Por su parte, el historiador paraguayo Cecilio Báez sostiene una inclinación beligerante tanto del gobierno imperial como del de Mitre respecto del gobierno blanco de Montevideo, aunque aclara que
el gobierno brasileño no abrigaba en aquella época el propósito de declarar la guerra al Paraguay, como lo demostraba su falta de preparación militar, sino el de concertarse con Mitre para remover el partido blanco del gobierno de Montevideo, e impedir que éste se aliara con Solano López y Urquiza. De la misma manera, el presidente Mitre tenía recelos del partido blanco, de Urquiza y su partido federal, y del dictador paraguayo. De suerte que había conjunción de intereses y propósitos entre Mitre y los imperiales para apoyar la revolución del general Flores, el cual se mostraba decidido amigo de sus protectores. Y celebraron en consecuencia el antecedente acuerdo protocolado el 22 de agosto de 1864 con sus respectivos plenipotenciarios para intervenir en el Estado Oriental (...). (1)
Con el fin de probar su argumento de que tanto el Imperio como el gobierno de Mitre no esperaban una guerra contra el régimen de López, Báez recurre a las correspondencias confidenciales del ministro plenipotenciario especial imperial en Montevideo, el consejero José Antonio Saraiva, quien desde la capital oriental informaba al gabinete brasileño el 13 de agosto de 1864:
Las
interpelaciones en el Congreso Argentino al Gobierno, van a ser presentadas por
un diputado de Entre-Ríos, pariente del general Urquiza. Los diarios de
Montevideo revelan el modo con que el gobierno oriental aprecia las cosas, y que
su plan político se reduce a implorar protección al Paraguay, al general
Urquiza y a las potencias europeas, y a soliviantar la opinión de las
provincias argentinas contra Mitre, a quien acusan de favorecer la política de
absorción del gobierno imperial. No creo que Paraguay se entrometa en un
conflicto en que no está comprometido ningún interés suyo. Tampoco creo
que Urquiza se aparte de Mitre. En cuanto a los ministros europeos, están del
lado de Brasil. En Montevideo no hay ministro de los Estados Unidos; y el de
esta nación que reside en Buenos Aires, se muestra indiferente a nuestra cuestión.
(2)
Para Báez, el acuerdo del gobierno de Mitre y del Imperio concretado el 22 de agosto de 1864 fue la "causa determinante" de la guerra del Paraguay, declarada por Solano López. Este acuerdo de 1864, firmado en Buenos Aires por el ministro de relaciones exteriores argentino Rufino de Elizalde y por el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario imperial, José Antonio Saraiva, establecía que la Argentina y Brasil tenían "el deber y el interés de mantener la independencia, la integridad del territorio y la soberanía de la República Oriental del Uruguay", pero en su artículo 2º aclaraba que ambos países tenían también el derecho de intervenir en dicha República "en los casos de desinteligencia, como proceden todas las naciones (...)". Quedaba claro que tanto los mitristas como las autoridades imperiales percibían en la permanencia del gobierno blanco un caso de "desinteligencia". El dato clave para Báez es que Paraguay quedaba fuera de los arreglos de 1864, y esto indignó a Solano López, quien había sido mediador en 1859 entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires. Así lo manifestó el mismo presidente paraguayo en un discurso que pronunció ante una manifestación popular, diciendo:
El
Paraguay no debe aceptar ya por más tiempo la prescindencia que se ha
hecho de su concurso, al agitarse en los estados vecinos cuestiones
internacionales que han influido más o menos directamente en el menoscabo de
sus más caros derechos. (3)
Finalmente, Báez precisa como detonantes de la guerra declarada por López contra la Argentina y Brasil dos factores que se incidieron mutuamente: el irascible temperamento del presidente Solano López, incentivado por la exclusión de la que fue objeto en los arreglos de 1864 respecto del Estado Oriental convenidos por Brasil y la Argentina, y la influencia que sobre el presidente paraguayo tuvo la diplomacia oriental, y, en particular, las opiniones de José Vázquez Sagastume, uno de los enviados por dicha diplomacia. Sobre el primer factor -el temperamento de Solano López y su modo de hacer política exterior-, el historiador paraguayo comenta:
este
déspota, semejante á su padre, sentía el más profundo desdén hacia sus
compatriotas y consideraba como una humillación, en su orgullo y vanidad, el
servirse de ellos como consejeros y colaboradores. Carlos Antonio López todo lo
hacía por sí mismo, y su ministro de Relaciones Exteriores lo era solo de
nombre. Solano López, heredero de su carácter y de su poder omnímodo, no se
apartó de esa práctica, que sólo se observa en los países regidos por el
