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Nuevos obstáculos entre el gobierno del Paraguay y el de la Confederación rosista

Después de la derrota de los hermanos Madariaga por parte de las fuerzas comandadas por Urquiza en la batalla de Vences en noviembre de 1847, el nuevo gobernador correntino Benjamín Virasoro, hombre de confianza de Urquiza, permitió el comercio entre su provincia y el Paraguay. A pesar de estas medidas adoptadas por Virasoro, Rosas prefirió no complicar la ya delicada situación política correntina y el 7 de febrero de 1848 autorizó que "hasta nueva resolución sean abiertos los puertos de la Confederación a las procedencias del Paraguay" (1).
    A pesar de esta decisión de Rosas, las relaciones entre el Paraguay y la Confederación rosista continuaron complicándose por la desconfianza que el gobierno de Asunción guardaba respecto de los futuros planes de Urquiza y los derechos que el primero reclamaba sobre territorios de las antiguas misiones jesuíticas. El 5 de abril de 1848 el comandante paraguayo Lázaro Centurión arribó a la isla de Apipé, bajo el dominio de la provincia de Corrientes, declarando que estaba encargado por orden del presidente de reconocer la isla de Yaciretá para poner en ella una fortificación. Ante esta situación el gobierno de Buenos Aires previno al de Corrientes que mientras el Paraguay permaneciese

en la figurada independencia en que pretendía hacerlo aparecer su Gobierno, no debía permitir que pisasen el territorio correntino fuerzas de ninguna clase de las del Paraguay, a no ser que previamente se le instruyese del objeto que llevaran, y en tal caso, si él fuese inocente o de poca importancia, podía permitirlo; pero que si a su juicio fuere de alguna trascendencia, debía impedir lo ejecutasen, hasta tanto que instruido debidamente el Encargado de las Relaciones Exteriores, resolviese lo que correspondiera (2).

Para complicar aún más las cosas, el 14 de mayo de 1848 fuerzas paraguayas intimaron a los obrajeros correntinos a desalojar la isla de Apipé en el plazo perentorio de tres días. Esta situación motivó una enérgica protesta del ministro de relaciones exteriores de Rosas, Felipe Arana, a través de un oficio del 26 de noviembre de dicho año donde exigía la devolución de la isla de Apipé a Corrientes (3).
    Por otra parte, las victorias de los rosistas en gran parte habían desbaratado las posibilidades de un comercio renovado sobre el río Uruguay. El gobierno paraguayo estaba profundamente preocupado acerca de este proceso, que dejaba por primera vez en muchos años la margen derecha del Uruguay bajo control rosista. Por ello, el presidente López decidió asegurar la soberanía paraguaya en las Misiones despachando hacia el sur una columna de 1000 hombres de infantería, 600 de caballería y una unidad de artillería que, bajo el mando del mercenario húngaro Francisco Wisner de Morgenstern, avanzó sobre el área disputada en junio de 1849. El propósito de la expedición era restablecer las líneas del comercio entre Itapúa (llamada Encarnación luego de 1846) y Sao Borja, y sobre todo proteger un importante cargamento de armas y municiones enviado desde Rio Grande a Paraguay. Pero los brasileños no deseaban hacer peligrar su status de neutralidad. Como resultado, el comercio continuó languideciendo y hacia el fin de la década, Paraguay consideró el comercio de Itapúa sólo importante para la adquisición de armas desde Brasil (4).
    La noticia de la invasión llegó a Buenos Aires en agosto. Como Rosas sospechara que la operación paraguaya sobre las Misiones había sido planeada con la connivencia del Brasil, instruyó a su ministro en Río para que presentara la consiguiente reclamación. Tomó además medidas en previsión de la guerra: adquirió algunos buques, envió armas a Urquiza y le ordenó estar preparado para la lucha. Sin embargo, el peligro de la guerra fue aventado por los acontecimientos que siguieron. El general Guido recibió las más amplias explicaciones del vizconde de Olinda. El gobierno imperial nada tenía que ver con la acción de los paraguayos y el negocio de armas había sido actividad particular de un político riograndense en complicidad con funcionarios subalternos.
    No obstante que estos hechos parecían indicar que López estaba decidido al enfrentamiento con el gobierno de Buenos Aires, la negativa de Brasil a celebrar con el Paraguay los tratados propuestos por el enviado paraguayo Juan Andrés Gelly en 1847 provocó un inesperado cambio de frente y el presidente López buscó un avenimiento con Rosas. Para ello ordenó a su ministro Benito Varela dirigir a su colega argentino la nota de 16 de octubre de 1849, proponiendo lo siguiente:

1) Renovar el tratado del 12 de octubre de 1811.
2) Establecer un principio estable para la navegación de los ríos.
3) Para solucionar la cuestión de límites, esperar la reunión del Congreso General de la Confederación Argentina.
4) Diferir el reconocimiento de la independencia del Paraguay hasta la reunión de dicho Congreso General.
5) Pactar un tratado de alianza defensiva para ayudarse recíprocamente contra cualquier enemigo que atacase a uno u otro país (5).

Pero Rosas ya negociaba en esa época la cesación de hostilidades con ingleses y franceses. Por lo tanto, en cuanto tuvo la certeza de que estos asuntos estaban por alcanzar una solución, Rosas no solamente no contestó a Paraguay sino que preparó a la opinión pública porteña para recibir el 19 de marzo de 1850 el siguiente decreto de la Legislatura:

Queda autorizado el Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia Brigadier don Juan Manuel de Rosas para disponer sin limitación alguna de todos los fondos, renta y recursos de todo género de la Provincia hasta tanto se haga efectiva la reincorporación de la Provincia del Paraguay a la Confederación Argentina (6).

Este decreto fue la respuesta a la nota de López, y como las fuerzas de éste permanecían en las Misiones, Rosas ordenó a las propias el avance hasta la provincia de Corrientes.
    Negociados los tratados de paz con Inglaterra y Francia, Rosas rompió relaciones con el gobierno brasileño en septiembre de 1850, debido a las incursiones depredadoras del barón de Jacuhy en territorio oriental, y ordenó el retiro de su ministro Guido de la corte de Río de Janeiro. El Imperio del Brasil buscó entonces celebrar alianzas con los países vecinos. La intransigencia de Rosas fue seguramente una de las razones más poderosas por las que el gobierno paraguayo finalmente firmó con Brasil un tratado de alianza defensiva contra el jefe de la Confederación el 25 de diciembre de 1850. El complot contra éste iba tomando forma. Sólo faltaba el visto bueno de quien hasta ese momento era un dudoso aliado de Rosas: el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza.

  1. E. M. Barba, "Las relaciones exteriores con los países americanos", op. cit., p. 247.

  2. V.D. Sierra, op. cit., p. 481.

  3. Archivo General de la Nación, 10.1.9.3, en E.M. Barba, "Las relaciones exteriores con los países americanos", op. cit., p. 248.

  4. T.L. Whigham, op. cit., pp. 112-114.

  5. El Paraguayo Independiente, Nº 92, en C. Báez, op. cit., p. 81.

  6. Ibid., p. 81.

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