El
análisis del diplomático e historiador brasileño Joaquín Nabuco, testigo de
las negociaciones diplomáticas imperiales, contrasta notoriamente con el del
revisionismo argentino e incluso con el de algunos de sus connacionales -tal el
caso del historiador brasileño Teixeira Soares citado por Rosa- respecto de la
adjudicación de intenciones de anexión territorial por parte del Imperio en la
Banda Oriental. Nabuco -quien por cierto defiende la postura oficial del
Imperio- plantea categóricamente respecto de la cuestión del Estado Oriental:
Desde la guerra del dictador argentino Rosas, cuando impedimos que Montevideo cayese en poder de Oribe, fue la cuestión del Estado Oriental del Uruguay el más importante y peligroso problema de la política exterior. No ambicionábamos su anexión, ni queríamos mezclarnos en sus negocios internos, siendo nuestro único propósito tener una frontera tranquila y segura, para lo que era condición esencial la completa independencia de aquel Estado. “La política internacional (escribe el barón de Río Branco, partidario de este pensamiento) creada por el partido conservador y principalmente por el ministro Paulino de Souza, vizconde del Uruguay, consistía entonces, como todavía hoy (1875), en mantener la independencia de los dos Estados amenazados por la ambición argentina: el Paraguay y el Uruguay”. (1)
A
diferencia del planteo de José María Rosa y Miguel Angel Scenna, entre otros
autores revisionistas, que presentan la política exterior de Brasil como
expansionista y que por ende tenía como uno de sus móviles la intervención y
anexión del Estado Oriental, Joaquín Nabuco presenta al Imperio como no intervencionista
-éste en todo caso intervenía como garante del equilibrio en la región
rioplatense-, y a su vez como expansionista la política exterior del
gobierno de Buenos Aires. Esta percepción lleva a Nabuco como a muchos
funcionarios de la diplomacia brasileña de la época a afirmar como móvil
permanente del país vecino
(...)
la esperanza de rehacer algún día dentro de los límites de la cuenca del
Plata, ya que no en totalidad, el antiguo virreinato. Aún sueñan con los Estados
Unidos de la América del Sur muchos hijos de Buenos Aires, en quienes la
tradición de un pasado y una literatura comunes, pesan todavía con la misma
fuerza que sobre la generación de mediados de siglo, contemporánea del sitio
de Montevideo. (2)
Prosigue Nabuco su argumentación en los siguientes términos:
(...)
desde 1828 la independencia del Estado oriental fue asunto de la mayor
importancia para el Brasil, mientras que la Argentina no renunció a la idea de
la unión con Montevideo hasta mucho más tarde (...) La prueba de que murió
enteramente en el espíritu brasileño la idea de la anexión ó de la
influencia en Montevideo nos la da completa la historia del período que siguió
á la caída de Oribe, cuando los dos partidos, es decir, casi todos los hombres
de Montevideo solicitaban, ora alternada, ora simultáneamente, la intervención
brasileña ofreciéndonos toda suerte de ocasiones de hacer del Estado oriental
una dependencia política del Imperio. A todo resistió nuestra falta de ambición.
(...)
La dificultad de la política brasileña en Montevideo consistía en que, de una
parte, el Brasil deseaba abstenerse de toda acción en los asuntos de la República,
y de otra necesitaba tener en ellos mano suficiente para afianzar la estabilidad
del gobierno. (...) Paulino de Souza (vizconde del Uruguay) formuló esta política
en el Senado en 20 de septiembre de 1853: "La ocupación de 1817 no fue un
remedio, ni en tales circunstancias podía serlo. Tampoco lo fue la incorporación,
ni lo podía ser; sería peor que el mal; es contraria a nuestros intereses así
como a tratados solemnes. ¿Cuál era, por tanto, el remedio? ¿Qué política
convenía adoptar? La de cooperar a la pacificación de aquel Estado, ayudar al
establecimiento y consolidación en él de un gobierno legal; colaborar en la
obra de su regeneración, reorganizar su hacienda, consolidar el orden y la
independencia y destruir con algunos años de paz la influencia de los
caudillos. Cortábase el mal de raíz. Esa fue la política de los tratados de
12 de octubre". (3)
Cabe
notar el contraste entre esta explicación de Nabuco acerca de los tratados del
12 de octubre de 1851 -en los que el oriental Andrés Lamas tuvo un rol
significativo- supuestamente guiados por un interés brasileño en
"pacificar" la lucha facciosa en la Banda Oriental, y la oprobiosa
calificación del revisionismo argentino a los mismos tratados, como
"inicuos" gestores de la hegemonía brasileña, al convertir al Estado
oriental en un apéndice del gobierno brasileño -enfoque este último en el
cual Lamas pasa a ser un "traidor" al "interés nacional
oriental"-.
Partiendo
de la idea de la ausencia de un interés expansionista o de anexión del
territorio oriental en el caso de Brasil, Nabuco afirma que la intervención del
Imperio en la cuestión oriental no tenía su origen en las autoridades brasileñas
sino en el interés de las facciones blancas y coloradas orientales en utilizar
la intervención imperial como medio de dirimir sus disputas internas. Dice al
respecto Nabuco:
Exceptuado
Lamas, no teníamos un solo amigo en la política oriental, ni podíamos
tenerle, porque a todos éramos sospechosos, y los que se nos mostrasen fieles
habían de despertar las suspicacias de la democracia local y vendrían a quedar
inutilizados por la influencia argentina. En una palabra: todos nos llamaban,
todos nos querían, pero cada uno para sí, y como nuestra misión de neutrales
nos hacía indiferentes a tales requerimientos particulares, era tan fácil y cómodo
á éstos llamarnos, como volvernos la espalda. (...) La política de la
intervención no tuvo nunca origen brasileño, sino que fue concebida por los
partidos y los estadistas del Uruguay, siendo pedida siempre con vivas
instancias por los gobiernos de ambos bandos; fue uno de esos recursos fáciles
en apariencia, de que los partidos prefieren valerse en períodos de
descomposición, antes que resignarse a sacrificios de amor propio personal, que
el arreglo de sus discordias costaría. (4)
Joaquín Nabuco, La Guerra del Paraguay, París, Garnier, 1901, p. 11.
Ibid., pp. 11-12.
Ibid., pp. 13 y 15; discurso de Paulino de Souza en el Senado, 20 de septiembre de 1853, reproducido en Jornal do Commercio del 22 de septiembre de 1853, citado en ibid., p. 15.
Ibid., p. 22.
© 2000. Todos los derechos reservados.
Este sitio está resguardado por las leyes internacionales de
copyright y propiedad intelectual. El presente material podrá ser utilizado con fines
estrictamente académicos citando en forma explícita la obra y sus autores. Cualquier
otro uso deberá contar con la autorización por escrito de los autores.