despotismo oriental (...). Esa omisión -la de nombrar ministros diplomáticos-
no se explicaba en la política de los López, que tan imprudentemente se
entrometían en sus contiendas, doméstica y exterior, celebrando pactos
hostiles, primero contra Rosas, y después contra el Estado de Buenos Aires, al
solo objeto de perpetuar la guerra civil que los devoraba (...). (4)
En
otro párrafo, dice Báez:
López había sido herido en su orgullo soberbio, no solo por el Brasil sino también por la Argentina. El había sido mediador en 1859 entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires y en la emergencia de 1864 se prescindió de él. La mediación que había ofrecido al Brasil para solucionar su pugna con el gobierno de Montevideo, fue declinada por Saraiva igual que por el Emperador. El gobierno de Montevideo había propuesto al argentino que la contienda existente entre los dos fuese dirimida por el fallo arbitral de Solano López, y Mitre lo rechazó. De manera que el autócrata paraguayo se sentía profundamente lastimado en su amor propio por esos desaires, y se dispuso á vengarse, costase ello lo que costase. (5)
Respecto
del segundo factor -la influencia del oriental Sagastume en el ánimo belicista
de Solano López contra Brasil y la Argentina- Báez comenta que, el 28 de
octubre de 1864 -tiempo después de la firma del molesto protocolo
Saraiva-Elizalde-, Sagastume presentaba al presidente paraguayo una memoria cuyo
contenido encendía los ánimos del dictador paraguayo. Algunas de las ideas que
contenía la memoria de Sagastume eran:
Toca
al Paraguay la envidiable gloria de llevar su poder y sus armas al mismo teatro
de los hechos, para libertar el gran principio de la independencia y el porvenir
de estos países (...) El Brasil ha desatendido la justa amonestación del
Paraguay... y a esa prescindencia se agrega la descortesía de no satisfacer o
explicar actos internacionales de trascendentales resultados... El gobierno de
Paraguay debe, por lo tanto, hacer efectiva su protesta en el terreno de los
hechos.
Pero ese derecho se justificará más, obrando de concierto con el gobierno
oriental.
Para ese concierto el gobierno oriental podrá, o pedir la intervención armada
del Paraguay, o celebrar un tratado de alianza ofensiva y defensiva para
garantir la independencia y la integridad de ambas repúblicas, de cualquier
peligro que las amenazara en el presente o en el porvenir (...). (6)
A
diferencia del revisionista argentino José María Rosa, quien alega que el
gobierno de Paraguay entró a la guerra para defender una República hermana,
como garante del equilibrio político del Río de la Plata, Báez sostiene la
presencia de elementos emotivos e irracionales en la decisión de López de
enfrentar a los aliados. Sus argumentos se acercan a los de los liberales
mitristas y a los de historiadores brasileños como José Nabuco al minimizar la
idea -cara a los revisionistas como José María Rosa- de que la independencia
oriental o paraguaya estaban en peligro con las intervenciones brasileñas o
argentinas en territorio oriental. Plantea Báez en cambio, en el caso del
gobierno de Solano López, una intención de hostilizar a la Argentina y Brasil
-la que para el enfoque del liberalismo de Mitre caracterizó a la política
exterior del Paraguay desde 1810- y ejercer una política de prestigio en
el Río de la Plata.
Dice
Báez:
(...)
el historiador imparcial no puede confirmar la leyenda forjada por los
escritores del Río de la Plata de que Solano López alimentaba ideas de
conquista. No hay dato alguno que autorice semejante aserción. El señor Barón
de Río Branco en una de sus anotaciones a Schneider, A guerra da Triplice
Alliança contra o Paraguay, dice que Solano López no se ha armado con el
fin de hacer la guerra al Brasil, ni con la idea de ensanchar sus dominios hacia
el sud; sino tal vez para ganar fama militar e influencia en las cuestiones del
Río de la Plata. Pero que arrastrado por las sugestiones del ministro oriental
Vázquez Sagastume, quien le hizo creer que existía un tratado secreto entre el
Brasil y la Argentina para adjudicarse, respectivamente, el Uruguay y el
Paraguay, lanzóse a la guerra contra el Brasil. Y contra la República
Argentina también -debía de haber agregado el Barón. De esa añagaza con
que Vázquez Sagastume encalabrinó la cabeza de López surgió el pretexto
ostensible de la guerra, o sea, el equilibrio del Río de la Plata. Y la verdad
es que ni la independencia oriental, ni la independencia paraguaya, estaban
amenazadas por los conflictos uruguayo-argentino de 1863 y uruguayo-brasileño
del 64. Pero Vázquez Sagastume tenía interés en imbuir esa idea en el ánimo
excitable de Solano López para obtener su cooperación o ayuda en favor del
gobierno blanco.
