El papel crucial jugado por la poderosa caballería entrerriana en la guerra librada
por Rosas contra sus opositores tanto en territorio oriental como en el ámbito de la
Confederación otorgó a esa provincia litoraleña independencia respecto de la autoridad
de Rosas. En este sentido, el "pronunciamiento" de Urquiza contra Rosas del 1º
de mayo de 1851 confirmó que el primero, aunque hasta entonces "aliado" del
segundo, tenía intereses contradictorios con el mismo.
La mayoría de los autores interpretan el pronunciamiento de Urquiza
como un producto de las ambiciones de poder de un caudillo con ascendente prestigio
militar y económico, y de la tardanza del jefe de la Confederación en cumplir con la
convocatoria de un Congreso que sancionase una Constitución, promesa convenida entre
Buenos Aires y las provincias del Litoral en el Pacto Federal de 1831. Por cierto, ambos
factores constituyeron causas evidentes del pronunciamiento urquicista. Pero a estos
factores se deben agregar otros, vinculados a intereses económicos y políticos que
enfrentaban a Buenos Aires con las provincias del Litoral y del Interior desde los lejanos
tiempos del virreinato.
La persistencia en el tiempo de estos factores demuestra que si bien
las provincias habían delegado en Rosas el manejo de los asuntos exteriores de la
Confederación, nunca estuvieron dispuestas a resignar del todo sus intereses económicos
y políticos a los de Buenos Aires. Esta resistencia fue particularmente vigorosa en el
caso de las provincias del Litoral, ricas en hombres y caballos, recursos necesarios para
las guerras que los rosistas debían emprender contra sus enemigos en ambas orillas del
Plata. Siguiendo este razonamiento, el pronunciamiento de Urquiza contra Rosas constituyó
el capítulo final de una historia signada por el rechazo no sólo de Entre Ríos, sino
también de Corrientes y Santa Fe, a la política económica de Buenos Aires, que a
través del control de la Aduana y de los ríos interiores cercenaba la posibilidad del
desarrollo autónomo de las mismas.
La libre navegación de los ríos fue una permanente aspiración de las
provincias litoraleñas, siendo estipulada para las partes contratantes en cada uno de los
pactos interprovinciales negociados entre ellas y Buenos Aires. Así lo demuestran los
artículos 4º del Tratado del Pilar del 23 de febrero de 1820, firmado entre las
provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos; el apartado 3º del Pacto de Benegas
entre Buenos Aires y Santa Fe; el artículo 8º del Tratado del Cuadrilátero del 25 de
enero de 1822, entre Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes; y los artículos
8º, 9º y 16º del Pacto Federal del 4 de enero de 1831.
Se mantuvo sin embargo la renuencia del jefe de la Confederación
Argentina a aceptar la libre navegación de los ríos para las potencias extranjeras, lo
cual estaba vinculado al deseo de Buenos Aires de controlar en forma exclusiva los ríos
interiores Uruguay y Paraná, y defender a rajatabla el régimen de puerto y aduana
únicos centrados en Buenos Aires, hecho que subordinaba los puertos de las provincias del
Litoral a la ciudad porteña.
Vale señalar también que los efectos económicos (reales o esperados)
del bloqueo impuesto por los franceses e ingleses durante el período rosista llevaron a
los caudillos de las provincias del Litoral a buscar incluso la alianza de estos países
europeos, para asegurar la libre navegación de los ríos interiores en contra de la
voluntad de Rosas. Como ejemplo de esta tendencia puede mencionarse, por ejemplo, la
firma en la ciudad de Montevideo en diciembre de 1838 de una alianza ofensiva y defensiva
entre la República Oriental del Uruguay y la provincia de Corrientes "contra Don
Juan Manuel de Rosas y su gobierno", que autorizaba al gobierno de la última a
negociar con los franceses para hacer cesar el bloqueo.
