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Pelham Horton Box, en su libro Los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza, plantea la activa influencia de los políticos blancos de Montevideo sobre el paraguayo Francisco Solano López, para que este último interviniese en la crisis oriental, que la antesala de la guerra. (1) Para probar su argumento, Box relata una serie de acontecimientos que muestran el rol activo de la diplomacia oriental blanca en buscar -y finalmente obtener- la adhesión paraguaya a la guerra que sostenían contra los colorados -quienes a su vez contaban con el apoyo del mitrismo porteño y de los sectores riograndenses en el Imperio-. El 13 de junio de 1864, el ministro oriental en Asunción, José Vázquez Sagastume solicitó formalmente a Solano López su mediación entre Uruguay y Brasil y el 17 del mismo mes, López cedió a la solicitud, despachando a un mensajero especial con destino a Río de Janeiro para informar al gobierno imperial acerca de la actitud de mediación adoptada. (2) 
   
La nota paraguaya anunciando la voluntad de mediación de López en la crisis oriental llegó en el justo momento en el que la mediación encabezada por Thornton-Saraiva-Elizalde, entre el gobierno blanco de Montevideo y los colorados de Venancio Flores, parecía coronada por el éxito. Saraiva, a quien le llegó una copia de la nota del gobierno paraguayo, respondió gentilmente que no era necesaria la mediación de López. Lo propio hizo el canciller del gobierno de Montevideo, Juan José de Herrera. Pero la mediación conjunta fracasó hacia principios de 1864, debido a la cuestión inaceptable para el gobierno blanco de tener que admitir sólo miembros colorados en el gabinete -según el revisionista Rosa una exigencia efectuada en forma intencional por parte de Thornton y Elizalde, quienes deseaban hacer tambalear el gobierno blanco-. Ante esta complicada realidad, Herrera decidió recurrir a la ayuda de Solano López.
   
Llegado a este punto de su análisis, Box cita una sugestivo memorándum del enviado del ministro de Herrera, Antonio de las Carreras, al canciller paraguayo Berges, con fecha del 1º de agosto de 1864. Sugestivo memorándum pues es un reflejo de la óptica blanca y presenta al gobierno de Mitre como el responsable de la crisis oriental, y gestor además de un plan de reconstrucción del virreinato del Río de la Plata -idea ésta fervientemente rechazada por el enfoque liberal argentino y que McLynn retoma como uno de sus argumentos centrales para explicar las causas de la Guerra de la Triple Alianza-. Según el memorándum de Carreras, los sucesos políticos orientales que siguieron a la invasión de Flores "traían a la memoria el plan iniciado por el general Mitre y aceptado por los orientales que acompañaban al caudillo colorado, de reconstruir el antiguo virreinato de Buenos Aires bajo la denominación de «Estados Unidos del Río de la Plata»", idea que había sido apoyada en un banquete político y propagada por la prensa bonaerense. Carreras continuaba diciendo que 

la actual cooperación del Brasil y de la Argentina probaba la intención de repartirse el Uruguay (...) El peligro que pendía sobre el Uruguay, también amenazaba al Paraguay, y subsistiría mientras Buenos Aires dominara al resto de las provincias argentinas. La única manera de conjurar ese peligro sería aniquilando el maléfico poder de Buenos Aires con la segregación de las provincias restantes (...) La causa de la independencia estaría también indirectamente secundada por el partido separatista de Buenos Aires y por la población de la ciudad, renuente a soportar de nuevo los azares de la guerra civil. (3)

 Según Box, Solano López estaba tan convencido de la importancia militar del Paraguay en el contexto de la región sudamericana, que llegó a sobrestimarla embarcándose en una guerra en la que peleaba absolutamente solo. Presenta al presidente paraguayo como un hombre sumamente influenciable, hasta el punto de ser el blanco de la diplomacia de Octavio Lapido, Vázquez Sagastume y Antonio de las Carreras. (4)  Para demostrar el rol de la diplomacia blanca en azuzar los ánimos de López contra Mitre, Box cita una carta de Octavio Lapido al gobierno paraguayo, con fecha del 2 de septiembre de 1863, la cual contenía gravísimos cargos contra la gestión de Mitre. Decía la carta enviada por el diplomático oriental: 

