A diferencia del caso de Buenos Aires, el territorio que comprendía la
Confederación no poseía una estructura económica homogénea. Alternaba zonas de
actividad económica orientada hacia el mercado externo, con áreas limitadas a una
producción de subsistencia. En la región del Litoral, tradicionalmente ganadera, las
guerras civiles habían dejado su sello de despoblación y planteles ganaderos arrasados.
El caso más dramático era el de Santa Fe, donde la antigua vitalidad pecuaria había
sido reemplazada por un paisaje de tierras vacías con ocasionales y precarias
explotaciones extensivas del vacuno. Estos factores empobrecieron a los antiguos
propietarios, que carecían de capital para ensayar emprendimientos nuevos aun dentro de
la actividad ganadera, como el caso de la cría de ovinos (1).
No obstante, la misma presión de esta negativa realidad llevó tanto
al gobierno de la Confederación como a las autoridades provinciales a disponer un cambio
de estructuras que permitiese revertir la situación. Uno de los puntos claves en la tarea
de modernización económica fue la campaña para atraer inmigrantes hacia los campos
vacíos. Estos primeros ensayos de colonización agrícola fueron, a pesar del fracaso de
muchos de ellos, el origen de la futura expansión agrícola en las provincias del
Litoral.
Entre los casos de colonias agrícolas, se pueden citar el de la
colonia San Juan del Puerto de Santa Ana, en la provincia de Corrientes, y la colonia
Esperanza, en la de Santa Fe. El primero de los ejemplos resultó un experimento fallido.
En 1853, el doctor Brougnes celebró con el gobierno de Corrientes un convenio por el cual
se comprometía a traer en el término de 10 años 1000 familias de agricultores de 5
personas cada una provenientes del sur de Francia y a razón de 200 cada 2 años. Cada
familia recibiría 33 hectáreas de tierra buena, 2 bueyes, 2 caballos, 8 vacas, semillas
de algodón, tabaco, trigo, maíz, caña de azúcar y una vivienda de dos habitaciones y
600 kilogramos de harina para el primer año. Cada colonia dispondría de 4 leguas comunes
para la cría de ganado y los colonos reembolsarían al gobierno correntino 200 pesos
fuertes después del segundo o tercer año si una de las cosechas se hubiera malogrado. Un
tercio del producto del suelo iba para el empresario en pago de las sumas por él
adelantadas. En 1854 el gobierno de la Confederación se hizo cargo del contrato y
reintegró al gobierno provincial los gastos ocasionados por la colonia de San Juan, que
no prosperó (2).
Problemas tales como la extensión adjudicada a la colonia, la falta de
una protección efectiva, o la ausencia de mercados suficientes podían agregarse a las
dificultades naturales para generar una crisis de superproducción o la pérdida total de
las cosechas. De allí la importancia del lugar donde estaba ubicada la colonia. En este
sentido vale citar el caso de colonia Esperanza, ya que buena parte de su éxito se debió
a su proximidad a la ciudad de Santa Fe. Esta colonia fue fruto de la iniciativa del
gobierno santafesino, quien en 1854 celebró un contrato con Aarón Castellanos por el que
éste se comprometía a traer 1000 familias de 5 personas y a fundar 5 colonias en el
término de 10 años. La colonia Esperanza estaba ubicada a 8 leguas al oeste de la ciudad
de Santa Fe y estaba poblada con 200 familias en su mayoría provenientes de Suiza:
Castellanos se vinculó para su fundación con las firmas Vanderest de Dunkerque, Textor
de Frankfurt y Beck y Herzog de Basilea. Los progresos en estos intentos de explotación
agrícola con aporte inmigratorio fueron pequeños al principio, pero esta situación se
revirtió a partir del avance ferroviario. La importancia de la introducción del
ferrocarril sería fundamental tanto en la expansión del proceso de colonización como en
la inevitable especulación que la acompañó (3).
En el caso de Entre Ríos, a diferencia de Santa Fe, esta provincia
había superado la crisis provocada por los conflictos internos y a mediados del siglo XIX
exhibía una pujante actividad en la cría del vacuno y ovino. El cuadro de empobrecidos
propietarios santafesinos contrastaba agudamente con el de fuertes productores
entrerrianos, sin problemas de mercado y además con un alto grado de independencia frente
al puerto porteño gracias a su posibilidad de comerciar directamente con brasileños y
uruguayos. Como en el caso de Buenos Aires, el fortalecimiento de los sectores altos
ganaderos llevó a la concentración de sus propiedades. Por lo tanto, la colonización en
Entre Ríos quedó librada a la iniciativa oficial y no a la privada. La actitud de
Urquiza en este sentido, comprometiendo incluso bienes personales, fue un caso aislado no
emulado por el resto de los grandes propietarios entrerrianos. El general Urquiza instaló
en tierras de su propiedad, sobre la costa del río Uruguay, casi a fines de 1857, una
colonia de suizos y franceses que se denominó San José. Estaba ubicada a 8 leguas al
norte de Concepción del Uruguay y a 10 de Paysandú. La prosperidad de la colonia de San
José se debió en gran medida a su buena ubicación (4).