Además de los gobernadores correntinos, hubo otros dirigentes
altoplatenses en el período independiente que procuraron alguna fórmula de integración
regional, reconociendo la necesidad mutua de navegación fluvial libre y abierta. Algunos
en la región sintieron que este objetivo podía conseguirse mejor a través de la
unificación de las provincias ubicadas al norte de Buenos Aires. Por ejemplo, Artigas
había luchado por una confederación de este tipo. Otro federalista, el entrerriano
Francisco Ramírez, había tratatado de unir a su provincia con Corrientes en 1820. Su
proyecto tendía al comercio libre y a la libre navegación de los ríos Paraná y
Uruguay. Ramírez intentó un acercamiento al Paraguay, aboliendo los impuestos
interprovinciales entonces vigentes en el comercio fluvial, y permitiendo a los
extranjeros comerciar en todas las áreas bajo su control. Pero Ramírez, como Artigas,
fue víctima de la violencia intestina que azotó a la región. Su eliminación dejó en
el Litoral un vacío que tardó en llenarse, y en el ínterin las provincias siguieron su
propio camino, demostrando poco interés en conformar un frente común contra Buenos Aires
(1).
Por otra parte, es preciso destacar que a pesar de las expectativas de
las provincias litorales en cuanto a los beneficios que podían derivarse para ellas de la
libre navegación de los ríos, éstos no eran fáciles de alcanzar. Antes del
advenimiento del barco a vapor y del ferrocarril, el tránsito fluvial hacia el Litoral
era lento y costoso. Podía tomar 112 días remontar las 1.000 millas desde Montevideo a
Corrientes, y pocos mercaderes extranjeros estaban dispuestos a pagar los costos
necesarios. Incluso más tarde, en época de la secesión de Buenos Aires del resto de la
Confederación, Urquiza impuso derechos diferenciales a los productos que pasaran antes
por el puerto de Buenos Aires a fin de lograr que los barcos extranjeros llegaran
directamente a los puertos de la Confederación y no tuvo éxito, pues éstos preferían
descargar en el puerto porteño (2).
No obstante, la década de 1840 fue testigo de un conjunto de
acontecimientos que condujeron inexorablemente a mejores condiciones para el comercio en
el Litoral. Presiones tanto internas como externas llevaron a romper el aislacionismo del
pasado. Por un lado, la vieja generación de dirigentes políticos fue reemplazada por una
nueva que era más consciente de las tendencias mundiales y del potencial económico de la
región sudamericana. Al mismo tiempo, los comerciantes extranjeros instalados en Buenos
Aires y Montevideo, en busca de nuevos mercados, comenzaron a tener un mayor interés en
el comercio del Interior y en la apertura de los mercados del norte. Muchos de ellos
estaban deseosos de probar su suerte en Corrientes y Paraguay en cuanto apareciera la
menor oportunidad. Finalmente, los mismos eventos ocurridos en la región del Litoral, en
parte precipitados por presiones externas, favorecieron el crecimiento del comercio.
Como sabemos, a fines de 1845 las potencias bloqueadoras abrieron por
la fuerza el tránsito del río Paraná con el objeto de proteger los 100 barcos mercantes
que se dirigían a los puertos ubicados en Entre Ríos, Corrientes y Paraguay. Los
comerciantes interesados fueron invitados a participar. El convoy mercante incluía barcos
de Gran Bretaña, Francia, Prusia, Dinamarca, Uruguay y Hamburgo. Algunas firmas de
negocios extranjeras invirtieron sus stocks enteros en la aventura del Paraná y
esperaban considerables retornos. Como se dijo en el capítulo anterior, fueron
decepcionados. En Entre Ríos la expedición extranjera se encontró con que el rosista
Justo José de Urquiza había ganado ascendencia sobre el aliado de los británicos, el
antirrosista José María Paz. La flota bloqueadora presionó entonces sobre Corrientes.
Llegó al puerto de la capital provincial en noviembre y los comerciantes extranjeros
descargaron sus bienes. El gobernador Joaquín Madariaga pareció amigable con los recién
llegados, pero en general la población correntina reaccionó con gran suspicacia. Una
presencia extranjera de esa magnitud nunca había sido experimentada en la región, y los
correntinos no sabían qué hacer con ella (3).
