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El ascenso de Carlos Antonio López y el primer desafío a Rosas

La muerte de Gaspar Rodríguez de Francia en septiembre de 1840 implicó cambios en el gobierno y en la orientación político-económica del Paraguay. Dichos cambios comenzaron con el establecimiento del gobierno consular de Mariano Roque Alonso y Carlos Antonio López. Mientras Rodríguez de Francia estaba conforme con adaptar a sus propios fines el rígido neomercantilismo del viejo sistema colonial, López, que gobernó Paraguay hasta 1862, reflejó más la tendencia liberalizadora de su día, al menos en lo que respecta a los acuerdos del gobierno paraguayo sobre cuestiones de comercio exterior.
    Por cierto, a partir de 1841 el gobierno de los cónsules Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso decidió otorgar un giro de 180 grados respecto de la política de aislamiento que caracterizó la gestión de su antecesor Rodríguez de Francia. Con esta ruptura de la política aislacionista, ambos cónsules procuraban el desarrollo económico paraguayo. Pero la búsqueda de este objetivo llevó al gobierno de Asunción a chocar inevitablemente con Rosas. El primero procuraba la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay y la independencia del Paraguay. Por su parte, Rosas deseaba controlar los ríos interiores y nunca consideró al Paraguay como un Estado independiente (a pesar de que Manuel Belgrano lo había reconocido como tal en 1811). El gobierno paraguayo encontró un aliado en la provincia de Corrientes, en guerra contra Buenos Aires. Como sabemos, el 31 de julio de 1841 firmó con ella un tratado de comercio y otro provisional de límites, lo cual constituía una afrenta directa a la autoridad de Rosas como encargado de las relaciones exteriores, y a su política de no reconocer entidad soberana al Paraguay.
    La actitud de Rosas, anterior a la firma de los tratados, había sido ganar la buena voluntad del nuevo gobierno. Esta posición de Rosas respecto del Paraguay está claramente atestiguada en la carta que el 10 de junio de 1841 dirigió a su teniente Pascual Echagüe, de Entre Ríos:

Sobre lo del Paraguay es negocio serio: es cierto que todos los informes coinciden en que los tales cónsules son unos baguales, ó unos muñecos de los que podría sacarse gran partido: pero no obstante, lo urgente por ahora es que no se liguen á los salvajes unitarios de Corrientes... Usted vé, compañero, que por poco que esos hombres quisieran hacer hoy contra nosotros en unión de los salvajes Ferré y Paz y demás cabecillas, nos podrían reducir á una situación crítica. Algo hay de cierto en lo que á usted le han dicho: algo medito con tendencia á infundirles confianza y atraerlos, etc (1).

La negociación de los dos tratados con el gobierno correntino fue una suerte de experimento de los gobernantes paraguayos, que esperaban debilitar la influencia rosista. López había advertido que la situación de rivalidad primero y estancamiento después con Corrientes, en torno de la cuestión de Misiones, no había contribuido al beneficio de ninguna de las partes en litigio. Partiendo de este razonamiento, López creyó conveniente recibir a los enviados de Pedro Ferré y aceptar un tratado de límites que dejaba al Paraguay los territorios ubicados al norte de Tranquera, mientras que asignaba el control de los asentamientos de Apipé y del río Uruguay a Corrientes. A su vez, Itatí, Yabebirí e Itapúa, localidades paraguayas ubicadas sobre el Alto Paraná, fueron declaradas abiertas al comercio correntino, como así Pilar del Ñeembucú, sobre el río Paraguay. En un expreso reconocimiento de la unidad cultural y linguística de las partes firmantes, los tratados declararon que "los hijos de ambos Estados serán considerados nativos de uno y de otro (...) con uso libre de sus derechos" (2).
    Probablemente estos acuerdos hayan sido percibidos como medidas temporarias por parte de ambos gobiernos. Del lado correntino, la principal razón para el acercamiento con Asunción era la necesidad de limitar focos de disturbio en la frontera norte, para concentrar todas las energías y recursos en la lucha contra los porteños. Por su parte, los paraguayos estaban ansiosos por restaurar algún comercio en el Paraná mientras conservaban abierta la ruta comercial a Sao Borja. Aunque la Legislatura de Corrientes rehusó ratificar los tratados, en muchos aspectos estos fueron observados (3).
    Pero los tratados de 1841, que podían estabilizar las condiciones a lo largo de la frontera sur del Paraguay y aun promover el ingreso de barcos comerciales extranjeros en la región paraguaya de la cuenca del Plata, estaban ligados a la viabilidad del gobierno correntino de Pedro Ferré, un régimen cuya existencia se desecó en el enfrentamiento con Buenos Aires. Como sabemos, en diciembre de 1842 los correntinos, junto con algunos aliados orientales, sufrieron una masiva derrota en la batalla de Arroyo Grande. En pocas semanas los rosistas ocuparon la mayor parte de la provincia de Corrientes. Ferré, viendo el colapso inevitable de sus fuerzas, se encaminó a su exilio en Rio Grande do Sul. De tal manera, el mandatario paraguayo se había quedado contra su voluntad con una frontera aún menos segura que en el pasado.

  1. Carta de Rosas al gobernador Echagüe, 10 de junio de 1841, en C. Báez, op. cit., p. 72.

  2. Tratado del 31 de julio de 1841, ANA-CRB, I-30, 26, 102, citado en T.L.Whigham, op. cit., p. 95.

  3. Ibid., p. 95.

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