A fines de febrero de 1856 se iniciaron las conferencias entre el
vizconde de Abaeté y el ministro de relaciones exteriores de la Confederación Argentina,
Juan María Gutiérrez. Ambos discutieron respecto del proyecto presentado por el vizconde
de Abaeté, cuyo contenido reeditaba en buena parte los tratados firmados por Lamas en
1851. Abaeté había llegado en el momento preciso para obtener ventajas de la
Confederación. El gobierno de ésta atravesaba un momento difícil: Buenos Aires había
protestado por las incursiones de José María Flores y Jerónimo Costa, cuyas fuerzas
respondían al gobierno confederado, y el ejército de Mitre perseguía a Flores ocupando
territorio santafesino. El gobierno de Paraná estaba dispuesto al acercamiento con el
Imperio y a concederle lo que fuese a cambio del precio de anular la disidencia porteña.
Por su parte, el Imperio quería asegurar su posición predominante en el equilibrio de
poder rioplatense.
Urgido el gobierno de Paraná por la necesidad de contar con la alianza
de Río de Janeiro y de sus patacones contra el Estado de Buenos Aires, no surgieron
dificultades para aceptar la postura brasileña. De este modo, la negociación se cerró
rápidamente: el tratado de amistad, comercio y navegación fue firmado el 7 de marzo de
1856, y el 25 de junio se canjearon las ratificaciones.
Por este Tratado de Paraná, que se conservó en secreto, ambas partes
se comprometían "a no apoyar directa o indirectamente la segregación de porción
alguna de los territorios de la otra, ni la creación en ellos de gobiernos
independientes, en desconocimiento de la autoridad soberana legítima respectiva"
(artículo 2º). Así quedaban condenadas las tendencias separatistas de Río Grande y de
Buenos Aires.
Por los artículos 3º y 5º, las autoridades del Imperio y la
Confederación "confirman y ratifican el reconocimiento de la independencia del
Paraguay y se obligan a defender la independencia e integridad de la República Oriental
conforme a las estipulaciones de la convención de 1828". Por el artículo 4º de
este Tratado, ambos firmantes consideraban atacada la independencia uruguaya en los casos
que posteriormente se establecieran con su gobierno, lo que implicaba admitir que podría
no llegarse a un acuerdo. La conquista declarada y la intervención política extranjera
en el cambio o elección de un gobierno se señalaban como casos de ataque a la
independencia, y en consecuencia de defensa de las partes contratantes, prescindiendo del
consentimiento del gobierno defendido.
Las demás estipulaciones del tratado firmado en Paraná eran copias
textuales del tratado de Lamas. Establecían las relaciones de comercio y navegación
entre el Imperio y la Confederación sobre la base de la "perfecta igualdad y
benévola reciprocidad", incorporando el principio de la "nación más
favorecida". Declaraban expresamente los artículos que constituían contrabando de
guerra. Mantenían la libre navegación de los ríos, anteriormente estipulada por
Urquiza, incluso en el caso de que estallara la guerra entre cualquiera de los estados del
Río de la Plata o sus confluentes.
El tratado de Paraná fue mantenido con carácter reservado en las
cancillerías pero su firma fue celebrada con fiestas públicas. No obstante, más allá
de estas expresiones de júbilo, la alianza entre Urquiza y el Imperio contra Buenos Aires
no se concretó en 1856. Contra los deseos de Urquiza, la hábil diplomacia imperial nunca
estaría dispuesta a ello: el respaldo militar del Imperio al presidente de la
Confederación podría fortalecerlo y convertirlo en un nuevo Rosas. Ya con Caseros había
sido bastante. Tampoco se concretó una alianza entre la Corte de Río y Urquiza contra
Paraguay, pues desde la óptica imperial la posibilidad de una guerra paraguayo-brasileña
se diluyó con la misión de José Bergés a Río de Janeiro, pues éste firmó con el
ministro José María da Silva Paranhos los tratados de amistad y navegación del 6 de
abril de 1856. El primero de éstos postergaba la discusión de límites por seis años y
el último admitía el cruce de las cañoneras imperiales. El Imperio no tuvo
momentáneamente necesidad de respaldarse en Urquiza. El saldo de las negociaciones de
1856 fue demasiado pobre para el gobierno de la Confederación, que había negociado con
el Imperio a cambio de prácticamente nada (1).
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