En este contexto crítico, un militar de treinta años que volvía de
su periplo por Uruguay, Bolivia y Chile, Bartolomé Mitre, quiso hacerse portavoz de una
ciudad y una provincia que no querían renunciar a su autonomía. En nombre de la
"causa de la libertad", Mitre se presentaba como el joven héroe porteño. La
presencia de Mitre reflejaba el renacimiento de la vida política porteña, ausente
durante los últimos veinte años de dominación rosista. La guerra entre Urquiza y los
hombres de Buenos Aires estaba declarada a partir de los acalorados sucesos de junio.
Volvían a reflotar los temores e inquinas entre porteños y provincianos, larvados pero
no desaparecidos durante la etapa rosista.
Si bien su gobierno no fue opresivo, los actos del gobierno personal de
Urquiza provocaban la enemistad entre las complejas facciones políticas de Buenos Aires.
A principios de agosto convocó a elecciones en la provincia para elegir a dos diputados
que debían representar a Buenos Aires en el Congreso Constituyente. Los candidatos,
indicados por Urquiza, eran Salvador María del Carril y Eduardo Lahitte. Otras medidas de
este gobierno fueron la devolución de los bienes de Rosas a su abogado; la suscripción
de dos tratados, uno de navegación y límites con Paraguay, y otro de comercio y
navegación con Portugal; y la fijación de normas para el tráfico de ganado y su venta
en la provincia, y de tarifas aduaneras (1).
Dos decretos dictados por Urquiza el 28 y 31 de agosto de 1852
incentivaron aún más la disidencia porteña. Por el primero, se abrían los ríos
interiores. Además de la aduana de ultramar ya existente en Buenos Aires, se crearon
otras de registros en Martín García, y las de Corrientes, Paraná, Concepción del
Uruguay y Rosario, villa esta última declarada ciudad por impulso del propio Urquiza el 5
de agosto de dicho año. Por el decreto del 31, se suprimió un derecho diferencial del
25% que Buenos Aires cobraba desde marzo de 1836 a los efectos ultramarinos llegados de
Montevideo por reembarco o transbordo (2).
Creyendo que tenía el control de Buenos Aires y que ésta aceptaría
su programa de organización nacional, el 3 de septiembre de 1852 Urquiza designó
provisoriamente como gobernador de Buenos Aires al general José Miguel Galán, y el 8
abandonó la ciudad para la apertura de las sesiones del Congreso Constituyente en Santa
Fe. En esas circunstancias, los elementos localistas porteños, dirigidos desde la
Legislatura por Valentín Alsina, decidieron aprovechar la ausencia de Urquiza y
sublevaron parte de las tropas urbanas. Pronto la ocupación entrerriano-correntina de
Buenos Aires se hizo insostenible. El 11 de septiembre un exitoso alzamiento, conducido
por Lorenzo Torres y alimentado por los opositores de junio e incluso militares del
ejército de la Confederación que se pasaron al bando porteño en ausencia de Urquiza,
echó por tierra los intentos del director provisorio de controlar la provincia. El 22 del
mismo mes, la Legislatura porteña sancionó una ley -promulgada al día siguiente por el
gobernador- que disponía el cese del otorgamiento de la conducción de las relaciones
exteriores de la provincia a Urquiza; el compromiso de Buenos Aires "en sus
relaciones con las potencias extranjeras" de observar las obligaciones de los
tratados y del derecho internacional, y la comunicación de que "mientras no se
constituya una autoridad nacional que represente a la República en el exterior", el
tesoro provincial no pagaría ningún gasto de legación ante potencias extranjeras (3).
El movimiento disidente, con apoyo popular en la ciudad, se afirmó también en la
campaña, favorecido por la adhesión de algunos generales como José María Flores y
Ramón Bustos, y por la desmoralización de las tropas de Galán que se habían retirado
de Palermo al estallar la revuelta. El gobierno de Buenos Aires desafiaba abiertamente al
de la Confederación tanto en términos de política interna como externa.
Inmediatamente, los hombres de Buenos Aires encargaron a un viejo
personaje del antirrosismo, el general José María Paz, la misión de explicar a las
provincias los alcances del levantamiento del 11 de septiembre y obtener su adhesión.
Partió Paz el 16 de octubre, pero no logró llevar a cabo su cometido pues las provincias
de Santa Fe y Córdoba impidieron el paso del comisionado cordobés, portavoz de los
intereses porteños. Las provincias apoyaban a Urquiza y la "revolución" de
septiembre quedó circunscripta a Buenos Aires.
