Como se ha visto, otro objetivo de la
diplomacia británica luego de la caída de Rosas era el pago del empréstito contraído
con la casa Baring Brothers. Pero esta cuestión no era tan prioritaria para el gobierno
inglés como el caso de la libre navegación. Malmesbury, al igual que Palmerston, no
tenía inconveniente en que se utilizara el poder de Gran Bretaña para imponer el libre
comercio, pero no mostraba la misma disposición para asegurar las inversiones británicas
en el exterior. No obstante, el Committee of Bondholders indujo a Thomas Baring a
enviar un representante ante Urquiza para concluir este tema, para lo cual fue designado
el mayor Ferdinand White, quien zarpó en mayo de 1852. Sir Thomas era escéptico de los
resultados que pudiese obtener White en su misión, pero no podía dar marcha atrás sin
que bajasen los títulos del empréstito, que se cotizaban en bolsa (1).
Al hacer escala en Río de Janeiro, White tuvo oportunidad de conversar
con Henry Southern, ahora ministro británico ante la Corte brasileña. Este quedó
extrañado al conocer la suba de los bonos de Buenos Aires en Londres, por considerar que
no había razón para ello. Afirmó además que la caída de Rosas había aventado toda
posibilidad de cobrar dicha deuda. Southern admitía que Urquiza podía llegar a concluir
un arreglo para conseguir el apoyo foráneo para su régimen, pero no consideraba factible
que el nuevo hombre fuerte durara mucho, y tampoco confiaba en su plataforma liberal y
progresista. No obstante Southern entregó a White cartas de recomendación para amigos en
Buenos Aires (2).
White se encontró a su llegada a Buenos Aires con Robert Gore, quien
le explicó que su misión era inoportuna y que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera
llegarse a un arreglo satisfactorio. El pesimismo del representante británico estaba
basado en un dato de la realidad: la autoridad de Urquiza, aunque vencedor en la batalla
de Caseros, no estaba para nada afirmada y no podía generar confianza en los agentes
diplomáticos.
White comenzó por contactarse con las personas conocidas del
representante británico en Río de Janeiro, pero no tuvo con ellas ningún resultado
satisfactorio. La revolución de septiembre de 1852, que separó a Buenos Aires del resto
de la Confederación, y la convicción de White de que el gobierno secesionista contaba
con los medios para llegar a un arreglo hicieron que el agente se dirigiera al gobernador
Valentín Alsina. Pero en ese momento el gobierno porteño tenía todos sus recursos
destinados al conflicto con la Confederación y no estaba dispuesto a considerar la deuda
extranjera. White llegó a la conclusión de que no obtendría el efecto deseado y se
preparó para partir (3).
Sin embargo, antes de retirarse, White recibió la visita de un grupo
de hombres de negocios británicos de Buenos Aires que se acercó con varias propuestas
para un arreglo. Entre ellos White nombra en su Diario a Samuel Lafone -un
personaje anatemizado por la dictadura rosista-, Edward Lumb y Daniel Gowland.
Aparentemente todas las propuestas, menos la de Gowland, tenían algo en común: exigían
nuevas inversiones británicas. Pero tanto White como los directores de la Baring Brothers
tenían perfectamente en claro que la inversión de más dinero en Buenos Aires dependía
del hecho de que las autoridades se hicieran cargo del total de lo adeudado. H.S. Ferns
describe la situación en estos términos:
Baring Brothers no quería convertirse en el medio de inducir a un grupo de capitalistas británicos a compensar a otro grupo de colegas compatriotas (éste era el punto esencial de la proposición tendiente a obtener un nuevo empréstito para pagar el viejo), ni tampoco estaba dispuesto a inducir a inversores connacionales a crear empresas en una comunidad cuyas autoridades no consideraban el proceso acumulativo como algo sagrado y por encima de toda violación. White y sus principales no concebían el problema como un proceso social, según tendemos a verlo ahora, sino como una cuestión moral (4).
No obstante, antes de dejar el Río de la Plata en 1853, White ya
tenía sus dudas sobre el carácter moral del empréstito mismo. Estas provenían de
haberse enterado de las comisiones cobradas por lo promotores originales, Robertson y
Castro.
White y los comerciantes de Liverpool pensaban que, siendo Buenos Aires
la provincia más importante en términos económicos del país, Gran Bretaña debía
llevar adelante una política de apoyo a aquélla. Pero el Foreign Office no estaba de
acuerdo con esto. Si bien decidió enviar a un vicecónsul -Frank Parish, el hijo de sir
Woodbine-, no aceptó reconocer la independencia de Buenos Aires. Por el momento el
objetivo británico continuó siendo tratar de que Buenos Aires se reincorporara a la
Confederación (5).
En enero de 1854 arribaba a Buenos Aires un nuevo comisionado de la
casa Baring, James Giro, con una carta de introducción de lord Clarendon, que había
reemplazado a Malmesbury en el Foreign Office y estaba interesado en cerrar el pago del
empréstito Baring. Después de un año de tratativas de Giro y Parish, el último
informó que el dinero no se cobraría mientras el gobierno de Buenos Aires creyera que
"el Gobierno de Su Majestad consideraba la demanda como una operación
comercial" (6).
Con la llegada al ministerio de hacienda del gobierno de Buenos Aires
de Norberto de la Riestra -antiguo empleado de la firma Nicholson, Green y Cía., de
Liverpool- a comienzos de 1855, Giro esperaba un cambio de la situación a favor de
Londres. De la Riestra comenzó a doblar la entrega mensual a los tenedores de bonos, pero
en octubre Giro le hizo saber que "el aumento de los pagos mensuales no era un
arreglo", y además protestó por la venta de tierra pública hipotecada en garantía
del empréstito. Atendiendo a los reclamos del enviado británico, en marzo de 1856 de la
Riestra prometió a Giro el pago total del crédito Baring "en forma
progresiva", alternativa que Giro rechazó (7). Evidentemente, prometiendo cargar con
el empréstito Baring, Buenos Aires buscaba el apoyo de Inglaterra en su lucha contra
Urquiza, consciente de la falta de recursos por parte del gobierno de la Confederación.
H.S. Ferns, op. cit., p. 309.
Ibid., p. 310.
Ibid., pp. 311-312.
Ibid., p. 312.
Ibid., p. 314.
Ibid., p. 317.
J.M. Rosa, op. cit., pp. 210-211.
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