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La ruptura de la paz a comienzos de 1856

La tregua convenida entre Buenos Aires y la Confederación tenía pocas posibilidades de mantenerse por largo tiempo. Posiciones extremas de uno y otro bando, alimentadas por una activa prensa, demostraban que la paz entre los gobiernos de Buenos Aires y Paraná era precaria. Cualquier acto de fuerza bastaba para encender las pasiones mal contenidas. En julio de 1855 se produjo una revuelta organizada por los antiguos partidarios de Hilario Lagos, emigrados a Montevideo, y algunos sectores rurales de la provincia. Aunque dicha rebelión fue sofocada con rapidez, provocó la renuncia de Ireneo Portela, ministro de gobierno de la gestión de Pastor Obligado -sucesor del general Pinto en el gobierno de Buenos Aires a partir de fines de julio de 1853-. Para reemplazar a Portela se nombró a Valentín Alsina, quien buscó de inmediato concretar un proyecto de afianzar las relaciones entre el gobierno de la Confederación y el de Buenos Aires, enviando a Juan Bautista Peña como negociador. Ante el temor de la situación planteada entre Brasil y Paraguay, que podía afectar el territorio argentino, Peña tenía instrucciones de buscar el mayor acercamiento posible entre ambos gobiernos.
    No obstante, una serie de incidentes dificultaron la tarea del negociador Peña. Uno de ellos fue la aparición de una nota el 10 de octubre del ministro del interior de la Confederación, Santiago Derqui, cuyo contenido dejaba traslucir de manera poco diplomática la decisión del gobierno de Paraná de lograr la unión a cualquier precio. La nota de Derqui decía: "O Buenos Aires se unía inmediatamente a la Confederación, o ésta adquiría el derecho de utilizar todos los medios a su disposición para lograr la unidad argentina" (1). Otro obstáculo fue el recrudecimiento de los ataques indígenas al sur de la provincia de Buenos Aires y las sospechas de la complicidad de Urquiza en estas incursiones. Un batallón fue completamente aniquilado por ellos en septiembre y el empleo por parte de los indios de tácticas militares llamó la atención de los oficiales de frontera. Del Carril intentó infructuosamente defender al gobierno de la Confederación de las acusaciones de connivencia con los indígenas.
    Además, en octubre de 1855, los emigrados residentes en Montevideo y viejos cabecillas de la revolución de Lagos, José María Flores y los coroneles Bustos, Lamela y Olmos, desembarcaron en puntos alejados entre sí de la provincia de Buenos Aires, mientras Lagos y Costa esperaban en Montevideo el resultado. Puestos rápidamente en fuga por las autoridades de Buenos Aires, los conspiradores escaparon nuevamente a Montevideo para iniciar nuevos planes. De esta manera, el clima para las negociaciones no era nada favorable a fines de 1855.
    Urquiza recibió a Peña en Paraná a fines de noviembre, pero para fines de enero de 1856 su gestión ya había fracasado. Contribuyeron a ello, además de los factores mencionados arriba, la escasa habilidad de Peña -que reveló a los representantes de la Confederación sus instrucciones y expresó públicamente su disenso con la política de su gobierno-, las intrigas desarrolladas durante las negociaciones, la decisión del ministro de hacienda de la Confederación de cobrar derechos de aduana a los productos elaborados en Buenos Aires (3 de enero de 1856), el recrudecimiento de los malones indios y una nueva invasión de Buenos Aires.
    En enero de 1856 nuevamente fuerzas al mando de José María Flores procedentes del sur de Santa Fe invadieron Buenos Aires. Estas fueron rápidamente dispersadas por las fuerzas porteñas comandadas por Mitre que las persiguió hasta territorio santafesino. Pero inmediataente Mitre debió moverse para enfrentar a otros invasores, quienes desde la localidad oriental de El Buceo, cerca de Montevideo, habían desembarcado en Zárate el 28 de enero. Esta expedición estaba integrada por un grupo de emigrados de Buenos Aires encabezado por el general Jerónimo Costa y los conocidos coroneles Benítez, Bustos y Olmos. El objetivo de esta expedición era preparar una invasión a la provincia de Buenos Aires, en combinación con el partido de oposición al gobierno porteño, que era numeroso, como se había visto durante el sitio de Lagos. Vale aclarar que estos jefes y oficiales porteños emigrados habían sido expulsados del ejército por su colaboración en la revolución de Lagos en 1852.
    Ese mismo día el gobierno de Buenos Aires dictó el siguiente decreto a través del departamento de guerra, firmado por Pastor Obligado, Valentín Alsina, Bartolomé Mitre y Norberto de la Riestra:

Habiendo desembarcado en el territorio del estado un grupo de anarquistas, capitaneado por el cabecilla Jerónimo Costa, con el criminal objeto de atentar contra la autoridad constitucional del mismo, para suplantar a ésta la del terror y barbarie que caducó con el triunfo de Caseros, y siendo necesario que el castigo de tan famosos criminales siga inmediatamente la aprehensión de los mismos, a fin de dejar sentado un saludable ejemplo para lo sucesivo y satisfecha la vindicta pública que tan enérgicamente se ha pronunciado contra los mismos:
1º Todos los individuos titulados jefes que hagan parte de los grupos anarquistas, capitaneados por el cabecilla Costa y fuesen capturados en armas, serán pasados por las armas inmediatamente, al frente de la división o divisiones en campaña, previos los auxilios espirituales (...) (2)

Tres días más tarde el grupo de Costa, incluido su comandante, sufrió las consecuencias advertidas.
    Estas invasiones que no tenían mucha significación desde el punto de vista militar proveyeron a ambos lados la excusa necesaria para terminar con un statu quo poco satisfactorio. Derqui envió una nota a las autoridades porteñas protestando por la violación de la frontera de Santa Fe por Mitre al perseguir a Flores. Alsina en su respuesta trató de justificar la acción de Mitre como no premeditada. De todos modos, aun cuando el gobierno de Santa Fe y de la Confederación no habían intervenido en la acción, no podía soslayarse el hecho de que Flores había preparado sus tropas en una zona que pertenecía a la Confederación.
    No obstante, el gobierno de la Confederación optó por interpretar la contrainvasión de Mitre como un ataque premeditado contra la soberanía nacional (3). Por el decreto del 18 de marzo de 1856, los convenios de diciembre de 1854 y enero de 1855 fueron declarados nulos por el gobierno de Paraná. Se denunciaba la invasión de Mitre a Santa Fe y las frecuentes provocaciones de agentes y periódicos porteños a las provincias de la Confederación, aclarando:

que el gobierno de Buenos Aires, por medio de sus agentes ha mantenido en tiempo de paz, dentro de los pueblos de la Confederación, por lo menos tres espías o malos agentes designados en ellas; surgiendo de este hecho la dolorosa consideración de que cuando menos, son inútiles sino imposibles las convenciones con un gobierno que en todos sus actos no disimula una desdeñosa y ultrajante desconfianza respecto del gobierno nacional (...) Por tanto: el vicepresidente de la Confederación Argentina, oído el consejo de ministros,
                                  HA ACORDADO Y DECRETA
Artículo 1º. Denúncianse las convenciones de 20 de diciembre de 1854 y de 8 de enero de 1855, al gobierno de Buenos Aires como violadas por los hechos reclamados y no satisfechos, quedando en consecuencia como no existentes, y sin fuerza ni valor para el gobierno nacional.
Art. 2º. La paz pública queda por parte del gobierno de la Confederación y sus habitantes, inalterable con el gobierno y habitantes de Buenos Aires.
Art. 3º. Estando la paz en lo sucesivo bajo la garantía de la conciencia y del honor del gobierno nacional se previene al gobierno de Santa Fe que dedique especial cuidado para que se cumplan rigurosamente y con perseverancia las órdenes vigentes, para evitar que por esas fronteras sea inquietada la provincia de Buenos Aires.
Art. 4º. Queda prohibido a las autoridades subalternas entrar en comunicación de alguna importancia con las autoridades de la provincia vecina, si no son aquellas indispensables entre jefes de fronteras divisorias, para garantizar la propiedad, devolviendo lo que se aprehendiere a los ladrones de una y otra parte, y la de buena armonía y vecindad (...) (4)

Con la denuncia de los tratados que habían asegurado un statu quo entre la Confederación y Buenos Aires en marzo de 1856, ambos Estados iniciaron una compleja red de maniobras que ahondaron la división y prepararon el camino a la guerra. A las medidas hostiles en el ámbito económico -inicio de la guerra económica en base a tarifas diferenciales- se unió una febril actividad diplomática que tuvo por objetivo lograr el reconocimiento de las grandes potencias. En este último tema se presenció una sórdida lucha entre ambos Estados, en la que Buenos Aires, favorecida por su situación económica, invalidó parcialmente los esfuerzos del gobierno de la Confederación por obtener reconocimiento internacional. Particularmente, los importantes intereses comerciales extranjeros radicados en la ciudad porteña influyeron para que a fines de 1857 Francia estableciera relaciones con los porteños y para que Inglaterra y Estados Unidos mantuvieran una actitud ambigua que, al no llegar al reconocimiento explícito, perjudicaba las aspiraciones del gobierno establecido en Paraná (5).

  1. J.M. Rosa, op. cit., p. 154.

  2. Decreto del Gobierno de Buenos Aires, Ministerio de Guerra, Buenos Aires, 28 de enero de 1856, citado en J. Victorica, op. cit., p. 103.

  3. J.R.Scobie, op. cit., pp. 150-152.

  4. Texto del decreto del Ministerio del Interior del Gobierno de la Confederación Argentina, Paraná, 18 de marzo de 1856, citado en J. Victorica, op. cit., p. 101.

  5. Ver al respecto H. Gorostegui de Torres, op. cit., p. 61.

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