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La actitud de Urquiza no encontró eco en el resto de la Confederación, salvo en el caso de la provincia de Corrientes. Los gobiernos de Tucumán, San Juan, San Luis, Mendoza, Salta, Córdoba, Catamarca, Santiago, La Rioja y Santa Fe manifestaron sucesivamente y en términos semejantes su adhesión a Rosas, si bien la ayuda que estuvieron dispuestos a enviarle no guardó consonancia con lo expresado (1). Así, por ejemplo el gobernador sanjuanino NazarioBenavides proclamaba sin ahorrar epítetos ni calificativos su apoyo a Rosas el 25 de mayo de 1851:

Compatriotas: Unámonos todos para dirigir al Todopoderoso el más fervoroso tributo de nuestra gratitud por la visible protección que nos dispensa, conservando nuestra amada Patria libre e independiente, a pesar de las insidiosas acechanzas de los feroces y encarnizados rebeldes que han intentado mancillar su sagrado suelo, regándolo con la sangre de sus más celosos defensores, para entregarlo después a la dominación de ambiciosas potencias europeas. Supliquémosle también nos conserve al esclarecido general Rosas, a ese eminente americano, que con incontrastable firmeza, un valor sin igual y sabiduría sin ejemplo ha sabido destruir las funestas maquinaciones de nuestros enemigos, haciendo resonar el nombre argentino, cubierto de gloria, en las más apartadas regiones, asegurándonos un largo porvenir de paz, riqueza e ilustración (2).

Asimismo, la Junta de Representantes de la provincia de San Luis sancionó el 21 de julio de 1851 una ley que establecía en su artículo 1º: "Que la Confederación Argentina, hasta que se constituya de un modo seguro permanente, tenga un Jefe Supremo que investido con la suma del Poder Público Nacional, dirija sus altos destinos". En sus artículos 2º y 3º esta ley daba explícito respaldo a Rosas, rechazando su renuncia como encargado de las relaciones exteriores:

Que este Supremo Jefe exclusivamente lo sea la benemérita persona del Exmo. brigadier general D. Juan Manuel de Rosas (...). Que en virtud de la plena confianza que esta representación tiene en la benemérita H. J. de RR. de la Provincia de Buenos Aires, le confiere a ella, plenamente y sin limitación alguna, sus poderes, para que de ellos haga el uso que crea conveniente, referente a la no admisión de la renuncia, en que persiste tan encarecidamente, del mando supremo de la República, el Exmo. Sr. Gobernador y Capitán General de la provincia de Buenos Aires, Encargado de las R.E. y de todos los asuntos nacionales de paz y guerra de la Confederación Argentina, brigadier general D. Juan Manuel de Rosas, (...) (3).

Por su parte, la reacción contra el pronunciamiento urquicista adquirió en Buenos Aires, entre las figuras importantes de las clases pudientes, un carácter periodístico mediante "remitidos". Entre éstos se destacó el firmado por el jurisconsulto Eduardo Lahitte, quien hacía una dura crítica al gobernador de Entre Ríos con las siguientes palabras:

o fue engañado por los unitarios, o a sabiendas perpetró el crimen de comenzar rompiendo el pacto nacional, venderse al extranjero y aliarse al execrable bando unitario. O ignorante o malvado (...). No se organiza traicionando y anarquizando. La tarea de dar leyes a una nación es nacional y pacífica, porque sólo se puede realizar en medio de la paz. Sólo el ambicioso Urquiza, juguete de ajenas pasiones, puede imaginar lo contrario. Y ése es el hombre que grita ¡muera Rosas! Olvida que la Argentina hace suyos los insultos que se dirigen al jefe que fue heroico defensor de su independencia, fundador de sus instituciones y la más sólida garantía del orden social. Muchas infidencias se vieron desde la Revolución, pero la de Urquiza, de prosternarse a los pies de un monarca envilecido, jamás (4).

A su vez, los federales de Buenos Aires criticaron la alianza de Urquiza con el Imperio del Brasil, preguntándose:

si el ilustre general Rosas es el tirano que oprime a todos los pueblos confederados, si sus actos son como los pintan los salvajes unitarios de Entre Ríos y Montevideo, ¿por qué busca, por qué se vende y entrega el traidor Urquiza a un gobierno extranjero, que a su proverbial deslealtad reúne el hecho escandaloso de haber usurpado el territorio Oriental en el año de 1817, cuando bajo el pretexto de pacificación vino a ese estado? ¿Por qué no se ha dirigido a los argentinos, cuando éstos, si fuesen tiranizados u oprimidos, serían los más aparentes para su soñada obra de regeneración? ¿Por qué, repito, no se ha dirigido a los argentinos, y ha ido a buscar a los brasileños y a los salvajes unitarios encerrados dentro de Montevideo y sometidos también a la voluntad extranjera? (5)

Respecto de este controvertido tema del apoyo de las provincias a Rosas, Benito Hortelano, un librero español residente en Buenos Aires, comentaba en sus memorias:

Los unitarios se plegaron a la bandera de Urquiza, porque en ella veían una probabilidad casi cierta de volver a su patria y gobernar en su país, lo que de otro modo no hubieran logrado. La provincia de Corrientes siguió en el pronunciamiento a la de Entre Ríos, que son las dos más belicosas de la Confederación. Parecía natural que todas las provincias hubiesen seguido el ejemplo de las pronunciadas; pero, muy por el contrario, todos sus gobernantes se apresuraron a ofrecer sus vidas, haciendas y fama al general Rosas.
Este iba comprendiendo que la situación era crítica; que la insurrección, apoyada por el Brasil, era potente cual ninguna de las muchas insurrecciones anteriores lo habían sido. Después de ordenar a las provincias hiciesen pronunciamientos en contrario al de Urquiza, preparó las cosas para que le acordase la nación el Poder supremo y dictatorial.
La prensa, las corporaciones, los ciudadanos, todos pidieron se le diese el Poder Supremo. La Cámara se reunió, y en medio del mayor entusiasmo, de patrióticos discursos, votó por unanimidad la investidura de Jefe Supremo de la Nación al general Rosas, poniendo a su disposición tesoros, vidas, fama, familia y hasta los hijos por nacer. El día de San Martín, el pueblo en masa acudió a Palermo a felicitar a Rosas. Este se paseaba por los jardines cuando una multitud invadió aquella posesión, rodeándole, abrazándole y desgañitándose en aclamaciones y locuras al gran Rosas.(...)
Los teatros también preparaban sus funciones patrióticas. Don Pedro Lacasa compuso una pieza, cuyo argumento era la traición y derrota de Urquiza. Otra compuso D. Miguel García Fernández sobre el mismo objeto. En una y otra función el entusiasmo llegó a su colmo. Don Lorenzo y D. Enrique Torres, el doctor Gondra y otros muchos patriotas federales pronunciaron discursos entusiásticos, pidiendo sangre, exterminio y pulverización de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, del imperio de Brasil y de todos los salvajes inmundos y asquerosos unitarios. A la salida del teatro, Manuelita Rosas, hija del jefe supremo, que presidía todas las ovaciones en nombre de su padre, fue conducida en su coche, quitados los caballos, tirando de él los patriotas federales. Entre los que vi tirar del coche recuerdo a D. Santiago Labardén y a Toro y Pareja; yo también empujé de la rueda derecha al partir el carruaje. No recuerdo los nombres de los muchos federales que tiraron, porque no los conocía entonces y hoy son muy unitarios (...) (6).

Las afirmaciones de Hortelano son otro ejemplo del carácter laxo y cambiante de las alianzas personales en este período de la historia argentina, así como de la necesidad de no tomar con demasiada seriedad o rigidez los términos "unitario" y "federal" como si respondiesen a bandos homogéneos.
    Por cierto, Vicente Sierra aclara que la reacción federal ante el pronunciamiento de Urquiza no tuvo el mismo sentido en las provincias y en Buenos Aires:

Si a todos unió la misma indignación ante la alianza del entrerriano con el Brasil, respecto del problema constitucional se anotó una diferencia. Las provincias querían Constitución; los porteños daban a la cuestión menos importancia. No es que éstos no la quisieran, sino que se sentían cómodos con la situación reinante, y temían perder algo con un nuevo sistema de gobierno. Así fue como se pronunciaron contra Urquiza muchos adictos de Rosas que, cuando no hubo dudas de que aquél no llegaba con afanes de venganza, se le plegaron, para combatirlo más tarde, cuando el localismo porteñista, dinamizado por Mitre, se alzó contra un régimen que quería nacionalizar la Aduana. Y es que en aquella hora la diferencia entre unitarios y federales desapareció para dar paso a la división entre porteños y provincianos, y en cada uno de ambos sectores, unitarios y federales actuaron unidos en defensa de los intereses de cada grupo, al amparo, después de Caseros, de un repudio a Rosas que constituyó un Jordán que liberaba de toda mácula (7).

Mas allá de estas consideraciones, parecía que el peligro de invasión externa -en este caso brasileña- serviría otra vez como factor de cohesión interna para el orden rosista, como había ocurrido en los casos ya analizados del bloqueo francés y anglofrancés, o del enfrentamiento con la Confederación Peruano-Boliviana, y como parecía buscarse en la pendiente guerra contra Paraguay. Pero en esta ocasión el desarrollo de los acontecimientos tendría un desenlace distinto para Rosas.
    El 16 de julio de 1851 Urquiza, al frente de 5.000 entrerrianos y 1.500 correntinos, cruzó el río Uruguay y se arrojó en contra de las fuerzas de Oribe sin esperar a sus aliados brasileños. El caudillo uruguayo intentó enfrentarlo pero sus fuerzas se habían pasado al bando urquicista, lo que decidió la capitulación de Oribe ante el caudillo entrerriano en octubre de dicho año y con ella el fin del sitio grande de Montevideo que había durado nueve años.
    Por cierto, cuando el 18 de agosto de 1851 Juan Manuel de Rosas, investido con el máximo poder sobre la Confederación, declaró la guerra al Imperio de Brasil, la consecuencia fue que, fieles a la letra del tratado tripartito del 29 de mayo, Urquiza y el gobierno de Montevideo aunaron fuerzas para derrotar a los ejércitos de Rosas y Oribe.

  1. J.M. Sarobe, op. cit., p. 527.

  2. Declaración del Exmo. Gobernador y Capitán General de la Provincia de San Juan, brigadier D. Nazario Benavides, 25 de mayo de 1851, citada en "La batalla de Caseros", op. cit., p. 26.

  3. Ley de la Junta de Representantes de San Luis, 21 de julio de 1851, Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, Buenos Aires, Nº 27, 3 de octubre de 1851, citada en: "La batalla de Caseros", op. cit., pp. 26-27.

  4. Remitido de Lahitte citado en V.D. Sierra, op. cit., pp. 573-574.

  5. Archivo Americano..., op. cit., Nº 28, 24 de diciembre de 1851, en "La batalla de Caseros", op. cit., p. 27.

  6. Benito Hortelano, Memorias, Madrid, 1936, citadas en José Luis Busaniche, Rosas visto por sus contemporáneos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 126-127.

  7. V.D. Sierra, op. cit., p. 573.

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