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El encargado de negocios de la Confederación Argentina en Europa inició su viaje rumbo a España en enero de 1857, partiendo desde su residencia establecida en París. Por apuntes privados que Alberdi redactó durante su periplo europeo, Ruiz Moreno asegura que la obsesión principal del enviado de la Confederación Argentina era consagrar el principio de la integridad territorial rioplatense: una vez reconocida por España la soberanía del gobierno de Paraná, Alberdi aseguraría a la corte española la libertad fluvial y mercantil en todo el territorio de la Confederación. Obnubilado por la creencia de las ventajas mutuas que reportaría el futuro acuerdo, quiso Alberdi eliminar todo riesgo de postergación -que implicaba la posibilidad de ventajas para el gobierno porteño- y debido a ello el enviado argentino cometió el error más grande de su trayectoria pública.
    En cuanto al espinoso tema de la deuda del Virreinato, Alberdi la limitaría al territorio argentino, excluyendo Bolivia, Paraguay y Montevideo sin fijar término. En cuanto al punto planteado por la corte de Madrid respecto de la nacionalidad española para los nacidos en territorio de la Confederación, Alberdi contó con el rechazo unánime de la opinión rioplatense -como lo advertían acertadamente todos los peninsulares destacados en el Plata, aunque su opinión no pesara demasiado en la corte española-. Para Alberdi era de importancia secundaria comparada con su obsesión de lograr la adhesión de España y obtener el reconocimiento de esta nación ganando de mano a la desafiante Buenos Aires. La idea fija de Alberdi, producto de las interminables luchas civiles, era lograr la unidad nacional a cualquier costo. Esta convicción alberdiana y la necesidad de obtener el reconocimiento español como instrumento de lucha en la guerra sostenida contra el gobierno de Buenos Aires quedó evidenciada en sus propias anotaciones de viaje, que decían al respecto:

¿No se ha decidido no imponer nuestra ciudadanía a nadie? ¿No es libre el argentino de hacerse ciudadano ruso?
Por otra parte, el hecho es más fuerte que la ficción. La tierra de cada hombre es la de su nacimiento. Que nazcan españoles en el Plata ¿qué importa? A su vez cada uno verá su 25 de Mayo. Después, si España fuese Inglaterra o Francia... pero ¿quién dejaría la ciudadanía de su país en formación, por la de un país que se disuelve?
Población es lo que más importa, sea de ciudadanos, de vecinos o de extranjeros (1).

Dispuesto a lograr su objetivo, el 2 de febrero de 1857 Alberdi elevó al entonces ministro de asuntos exteriores del gobierno español, marqués Pedro José Pidal, un Memorándum sobre el estado político de cosas de la República Argentina con respecto a España, y sobre los medios de regularizar y estrechar las relaciones de amistad, de comercio y de navegación entre ambos países. En dicho memo, Alberdi se esforzó por convencer a las autoridades españolas de las ventajas que acarrearía a éstas la firma de dos tratados con el gobierno de la Confederación, uno de paz y otro de reconocimiento. "Por el primero, España renuncia al territorio de la República Argentina que fue colonia; por el segundo, lo recupera como mercado libre: al mismo tiempo que lo renuncia para su gobierno lo adquiere otra vez para su comercio". El documento indicaba como pilar del tratado el reconocimiento de la independencia argentina y la integridad de su territorio, y por parte del gobierno de la Confederación Argentina el compromiso de abonar las deudas procedentes de secuestros y de Tesorería del antiguo Virreinato del Río de la Plata, con exclusión de Bolivia, Paraguay y Uruguay, tal como se había declarado por leyes de 1821 y 1826. Finalmente, el memorándum señalaba las ventajas para el gobierno español de sostener la autoridad del gobierno de Paraná, para fortalecerlo frente a apetencias extranjeras y demostrar la legitimidad de la unión nacional frente a los desafíos del gobierno porteño (2).
    Los dos tratados -de paz y consular- fueron firmados el 29 de abril de 1857. Bajo la convicción de que la Confederación Argentina debía poblarse para promover su adelanto, y asegurar la integridad territorial mediante la declaración contenida implícitamente en dichos tratados -que Buenos Aires componía la República Argentina, tal como lo establecía el explicitado artículo 34 de su Constitución-, Alberdi concedió lo que ningún rioplatense estaba dispuesto a ceder al gobierno español. Los artículos principales de estos polémicos tratados obtenidos por Alberdi decían:

