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Capítulo 24: Dos Estados para las Provincias Unidas. La Confederación argentina y el Estado de Buenos Aires

La derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, significó la caída de su régimen y el fin de una época para la provincia de Buenos Aires, que había sido gobernada por aquél con mano dura durante más de veinte años, y también para el resto de las provincias sobre las que Rosas había sabido imponer su dirección. Un poder para muchos tiránico desaparecía, pero su sucesor enfrentaba el desafío de mantener el orden y la estabilidad que el caudillo porteño había garantizado. En opinión de Tulio Halperín Donghi, luego de Caseros "el problema urgente no fue el de cómo utilizar el «poder enorme» legado por Rosas a sus enemigos, sino cómo erigir un poder en reemplazo del que en Caseros había sido barrido junto a su creador" (1).
    Para el autor mencionado, Caseros no ha producido cambios en las situaciones provinciales consolidadas en la etapa rosista ni tampoco en el equilibrio de las facciones políticas uruguayas, pero sí ha puesto en duda la hegemonía de Buenos Aires, lo cual llevaría a replantear la relación entre esta provincia, las demás y los vecinos. Este va a ser el eje de los problemas más importantes en los años venideros (2).
    Halperín sostiene que en Caseros se ha derrumbado el sistema de poder creado por Rosas en su provincia y esto

deja entonces en Buenos Aires un vacío que llenan mal los sobrevivientes de la política prerrosista, como ese Vicente López y Planes, alto magistrado de la judicatura rosista (...). Ese vacío será llenado entre junio y diciembre de 1852; en esos meses afiebrados un nuevo sistema de poder es creado en la provincia vencida; al cabo de ellos habrá surgido una nueva dirección política, con una nueva base urbana y un sostén militar improvisado en el combate, pero suficiente para jaquear, aun en ese campo, la hegemonía que Entre Ríos creyó haber ganado en Caseros.
    El 11 de setiembre de 1852, el día en que la ciudad y la provincia se alzaron contra su vencedor, es una fecha ya borrada de la memoria colectiva: es, sin embargo, la de una de las no muchas revoluciones argentinas que significaron un importante punto de inflexión en el desarrollo político del país (3).

Por su parte, Juan Alvarez sostiene que

Cuando en febrero de 1852 el general don Justo José de Urquiza desfiló por las calles de Buenos Aires al frente de su ejército victorioso, distaba de imaginar que pocos meses después la República iba a sufrir un doloroso desgarramiento. El no hay vencedores ni vencidos, tropezaría en lo económico con privilegios sobrevivientes a la dispersión del ejército de Rosas. Caseros fue un triunfo militar, no una fórmula jurídica concreta para estructurar la economía nacional sobre nuevas bases.

Alvarez explicita que tales privilegios heredados de la etapa rosista eran el monopolio porteño sobre los recursos de la aduana y el control de los ríos Paraná y Uruguay por parte de Buenos Aires. Concluye que para reorganizar el gobierno central Urquiza tenía necesidad de recursos, que únicamente esa aduana exterior podía suministrar, lo cual hacía necesario que Buenos Aires la devolviese. Por otro lado, el auxilio que Brasil, Uruguay y las provincias litorales habían otorgado para la campaña de Caseros ponían en la obligación a dicho jefe de abrir cuanto antes los ríos, medida que heriría intereses creados por el monopolio portuario. Ambos problemas iban a crear graves conflictos (4).
    Asimismo el temor a lo que vendría quedó reflejado en los informes de los representantes extranjeros que se encontraban en ese momento en Buenos Aires. James Scobie cita el caso del encargado de negocios británico, que expresaba en la víspera de la batalla:

no puedo sino mirar con la mayor prevención la situación futura de este país, pues mucho me temo que quedará dividido en un sinnúmero de Partidos que lucharán continuamente por el poder, sin que haya ninguna persona conocida capaz de unirlos para formar un Gobierno. Para los Extranjeros que han vivido bajo el presente Gobierno la pérdida ha de ser harto grande; pues les había asegurado una perfecta protección de la vida y de sus bienes (...) (5).

Scobie ratifica la opinión de Alvarez, en el sentido de que la ciudad de Buenos Aires había disfrutado durante la época de Rosas de beneficios económicos que sería harto difícil de eliminar. El hecho de que casi todo el comercio de importación y exportación pasara por Buenos Aires y dejara sus derechos en las arcas provinciales había creado intereses lo suficientemente poderosos como para resistirse a un cambio de situación. El encargado de negocios norteamericano percibía perfectamente dónde residía el poder de la ciudad cuando expresaba en uno de sus informes que "durante veinte años ni siquiera el uno por ciento de las rentas públicas fue gastado más allá de los suburbios de la ciudad de Buenos Aires" (6). Obviamente, frente a este panorama, cualquier intento del vencedor de Caseros de producir cambios de fondo en la situación porteña traería consecuencias fácilmente predecibles.
    Respecto de las consecuencias de la batalla de Caseros en el equilibrio de poder regional en el Río de la Plata, Miguel Angel Scenna señala categóricamente la consolidación de la hegemonía brasileña y la desarticulación de la ex Confederación rosista en dos entidades políticas en pugna. Dice al respecto Scenna:

Caseros es la más significativa victoria en la historia militar brasileña. (...) aparte de ser el desquite oficial de Ituzaingó, el triunfo poseía una innegable trascendencia política, ya que dejaba en el regazo del Imperio la indiscutible hegemonía sobre la Cuenca del Plata, al tiempo que le aseguraba en el interior una firme consolidación del régimen y la desaparición por largo tiempo de las convulsiones regionales.
Desarticulada y paralizada la Confederación por un aplastante revés del que tardaría años en recuperarse, amenazada por la anarquía y la disolución, era el momento propicio para que Brasil sacara partido, imponiendo la libre navegación de los ríos argentinos que llevaban a Mato Grosso y logrando el formal reconocimiento de Paraguay -dos cosas a las que Urquiza estaba comprometido- aparte de asentar el protectorado brasileño sobre Uruguay (7).

Urquiza había ganado la batalla de Caseros y destruido el orden rosista. En sus planes estaba darle al país una organización constitucional, durante tanto tiempo postergada por Rosas. Pero el desafío que enfrentaba era encontrar una fórmula para que todas las provincias lo secundaran en ello. Como veremos la provincia de Buenos Aires no aceptaría un proceso de organización para el país que no estuviera liderado por sus propios hombres, situación que provocó su rebelión.

  1. Tulio Halperín Donghi, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982, pp. 55-56.

  2. Ibid., pp. 59-60.

  3. Ibid.

  4. Juan Alvarez, "Guerra económica entre la Confederación y Buenos Aires (1852-1861)", en Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862), vol. VIII, Buenos Aires, El Ateneo, 1962, cap. III, pp. 109-110.

  5. Gore a Palmerston, 2 de febrero de 1852, FO 6, vol. 167, Nº 13, cit. por James R. Scobie, La lucha por la consolidación de la nacionalidad argentina, 1852-1862, Buenos Aires, Hachette, 1964, p. 18.

  6. Pendleton a Everett, 28 de diciembre de 1852, M 69-9, Nº 24, en ibid., p. 18.

  7. Miguel Angel Scenna, Argentina-Brasil. Cuatro siglos de rivalidad, Buenos Aires, La Bastilla, 1975, p. 155.

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