Era infantil el creer que los gobiernos de Río y de Buenos Aires se concertasen
para anexionarse al Paraguay y el Uruguay, cuando se sabe que desde 1810 el
Brasil venía haciendo cuestión de la independencia de estos dos países, en
todos los pactos celebrados con la Confederación, su única rival en el Río de
la Plata. La independencia del Uruguay era también garantida por convenios
ajustados con Francia e Inglaterra.
El
tratado de la triple alianza y los hechos han demostrado que nunca ha existido
aquel pensamiento, al menos como propósito formal de los gobiernos brasileño y
argentino; aun cuando algunos políticos lo nutriesen como simple aspiración
personal. Solano López apeló a la guerra obedeciendo a una sugestión extraña,
a la vez que a los impulsos de sus propias pasiones. Como su padre se había
intrusado en las contiendas platenses, en inteligencia con el Brasil, él imitó
su ejemplo en abierta hostilidad con dicho país, que obraba de acuerdo con la
Argentina (...) su intención (...) era (...) humillar al Brasil (...) sin que
pueda decirse (...) que luchó por la libertad y la independencia de una República
hermana, sino por los intereses de uno de sus partidos políticos y por el
prurito de ejercer la policía internacional en el Río de la Plata. (7)
Por su parte, el historiador paraguayo Efraím Cardozo subraya como razón explicativa de la actitud de recelo de Paraguay hacia Brasil el hecho de que el primer país fue víctima del expansionismo portugués primero y brasileño después. Afirma Cardozo:
Antes
y después de la Independencia, pocos países en el continente sudamericano
sufrieron tanto como el Paraguay los efectos de la dinámica y voraz vecindad
brasilera. El Portugal le disputó en sus años iniciales el derecho a la
existencia. Luego representó un obstáculo invencible para la consolidación de
sus dominios hasta el Atlántico y el Amazonas, a que tenía derecho por las
primeras capitulaciones; estimuló las devastaciones del Guayrá y del Itatín
por los bandeirantes y finalmente fue agente principal del empequeñecimiento
geográfico de la Provincia y de la pérdida definitiva de sus costas sobre el
mar. Emancipado de su metrópoli, el Brasil heredó sus tendencias, de entre las
cuales no era la menos acentuada la que le impulsaba hacia el río Paraguay, que
le obsesionaba tanto como el Río de la Plata. (8)
¿No
se decía que el general Francisco Solano López, presunto heredero del poder,
había regresado en 1855 de Europa con sueños imperiales de expansión
territorial? Había, por lo demás, un hecho cierto. El Paraguay estaba
enclaustrado. Algún día querría volver al mar. ¿Auguraba todo esto algún
bien para el Imperio? (9)
Elizalde,
encantador de serpientes, tenía reservada (...) música para lograr que Saraiva
saliera de su cesto y se pusiera a bailar como él quería. (...) al Brasil
(...) mucho le convenía no desentenderse de lo que estaba pasando en el
Paraguay, el inquieto, irascible y cada día más poderoso vecino, de cuya buena
voluntad dependían enteramente las comunicaciones de la más grande provincia
brasileña con el mundo y cuyo presidente era universalmente conocido como
enconado enemigo del Imperio. Y Elizalde traía las pruebas de que el Paraguay
se preparaba activamente para la guerra. El agente paraguayo en Buenos Aires
estaba enviando gruesos giros a Europa para el pago de armamentos, y el doctor
Lorenzo Torres, amigo del presidente Mitre, poseía cartas del canciller
paraguayo José Berges en que se hablaba terminantemente de la decisión de
llegar a la guerra. (10)
El
rechazo de López como mediador en la crisis oriental por parte de los
representantes diplomáticos argentino y brasileño constituyó un elemento que
no hizo más que potenciar el ya existente recelo del régimen de Asunción
hacia los gobiernos de Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.
C. Báez, op. cit., p. 132.
Ibid., p. 130.
Ibid., p. 135.
Ibid., p. 133.
Ibid., p. 135.
Texto de las memorias de Vázquez Sagastume, cit. en ibid., pp. 135-136.
Ibid., pp. 140-142.
Efraím Cardozo, El Imperio del Brasil y el Río de la Plata. Antecedentes y estallido de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Librería del Plata, 1961, p. 35.
Ibid., p. 58.
Ibid., p. 209.
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