La pretensión de Urquiza de conformar un Estado único y organizado
constitucionalmente con los débiles Estados provinciales de la época rosista
-supuestamente deseado por la mayoría y que Rosas había aplazado indefinidamente- dio
como resultado el surgimiento de dos Estados -la Confederación Argentina por una lado, y
el Estado de Buenos Aires por el otro. El último, producto del rechazo de la elite
gobernante de Buenos Aires a la organización promovida por Urquiza, pareció consolidarse
con el paso del tiempo. Al asumir la cuestión visos de ser irreversible, el punto central
se desvió entonces a la relación entre ambas partes. Un corto tiempo de relaciones
cordiales terminó en marzo de 1856 cuando los tratados que garantizaban el statu quo
fueron derogados por la Confederación, posiblemente con la intención de no fortalecer a
su contendiente.
Pero a su vez la Confederación no conseguía consolidar su poder como
gobierno nacional, a pesar de lo cual -si consideramos parámetros realistas- o tal vez
para dar solución a su precaria situación, aquélla mantuvo como objetivo principal el
tratar de obligar a Buenos Aires a incorporarse al resto del país. Esto se intentó
tratando de apoyar a los elementos opositores de los gobernantes porteños, lo cual
provocaría la reacción totalmente contraria: es decir el respaldo de la provincia
bonaerense al grupo gobernante y la elección del enemigo principal de la Confederación y
de Urquiza como gobernador.
La Confederación insistió entonces con la guerra económica contra el
Estado de Buenos Aires, pero la solidez de éste en el aspecto económico-financiero
-basada en su aduana y su banco- respaldaba el deseo segregacionista y frustraba los
planes confederados. El fracaso de este esfuerzo, sumado al de la búsqueda de alianzas a
nivel regional, hizo que el empleo de la fuerza fuera considerado como una solución
plausible. A fines de marzo de 1859, Urquiza decidió exigir la unión del Estado de
Buenos Aires proclamando la nulidad de sus actos en política exterior. En mayo, el
Congreso lo autorizó a resolver la cuestión de la integridad nacional por medio de la
guerra si fuera necesario. No obstante la opción por el choque armado pareció tener eco
también en el otro lado del arroyo del Medio, pues la mediación norteamericana atribuyó
su fracaso a las condiciones impuestas por Buenos Aires.
Malogrados todos los intentos de llevar a las partes a un acuerdo se
produjo la batalla de Cepeda. El triunfo de las fuerzas de Urquiza y la amenaza de que
éste tomara la ciudad capital convencieron a los porteños de que debían capitular. El
triunfo del proyecto de Urquiza de lograr la integración nacional pareció quedar
confirmado por el pacto de Unión firmado en San José de Flores. Finalmente Buenos Aires
se incorporaba al resto del país sobre la base del respeto a las disposiciones de la
Constitución nacional -aunque se le permitía proponer reformas a la misma por no haber
participado en su elaboración-. Además -y esto era la consecuencia más relevante- el
Estado de Buenos Aires entregaba finalmente su aduana a la nación, con lo cual la
Confederación obtenía el instrumento para su supervivencia.
No obstante el triunfo urquicista era demasiado duro para ser aceptado
por los círculos políticos dominantes en Buenos Aires. En consecuencia, un tácito
consenso los llevó a resistir la incorporación y a retardar los pasos establecidos en el
pacto firmado. La reunión de la convención constituyente provincial se demoró y no se
entregó la aduana. En abril de 1860 se produciría un momento de gran tensión que
nuevamente presagiaba la guerra.
Pero a comienzos de marzo otro hecho cambió el escenario del poder
político nacional. Derqui sucedió a Urquiza en la presidencia y esto creó un tercer
polo de poder e inauguró una relación de fuerzas tripartita que sería significativa en
términos de interdependencia. En mayo, cuando Mitre fue elegido gobernador de Buenos
Aires, se completó el tercer vértice del triángulo. La mala relación entre Derqui-
quien intentó forjarse una posición independiente de su antecesor- y Urquiza -quien no
se resignaba a perder su papel rector en la política de la Confederación e intentó
retenerlo desde su puesto de gobernador de Entre Ríos- derivó en una obligada
competencia de ambos por alcanzar una acercamiento con Buenos Aires. Esto finalmente
debilitó a la Confederación, al manejarse sus autoridades sin unidad en los objetivos.
Derqui que era el peor hombre que podía ser electo presidente de la
Confederación para los intereses de la política porteña pronto revirtió esa posición.
Ante las posibilidades de jugar con Urquiza o con Mitre, Derqui se resolvió por el
último. La perspectiva de la incorporación de los diputados de Buenos Aires al Congreso
nacional, y los futuros procesos electorales de renovación de éste hacían prever que el
apoyo de Buenos Aires iba a ser decisivo. Derqui decidió entonces inclinarse por Buenos
Aires para encontrar respaldo electoral y hacer frente a Urquiza.
