrosista estaba integrado, en el territorio de la Confederación, por los gobernadores de las provincias del Litoral y por figuras militares como los generales José María Paz y Juan Lavalle; y en la Banda Oriental, por los emigrados antirrosistas residentes en Montevideo y por Fructuoso Rivera, en eterno conflicto con Manuel Oribe, aliado de Rosas. Además, eran antirrosistas las autoridades del Imperio del Brasil y el presidente de Paraguay, Carlos Antonio López. Paradójicamente, esta trama contra Rosas tomó forma justamente en el período de 1850 a 1852, en medio de la aparente paz y prosperidad económica de la Confederación Argentina.
De hecho, en esta época Rosas había exhumado un nuevo enemigo: el Paraguay, y estaba proyectando una campaña hacia allí. Los elementos militares que Rosas envió a Entre Ríos para este fin fueron utilizados por Urquiza en la expedición en su contra. Según Halperín Donghi la empresa paraguaya tenía como objetivo lograr que las provincias mesopotámicas adoptaran medidas restrictivas de su comercio exterior como lo habían hecho las demás. Julio Victorica, Urquiza y Mitre, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 13; Tulio Halperín Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino, (1791-1850), Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1982, p. 248.
J. Victorica, op. cit., p. 13.
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