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Tras la capitulación de Oribe el 8 de octubre de 1851, el Ejército Grande, comandado por Urquiza y nutrido además con las fuerzas de Oribe y el apoyo material del Imperio brasileño, pasó en diciembre de 1851 desde Montevideo hacia Entre Ríos. Por su parte, la escuadra brasileña estaba asentada en el Río de la Plata y ocupó la isla de Martín García y la Colonia. Desde allí, los buques imperiales remontaron el Paraná con el objeto de contribuir al traslado de los ejércitos aliados a Santa Fe, cuyo gobernador Pascual Echagüe se retiró con sus escasas tropas a Buenos Aires sin presentar resistencia.
    La mayoría de los historiadores coinciden en afirmar su desconcierto ante la pasiva actitud de Rosas frente al avance de los ejércitos aliados encabezados por Urquiza. Según José María Sarobe, Rosas:

no tenía ningún plan propio ni tampoco tomó en serio los que le presentaron sus inmediatos colaboradores, Oribe, Chilavert, Mansilla y Pacheco. (...) Desconfiaba, al parecer, de sus subalternos; temía ser traicionado. Las medidas tomadas fueron solamente defensivas y consistieron en hacer pasar algunas fuerzas en protección de Santa Fe, en establecer una vigilancia más estrecha mediante la escuadrilla de Coe, sobre sectores de los ríos, y, finalmente, en enviar el 7 de junio, en dos buques, una cierta cantidad de armas y municiones a Oribe.

Luego, destacando la inercia de Rosas, Sarobe afirma: "El grueso del ejército rosista permanecía concentrado entre Palermo y Santos Lugares, casi inactivo y sin comando visible, sin decidirse el dictador por ninguno de los cuatro planes de operaciones que le habían presentado sus colaboradores, ni trazarse siquiera uno propio" (1).
    José Luis Busaniche opina en términos coincidentes con Sarobe. De acuerdo con aquél la actitud de Rosas frente al avance de las fuerzas de Urquiza y sus aliados no tiene una explicación satisfactoria en lo que respecta a la defensa militar. Ya con el enemigo cerca de Buenos Aires, Rosas no tuvo ni un plan de combate ni jefes de capacidad militar suficiente para combatir al ejército coaligado. El general rosista Pacheco fue acusado de complicidad con el enemigo, pues renunció al mando de las fuerzas de la Confederación cuando las avanzadas de Urquiza estaban cerca de Buenos Aires. El coronel Hilario Lagos opuso su caballería a la vanguardia enemiga, pero no pudo contener su avance. Frente a los 25.000 hombres y 50.000 caballos de los ejércitos aliados, Rosas tenía 20.000 hombres pero le faltaban armas y sobre todo jefes de capacidad militar (2).
    Al decidirse por una batalla abierta contra las fuerzas de Urquiza, Rosas desestimó la propuesta del coronel Chilavert, partidario de no presentar batalla a las fuerzas aliadas, ocupar la ciudad de Buenos Aires con la infantería y artillería y mandar la caballería al sur para reforzarla con la ayuda de los indios. El Restaurador de las Leyes temía las acciones de los indígenas en la campaña bonaerense en caso de derrota de sus fuerzas. La falta de un plan de combate por parte de Rosas quedó evidenciada en el inesperado nombramiento del coronel unitario Pedro José Díaz, un ex prisionero, al frente de la resistencia militar contra las fuerzas de Urquiza.
    El desenlace final ocurrió en la localidad de Caseros el 3 de febrero de 1852. Las fuerzas de Urquiza, aprovechando su poderosa caballería, concentraron su ataque en el ala izquierda enemiga, constituida por una caballería mal organizada. La batalla duró cuatro horas y media y terminó con una franca derrota del ejército rosista, cuya única resistencia importante fueron las fuerzas del coronel Chilavert.
    Tras la batalla, Rosas fue a refugiarse con su hija Manuela en la casa del encargado de negocios inglés en Buenos Aires, Robert Gore. Este convenció al dictador de la conveniencia de que se embarcara para evitar represalias contra su persona, lo que finalmente hizo optando por Inglaterra como destino de su viaje. Por su parte, el 20 de febrero de 1852 el ejército aliado hizo su entrada triunfal en Buenos Aires.

  1. José María Sarobe, op. cit., pp. 529-531 y 541.

  2. J.L. Busaniche, op. cit., p. 135.

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