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El impacto de la guerra de tarifas y de la crisis mundial de 1857 en la Confederación y en Buenos Aires. El Banco Mauá en Rosario

Así como en 1854 el gobierno de la Confederación perdió la batalla del papel moneda por la escasa confianza del público, iba a perder también la de los derechos diferenciales. En este último fracaso cabe destacar, junto a los ya conocidos factores internos vinculados a la falta de solidez financiera de la Confederación y a la escasez de recursos provenientes de la aduana, la incidencia de un factor externo: la crisis mundial de 1857. Esta última había enfriado el interés por inversiones en el Río de la Plata, debilitando las corrientes mercantiles que gracias a la guerra de Crimea habían desviado su atención hacia esta región sudamericana. Juan Alvarez pinta claramente el cuadro de situación mundial con las siguientes palabras:

el interés del dinero en las grandes plazas europeas alcanzaba hasta el diez por ciento. ¿A qué tipo de usura no se entregarían entonces los prestamistas de Buenos Aires y Rosario? Las minas de Australia y California no lanzan ya a la circulación las grandes cantidades de metálico que antes alentaran tantas iniciativas atrevidas, y el pánico crece al hundirse durante el viaje entre Europa y Estados Unidos el Central America cargado de oro. Hay demasiados buques a flote, sobra producción fabril y manufactura, declinan las demandas de materias primas, bajan los precios de los productos argentinos exportables. Inútil buscar accionistas para el proyectado ferrocarril: los capitales se han retraído temerosos (1).

El recargo diferencial de derechos no dio los resultados que Urquiza esperaba. Es más, trajo problemas adicionales, pues Francia y Gran Bretaña reclamaron contra ese artificial estorbo a su comercio. En carta de Alberdi a Urquiza escrita desde París el 15 de diciembre de 1856, el primero decía: "El gobierno de Francia mira mal vuestra ley de comercio directo. Me lo han revelado o declarado en el Ministerio. La razón de este gobierno es que con esa ley nuestro gobierno perjudica a su comercio en Buenos Aires". En cuanto al impacto de la ley de derechos diferenciales en Londres, el 4 de julio de 1857, Alberdi tuvo una conferencia con el canciller británico lord Clarendon, y en carta del 7 de julio dirigida a Urquiza, el enviado plenipotenciario de la Confederación comentaba:

le he representado en nombre de V.E. la necesidad de que escriba al señor Christie para que no insista en su reclamo contra la ley de 19 de julio, por que todavía la experiencia no ha demostrado si la ley es buena o mala y porque el reclamo contra ella solo serviría hoy para alentar la resistencia de Buenos Aires en los momentos en que esa provincia elije por gobernador a Alsina, dispuesto, como siempre, a pelear con la Confederación. Lord Clarendon desaprobó la ley de 19 de julio, la calificó fruto de un mal consejo (2).

También Montevideo protestó contra la ley de derechos diferenciales, en tanto afectara los transbordos. Los comerciantes de Buenos Aires y Montevideo, casi todos ingleses, que se beneficiaban por el transbordo, manifestaron su disconformidad con la ley de derechos diferenciales. Escribía Christie al canciller Clarendon el 30 de julio de 1853 a este respecto: "En esa ciudad (Rosario) no hay siquiera medida docena de comerciantes británicos que podrían favorecerse con los derechos diferenciales". José María Rosa agrega:

Se movió una gran campaña; el presidente oriental, Pereyra, habló de la "medida tan falta de equidad y poco conciliable con los principios de sincera amistad y recíproca benevolencia". Hubo notas de Baring, que temía la disminución de los derechos de aduana porteños, garantía de su empréstito; hasta el Times de Londres se preocupó (3).

Asimismo, esta ley favoreció el contrabando más rápidamente que el traslado de consignatarios, casas de comercio y capitalistas, de Buenos Aires a Rosario u otras ciudades de la Confederación. El contrabando suplía la anemia de capitales que padecía la economía de la Confederación, y proveía a ésta de mercaderías de consumo adquiridas al por mayor en el extranjero. Por las quejas de las autoridades y comerciantes del Estado Oriental, transmitidas al gobierno de Paraná por el encargado de negocios en Montevideo, Francisco Pico, Urquiza dejó sin efecto la ley a mediados de 1859 "por cuanto afecta los intereses de la República Oriental".
    Buenos Aires, por su parte, sintió el efecto de la crisis mundial de 1857, pero sólo parcialmente. Mermó algo su renta aduanera y el banco de dicha provincia tuvo que elevar el tipo de interés, pero el papel moneda osciló poco durante 1857, lo cual constituía un indicio de buena salud financiera. El gobierno provincial, jactándose de no importarle la ley de derechos diferenciales, decidió reanudar en noviembre de 1857 el servicio del empréstito inglés de 1824 y limitar su defensa contra la guerra planteada por las autoridades de Paraná a una serie de medidas mínimas: prohibición de recibir de la Confederación mercaderías extranjeras -con lo cual reforzaba su particular argumento de estar atendiendo con la aduana el servicio de deudas nacionales-, cese de algunos impuestos a la navegación, habilitación de depósitos particulares, y exención del pago de almacenaje durante un año a lo almacenado con destino a la Confederación -esta última medida tenía un sentido no declarado públicamente: el de otorgar a los comerciantes porteños la oportunidad de esperar el mejor momento para contrabandear en el territorio de la Confederación- (4).
    En constraste con Buenos Aires, la Confederación no pudo mejorar su posición. Incluso con la adopción de los derechos diferenciales la renta aduanera fue menor que cuando no estaban. Entre 1854 y 1855 dicha renta aumentó en más de 300.000 pesos. De 1855 a 1856 y sin regir todavía las tarifas protectoras, se incrementó cerca de 170.000 pesos, pero paradójicamente bajo la vigencia de los nuevos derechos, el crecimiento no alcanzó a 120.000 pesos. Ante este cuadro, la emisión de bonos se volvió una práctica forzosa, con un interés en plaza muy alto que llegó al 24% anual (5).
    La estrechez financiera de la Confederación se agravó con los compromisos asumidos por el gobierno con los banqueros particulares. En enero de 1858 el gobierno de la Confederación logró tener su propio banco: el Banco Mauá y Cía., en Rosario. Dicho banco, una empresa privada surgida a través de un contrato suscripto en Paraná entre el ministro de hacienda de la Confederación, Elías Bedoya, y un capitalista brasileño, Ireneo Evangelista de Souza, barón de Mauá, debía prestar dinero al gobierno a un interés que no podía exceder el 12%, mientras que al resto de la clientela podía exigirle hasta un 18%. No obstante, y como en el caso de Buschenthal y Trouvé-Chavel y Dubois, el Banco Mauá no cumplió con las expectativas del gobierno. Prestó servicios en proporción menor a la esperada, no pudo acuñar moneda y en cuanto procuró bajar el tipo de interés, sus descuentos fueron captados no por agentes de la Confederación sino por comerciantes y hacendados de Buenos Aires.

  1. J. Alvarez, op. cit., pp. 122-123.

  2. Cartas de Alberdi a Urquiza, 15 de diciembre de 1856 y 7 de julio de 1857, citadas en Ramón Cárcano, Urquiza y Alberdi, Buenos Aires, 1938, pp. 136 y 215-217, y en C. Heras y E.M. Barba, op. cit., p. 207, n. 53.

  3. J.M. Rosa, op. cit., p. 167.

  4. J. Alvarez, op. cit., p. 123.

  5. Datos en ibid., p. 123.

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