Con el fin del bloqueo anglofrancés en 1850, Urquiza, que no era sino un estanciero
autoritario y rico como el mismo Rosas, y además con intereses competitivos con los de
éste, comenzó a preguntarse si el derecho que el gobernador de Buenos Aires
teóricamente tenía de determinar las relaciones exteriores de la Confederación, y el
derecho de que todo el comercio exterior pasara por sus oficinas de aduana estaban
realmente fundamentados, y si esto significaba igualdad entre las provincias. Rosas había
adquirido enormes poderes dictatoriales que lo ayudaron a preservar la independencia
política de las provincias argentinas, pero no había logrado establecer la paz. Sin
embargo, y a diferencia del período anterior a Rosas, la comunidad argentina
(especialmente la de Buenos Aires y el Litoral) estaba ya bastante ordenada como para
desear la paz y comenzar a entusiasmarse con la perspectiva del crecimiento y desarrollo
económicos, así como con la organización institucional, para la que Rosas consideraba
nunca llegado el momento (1).
Este punto es teóricamente importante, ya que en la práctica no todas
las comunidades desean el desarrollo económico. En las provincias argentinas la fecha en
que se produjo el cambio de valores necesario para subordinar el afán bélico al afán de
riquezas corresponde aproximadamente al establecimiento de la paz con Gran Bretaña y
Francia en 1850. Sin embargo, Rosas persistió con la guerra: quería forzar a Paraguay a
convertirse en parte de la Confederación, y quería restaurar a Oribe en Montevideo.
A estas alturas, la gente misma, que antes había seguido a Rosas con
tanto fanatismo, comenzó a cuestionar las consecuencias negativas de la continuación de
la guerra tales como la inestabilidad de la moneda, la reducción de la fuerza de trabajo,
la generación de una atmósfera de inseguridad, todo en pos de un engrandecimiento
territorial que cada vez interesaba menos. Aunque frente al aparentemente riesgoso
pronunciamiento de Urquiza muchos porteños se pronunciaron a favor de Rosas, los
objetivos de la sociedad y el carácter mismo de la gente estaban cambiando. Como señala
Ferns, Rosas había llegado al poder cuando el país estaba sumergido en un estado de
naturaleza casi hobbesiano, y él lo preparó para la era lockeana: para una Constitución
que sería un contrato social, para una economía que haría posible la acumulación
privada, para una maquinaria estatal cuyas operaciones financieras harían rica a una
clase social (2).
Con la caída de Rosas el cambio registrado en la sociedad argentina
fue notorio. Los planes de desarrollo económico, inversión extranjera y libre
navegación de los ríos ahora llegarían de la mano de Urquiza, un estanciero y un
caudillo, justo lo opuesto de lo que había sido Rivadavia, quien había albergado planes
similares. Al contrario de lo que había ocurrido en los tiempos de Martín Rodríguez
(cuya "feliz experiencia" fuera tan breve y desafiada), en la era que ahora
comenzaba no existía ningún interés relevante que se opusiera a estos planes. En 1852
se completó el proceso comenzado en 1824 de echar las bases para la libertad en el
comercio y en las relaciones financieras. En este sentido, y como lo plantea Ferns, puede
decirse que la diplomacia británica en el Río de la Plata (que tanto insistió en la
vigencia de estas libertades) estuvo paradójicamente diseñada para terminar con la
diplomacia. Más tarde hubo simplemente una sucesión de representantes diplomáticos a
cargo de los negocios de rutina, que no se distinguirían ni podrían hacerlo ya que las
transacciones relevantes estaban a cargo de los empresarios británicos, que lidiaban
directamente con las autoridades y los hombres de negocios argentinos. Por cierto, a
partir de 1862 y hasta el regreso al mercantilismo en 1930, los acuerdos y arreglos
relevantes estuvieron a cargo de los hombres de negocios. Como veremos, luego de 1862
existieron diversas ocasiones de riesgo de regresión, en las que la diplomacia política
amenazó con reemplazar otra vez la diplomacia comercial, pero este peligro nunca llegó a
materializarse. Este pasaje de una diplomacia política a una comercial se verificó en
los años que se extienden desde febrero de 1852 hasta el retiro de Urquiza de la vida
política en 1862 (3).
H.S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1968, pp. 285-286.
Ibid., p. 288.
Ibid., pp. 293-294.
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