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Los conflictos correntinos con Rosas durante el nuevo gobierno de Pedro Ferré

Tras la derrota de Pago Largo, y luego de distintas alternativas, Pedro Ferré fue elegido gobernador el 25 de noviembre de 1839. Este reanudó el enfrentamiento contra el jefe de la Confederación Argentina. Exactamente un mes antes de su asunción, el 25 de octubre de 1839, Ferré se había entrevistado en la localidad correntina de Curuzú-Cuatiá con el general Juan Lavalle, quien estaba organizando la guerra contra Rosas desde la Banda Oriental. De esta reunión emergió la colaboración del correntino con la causa antirrosista. Ferré resolvió la creación de un ejército y nombró como jefe del mismo al destacado estratega antirrosista José María Paz. Una vez nombrado gobernador de Corrientes, Ferré levantó el llamado segundo Ejército Libertador contra Rosas.
    El 1º de enero de 1840 el gobernador correntino hizo publicar por escrito el "manifiesto de guerra" de la provincia "contra el usurpador tirano Juan Manuel de Rosas y sus secuaces". El historiador Manuel Florencio Mantilla, que reproduce en su libro sobre la historia de Corrientes los principales pasajes de dicho manifiesto, nos narra así la situación:

Es ya una verdad demostrada que Corrientes tuvo poderosos motivos, en el año 1839, para declarar la guerra al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel Rosas y á los sostenedores de este funesto poder. La publicidad con que Juan Manuel Rosas interviene en los negocios puramente domésticos y exclusivos de cada provincia, deprimiendo la soberanía é independencia de ellas: los caudales que ha levantado para sus gobernadores: las crueldades y muertes que ha prodigado a sus hijos más respetables: la infracción que ha hecho de tratados solemnes, que existían entre los pueblos de la Confederación, y constituían la única garantía de su tranquilidad y soberanía, han clasificado á aquel gobernador como el más formidable usurpador de la Independencia provincial, como el primer tirano de la República (...). En la historia de nuestra revolución ocuparán un lugar las resistencias de Corrientes á la absurda política del gobernador de Buenos Aires; en las que ésta provincia, no solamente se ha manifestado celosa de su independencia, sino que también ha respetado y apreciado la de otros pueblos (...).

El texto mismo de la declaración de guerra, a su vez, decía:

No pudiendo Corrientes por medio alguno atraer á Juan Manuel Rosas al sendero de la justicia y de la razón, ni siendo posible desistir de una empresa tan vital á la República, negoció pactos especiales con el propósito de convocar un Congreso Nacional, que diese la constitución general. El tirano de Buenos Aires se valió de mil artificios y engaños para evitar la reunión del Congreso; constituyéndose en el primer infractor de sus compromisos políticos y opositor a la organización del país. Para acallar la irritación de los pueblos, empeña sus relaciones, circula en todas las provincias máximas antisociales y principios falsos; derrama el oro nacional con profusión para halagar y seducir. No satisfecho el usurpador Rosas, declara la guerra al mariscal Santa Cruz, por sí, é inconsulta la República. Su objeto no era salvar el país, sino esclavizarlo más. Con el mismo fin, intervino en la guerra civil del Estado Oriental del Uruguay. He aquí los títulos de que se ha valido Juan Manuel Rosas y pone hoy su juego para aparecer entre nosotros como el único árbitro de nuestros destinos: los que hizo valer para provocar á la Francia el calamitoso bloqueo, contra la opinión general; los que también le sirven para hacer la guerra á muerte a todo individuo o gobierno que se oponga a sus arbitrariedades ó promueva, aun en el seno de la amistad y de la confianza, la organización del país. El gobierno de Corrientes, después de haber agotado todos los medios de conservar ilesa la soberanía y la libertad de la provincia: cansado de sufrir la resistencia de Juan Manuel Rosas á la organización nacional: convencida de la causa que defiende, declara la continuación de la guerra al tirano de Buenos Aires y á sus sostenedores (...) (1).