Con respecto a Corrientes, vale apuntar que la actividad económica de
esta provincia había alternado tradicionalmente la explotación ganadera extensiva con el
cultivo de pequeñas parcelas dedicadas a quintas, huertas, frutales y tabaco. En este
período de guerra entre Buenos Aires y la Confederación, se registró en el caso
correntino una expansión de la actividad ganadera. Esta última, recuperada como en el
caso de Entre Ríos de la crisis que la afectara en décadas anteriores, se veía
favorecida por la situación de los mercados, aunque con resultados dispares según la
región que se considere. El este de la provincia, debido a su cercanía a los centros
consumidores brasileños y uruguayos, resultó mucho más beneficiado para la actividad
ganadera que la zona lindante con el Paraná, que debía sufrir la intermediación del
puerto porteño o de los saladeros entrerrianos (5).
Asimsimo, otro obstáculo que impidió una expansión más equitativa
de la actividad pecuaria fue la presencia de los casi impenetrables bañados interpuestos
entre los productores y la línea de frontera. Las disparidades regionales eran remarcadas
por las características naturales de la provincia correntina, más abierta para las
comunicaciones en el área lindante con el río Uruguay, y plagada de montes y díficil de
controlar en el oeste, área de antigua afición al cuatrerismo, un verdadero flagelo para
los propietarios. Si bien el cuadro de situación de la actividad ganadera resultaba menos
cómodo en Corrientes que en Buenos Aires y Entre Ríos, los ganaderos correntinos
incrementaron sus ingresos y se consolidaron como grupo tradicional.
En síntesis, la prosperidad de los sectores altos rurales, sea
vinculada a la actividad ganadera, sea como consecuencia del proceso colonizador, era un
elemento común a las tres provincias litorales durante este período. En el caso
particular de Santa Fe, se registró además una incipiente formación de sectores medios
rurales y el aumento de los centros urbanos, Santa Fe y muy especialmente Rosario. Esta
última ciudad se vio beneficiada por su posición de puerto intermedio entre las
provincias del Interior y Buenos Aires.
Por otra parte, los beneficios obtenidos por la región del Alto Plata
luego de la apertura de los ríos no estuvieron reservados sólo a Paraguay. También el
comercio de Corrientes creció. Mucho de este progreso debe ser asignado a la
administración del gobierno de Juan Gregorio Pujol (1852-1859). Pujol favoreció un
sistema abierto para la provincia, uno en el cual el desarrollo económico correntino
corriese paralelo al de Buenos Aires, sin depender tanto de la ciudad puerto. Su
predecesor, Benjamín Virasoro, había limitado sus reformas económicas a la
promulgación de varias medidas proteccionistas tales como un arancel del 50% sobre la
importación de tabaco, cigarros y miel extranjeros. Virasoro duplicó los pagos para las
licencias comerciales y triplicó los requeridos para permisos de navegación. Pero no fue
más allá de los mecanismos tradicionales para respaldar el bienestar fiscal de la
provincia de Corrientes (6).
Pujol tenía otra tesitura. Comenzó su administración inaugurando una
línea de barcos de vapor -manejada por extranjeros- que servían a los puertos
correntinos sobre el río Paraná. Con la mira puesta en el comercio futuro, el gobernador
correntino autorizó también la exploración del río Bermejo; abrió dos puertos nuevos,
Empedrado y Yahapé, al comercio exterior a través de una ley del 13 de octubre de 1852,
y acordó el dragado del riacho de Goya, con el fin de poder acomodar más embarcaciones
(7). Pujol también identificó la baja densidad de población como el principal
obstáculo al crecimiento económico correntino. Para paliar este problema, decidió
atraer a la inmigración externa hacia Corrientes a través de subsidios especiales,
concesión de tierras y ayuda gubernamental. El gobernador correntino creó, como ya se
explicó, una comunidad agrícola modelo en la colonia de San Juan, compuesta por colonos
franceses. Las barreras legales y la falta de una infraestructura adecuada obstaculizaron
el progreso de esta colonia, que luego fue abandonada (8).
