El 20 de febrero de 1854 el Congreso Constituyente proclamó primer
presidente de la Confederación Argentina al general Justo José de Urquiza, quien asumió
su cargo el 5 de marzo. Como se ha explicado arriba, la actitud separatista porteña
constituía un serio obstáculo a los esfuerzos de organización proyectados por el
gobierno de Paraná y condujo a situaciones confusas ante los representantes diplomáticos
extranjeros. Si bien los representantes de Gran Bretaña, Brasil y Estados Unidos fueron
acreditados enseguida ante los poderes públicos residentes en Paraná, en el caso de
otros países se registraron situaciones ambiguas y molestas. Por ejemplo, Le Moyen,
diplomático francés, presentó simultáneamente su patente en Paraná y en Buenos Aires,
residiendo en la última ciudad. Lo mismo ocurrió en el caso del enviado del Reino de
Cerdeña. Ello significaba cierto éxito en el desafío de Buenos Aires a la autoridad del
otrora vencedor de Caseros. En el caso de España, la situación no planteó un problema,
ya que su cónsul general en los Estados del Plata y encargado de negocios ante el Estado
Oriental del Uruguay, José María Alós, se hallaba instalado en Montevideo y el cónsul
José Zambrano estaba acreditado en Buenos Aires.
El gobierno de Paraná decidió dar los primeros pasos a fin de
establecer relaciones con la madre patria. A este efecto el 13 de marzo dirigió a la
reina Isabel II la misma carta que a los demás jefes de Estado importantes (1). Otra
carta de Francisco Pico, encargado de negocios de la Confederación Argentina ante la
República Oriental del Uruguay, al canciller Juan María Gutiérrez evidenciaba una
percepción de las ventajas que tendría el gobierno confederado de obtener el
reconocimiento español:
Amigo mío: el haber escrito el Presidente una carta autógrafa a la
Reina de España me muestra que ha resuelto el Gobierno abrir relaciones oficiales con
nuestra Madre Patria. Así lo entiendo yo y así lo ha entendido el señor Alós, que se
ha complacido mucho, y se ha encargado de remitir la carta al Ministerio.
La Confederación es la única nacionalidad de América española que aún no se ha
entendido con España y cuya independencia no está reconocida por ésta. Este acto pudo
creerse alguna vez una vana forma por los que sólo veían en él la sanción del triunfo
que habían obtenido nuestras armas; pero él es de un grave alcance político, desde que
nuestros argumentos para fundar nuestro dominio sobre el territorio del antiguo Virreinato
quedarán por el reconocimiento de España, convertidos en verdades fuera de toda
controversia.
Un tratado con España importaría que las provincias argentinas formen una Nación, lo
que sería un triunfo sobre el partido que promueve la segregación de Buenos Aires.
Importaría que todo el territorio perteneciese a la Nación, lo que sería un nuevo
argumento contra el art. 2 de la Constitución Provincial, y contra las pretensiones de
los ingleses, que han empezado a poner los límites de la República en el Río Negro en
todas sus cartas geográficas.
Importaría el reconocimiento como Jefe de la Confederación al Presidente con quien se
trate. Evitará que se cometa una irregularidad semejante a la de monsieur Le Moyne. Nos
dará una gran importancia moral y nos recuperará las simpatías de la gran población
española que hay en Buenos Aires.
Tantas ventajas y otras muchas no nos costarán sacrificio alguno, pues lo único que ha
pedido España a los nuevos estados es que paguen los secuestros hechos a los españoles
en la Revolución y las deudas de sus Tesorerías; y esto lo pagamos ya en la
consolidación de la deuda en 1821, por un movimiento espontáneo de justicia.
Será muy importante que no se detuvieran Uds. en tan buen camino, y que a la carta
autógrafa siguiera ya el nombramiento de un Ministro para ajustar un tratado. La
situación de Buenos Aires nos obliga a obrar con mucha actividad en las Cortes
extranjeras. Es preciso estorbar que se cometan errores, porque una vez cometidos cuesta
infinitamente volver atrás (2).
El Nacional Argentino, Paraná, 3 de agosto de 1854, citado en cit. en I.J. Ruiz Moreno, op. cit., pp. 78-79.
Juan Bautista Alberdi, Escritos póstumos, tomo XIV,
"Correspodencia diplomática", Buenos Aires, 1900, pp. 577-79, citado en ibid.,
pp. 79-80.
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