Por su parte, los comerciantes extranjeros pronto se sintieron
exasperados por la falta de un mercado real. Años más tarde relataba un oficial naval
británico:
Debería haberme imaginado que esta especulación mercantil sería un fracaso. Existe poco o ningún dinero en el país. (...) Los hombres son demasiado reacios a tener cuidado acerca de los negocios. También (...) (se deben) considerar las dificultades de un viaje río arriba por el Paraná hacia Paraguay o Corrientes, (...) los continuos bancos de arena que constantemente cambian sus posiciones debido a la gran fuerza de la corriente (...). Y luego viene la dificultad de deshacerse de las cargas. Un barco con una carga de sal, cuando estábamos allí, encontrando imposible descargarla, pidió permiso para arrojarla en el río, que fue negado, y finalmente se liberó de ella regalándola al gobierno. Algunos de los barcos estuvieron detenidos por tres semanas esperando viento favorable. Cuando se considera todo, pienso que el intento de comercio será detenido (4).
Sumada a estas dificultades estuvo la disposición del gobierno
correntino de Madariaga, que no dudó en hacer progresar su propio interés en aquellas
circunstancias aplicando derechos exorbitantes sobre las mercancías, que los comerciantes
extranjeros no tuvieron otra alternativa que aceptar. Por cierto, Whigham sostiene que el
bloqueo anglofrancés demostró dos realidades importantes: que Rosas no tenía poder para
prevenir el acceso de fuerzas extranjeras al Interior, y que los protagonistas locales,
más allá de sus intenciones de comerciar libremente con el mercado exterior, no pudieron
responder con rapidez suficiente a las oportunidades que ofreció la intervención
extranjera (5). Consecuentemente, los mercaderes extranjeros no consiguieron lo que
esperaban de la expedición.
Pero, desde la perspectiva litoraleña, la intervención fue crucial en
cuanto ponía en evidencia la falsedad del mito de la invencibilidad rosista. Sobre todo,
la intervención focalizó la atención de la gente del Litoral en un objetivo común:
conservar los ríos interiores abiertos. Aparentemente, el bloqueo también repercutió
positivamente sobre el comercio altoplatino en términos de recaudación fiscal, a pesar
de las quejas de los comerciantes extranjeros. Con respecto a los ingresos fiscales, la
recepción de tasas sobre las mercancías por parte del gobierno correntino se elevó de $
13.150 en 1844 a $ 431.449 dos años después. Para Corrientes, un incremento de esa
magnitud era milagroso, y sugiere que la intervención anglofrancesa tuvo efectos
colaterales más allá del fracaso del convoy de barcos mercantes extranjeros. Debido a la
intervención europea, el Litoral no sería el mismo a partir de ese momento (6). Los
cambios allí operados pronto concurrirían a posibilitar la caída del Restaurador. Para
comprender estos procesos, sin embargo, será preciso volver a remontarnos atrás en el
tiempo, para analizar el rol que frente al régimen de Rosas jugó cada provincia
litoraleña.
Manuel Florencio Mantilla, Crónica histórica de la Provincia de Corrientes, 2 vols., Buenos Aires, 1928-1929, I: 221-227; Hernán Félix Gómez, Corrientes y la república entrerriana, 1820-1821, Corrientes, 1929, passim; Tratado del Pilar, 29 de septiembre de 1820, en Martín Ruiz Moreno, Contribución a la historia de Entre Ríos, 2 vols., Buenos Aires, 1919, I: 101-133, todos citados en Thomas Lyle Whigham, The Politics of the River Commerce in the Upper Plata, 1780-1865, Ph.D. dissertation, Stanford University, 1986, pp. 90-91.
T.L. Whigham, op. cit., pp. 91-92.
Ibid., pp. 103-104.
Britannia, Montevideo, 5 de diciembre de 1846, en ibid., pp. 104-105.
Ibid., pp. 105-106.
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