Caseros había consagrado la hegemonía brasileña sobre el escenario
rioplatense en general y sobre el Estado oriental en particular, cuya vida política
interna no había logrado estabilizarse. En marzo de 1856, luego de un largo período de
revoluciones y disturbios, ascendió al gobierno oriental el presidente Gabriel Antonio
Pereira, integrante del partido colorado, derrotando la candidatura del general César
Díaz, sostenida por los conservadores. Pero Pereira debió enfrentar a las fuerzas
conservadoras, decidiendo el destierro del general Díaz, Juan Carlos Gómez y otros
miembros de la oposición, que se dirigieron a Buenos Aires. Los conservadores entonces
recurrieron a las armas y organizaron una sublevación que contó con el aporte de fuerzas
del general Díaz organizada desde Buenos Aires.
Como en los días de la expedición de los Treinta y Tres Orientales,
la capital porteña había consentido la preparación de una expedición dirigida al
territorio uruguayo. El gobierno de Pereira decidió solicitar la intervención de la
Confederación y el Imperio, de acuerdo con las estipulaciones de la convención de 1828 y
del tratado de marzo de 1856, que comprometían el apoyo de la Confederación y del Brasil
para defender la independencia y la integridad oriental (1). El Imperio reforzó de
inmediato su guarnición en Montevideo, con el propósito de evitar nuevos desembarcos de
fuerzas provenientes de Buenos Aires. Por su parte, y con rapidez sorprendente, el general
Urquiza reunió 400 hombres para entrar en campaña y los situó sobre el paso de
Paysandú, dispuesto a invadir el territorio oriental. Pero al conocer la derrota de las
fuerzas de César Díaz emprendió el regreso a su cuartel de San José.
Nuevamente el territorio oriental se convertía en manzana de la
discordia, esta vez con el protagonismo de tres actores en vez de dos: el Imperio, la
Confederación y el gobierno de Buenos Aires. El último fue acusado por las autoridades,
la prensa y la opinión de Montevideo, Paraná y Río de Janeiro, como instigador y
cómplice de la revolución conservadora finalmente abortada. Existían en verdad
elementos fuertemente incriminatorios: el levantamiento había sido organizado en
territorio bonaerense, y con dinero, armas, buques de guerra y hombres de dicha provincia.
El gobierno de Buenos Aires contraatacó señalando que era neutral y acusando al gobierno
oriental de haber observado siempre una política de hostilidad para con las autoridades
porteñas (2).
La guerra civil en Uruguay estalló en el momento que Urquiza preparaba
su expedición armada contra Buenos Aires. Desde la óptica del gobierno instalado en
Paraná, la caída de Pereira hubiera reforzado la disidencia porteña, y alejado las
esperanzas de reincorporar la provincia rebelde al seno de la Confederación. La
neutralidad del territorio oriental resultaba vital para una Confederación hostigada por
la rebeldía porteña, por la inestabilidad de algunas situaciones provinciales -que el
Estado de Buenos Aires procuraba explotar a su favor- y por la falta de solidez
financiera. Por su parte, la presencia de emigrados orientales en Entre Ríos constituía
una amenaza a la estabilidad del Uruguay y al ser una fuente de preocupación de las
autoridades orientales -y de las imperiales- fue un ingrediente adicional que estuvo
presente en las negociaciones entre los representantes del Uruguay, el Imperio del Brasil
y la Confederación Argentina.
Por otro lado, la acción coordinada entre la Confederación y Brasil
emprendida para abortar la conspiración urdida desde Buenos Aires proporcionó a Urquiza
la oportunidad de intentar obtener la ayuda uruguaya y brasileña para obligar a Buenos
Aires a reincorporarse a la Confederación. Con ese fin, en febrero de 1858, Alberto
Larroque, un educador francés que había vivido varios años en Entre Ríos, fue enviado
en misión secreta a Montevideo. Su objetivo era obtener la aprobación de Brasil y
Uruguay para constituir "una alianza contra el Estado o Provincia de Buenos Aires
(3)". El ministro brasileño en Montevideo dejó el asunto en manos de sus superiores
en Río de Janeiro y el gobierno uruguayo, influido por Brasil, se opuso, alegando que
toda la situación del Río de la Plata debía ser tratada en forma conjunta por los tres
países en la capital brasileña (4).
De todas maneras, la política de la Confederación hacia marzo de 1858
aparecía como contradictoria, pues las autoridades de ésta habían enviado al gobierno
porteño en el lapso de dos meses primero una nota amenazadora y luego una conciliadora.
Gran parte de esta confusión provenía de las desavenencias entre Urquiza, el
vicepresidente del Carril y el ministro Derqui. No obstante, la evidencia señalaría, en
opinión de Scobie, que las autoridades de la Confederación estaban decididas a llegar a
la unificación, incluso apelando a la guerra. Esta disposición se sostenía en la
esperanza de Urquiza de lograr una alianza con Brasil y el Uruguay. La respuesta negativa
en este sentido le llegó al vicepresidente del Carril cuando a mediados de abril el
ministro Amaral le hizo saber:
1º Que el Gobno de S.M.I. no se cree autorisado por ningo
de los tratados ni convenios existentes para ligarse ofensivamte con los Gobnos
de la Confedon y el E.O. contra el Estado de Buenos Ays pa
una guerra interior; en la que debe ser completamte neutral.
2º Que aceptará una negociación con aquella corte y nombrará Plenipotenciarios para
arreglar y concluir el tratado definitivo de Paz, que debe hacerse por el arto
tal de la Convención del año de 1828.
3º Que el Gobno del Brasil aconseja, y se prestará al empleo de los medios
pacíficos, pa resolver la question de Bs Ays, en qto
se lo permitan las condiciones de la mas perfecta neutralidad (5).
No obstante esta respuesta el gobierno de la Confederación decidió nombrar a Luis de la Peña como enviado plenipotenciario ante los gobiernos de Montevideo y Río de Janeiro, como se ha visto en el apartado anterior.
Nota del ministro oriental Antonio de las Carreras al ministro de relaciones exteriores de la Confederación, Montevideo, 12 de enero de 1857, citado en R.J. Cárcano, op. cit., p. 411.
Nota del ministro Barros Pazos al ministro Amaral, y del último al primero, 26 de enero y 1º de febrero de 1858, citadas en ibid., p. 412.
J.M. do Amaral al ministro (brasileño) de relaciones exteriores, 26 de febrero de 1858, junto con las proposiciones de Urquiza a los gobiernos uruguayo y brasileño, AGN-AU, citado en J.R. Scobie, op. cit., p. 200.
A. de las Carreras a Urquiza, 27 de febrero de 1858, AGN-AU; Del Carril a Urquiza, 14 de marzo de 1858, AGN-AU, citado en ibid., p. 200.
Del Carril a Urquiza, 17 de abril de 1858, AGN-AU, citado en ibid., p. 204.
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