Este manifiesto de guerra de Corrientes a Buenos Aires constituye un documento de suma utilidad histórica para rastrear los probables motivos de discordia entre ambas provincias:
    1) la intervención de Rosas en cuestiones internas provinciales, que afectaba los deseos autonómicos de Corrientes;
    2) el rechazo de Rosas a reunirse con el resto de las provincias en un Congreso para dictar una Constitución;
    3) la oposición de Corrientes a la forma en que Buenos Aires conducía las relaciones exteriores de la Confederación. La guerra emprendida por Rosas contra los antirrosistas coaligados con el gobierno de Francia (luego con éste y el de Inglaterra juntos) implicaba para las provincias litoraleñas el doble sacrificio de enviar y mantener ejércitos -dado que no existía en esta época un ejército nacional- y además soportar un bloqueo que paralizaba los ríos Paraná y Uruguay y, en consecuencia, el comercio Litoral-Montevideo-Río Grande do Sul.
    No obstante, el fracaso de Lavalle, encargado por los miembros de la Comisión Argentina en Montevideo para dirigir la campaña contra Rosas desde la capital oriental hacia Entre Ríos y Buenos Aires, dejó indefensa a la provincia de Corrientes frente a las fuerzas rosistas comandadas por el gobernador de Entre Ríos, Pascual Echagüe.
    Ante esta realidad crítica, el gobernador Pedro Ferré tomó dos decisiones cruciales. La primera fue designar como jefe del Ejército de Reserva al general José María Paz en julio de 1840 y levantar el llamado "tercer Ejército Libertador de Corrientes contra la tiranía". El resto de las tropas correntinas se había esfumado con los fracasos de Lavalle. La segunda medida fue la búsqueda de una alianza con el presidente oriental Fructuoso Rivera. Así, a principios de agosto de 1840 y ante el peligro de una nueva invasión a Corrientes por parte de las fuerzas de Echagüe, Ferré envió en misión diplomática a Juan Baltasar Acosta con el objeto de negociar una alianza con Rivera, cuyo cuartel general estaba en ese momento en Paysandú. Ferré, acérrimo defensor de la autonomía provincial, recelaba de las pretensiones protagónicas de Rivera en Corrientes y en todo el Litoral, pero al mismo tiempo consideraba que la alianza con el presidente oriental le resultaba indispensable para resistir las poderosas fuerzas de Echagüe.
    El representante de Ferré se contactó con Rivera, obteniendo de éste la revalidación del tratado del 31 de diciembre de 1838 entre Corrientes y la República del Uruguay. Además, Rivera manifestó a Acosta su disposición a enviar elementos de guerra a dicha provincia. Finalmente los representantes de los gobiernos uruguayo y correntino firmaron la Convención del 27 de agosto de 1840, por la cual Rivera podría tener "relaciones amistosas con las provincias argentinas que combaten contra el tirano Juan M. Rosas" (artículo 2º) y entablar y concluir "las negociaciones que fuesen necesarias con los Agentes franceses" (artículo 3º). Según Mantilla, la única ventaja concreta que la provincia de Corrientes recibió de su aliado Rivera consistió en mantener abierto el mercado uruguayo para la compra de elementos militares, con el valor de mulas y cueros que el gobierno correntino hacía vender en el Estado Oriental (2).
    El 29 de octubre de 1840, Rosas obtuvo el levantamiento del bloqueo francés por intermedio del tratado Arana-Mackau. La paz entre Buenos Aires y París indignó a los emigrados antirrosistas de la Comisión Argentina y a sus aliados, los miembros de la elite intelectual de orientales "extranjerizantes", pues los privaba de un sustento clave en su lucha común contra Rosas y Oribe.
    Distinta en cambio era la actitud del presidente oriental Rivera. Este, a pesar del apoyo que había recibido de los cónsules franceses en Montevideo para llegar al poder y desplazar a su rival Manuel Oribe, deseaba en su fuero íntimo librar al Estado Oriental de compromisos externos. Si bien Rivera declaró la guerra a Rosas en febrero de 1839 y prometió auxilio material a la campaña libertadora de Lavalle y al levantamiento de Berón de Astrada, estos gestos no tuvieron contenido sustantivo. Es más: buena parte de la explicación del fracaso de las campañas de Lavalle y de Berón de Astrada contra el orden rosista está vinculada a la falta de respaldo material de Rivera a las mismas.
    Desde la derrota de Berón de Astrada en la batalla de Pago Largo (marzo de 1839), Rivera había buscado un acercamiento con Rosas. En junio de ese mismo año el presidente oriental se contactó en Montevideo con jefes militares del bando opuesto al suyo. Posteriormente, la firma del tratado de paz entre el barón de Mackau y Felipe Arana -efectuada sin consultar a los emigrados de la Comisión Argentina ni al gobierno montevideano, a quienes la diplomacia de París nunca dejó de considerar como aliados circunstanciales y menores- convenció aun más a Rivera de la necesidad de buscar el acercamiento con el jefe de la Confederación Argentina. Para lograr dicho objetivo, el presidente oriental rompió el tratado de Paysandú firmado con la provincia de Corrientes, que obstaculizaba el acercamiento.
    Movido por sus ambiciones personales y apetitos expansionistas sobre el Litoral, y arguyendo como excusa la inclusión en el ejército correntino del general Angel M. Núñez -a quien Rivera detestaba-, el presidente oriental rompió pues la alianza con el gobierno correntino el 17 de agosto de 1841. Ferré recibió esta ruptura con agrado porque estaba disgustado del escaso compromiso de Rivera a la hora de brindar aportes militares y económicos a Corrientes.
    Pero el antagonismo de Corrientes con Rosas continuaría. La obstinada oposición de la provincia al régimen rosista quedó reflejada una vez más en la firma de dos tratados entre Paraguay y Corrientes: uno de comercio y el otro provisional de límites, ambos celebrados el 31 de julio de 1841 en Asunción y ratificados por ambos los gobiernos de Paraguay y Corrientes.
    El tratado de "Amistad y recíproca libertad de comercio" entre Paraguay y Corrientes establecía, entre otros puntos, que:

Las transacciones mercantiles serán libres entre los contratantes. El comerciante podrá depositar sus mercaderías en los almacenes del Estado, pagando el 2%, y reembarcarlas libre de otro derecho. Los hijos de ambos Estados serán considerados como naturales de uno y otro país para el uso libre de sus derechos. "El Paso de la Patria" en la costa paraguaya, y el "paso Garayo" en la costa correntina (al frente de aquél) se destinan para la Correspondencia oficial. Continuarán los actuales derechos de introducción y extracción, á excepción de los relativos á la yerba, tabaco en rama, cigarros, miel, dulces y caña, que ajustarán por notas oficiales los gobiernos contratantes. Los pasos "la Patria", "Tebicuary", "Ytapuá" se han señalado para el comercio terrestre (...).

En cuanto al tratado de límites, Corrientes y Paraguay acordaban lo siguiente:

Queda reconocida á la República del Paraguay el territorio que corresponde á la jurisdicción de la Villa del Pilar hasta Tebicuary. Sin perjuicio de los derechos de la República del Paraguay y de la Argentina, se reconoce como perteneciente á la primera las tierras del campamento llamado "San José de la Rinconada" y de los pueblos extinguidos Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio-miní, Corpus y San José, hasta la "Tranquera de Loreto"; y por el de la segunda: San Cárlos, Apóstoles, Mártires y los demás que están en la costa del Uruguay. Las islas "Apipé", "Borda" y las que se hallen más cercanas al territorio de Corrientes, en el río Paraná, quedan á su favor, y al de la República las que están en igual caso.

Luego de citar ambos tratados Mantilla observa:

En el preámbulo del tratado celebraron los Cónsules (de Paraguay) que no tenían "especial delegación del Soberano Congreso" para celebrarlo; los negociadores correntinos también hicieron constar que "como representantes sólo de una parte integrante de la República Argentina, no podían establecer una demarcación fija"(3).