Artículo 4º) La República Argentina, considerando que es justo y natural que suceda a la Corona de España en las cargas y deberes, así como le sucede en los derechos y privilegios inherentes al Gobierno de dicho país, reconoce solemnemente por el presente tratado como deuda consolidada de la República, tan privilegiada como la que más (en consonancia con lo que ya estableció espontáneamente en sus leyes), todas las deudas contraidas por el Gobierno Español y sus autoridades, únicamente en las antiguas Provincias de España que forman hoy o lleguen a formar el territorio de la República Argentina.
A esta deuda de la Nación Argentina corresponden por consiguiente todos los créditos por pensiones, sueldos, suministros, anticipos, fletes, empréstitos forzosos, depósitos, contratas y cualesquiera otros, ya de guerra, ya anteriores a ella, que pesasen sobre las mencionadas Provincias, siempre que procedan de órdenes directas del Gobierno Español o de sus autoridades allí establecidas hasta la época en que estas evacuaron completamente aquel país.(...)
Artículo 8º) Los hijos de españoles nacidos en el territorio de la República Argentina seguirán la nacionalidad de su padre, durante la menor edad. En saliendo de la patria potestad, tendrán derecho a optar entre la nacionalidad española y argentina.
Aquellos españoles que hubiesen residido en la República Argentina y adoptado su nacionalidad, podrán recobrar la suya primitiva, si así les conviniere, para lo cual tendrán el plazo de un año los presentes y de dos los ausentes. Pasado este término, se entenderá definitivamente adoptada la nacionalidad de la República.
La simple inscripción en la matrícula de nacionales que deberá entregarse en las Legaciones y Consulados de uno y otro Estado, será formalidad suficiente para hacer constar la nacionalidad respectiva. Los principios y las condiciones que establece este artículo serán igualmente aplicables a los ciudadanos argentinos y a sus hijos en los dominios españoles (3).

La particular versión que el enviado porteño Juan Thompson dio de las causas que movieron al gobierno español a celebrar los tratados con el gobierno de la Confederación Argentina a pesar de sus esfuerzos por evitarlo fue vertida en una carta que Thompson envió al ministro de gobierno del Estado de Buenos Aires Dalmacio Vélez Sársfield, el 5 de mayo de 1857:

Tanto los sucesos de Méjico como la intervención directa de los Gabinetes de París y de Londres han favorecido las gestiones del doctor Alberdi. Tengo motivos para creer que el Gobierno Español estaba decidido a aplazar todo pacto escrito hasta conocer la solución de las cuestiones pendientes entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación. El propio doctor Alberdi había casi perdido toda esperanza y pensaba ausentarse, cuando súbitamente y con el mayor misterio fue llamado para firmar el tratado de reconocimiento de la independencia en la tarde del 28 del mes anterior. No creo equivocarme al asegurar que los embajadores de Francia y de Inglaterra han podido más en esta ocasión que el mismo interesado. Harto sabido es que las circunstancias especiales de España constituyen a esta Nación en un satélite de aquellos poderosos Gobiernos, y muy particularmente de la voluntad del Emperador de los Franceses. A no mediar esta circunstancia, estoy firmemente persuadido de que el Gabinete de Madrid, penetrado cual estaba de la conveniencia de un aplazamiento, nada hubiese firmado por ahora, sobre todo conociendo que sus verdaderos intereses radican en Buenos Aires; y considerando el asunto con la serenidad que su naturaleza reclama, soy de la opinión que en nada perjudica a Buenos Aires la existencia de aquel pacto, pues no habiendo concurrido a su confección, claro es que quedan a salvo su libertad y su independencia (...) (4)

