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La misión del vizconde de Abaeté ante la Confederación (febrero-marzo de 1856)

Después de los pactos de convivencia de diciembre de 1854 y enero de 1855, el Imperio resolvió terminar los tratados pendientes con la Confederación desde los años inmediatamente anteriores a Caseros. Creía necesario y oportuno dar este paso, dado que el acercamiento de los gobiernos de Buenos Aires y Paraná implicaba la latente pero no descartable posibilidad de reunificación, y esta alternativa podía ser peligrosa para los intereses brasileños en el Río de la Plata. También debe tenerse en cuenta que Paraguay se estaba volviendo una amenaza para las autoridades imperiales, que veían complicarse por culpa del presidente Carlos Antonio López la política pacientemente enhebrada desde 1851. José María Rosa explica el alcance del "problema Paraguay" para la diplomacia brasileña, en los siguientes términos:

La república guaraní con su numerosa población, riqueza fuera de sobornos, ejército suficiente y, sobre todo, espíritu celosamente nacionalista madurado en los años de aislamiento, era un hueso difícil de roer. Podía ser un peligro tan grande como el de la Confederación de Rosas, con el agravante que entre los argentinos pudo encontrarse auxiliares y en Asunción se hacía más difícil. De allí las tres medidas tomadas (...) adquirir armamentos para un ejército que expedicionaría por tierra desde Río Grande, retirar a Pereira Pinto de Montevideo para evitar complicaciones europeas e inducir a Urquiza (y en Brasil se sabía la manera) a tomar posición junto al Imperio (1).

En otras palabras, las autoridades imperiales contaban con un poderoso incentivo para atraer al gobierno de Urquiza: los patacones. El gobierno de la Confederación, plagado de problemas económicos, necesitaba del apoyo imperial. Las autoridades del Imperio, de común acuerdo con las de la Confederación, decidieron entonces enviar un ministro plenipotenciario a Paraná, Paulino Limpo de Abreu, vizconde de Abaeté.
    La llegada del vizconde de Abaeté y sus contactos con Urquiza provocaron vivos comentarios en Buenos Aires. El ministro imperial había arribado a la capital de la Confederación en los días del fracaso de la gestión negociadora de Juan Bautista Peña y de la ruptura de los tratados de convivencia. Estas circunstancias daban pie a las conjeturas y sospechas en uno y otro bando, alimentadas desde la prensa. Así, el periódico porteño La Tribuna denunciaba el propósito de una alianza defensiva y ofensiva entre la Confederación y el Imperio. Vale advertir que la opinión de este periódico tenía una cuota de verdad: Urquiza deseaba respaldarse en el Imperio en su lucha contra la disidencia porteña. Pero las autoridades imperiales no estaban a favor de ninguna de las dos partes. El mantenimiento del statu quo definido en términos de la diplomacia de Río incluía también el de las hostilidades entre Buenos Aires y Paraná.

  1. J.M. Rosa, op. cit., p. 198.

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