No obstante, y alimentando la tesis de que en realidad la Confederación no era un Estado sino una configuración de mini-Estados, este tratado reconoció al Paraguay territorio que era propio de la provincia de Corrientes.
    Los tratados correntino-paraguayos disgustaron a Rosas por tres razones:
    1) porque contrariaba su firme decisión de no considerar al Paraguay como un país independiente (a pesar de que fue aceptado como tal por Manuel Belgrano en 1811);
    2) porque desconocía su carácter de encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina; y
    3) porque la provincia de Corrientes se hallaba en esos momentos en guerra con el gobierno de Buenos Aires.
    No obstante las seguras reacciones del Restaurador, los correntinos continuaron con su política de alianzas antirrosistas. El 5 de noviembre de 1841, el gobernador Ferré -que meses antes había perdido el apoyo del oriental Rivera- celebró una alianza secreta con su par santafesino Juan Pablo López. López estaba disgustado con Rosas pues éste había designado en lugar de él a Manuel Oribe como jefe de las fuerzas confederadas que vencieron a los ejércitos de la Coalición del Norte dirigidas por Juan Lavalle en las batallas de Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) y Famaillá (19 de septiembre de 1841). Decepcionado, López se pasó al bando antirrosista y pactó con Ferré. Este convenio fue conocido como el Pacto de Las Saladas. Ambos gobiernos se aliaron ofensiva y defensivamente "contra el tirano usurpador Juan Manuel Rosas, con el objeto de establecer la paz, la libertad y la organización de la República por el voto libre de los pueblos".
    A la firma del Pacto de Las Saladas entre los gobernadores de Santa Fe y Corrientes, se sumó otro dolor de cabeza para Rosas: la victoria de Paz en la batalla de Caaguazú el 28 de noviembre de 1841, que dejó a Corrientes en manos del antirrosismo. No obstante, el nombramiento de José María Paz como gobernador de Entre Ríos en marzo de 1842 produjo un inevitable distanciamiento entre este último y Ferré, temeroso del poder adquirido por Paz. Las desavenencias entre Paz y Ferré fueron explotadas a su vez por el oriental Rivera, quien logró del gobernador correntino y del santafesino López el mando general del ejército de Corrientes. De esta forma se formó en octubre de dicho año el "cuarto Ejército Libertador de Corrientes contra la tiranía rosista", que aun actuando en combinación con las fuerzas orientales antirrosistas sufrió una aplastante derrota en la batalla de Arroyo Grande del 6 de diciembre de 1842, de mano de las fuerzas del oriental Manuel Oribe y el entrerriano Justo José de Urquiza.
    Esta derrota de Ferré abrió un corto período donde el bando rosista se impuso en la política correntina, ya que aquél fue reemplazado en el gobierno provincial por Pedro Dionisio Cabral, quien contaba con el visto bueno de Rosas. Sin embargo, poco duró la tranquilidad en Corrientes, ya que en 1843, ante una incursión de emigrados antirrosistas dirigida por los hermanos Joaquín y Juan Madariaga, Cabral abandonó su cargo de gobernador.
    A partir de 1843, los Madariaga dominarían la política correntina en contra del sector rosista de la provincia, gracias a la imposibilidad de una reacción entrerriana en su contra: Urquiza y su caballería estaban luchando en territorio oriental contra las fuerzas de Rivera. Por cierto, un nuevo tratado de navegación y comercio con el Paraguay (2 de diciembre de 1844), la alianza concertada luego con este país (11 de noviembre de 1845), y la actitud correntina ante los efectos económicos del bloqueo anglofrancés mostraban nuevamente la actitud desafiante de Corrientes hacia la política económica de Buenos Aires.

  1. Manifiesto de guerra de la provincia de Corrientes a Buenos Aires, 1º de enero de 1840, en Manuel Florencio Mantilla, Crónica histórica de la Provincia de Corrientes, tomo II, Buenos Aires, Espiasse y Cía., 1929, Capítulo IX, pp. 23-25.

  2. Convención del 27 de agosto de 1840, firmada en Paysandú entre la provincia de Corrientes y la República Oriental del Uruguay, citada en M.F. Mantilla, op. cit., tomo II, Capítulo X, pp. 49-50 y 67-68.

  3. M.F. Mantilla, op. cit., tomo II, Capítulo X, p. 59.

 

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