Consecuentemente el presidente ofreció cargos en el gabinete nacional
a hombres de Buenos Aires -especialmente a uno muy cercano a Mitre-, apelando a la
justificación de que no estaba aplicando otra cosa que el ya conocido plan urquicista de
fusión de los partidos. Urquiza no tuvo más remedio que ser espectador del lento
desplazamiento de sus partidarios del gabinete de Derqui, quien sin duda debía la
presidencia al apoyo del primero. Probablemente la intención de Derqui fuera situarse en
un punto de equilibrio entre las fuerzas de Urquiza y de Mitre, pero su jugada no estaba
exenta de cierto riesgo, pues siendo Derqui un hombre que carecía de partido, su afán
independentista de Urquiza no tenía otra salida que la caída en la órbita porteña.
Así, la maniobra tenía sus límites: cómo conservar el apoyo de los urquicistas al
inclinarse por Mitre, y cómo mantener el de Mitre, conociendo éste que el vínculo con
los primeros no podía disolverse.
De esta manera, la llegada de Mitre al gobierno del Estado de Buenos en
mayo de 1860 produjo, a pesar de las perspectivas negativas, un acercamiento con las
autoridades de Paraná. Este dio como resultado la firma del convenio de junio, por el
cual Buenos Aires recuperaba parte de los privilegios perdidos por el pacto de Unión.
Especialmente conservaba la aduana contra entrega de un subsidio mensual a la
Confederación. Derqui consideró que podía hacer esta concesión en favor de la paz.
Luego de una reunión de los más altos protagonistas de la escena
política de la época, con motivo de los festejos del 9 de julio en Buenos Aires, y que
sirvió para que incluso observadores extranjeros detectaran facetas de la sórdida lucha
entre los tres, un nuevo capítulo de la competencia Derqui-Urquiza-Mitre tendría lugar
ante la reunión de la convención nacional ad hoc, que debía considerar las
reformas a la Constitución de 1853 finalmente propuestas por el Estado de Buenos Aires.
Aquí cada uno de los polos luchó denodadamente por imponer sus candidatos, aunque
finalmente mitristas y urquicistas fueron los responsables del resultado de la asamblea,
que prácticamente aceptó todas las propuestas de Buenos Aires.
La rivalidad entablada entre los tres grandes se manifestó también en
la lucha por el dominio de los gobiernos provinciales. Tanto el gobierno de Paraná como
el de Buenos Aires trataron de conseguir el apoyo de los gobiernos de algunas provincias y
cada uno consiguió cierta esfera de influencia. Si bien los intereses de ambos apuntaban
a distintas provincias para evitar el conflicto, en el caso donde éstos confluyeron se
produjeron hechos de gravísimas consecuencias. Fue el caso de San Juan, donde la supuesta
implicación de los hombres de gobierno de Buenos Aires en el asesinato del gobernador
tuvo su contrapartida en la sangrienta represión respaldada por las autoridades de
Paraná. El hecho fue tan determinante que provocó el fracaso de la política de
acercamiento de Derqui a Mitre y el fin de la cooperación de Buenos Aires en el gobierno
nacional.
El último capítulo de la competencia tripartita se produjo con motivo
de la incorporación de los legisladores porteños al Congreso nacional. Luego de la
reforma de la Constitución nacional aceptando las enmiendas propuestas por Buenos Aires,
debía con este acto darse por terminado el proceso de integración de Buenos Aires con el
resto del país. Los diputados porteños elegidos al efecto -por una ley provincial-
pertenecían al antiurquicismo extremo y habrían hecho probablemente causa común con el
liberalismo provincial y con el derquismo. Se produjo entonces una lucha entre Derqui -que
apoyaba la admisión de los representantes porteños- y Urquiza -que la rechazaba- por
obtener el apoyo de los diputados de la Confederación para sus proposiciones. Finalmente
se impuso la corriente urquicista -en nombre del partido federal- y la cámara de
diputados rechazó la incorporación de los porteños con el pretexto de no haber sido
elegidos por la ley electoral nacional. Con ello Urquiza aseguraba la influencia federal
en el Congreso, pero al costo de provocar el resurgimiento de la antinomia
federalismo-liberalismo.
Los sucesos en San Juan y el rechazo de los diputados porteños
activaron la cuenta regresiva hacia un nuevo enfrentamiento armado. A diferencia del caso
de Cepeda, Buenos Aires parecía esta vez sentirse fuerte. Su situación económica le
permitía enfrentar los gastos de movilización y tenía un ejército en buenas
condiciones. La Confederación, en cambio emitía señales de debilidad. La rivalidad
entre Derqui y Urquiza dilapidaba los esfuerzos. El desgaste de la lucha política había
alcanzado a Urquiza, quien ahora aspiraba solamente a proteger sus intereses, los de su
provincia y como mucho los de Corrientes. Las fuerzas armadas de la Confederación estaban
dispersas en distintas provincias: había que prepararlas y encontrar una motivación para
la guerra. Ante este panorama, el círculo gobernante de Buenos Aires advirtió que era un
momento inmejorable para hacer la jugada que venían esperando hacía tiempo. Se hicieron
fracasar todas las negociaciones de paz y se provocó la batalla. El triunfo de Buenos
Aires en Pavón produjo la consolidación de la integridad nacional pero bajo la
hegemonía porteña, por lo cual la elite gobernante de esa provincia había luchado
durante toda la década.
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