Capítulo 26: Las relaciones con actores externos en el período 1852-1861. Los vínculos con España.
Producida la caída de Rosas en febrero de 1852, los representantes
extranjeros diplomáticos y consulares se acomodaron rápidamente al cambio de situación
y se apresuraron a acreditarse ante la nueva autoridad efectiva: el cuartel general de
Urquiza en Palermo. Este hecho fue respaldado con resoluciones posteriores que depositaron
en el general Urquiza el manejo de las relaciones exteriores, principalmente a través del
acuerdo de gobernadores firmado en San Nicolás, a fines de mayo. Pero la revolución del
11 de septiembre, por la cual la provincia de Buenos Aires se escindió del resto de la
Confederación, y luego la contrarrevolución de Lagos presentaron un grave problema sobre
el reconocimiento diplomático a las potencias extranjeras (1).
La cuestión que se planteaba a los representantes extranjeros era que
Urquiza pretendía quedarse con la representación exterior de la nación, pero los bienes
e intereses comerciales de sus nacionales estaban asentados principalmente en la ciudad y
provincia de Buenos Aires, que con la secesión había quedado separada de la autoridad
del primero. Por lo tanto los agentes extranjeros llegaron a una solución intermedia: los
diplomáticos continuaron considerándose acreditados ante el gobierno de Urquiza, en
tanto los cónsules se mantuvieron en contacto con el gobierno porteño a fin de proteger
sus intereses comerciales. No obstante, una vez retirado Urquiza de Buenos Aires, en julio
de 1853, la competencia entre los dos Estados generada por el esfuerzo de la
Confederación por mantener la representación exterior del país en su conjunto y el del
Estado de Buenos Aires por evitar que aquélla tomara decisiones que lo incluyeran trajo
problemas a los representantes extranjeros, cuyo lugar de residencia pasó a constituir un
tema de fricción porque se lo consideró muestra de la parcialidad en favor de uno u otro
de los Estados.
Los tratados de navegación y comercio firmados por Urquiza en julio de
1853 con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos demostraban en cierta manera que estos
países reconocían a la Confederación como el representante de la soberanía argentina.
Pero, por otro lado, el hecho de que sólo dos agentes extranjeros -el encargado
británico y el portugués- estuvieran presentes en la asunción de Urquiza como
presidente en marzo de 1854, y ninguna representación diplomática se estableciera en
Paraná demostraba que las potencias extranjeras habían optado por una actitud prudente
además de coherente con sus intereses comerciales. No debe dejar de señalarse además
que por una cuestión de comodidad, la tendencia inicial de los agentes extranjeros fue
asentarse en Buenos Aires y establecer vínculos con Paraná por medio de visitas cortas o
a través de correspondencia. La capital provisoria de la Confederación era una ciudad de
provincia de apenas diez mil habitantes y no tenía parámetro de comparación con la
mucho más cosmopolita Buenos Aires, que era preferida por los diplomáticos como sede de
su residencia.
En la prolongada lucha entre la Confederación y Buenos Aires, ambos
Estados procuraron afianzar sus respectivas soberanías a través del reconocimiento
externo. En el caso de la Confederación, la residencia de los representantes
diplomáticos y la actitud a asumir por las potencias extranjeras se transformó en un
asunto vital. Ni bien se hubo sancionado la Constitución nacional, se celebraron tratados
con Chile, Bolivia, Cerdeña, Nápoles y otras naciones, y se nombraron ministros
plenipotenciarios, encargados de negocios, cónsules y agentes especiales. Por su parte,
el Estado de Buenos Aires también procuró llevar a cabo sus gestiones diplomáticas,
esgrimiendo siempre el pragmático argumento derivado de su condición de centro comercial
y de distribución.
Uno de los aspectos más apasionantes de estas gestiones diplomáticas
externas era que éstas representaban en buena medida la prolongación de la guerra civil
interna. Cada uno de los Estados intentó boicotear al otro en su búsqueda del
reconocimiento internacional y celebración de tratados con naciones extranjeras. El
ejemplo más representativo de esta lucha se produjo con motivo de las negociaciones de
Juan Bautista Alberdi, ministro plenipotenciario del gobierno de la Confederación
instalado en Londres en julio de 1855, quien consiguió que los gobiernos de Inglaterra y
Francia no reconocieran otro gobierno fuera del de la Confederación. Ante el conocimiento
de las gestiones entabladas por Alberdi, el Estado de Buenos Aires intentó -aunque no con
muy buenos resultados- obstaculizar su siguiente trabajo ante la corte española apuntado
a acordar un tratado de reconocimiento y amistad, finalmente firmado en 1859.
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