Urquiza, en un intento por recrear la armonía que amenazaba quebrarse, invitó al presidente Derqui y al gobernador Mitre a festejar el primer aniversario del Pacto de Unión en su residencia San José en noviembre de 1860. Pero un hecho grave quebró toda posible cordialidad: el asesinato del gobernador de San Juan y figura del partido federal, coronel José A. Virasoro, el 16 de noviembre de 1860, y su reemplazo por una figura del partido liberal opositor, el doctor Antonino Aberastain. Precisamente ese mismo día el presidente Derqui y los generales Urquiza y Mitre le habían dirigido la siguiente carta -única realización concreta de la reunión de los tres- instándolo a abandonar el poder. La carta decía:
Con perfecto conocimiento del estado en que se encuentra la provincia de San Juan, a cuyo frente V.E. se halla y consultando las altas conveniencias públicas, a la vez que las exigencias de la opinión, de la cual podemos considerarnos intérpretes en esta ocasión, nos permitimos aconsejarle un paso que le honraría altamente y que resolvería de manera decorosa para todos la crisis por que está pasando esa desgraciada provincia. Este paso que le aconsejamos amistosamente es que meditando seriamente sobre la situación de la provincia de San Juan, tenga V.E. la abnegación y el patriotismo de dejar libre y espontáneamente el puesto que ocupa en ella, a fin de que sus aptitudes militares puedan ser utilizadas en otra parte, por la nación, con mayor honra para el país y para V.E. mismo.(...) (1)
El texto de esta carta era una prueba de que sus firmantes temían por
la vida del gobernador Virasoro y quisieron evitar la posibilidad de un atentado en su
contra. La prensa de Buenos Aires, principalmente El Nacional, venía publicitando
hace tiempo el asesinato político de Virasoro, considerado como un tirano. Como había
ocurrido con el general Nazario Benavides, los comisionados del gobierno llegaron tarde
para evitar el asesinato de Virasoro. Según Julio Victorica y Mariano A. Pelliza, la
prensa de oposición en Buenos Aires anunció que el ministro de hacienda, Rufino de
Elizalde, había facilitado al de gobierno, Domingo Faustino Sarmiento, un millón y medio
de pesos papel para derrocar a las autoridades de la provincia de San Juan. El ministro de
hacienda quiso defenderse del cargo, pero la constancia de que el órgano oficial del
ministro de gobierno había anunciado con una anticipación de seis días la muerte del
gobernador Virasoro fue un factor que le impidió a Elizalde desligarse de su
responsabilidad en el asesinato.
El asesinato del gobernador de San Juan llevó al presidente Derqui, a
pesar de los esfuerzos del gobernador de Buenos Aires, a intervenir aquella provincia. El
encargado de normalizar la situación interna sanjuanina fue el gobernador de San Luis,
coronel Juan Saá. El interventor desconoció la autoridad del nuevo gobernador, Antonino
Aberastain, quien intentó resistir, pero fue vencido y tomado prisionero. La situación
se complicó aún más cuando, al marchar Saá a ocupar la capital sanjuanina, uno de sus
jefes pasó por las armas a Aberastain, temiendo una posible rebelión de los prisioneros.
Las instrucciones de Derqui, que habían autorizado el uso de la
fuerza, y la insistencia de Urquiza en vengar la muerte de Virasoro llevaron a este
desenlace a pesar de que Derqui había dado seguridades a Buenos Aires de que se
protegería al grupo liberal. La resolución drástica de la situación sanjuanina
mereció la repulsa del gobierno de Buenos Aires e incluso del propio gobierno nacional.
Los ministros de la Riestra y Pico renunciaron con lo cual terminó la cooperación
porteña con el gobierno nacional. Mitre exhortó al resto de los gobernadores a condenar
el asesinato de Aberastain, pero casi todos le contestaron que el asunto era de
incumbencia de la autoridad nacional. No obstante, los intercambios de notas y discusiones
entre el gobierno de la Confederación, los provinciales y el de Buenos Aires respecto del
fusilamiento de Aberastain, con los cuales la prensa contribuía, lograron exacerbar las
pasiones hasta el extremo de considerar nuevamente un enfrentamiento entre las fuerzas del
gobierno de Buenos Aires y el de la Confederación. La política de acercamiento de Derqui
había fracasado rotundamente. En consecuencia, el presidente buscaría nuevamente el
apoyo de Urquiza, quien, desde su gobierno en Entre Ríos y cansado de disputas internas,
criticó el papel rector que se arrogaba el gobierno de Buenos Aires.
Para Gorostegui de Torres, el asesinato de Virasoro y de Aberastain en
San Juan eran capítulos de la rivalidad creciente entre los grupos políticos que
respondían respectivamente al presidente de la Confederación, a Urquiza y al gobierno de
Buenos Aires. Así, por ejemplo, San Luis y San Juan respondían al presidente Derqui;
Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, La Rioja, Catamarca y Mendoza estaban bajo influencia
urquicista y los porteños contaban con el apoyo de Santiago del Estero, Tucumán, Salta,
Jujuy y Córdoba (2).