Contra las reiteradas declaraciones y protestas de neutralidad del Gobierno Argentino, y de respeto a la soberanía e independencia de la República Oriental, están los hechos diciendo, que el Gobierno Argentino no ha cumplido, ni cumple con los deberes que la ley de las naciones le impone para con un pueblo vecino y amigo y que, por faltar a ellos la República Oriental se ve invadida todos los días por fuerzas armadas, equipadas y pertrechadas en territorio argentino, con el consentimiento y hasta con la cooperación de las autoridades argentinas, ostentándose en Buenos Aires, Capital de la República, y asiento del Gobierno Nacional, el hecho insólito de hallarse constituida públicamente la comisión directiva de la revolución en el Estado Oriental, que la dirige y auxilia públicamente, con todo género de elementos (...).

Proseguía la carta de Lapido a Berges diciendo:  

El Gobierno Oriental entiende, Sr Ministro, que el peligro que hoy amenaza a la República del Uruguay, debe ser un motivo de alarma para la República del Paraguay, que la independencia de la República Oriental es una condición de equilibrio, de seguridad y de paz, para la República del Paraguay, y que sus Gobiernos, sin desconocer los intereses más vitales de ambos pueblos, no podrían mirar con indiferencia los ataques dirigidos a la independencia de cualquiera de ellos. 

Teniendo mi Gobierno esta convicción, no puede menos de esperar que la voz y la valiosa cooperación del Gobierno de la República del Paraguay se harán sentir para contener los desbordes de la política agresora que desgraciadamente está imperando en los Consejos del Gobierno Argentino, de esa política que, atentando encubiertamente a la independencia de la República Oriental, tiende a conquistar una preponderancia peligrosa, y amenaza llevar la revolución y el desquicio a los demás pueblos vecinos (...).(5)
    En opinión de Box, con esta nota se presentaba la oportunidad tan esperada por Francisco Solano López de ejercer un rol protagónico en el escenario político rioplatense. El canciller de Solano López, José Berges, redactó un despacho en nombre del presidente con copias de esta incendiaria nota de Lapido y otras del cuerpo diplomático de Montevideo, dirigido nada menos que a su par de Buenos Aires, el canciller de Mitre Rufino de Elizalde, “para solicitar del Gobierno de V.E. las amistosas explicaciones, que la presente nota lleva por objeto”. (6) El envío de este despacho de Berges en nombre de Solano López estaba demostrando el éxito de la diplomacia blanca en incitar los ánimos de protagonismo del presidente paraguayo. Inclusive Berges fue más allá de lo deseado por Lapido al enviar copia de la nota de este último al canciller mitrista Elizalde. Por su parte, Mitre negó las explicaciones pedidas por Solano López, alegando su neutralidad en la crisis oriental. Este factor, de acuerdo con Box, terminó con las negociaciones entre Mitre y López hacia febrero de 1864. A partir de esa fecha, el régimen paraguayo comenzó preparativos militares dirigidos contra la Argentina y no contra Brasil. (7)
   
En la perspectiva de Box -y como sostiene el enfoque liberal argentino de la Academia Nacional de la Historia-, Mitre tuvo una actitud neutral en la crisis uruguaya, por el peso de tres factores: a) la opinión pública argentina rechazaba toda complicidad con Brasil; b) las discordias entre Buenos Aires y las provincias hacían necesario que Mitre adoptase un bajo perfil en la relación con sus vecinos, para defender el orden interno conquistado luego de Pavón, y c) su más importante aliado del orden mitrista, Urquiza, tampoco deseaba involucrarse en la crisis oriental. (8)  
   
