Luego de la disolución del vínculo nacional como consecuencia de la
anarquía de 1820, los estados provinciales habían llevado una vida política autónoma,
brevemente interrumpida por el Congreso General de 1824 y la presidencia de Rivadavia
(1826-1827). A partir de entonces aquéllos continuaron su vida autónoma, unidos por
pactos interprovinciales pero también separados por la constante lucha facciosa. La
experiencia rosista impuso luego una unión forzada, simbolizada en una representación
única ante los gobiernos extranjeros, asentada en la hegemonía económica porteña y en
la permanente lucha contra enemigos internos y externos como forma de mantener la
cohesión, pero en la cual se continuaron manifestando las tendencias centrígugas en sus
distintas regiones.
Uno de los argumentos esgrimidos por Urquiza para derrocar a Rosas fue
la negativa de éste a encarar la organización institucional del país. La batalla de
Caseros permitió al general entrerriano proponerse la tarea. Pero lo que tal vez Urquiza
no advirtiera al emprenderla era si podía tener viabilidad un proyecto de organización
del país que no estuviera bajo la dirección de la elite porteña. Los hechos demostraron
que no lo era o por lo menos no acabadamente. La revolución septembrina hizo explícito
el problema.
A partir de ésta, los desunidos estados provinciales del Río de la
Plata se dieron una doble conformación política: trece de ellos lograron en poco tiempo
dictar la Constitución de 1853 y erigir la Confederación Argentina. A su vez, la
provincia de Buenos Aires, separada de las demás, se organizó también
constitucionalmente y tomó la denominación de Estado de Buenos Aires.
De los dos estados, el más viable fue el de Buenos Aires. Su puerto y
su aduana le proporcionaban los recursos suficientes como para ser próspero y moderno.
Pero la supuesta ilegitimidad de su surgimiento, contrariando la voluntad de las demás
provincias, hizo que fuera condenado a un aislamiento en el plano nacional e inicialmente
también por los países extranjeros. Por su parte, la Confederación Argentina había
realizado su conformación siguiendo un procedimiento democrático y con consenso
generalizado, pero un gran problema amenazaba su supervivencia: la falta de recursos
económico-financieros. Por lo tanto, ambos "estados", el de Buenos Aires -para
contrarrestar su aislamiento-, y la Confederación Argentina -para subsistir a pesar de su
penuria económica- debieron competir por el reconocimiento diplomático de las
principales potencias de la época y la alianza con los países vecinos.
Los países más importantes, como Inglaterra, Francia, España y
Estados Unidos tomaron la decisión de reconocer en principio a la Confederación, y las
potencias menores imitaron a las mayores. Sin embargo, los intereses comerciales que los
connacionales de todos estos países tenían en la ciudad de Buenos Aires y en la campaña
bonaerense produjeron a la larga un cambio favorable a Buenos Aires. Sin duda fue este
factor económico el que obtuvo para Buenos Aires el reconocimiento diplomático de
algunos países y no su labor en el ámbito de las relaciones exteriores tratando de
contrarrestar el trabajo realizado por los enviados de la Confederación. Fueron dichos
recursos económicos los que en momentos decisivos conseguían inclinar el fiel de la
balanza hacia los intereses porteños: basta citar como ejemplos el soborno a la escuadra
de Coe o el arreglo de la deuda con la casa Baring. Así a pesar de que la batalla de
Cepeda y el consiguiente pacto de Unión, que oficialmente obligaba al Estado de Buenos
Aires a abandonar sus privilegios y reintegrarse al resto del país, parecieron sellar la
derrota definitiva de la provincia rebelde, esto no fue así. Buenos Aires no cumplió con
partes significativas de su compromiso hasta que una nueva batalla -Pavón- consagró la
hegemonía de Buenos Aires sobre el resto del país. De todos modos habría sido casi
imposible desde un punto de vista pragmático que Buenos Aires entregara sus recursos al
resto del país, si su elite no dirigía ese proceso de transformación.
Como se dijo, la Confederación Argentina tuvo cierto éxito inicial en
obtener el reconocimiento diplomático de los países centrales, pero los intereses
comerciales reunidos en Buenos Aires y la característica provinciana de la ciudad de
Paraná conspiraron para que los agentes extranjeros se instalaran en dicha ciudad. La
importancia comercial de Buenos Aires en ningún momento permitió que desapareciera la
representación -por lo menos a nivel consular- de los países extranjeros y muchas veces
los agentes extranjeros parecieron dar más importancia a sus gestiones no oficiales en
Buenos Aires que a las oficiales en Paraná.