Algunas de las innovaciones del gobernador Pujol generaron la
oposición de los paraguayos. A mediados de 1853, el mandatario correntino impuso un
arancel del 5% sobre el tránsito de los productos provenientes de Paraguay, aparentemente
para obtener fondos adicionales con los cuales financiar sus proyectos. La respuesta del
gobierno paraguayo no se hizo esperar. Carlos Antonio López denunció la medida como
contraria a los términos estipulados en el tratado de reconocimiento. Debido a que sus
declaraciones no obtuvieron eco en Pujol, López cerró los puertos paraguayos a los
barcos corrrentinos y comunicó esta decisión a todos los representantes extranjeros
presentes en Asunción (9). Esta medida tuvo el efecto deseado. Pujol canceló el arancel
que pesaba sobre el tránsito en 1854, alcanzándose en marzo de dicho año relaciones
comerciales amistosas entre la provincia y Paraguay, luego de que López revocara también
su propio decreto (10).
A partir de este momento, Pujol no tuvo problemas comerciales con los
paraguayos. Los que visitaban Corrientes en las décadas de 1850 y 1860 comentaban en sus
relatos que era un territorio próspero, favorable a las aventuras comerciales y falto de
población suficiente para explotar plenamente sus abundantes recursos. Al menos 90
comerciantes, la mayoría de ellos extranjeros, estaban instalados en el puerto de
Corrientes en 1855. Esta presencia mercantil sugiere que un comercio relativamente
importante tenía lugar en esta provincia del Litoral. Ejemplo de ello fue el arribo a
Corrientes, el 23 de enero de 1856, de la goleta Asia proveniente de Buenos Aires
con mercaderías asignadas a 50 comerciantes diferentes: estos productos incluían libros,
medicinas, azúcar, sombreros, papel, yerba mate, harina y una máquina para recolección
de granos (11).
Dado que el río Paraná constituía la ruta principal para el
comercio, pocos en el gobierno de Corrientes pensaron en utilizar el río Uruguay. El
banco derecho del río no logró recuperarse de la invasión paraguaya de 1859, y ocho
años después el distrito de Santo Tomé todavía poseía sólo 864 habitantes, siendo el
menos poblado de los distritos de la provincia (12). En consecuencia, el número de barcos
involucrados en el comercio al norte de Salto no excedió de 100 entre mediados de la
década de 1850 y principios de la de 1860. Sólo uno de ellos, el barco brasileño Uruguay,
era de vapor, y aparentemente era incapaz de ofrecer servicios a las localidades de Sao
Borja y Hormiguero, debido a que no estaba preparado para atravesar los rápidos de Butuí
(13).
Una cierta expansión de las importaciones y exportaciones sobre el
río Uruguay durante este período se dio sólo en sus bancos inferiores, más
precisamente en las localidades de Paysandú y Concepción del Uruguay, y el éxito de
este comercio se debió casi por completo a las operaciones del saladero "Santa
Cándida" del general Urquiza (14).
H. Gorostegui de Torres, op. cit., p. 47.
Ibid., p. 48.
Ibid., pp. 48-49.
Ibid., p. 49.
Ibid.
T.L. Whigham, op. cit., pp. 126-127.
Ley del 13 de octubre de 1852, ROPC VI, pp. 444-445; "Memoria escrita por el ingeniero Nicolás Grondona con referencia a las obras del Riacho de Goya", Rio de Soto, Jan.25, 1853, cit. en Juan Pujol, Corrientes en la organización nacional, volumen III, pp. 16-31, Buenos Aires, 1911, fuentes citadas en ibid., p. 127.
Ver al respecto Augusto Brougnes, La verdad sobre la colonia de San Juan. Provincia de Corrientes, Paraná, 1860, citado en ibid., p. 128.
Mariano González a Carlos Antonio López, Asunción, 13 de julio de 1853, ANA-NE 2715, foja 25; Bando de Carlos Antonio López, Asunción, 28 de julio de 1853, ANA-SH, 306, Nº 28; decreto de Carlos Antonio López, Asunción, 6 de agsoto de 1853, El Semanario, 6 de agosto de 1853; ver también decreto de Carlos Antonio López, Asunción, 24 de septiembre de 1853, ANA-CRB Y-29, 34,4, Nº 4, fuentes citadas en ibid., p. 128.
Francisco Solano López a Benito Varela, Turín, 21 de marzo de 1854, citado en Juan I. Livieres Argaña, Con la rúbrica del mariscal: Documentos de Francisco Solano López, vol. II, Asunción, 1960-71, cit. en ibid., p. 128.
Despacho de Aduana, El Comercio, 27 de enero de 1856, cit. en ibid., p. 129.
Ernesto J.A. Maeder, "Historia y resultados del censo confederal de 1857", en Trabajos y comunicaciones, 18 (1968), p. 147, cit. en ibid., p. 129.
Ibid., pp. 129-130.
Las actividades de este saladero están descriptas en Manuel Macchi, Urquiza el saladerista, Buenos Aires, 1971; Beatriz Bosch, Urquiza y su tiempo, cit. en ibid., p. 130.
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