Box no niega la complicidad mitrista en las actividades revolucionarias de los colorados que operaban desde Buenos Aires siguiendo una política hostil hacia el gobierno de Montevideo. Pero el autor sostiene que Mitre no estaba preparado para invadir el Uruguay como contrapartida de la ayuda que Flores le otorgó en los campos de Cepeda o Pavón. Tampoco hay pruebas para Box de que el gobierno argentino abrigara designios contra la integridad o independencia uruguaya. En cambio, los blancos, luego de concretarse la invasión colorada de Venancio Flores, se involucraron en una serie de misiones diplomáticas que tuvieron por objetivo atentar contra la unidad obtenida por la República Argentina. También Box descarta una actitud intervencionista del gobierno brasileño respecto de la cuestión oriental durante la primera fase de la invasión de Venancio Flores, aunque señala la influencia en el gabinete imperial de los intervencionistas dirigidos por el general riograndense Joao Felipe Netto.
   
De acuerdo con el análisis de Box, Mitre y Urquiza estaban alarmados ante la amenaza del Paraguay. Urquiza parece haber sabido que López se proponía cruzar territorio argentino para intervenir en la Banda Oriental, de allí la insinuación del entrerriano de que Mitre otorgase permiso a los beligerantes para atravesar Misiones. Por su parte, Mitre detestaba a Solano López, pues presidía un país con una estructura política y económica que estaba en las antípodas de su pensamiento liberal.  Box sostiene que el gobierno de Mitre, con enemigos en Montevideo, Asunción y las provincias no estaba en condiciones de mostrarse hostil a Brasil, un amigo potencial. Por otro lado, el liberalismo del pensamiento de Mitre llevaba a éste a admirar la prosperidad y el orden de la "democracia coronada" del Imperio de Brasil  y a hacer abstracción del esclavismo brasileño. Mitre veía al gobierno brasileño como "un ejemplo luminoso de orden constitucional y progreso económico, en medio del tumulto del caudillaje sudamericano". (9) Box remarca como un elemento muy importante para explicar las causas de la Guerra de la Triple Alianza la incompatibilidad política, económica e ideológica entre los gobiernos de Mitre y Solano López. (10)
   
Según F. J. McLynn, el británico Pelham Horton Box responsabiliza a Francisco Solano López del estallido de la guerra del Paraguay, aunque aclara que la preocupación de Box no estaba centrada en las causas de la guerra sino en los orígenes de la misma. Cabe recordar que en los tiempos en que Box escribe su libro sobre la Guerra de la Triple Alianza, los historiadores revisionistas argentinos habían intentado rehabilitar la figura de Solano López y sugerido que otros agentes, tal vez Brasil o el imperialismo británico, habían sido los factores principales conducentes a la guerra más sangrienta de América del Sur. Contra estas interpretaciones, McLynn sostiene que la causa primaria de la guerra del Paraguay fue la política del gobierno argentino bajo la presidencia de Bartolomé Mitre. (11) 
   
De acuerdo con McLynn, la tentación en los historiadores de fijar la responsabilidad del estallido de la Guerra de la Triple Alianza en Solano López se explica  por dos razones principales: porque sacó a Paraguay del aislacionismo establecido bajo los gobiernos de Rodríguez de Francia y de su padre Carlos Antonio López, colocándolo en una vía expansionista; y por la explicación de sus acciones como respuesta a la agresión brasileña que constituía una amenaza a la supervivencia del Paraguay. McLynn sostiene que la última no puede tomarse seriamente como factor explicativo de la Guerra de la Triple Alianza, pues la historia posterior prueba que Brasil no era una amenaza para esta nación como imaginaba Solano López. Las dos razones por las cuales se percibe a López como una especie de agresor gratuito en el Río de la Plata están abiertas a serias objeciones según McLynn. En primer lugar, la emergencia de Paraguay en 1863 saliendo de su aislacionismo era una tentativa provocada por un factor nuevo en el área rioplatense: la emergencia de la Argentina unificada bajo Mitre. (12)
   