El 3 de junio de 1857, Alberdi se dirigió al presidente Urquiza, mostrándole los logros de la misión, aunque el diplomático de la Confederación Argentina era consciente de que ese éxito había sido obtenido al costo de no observar las expresas instrucciones del gobierno de Paraná. Respecto de la cuestión de la deuda pendiente con la corte española, Alberdi explicaba a Urquiza lo siguiente:

En Madrid hice registrar los expedientes que hubiese de cobranzas pendientes: sólo se hallaron unos pocos, y el más importante al parecer que se examinó, era de valor de $ 2.000. Para el pago de lo que debemos (si algo debemos aún) V.E. verá que no tenemos que hacerlo en dinero, sino en papeles o efectos de deuda pública, o en tierras baldías. No debemos, pues, tener apuros sobre este punto: otras Repúblicas más pobres han aceptado esa misma obligación, y la experiencia ha probado que nada o muy poco significaba en sí. Por otra parte, la deuda de secuestros es recíproca.
En cuanto a la de Tesorería, V.E. sabe que no les dimos tiempo a los españoles a contraerla, porque en un instante fueron depuestos, vencidos y echados de lo que es hoy territorio argentino. En Bolivia y Montevideo, donde se ensangrentó la guerra, dichas obligaciones ya no nos tocan; y esto está estipulado en el tratado.

En cuanto a la cuestión de "ciudadanía", ésta fue resuelta por Alberdi de acuerdo con el artículo 20º de la Constitución de 1853, que entre los derechos de los extranjeros establecía el no verse obligado a admitir la ciudadanía argentina, y de acuerdo al derecho internacional que consagraba el ius sanguinis, con las excepciones de Inglaterra y el Estado de Buenos Aires. No obstante, el enviado de la Confederación Argentina albergaba dudas acerca de la aceptación de los resultados obtenidos en Madrid por parte del gobierno de Paraná, tal como se desprende de otros pasajes de su nota a Urquiza (5).
    Como resultado de los tratados firmados por Alberdi en Madrid, triunfaba pues el ius sanguinis. Era la primera vez que un tratado rioplatense tomaba esta doctrina. Asimismo, la proyección del ius sanguinis era prácticamente infinita, puesto que por la claúsula de nación más favorecida inserta en otros convenios internacionales, inmediatamente otros países europeos reclamarían idéntico privilegio al obtenido por los españoles. La doble obsesión de Alberdi de poblar el vasto y casi desierto territorio de la Confederación y de captar las corrientes de población hacia territorio confederado en vez de que éstas pasaran por Buenos Aires, llevó al autor de las Bases a buscar el reconocimiento español a este precio. A su vez, las polémicas gestiones de Alberdi dieron a las autoridades porteñas un nuevo argumento en su lucha contra el gobierno de Paraná.

  1. Juan Bautista Alberdi, Escritos póstumos, op. cit., tomo XVI, pp. 532-533, cit. en I. J. Ruiz Moreno, op. cit., p. 131.

  2. Juan Bautista Alberdi, Obras completas, tomo VI, Buenos Aires, 1886, pp. 85-93, cit. en ibid., pp. 132-133.

  3. Juan Bautista Alberdi, Obras completas, op. cit., tomo VI, pp. 103-104, citado en ibid., pp. 141-142.

  4. Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, Estado de Buenos Aires, caja 16, misión Thompson, cit. en ibid., pp. 144-145.

  5. Señalaba Alberdi en su carta:

    He firmado, Señor, estos tratados como todos los actos de mi vida pública, sin temor, sin interés, sin vanidad, con la convicción tranquila de que hacía un bien a la República. Creo que es una alta gloria y una grande ventaja política para nosotros el que la Confederación sea reconocida y considerada por España como idéntica a la República Argentina que desde 1810 tomó el lugar del Virreinato de Buenos Aires o del Plata.
    Con todo, si V.E. cree no deberlos ratificar, mi amor propio no se lastimará en lo mínimo porque V.E. tenga una opinión suya, así como yo he tenido la mía, formada en nuestras instituciones e intereses públicos y en mis instrucciones oficiales.

    Miguel Angel Cárcano, Urquiza y Alberdi, Buenos Aires, 1938, pp. 196-203, citado en ibid., pp. 147-148.

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