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Las primeras decisiones de Urquiza en Buenos Aires. El Protocolo de Palermo.

Luego de la batalla de Caseros, su vencedor, Urquiza, hizo inútiles esfuerzos por inspirar confianza en los porteños. En su proclama dio a conocer sus propósitos pacifistas -no hay vencedores ni vencidos- , propuso el olvido del pasado y la necesidad de trabajar en bien y progreso del país; pidió concordia y tolerancia a todos (1). Luego designó gobernador provisorio de la provincia al doctor Vicente López y Planes, autor del Himno Nacional y personaje vinculado al pasado rosista. López formó su ministerio con nombres que resultaran aceptables para los porteños: Valentín Alsina, Luis José de la Peña, Benjamín Gorostiaga, Vicente Fidel López y el general Manuel Escalada.
    Pero los esfuerzos de Urquiza y López y Planes fueron estériles. El círculo que dominaba en ese momento la provincia de Buenos Aires procuraba el fracaso de la organización federal emprendida por Urquiza. No estaba dispuesto a resignar la autonomía del nuevo Estado provincial tras el vacío de poder dejado por la caída de Rosas. Los hombres de gobierno porteños pretendían heredar el poder de Rosas y retener sus fuentes históricas de poder político y económico: la aduana y el banco. En este contexto, Urquiza pasaba a ser un obstáculo. Incluso la idea de asesinar al gobernador entrerriano pasó por las mentes de los políticos porteños. Julio Victorica, testigo clave de la época por su cercanía a Urquiza -fue funcionario del ministerio de relaciones exteriores de la Confederación y secretario privado del general entrerriano durante la década de 1860-, señalaba que, en los días de la batalla de Caseros, el general en jefe de las fuerzas brasileñas había advertido al general Urquiza acerca de una conspiración en su contra (2).
    No obstante Urquiza continuó con su tarea organizativa. El 6 de abril de 1852 reunió en Palermo a los gobernadores de Buenos Aires, Corrientes, y al representante de Santa Fe, quienes, sumados a la propia representación de Entre Ríos, acordaron en un protocolo lo siguiente:

queda autorizado el expresado Exmo. señor Gobernador y Capitán General de la Provincia de Entre Ríos, General en Jefe del Ejército Aliado Libertador, Brigadier don Justo José de Urquiza, para dirigir las Relaciones Exteriores de la República, hasta tanto que, reunido el Congreso Nacional, se establezca definitivamente el Poder a quien compete al ejercicio de este cargo (3).

También se decidió la reunión de la Comisión Representativa con sede en Santa Fe que ordenaba el Pacto Federal de 1831 y el envío de una circular a las provincias haciendo conocer lo resuelto.
    Pero las intrigas contra Urquiza no cesaron. Si bien la comisión de negocios constitucionales de la Legislatura de la provincia de Buenos Aires aprobó el proyecto presentado por el diputado Francisco Pico respecto del nombramiento de Urquiza como encargado de las relaciones exteriores, el presidente de dicha comisión, Dalmacio Vélez Sársfield, aconsejó otorgar a Urquiza sólo un voto de gracias "por haber libertado a Buenos Aires del tirano que la oprimía". Esta postura, que daba a entender que los porteños consideraban finalizada la tarea del vencedor de Caseros y no permitirían su intervención en los asuntos internos del Estado porteño, fue aprobada por unanimidad y presentada ante Urquiza por los comisionados Vélez Sársfield, Montes de Oca y Gamboa (4). Además, según Victorica, se lanzaron acusaciones de que Urquiza se había pasado a los porteños para instalar un gobierno unitario. Por otra parte, se le reprobaba al vencedor de Caseros y a sus soldados que hubiesen entrado en la ciudad de Buenos Aires y a la cabeza del ejército vencedor llevando poncho blanco y sombrero de felpa (5).
    Asimismo, ciertos actos impolíticos del general Urquiza, tales como fusilamientos sin proceso y el restablecimiento del uso del "cintillo punzó" contribuyeron a exacerbar la sensibilidad porteña en contra del general entrerriano. Esta última decisión de Urquiza provocó un movimiento de protesta, y dio motivo al ministro Alsina para dictar un decreto el 15 de febrero, afirmando que el cintillo punzó que adornaba la frente de los valientes que componían el ejército libertador no era un signo del odioso sistema derribado, pero, para evitar malas interpretaciones, el gobierno hacía saber que su uso no era obligatorio. Este decretó no cayó bien a Urquiza, que el día 21 hizo pública una proclama imprudente que empeoró aún más la situación. En ella afirmaba que sólo a la estrechez de miras de los unitarios se había debido el fenómeno del omnímodo poder de Rosas, les echaba en cara el fracaso de todas sus tentativas, en que habían "sucumbido sin honor", y agregaba:

Hoy mismo asoman la cabeza, y después de tantos desengaños, de tantas lágrimas y sangre, se empeñan en hacerse acredores al renombre odioso de salvajes unitarios, y con inaudita impavidez, reclaman la herencia de una revolución que no les pertenece, de una victoria en que no han tenido parte, de una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron con su ambición y anárquica conducta (6).

Con ello Urquiza no logró sino exaltar aún más los ánimos y dio armas a los que estaban interesados en demostrar que el propósito del general victorioso era humillar a los porteños. Por su parte, éstos no olvidaban la pasada alianza entre Urquiza y Rosas, y temían que la delegación de las relaciones exteriores al primero resultase en una reedición de la dictadura rosista.

  1. José S. Campobassi, Sarmiento y Mitre. Hombres de Mayo y Caseros, Buenos Aires, Losada, 1962, p. 14.

  2. Julio Victorica, Urquiza y Mitre. Contribución al estudio histórico de la organización nacional, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 26.

  3. Texto del protocolo del 6 de abril de 1852 en Néstor Tomás Auza, Documentos para la enseñanza de la historia argentina, 1: (1852-1890), Buenos Aires, Pannedille, 1970, pp. 13-16.

  4. Ver al respecto el trabajo de Haydée Gorostegui de Torres, La organización nacional, Colección Historia Argentina, volumen 4, Buenos Aires, Paidós, 1987, p. 16.

  5. J. Victorica, op. cit., p. 26.

  6. Vicente F. López y Emilio Vera y González, Historia de la República Argentina, tomo VI, Buenos Aires, Sopena, 1960, pp. 376-377.

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