Vale aclarar que el éxito de la secesión de Buenos Aires del 11 de
septiembre no ocultaba sin embargo diferencias entre los distintos sectores de la ciudad y
la campaña, más allá de su común resistencia a la autoridad del entrerriano Urquiza.
Como aclara Halperín Donghi,
La causa de Buenos Aires no era idéntica para los jefes de frontera, para las clases propietarias, para la nueva opinión urbana movilizada por los dirigentes surgidos en junio. Esta última identificaba, en efecto, la causa de Buenos Aires con la de la libertad que se propone imponer con violenta pedagogía a las demás provincias, poco ansiosas de compartir ese bien inestimable. Para las clases propietarias, ella significa la resistencia a incorporarse a un sistema político y fiscal que los intereses porteños no controlan; para el aparato militar ex rosista, la negativa a aceptar la hegemonía entrerriana sobre la primera provincia argentina. Cuando, vencedor el movimiento en Buenos Aires busca expandirse al interior amenazando inaugurar un nuevo ciclo de guerras civiles, ese aparato militar se alza, expresando así la fatiga de guerra de la entera campaña (4).
El partido de la Libertad que Bartolomé Mitre se esforzaba en definir
a partir de junio de 1852 presentaba rasgos comunes con las experiencias en la misma
dirección del resto de países hispanoamericanos iniciadas durante la década de 1840.
Uno de dichos elementos comunes era el énfasis en el partido, antes que en el Estado o en
el jefe, como depositario de la lealtad política de una colectividad. Otro era el
esfuerzo por buscar un pasado para ese partido: tanto el liberalismo de México como el de
Nueva Granada y Chile se piensan a sí mismos como renaciendo, como retoños de la breve
experiencia liberal de la década de 1820, más postulada que real -por ejemplo el
liberalismo chileno era en rigor el resultado de disensiones dentro del partido
conservador-. En el caso de Buenos Aires, esa "invención" de una historia para
el partido liberal que nacía, tenía una función primordial: otorgar a la ciudad y a la
provincia un paso menos objetable que el cuarto de siglo de identificación con la
experiencia rosista. Desde el primer momento, Mitre procuró canalizar estas necesidades
porteñas (un pasado para su partido, un pasado libre de manchas para su provincia). En
este contexto y en la necesidad de encontrar una figura clave en el pasado bonaerense, el
retorno a Buenos Aires de los restos de Bernardino Rivadavia -vapuleado por la generación
de 1837 y reivindicado a partir de este momento como el padre de la provincia y precursor
de la unión nacional- implicaba que Buenos Aires se reconciliaba con su pasado.
Al resucitar la figura de Rivadavia, se operaba en el partido liberal
porteño una identificación entre la tradición unitaria y la causa de la libertad
sostenida por la provincia a partir de junio de 1852. De esta identificación surgía una
común percepción, por la cual Buenos Aires y sus conductores se veían a sí mismos como
escuela y guía política de la nación entera. El corolario de esta autopercepción fue
la firme identificación del partido de la Libertad con la causa del progreso, contra la
"barbarie" expresada en los caudillos provinciales y en otras fuerzas políticas
a las que el partido de la Libertad percibía como reflejos de una realidad caduca.
Dicotomía claramente expresada por Domingo Faustino Sarmiento en su Facundo o
Civilización y Barbarie (5). Por otra parte, esta proyección nacional que Mitre
diseñaba para su partido marcaría la diferencia con el autonomismo de Alsina.
La secesión de Buenos Aires y su autopercepción como conductora del
resto de la Confederación acentuó los sentimientos antiporteños existentes en el pasado
tanto en el federalismo del Litoral como en el del Interior, sentimientos adormecidos a
medias bajo la sordina de una hegemonía de Buenos Aires impuesta por Rosas bajo signo
federal.
Rejistro Nacional (los primeros 3 volúmenes impresos como Registro Oficial) de la República Argentina que comprende los documentos expedidos desde 1810 hasta 1873, 6 vols., Buenos Aires, 1879-1884, III, 23-48 passim, cit. en ibid., pp. 53-54.
Juan Alvarez, op. cit., p. 110.
Provincia de Buenos Aires, Diario de Sesiones de la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, 1864, citado en Isidoro J. Ruiz Moreno, Relaciones hispano-argentinas. De la guerra a los tratados, Buenos Aires, Pellegrini, 1981, p. 47.
T. Halperín Donghi, op. cit., p. 62.
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