En un clima enrarecido por las tensiones se acercaba el momento en que
la provincia de Buenos Aires debía proceder a su incorporación a la nación. La
provincia eligió sus representantes al Congreso de acuerdo con una ley provincial,
procedimiento que había sido aprobado por Derqui. Por su parte, el Congreso debía
considerar una serie de cuestiones importantes como la situación en San Juan, la
admisión de legisladores correntinos que no tenían el mínimo de residencia en su
provincia, los problemas de aranceles ligados con la garantía asegurada a los porteños
por los pactos, y la admisión de los diputados porteños. Para los grupos políticos la
lucha por obtener la mayoría en la cámara de diputados era un asunto vital. Reunida
ésta a principios de abril, decidió el rechazo de los diputados porteños por haber sido
elegidos por la ley local. La razón de fondo era que éstos pertenecían al
antiurquicismo extremo y habrían reforzado al grupo antifederal.
La prueba decisiva para lograr la consolidación de la unión, es
decir, la incorporación de los representantes de Buenos Aires al Congreso nacional y por
ende su participación en el gobierno nacional, había pues fracasado. Los partidarios de
Urquiza habían logrado que Derqui se inclinara otra vez a favor del partido federal. Los
sucesos en San Juan y Corrientes y el rechazo de los diputados porteños habían barrido
con la posición independiente de Derqui. Las intervenciones a las provincias que habían
expresado su hostilidad a las acciones de Saá en San Juan o apoyado a Buenos Aires en el
Congreso revelaban el nuevo rumbo tomado por el presidente. Estas amenazas contra los
gobiernos provinciales proporteños fueron considerados como ataques al gobierno de Buenos
Aires, a tal punto que Mitre prometía a aquéllos su ayuda si resistían (3).
Como en los conflictos anteriores, la economía porteña pudo
sobrellevar las medidas tomadas por el gobierno en previsión de la guerra, proceder a la
movilización y ayudar a los gobiernos adictos del interior. En el mes de junio Mitre hizo
cesar el envío de fondos a Paraná debido a la nacionalización de la aduana porteña. En
el caso de la Confederación, nuevamente ésta debió apelar a empréstitos exorbitantes
para reemplazar la falta de crédito público. Ante la imposibilidad de hallar forma de
enfrentar el costo de la nueva campaña, para cada paso fue necesario una medida de
emergencia. Un préstamo de 500.000 pesos de un capitalista local financió la
intervención en Córdoba. La movilización de Rosario fue posible gracias a la venta de
letras realizada por el gobierno con gran descuento. Los sueldos de los legisladores se
pagaron gracias a un préstamo privado en Paraná. Se trató de aumentar las rentas con un
aumento en los derechos del 3 al 6%. Debido a la supresión del subsidio porteño, se
gravaron los envíos a la Confederación que entraran por las aduanas del Litoral (4).
Ante la proximidad de una nueva guerra, los ánimos de los principales
protagonistas estaban unánimemente contrariados. El presidente Derqui, antiguo amigo de
Mitre y halagado por el general porteño al principio de su mandato, no se resignaba a
que, tras tantos esfuerzos por satisfacer las exigencias del gobierno de Mitre, el amigo
de ayer se convirtiese en el enemigo intransigente. Urquiza, por su parte, estaba
lógicamente irritado. A diferencia de los días de Caseros, no tenía deseos de abandonar
nuevamente su casa y su familia para tomar parte en una lucha para la cual no tenía
motivaciones. Incluso en cierto momento pasó por su cabeza la posibilidad de formar un
Estado independiente con Entre Ríos y Corrientes. A su vez Mitre era consciente de que
todo su discurso de derechos de Buenos Aires, libertades de Buenos Aires y demás
patrioterías con que trataba de justificar la guerra eran pretextos para acceder al
gobierno del país. Pero estos pretextos habían ido más allá de lo que Mitre deseaba,
embarcando a la sociedad porteña en una cruenta guerra cuyo precio político el
gobernador porteño no estaba muy dispuesto a pagar.
Además de la escasa vocación de Derqui, Mitre y Urquiza por llevar
adelante una nueva guerra entre los Estados de Buenos Aires y la Confederación, cuyos
réditos políticos eran inciertos en el mejor de los casos, se registraron vanos intentos
de mediación para evitar la guerra. A los buenos oficios ofrecidos por los ministros de
Francia e Inglaterra se sumó el encargado de negocios del Perú. Las negociaciones de
éstos no fueron sencillas pues debían contemplar los puntos de vista de los tres polos
de poder existentes en el momento.