A nivel regional, el objetivo principal del gobierno de la
Confederación fue conseguir aliados para obtener por medio de la fuerza la
reincorporación del Estado de Buenos Aires. La enemistad de Brasil con Paraguay en un
momento permitió pensar al gobierno de Paraná que Brasil tenía interés en una alianza
brasileña-confederada en contra de Paraguay, lo cual podía producir la contrapartida de
una alianza simultánea también en contra de Buenos Aires, pero un tratado
brasileño-paraguayo aventó la posibilidad del proyecto. A su vez, conscientes de la
penuria financiera de la Confederación, las autoridades del Imperio aprovecharon para
obtener convenciones favorables a cambio de ayuda financiera. Así lograron los dos
tratados firmados en Paraná en marzo de 1856 y noviembre de 1857. Brasil obtuvo en ellos
algunos objetivos -principalmente la libre navegación de los ríos y la extradición de
esclavos-, pero aun la "diplomacia del patacón" tuvo sus límites en el hecho
de que no era funcional a Brasil fortalecer excesivamente a Urquiza y en la opinión
pública de la Confederación que se opuso vivamente a algunos de los tratados, a punto de
evitar que se pusieran finalmente en práctica.
Pero la alianza buscada por Urquiza para hacer frente a Buenos Aires no
llegaría: a pesar de las promesas del representante brasileño al gobierno de Paraná y
de la ratificación de los tratados pendientes impuesta como condición para el logro de
la misma, ésta no fue conseguida por la misión de la Peña, que terminó en un rotundo
fracaso. Incluso, un nuevo pedido de ayuda a Brasil llevado a cabo en mayo de 1859 ni
siquiera fue contestado por el gabinete imperial. La sistemática negativa del Imperio a
otorgar ayuda concreta a través de una alianza militar a la Confederación, para
enfrentar al Estado de Buenos Aires, confirmaba la ya mencionada posición de Brasil a
favor del statu quo en el Río de la Plata, funcional a sus intereses. Brasil no
tenía ninguna intención de cooperar para la reunificación de la Argentina.
Respecto del Estado Oriental nuevamente la interrelación de las
facciones uruguayas con los grupos políticos de la Argentina demostraba su persistencia y
daba origen a renovados acontecimientos. Una revolución conservadora contra el gobierno
oriental, instigada y organizada desde la capital porteña, dio lugar a la intervención
de Brasil y del gobierno de la Confederación a fin de sostener al gobierno oriental.
Aparecía así otra vez el Uruguay como la manzana de la discordia, generando el juego de
los tres polos de poder regionales. Urquiza no podía permitir la caída del presidente
oriental porque ello implicaba fortalecer a Buenos Aires. Pero además este problema
oriental proveyó a Urquiza de un ámbito adicional para tratar de lograr la alianza con
Uruguay y Brasil en contra de Buenos Aires. No tuvo éxito: tanto Uruguay como Brasil
trataron de postergar el tratamiento del asunto. Por otra parte, debe señalarse que las
tendencias centrífugas que conspiraban contra la conformación de un Estado argentino
unificado todavía continuaron apareciendo, como lo ilustran los proyectos de Mitre
-apoyado por la diplomacia brasileña-, y el de Gómez mucho más peligroso a los ojos de
Brasil.
Por último, la política de la Confederación hacia Paraguay no obtuvo
mejores resultados que con Brasil o Uruguay. En realidad Paraguay no consideraba que
tenía algo que ganar si prestaba su colaboración a la Confederación en su lucha contra
Buenos Aires. Unicamente un tratado de límites favorable a los intereses paraguayos
hubiera llevado a su presidente Carlos Antonio López a otorgar dicha ayuda, pero esto
pareció excesivo a Urquiza y en consecuencia éste se quedó sin los auxilios.
La política de Urquiza de obtener el reconocimiento diplomático en
forma exclusiva para la Confederación y la búsqueda de alianzas a nivel regional,
especialmente con Brasil, comenzó a mostrar sus puntos débiles a fines de 1857. La
importancia comercial de Buenos Aires impedía que los representantes extranjeros pudieran
ignorarla. La Confederación necesitaba solucionar su problema financiero nacionalizando
los recursos de la aduana porteña. El empleo de la fuerza comenzó entonces a perfilarse
como la única manera de lograr la integración, aun sin ayuda de los vecinos.
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