Los mediadores lograron finalmente que se celebrara una conferencia en
el puerto de Las Piedras, ubicado en la provincia de Santa Fe, a bordo del buque de guerra
inglés Oberon. A esta conferencia concurrieron el presidente Derqui, el general
Urquiza y el gobernador Mitre. Aquí se llegó a un acuerdo sobre los principales puntos y
se convino la designación de comisionados especiales para concretar la paz. Derqui
nombró a Nicanor Molinas por el gobierno nacional y le entregó instrucciones insistiendo
en las mismas condiciones que había presentado por primera vez a fines de junio. A su
vez, las instrucciones dadas por Mitre a su comisionado Norberto de la Riestra eran casi
puntualmente opuestas a las de Molinas. Los comisionados se reunieron a bordo del barco
francés Fulminant el 15 de agosto pero pronto se hizo evidente que no podía
llegarse a un acuerdo (5).
Entre las propuestas del comisionado porteño figuraba que Buenos Aires
continuara separado de la República Argentina hasta el año 1865, fecha en la que se
acordaría el medio de su incorporación, y que la aduana quedase en poder de la
provincia, entregando una mensualidad de 750.000 pesos papel. La Confederación exigía en
ese momento 2.000.000 de pesos. La propuesta porteña significaba que los productos
importados para el consumo de toda la República debían pagar los derechos en Buenos
Aires. Estas condiciones resultarían inaceptables para el resto de las provincias. Los
comisionados se limitaron al intercambio de proposiciones y acordaron someterlas a sus
respectivos gobiernos.
Los tres diplomáticos extranjeros presenciaron la reunión final entre
Molinas y de la Riestra el 22 de agosto a bordo del Oberon. Las negociaciones se
interrumpieron cuando el comisionado porteño anunció que sus instrucciones habían sido
confirmadas. Los mediadores presentaron entonces una sugerencia de Urquiza: que se
renovara el convenio de junio, agregándole un artículo adicional que estipulara la
incorporación de la provincia en 1865. De la Riestra respondió que ese convenio ya no
tenía ningún significado. Propuso en cambio una paz basada en un subsidio mensual de un
millón de pesos y una limitación de la soberanía de Buenos Aires en relaciones
exteriores. Su moción fue rechazada por Molinas. Los negociadores habían llegado al
límite que permitían sus instrucciones. Se separaron entonces luego de firmar un
protocolo que establecía una tregua de cinco días antes de reiniciar las hostilidades.
Por otro lado, las desavenencias entre Derqui y Urquiza no habían
ayudado a fortalecer la causa de la Confederación ni sus problemas financieros. El
presidente siempre había tratado de lograr una posición más independiente respecto del
vencedor de Caseros, incluso después de su ruptura con el grupo liberal. El único modo
de lograr aquélla era mediante la constitución de un grupo de partidarios en las
provincias, para lo cual había empezado a trabajar. Pero a fines de julio, el desacuerdo
entre Derqui y Urquiza era materia de comentarios tanto en la Confederación como en
Buenos Aires. Una decisión secreta tomada por el gabinete nacional bajo la gestión del
vicepresidente Pedernera y presentada a Urquiza, entregando a éste plenos poderes para
hacer la guerra o la paz con Buenos Aires, agudizó aún más el enfrentamiento. Este y
otros episodios demostraron que los máximos gobernantes de la Confederación no tenían
unidad en sus miras. Finalmente Derqui reasumió la presidencia en Paraná y Urquiza se
hizo cargo del comando del ejército de la Confederación (6).
A pesar del fracaso de la mediación de los diplomáticos extranjeros,
Urquiza continuó con sus intentos por impedir la batalla. Aceptó rápidamente un
llamamiento de Félix Frías, realizado a fines de agosto, para que ambos generales
reanudaran las negociaciones. Incluso unos días antes del choque armado envió nota
urgente a fin de lograr un arreglo con Mitre. La actitud del comandante en jefe de la
Confederación contrastaba con la inclinación que demostraba Mitre hacia la ruptura,
sobre todo a partir del 22 de agosto en que se habían dado por fracasadas las
negociaciones (7). Los diarios porteños también exhortaban a la guerra. Los que desde
Buenos Aires boicoteaban los intentos de unión nacional estaban de parabienes. Mitre
prefería una nueva batalla a un arreglo decoroso para ambas partes. La única alternativa
que el gobernador de Buenos Aires aceptaba era la entrega del gobierno nacional en sus
manos.
Carta del presidente Derqui y los generales Justo José de Urquiza y Bartolomé Mitre al gobernador de San Juan, coronel José Antonio Virasoro, Concepción del Uruguay, 16 de noviembre de 1860, citada en J. Victorica, op. cit., pp. 197-198.
H. Gorostegui de Torre, op. cit., p. 64.
J.R. Scobie, op. cit., pp. 330-335.
Ibid., pp. 336-338.
Ver las alternativas de estas conferencias en ibid., pp. 341-349.
Ibid., pp. 349-352.
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