Frecuentemente se pasa por alto que López en 1863 hizo sustanciales esfuerzos por interesar a Mitre en un tratado de alianza contra Brasil, que también serviría para mitigar las ansiedades del gobierno paraguayo acerca del argentino, y permitiría a Paraguay retirarse hacia su posición aislacionista, pero esta tentativa fue sistemáticamente rechazada por el presidente argentino. (13) Tampoco estaba interesado López en esfuerzos serios por debilitar la posición interna de Mitre, estimulando a Urquiza a que su provincia de Entre Ríos se separara del resto de la República Argentina. En 1863 López no puede ser percibido como un agresor en opinión de McLynn. Incluso su interés en Uruguay, que lo condujo a entrar en colisión con Brasil y con la Argentina, fue provocado por la misión de Octavio Lapido, representante diplomático del presidente uruguayo Bernardo Prudencio Berro, que tuvo lugar ese mismo año, una vez que la elite gobernante del partido blanco en Montevideo fue amenazada por la invasión del general Venancio Flores del partido colorado.  
    Hasta el estallido de la guerra con la Argentina, en abril de 1865, López no había considerado seriamente la idea de que la principal amenaza para su régimen provenía de la Argentina; es significativo que declaró la guerra contra Brasil en noviembre de 1864 pero no contra el gobierno de Mitre. Todo su pensamiento respecto de la Argentina estaba regido por el convencimiento de que Brasil era el enemigo natural de su nación y de la Argentina. La diplomacia de López en 1863 muestra la determinación paraguaya de no ofender a Mitre. Tanto la misión Lapido desde Uruguay como la misión confidencial de Urquiza confiada a José Rufo Caminos que insinuó la posibilidad de una alianza tripartita entre Entre Ríos, Uruguay y Paraguay fueron rechazadas por esta razón. (14)
   
López consideró que una Argentina desunida le era menos útil que una unida, y aceptar las propuestas de Urquiza incluían un retorno al statu quo anterior a Pavón. En la percepción de López, tal escenario implicaba la división de la Argentina en dos estados hostiles y demasiado débiles para garantizar la independencia paraguaya. López consideraba a su vez inconcebible una alianza entre Brasil y la Argentina. Resistía las exhortaciones de Berro en el Uruguay para ocupar la isla de Martín García en el Río de la Plata. Aseguró además al enviado de Mitre Norberto de la Riestra que no estaba planeando ninguna clase de golpe contra Buenos Aires en conjunción con Urquiza en Entre Ríos. (15)  
   
López rechazó tomar cualquier medida conciliatoria hacia el gobierno uruguayo que llevara al paraguayo a distanciarse del argentino hasta fines de 1863, cuando López anunció que estaba preparado para abandonar su postura de neutralidad sobre Uruguay si la seguridad de Paraguay así lo requería. (16) López dio este paso a desgano, ocho meses después de una voluminosa intervención argentina en Uruguay, y luego de resistir mucha presión en favor de tomar una acción enérgica contra Mitre. El mito del enloquecido dictador paraguayo que revirtió la política aislacionista de su padre por antojo y precipitó a su país en una colisión inevitable con sus vecinos no se corresponde con las evidencias. Aun en 1864, con la profundización de la crisis, la diplomacia de López permanecía moderada y circunspecta. Mientras la Argentina y Brasil se dirigían hacia una alianza formal, López rechazaba las declaraciones del gobierno blanco uruguayo tendientes a formar un pacto defensivo con Paraguay y contra los dos grandes poderes platenses. Brasil en cambio dejó muy clara su decisión de utilizar la fuerza en beneficio de los colorados en la guerra civil uruguaya, aunque esto implicara la guerra contra López. (17) 
   
Sólo en octubre de 1864, con la ocupación de la Banda Oriental por parte de las fuerzas brasileñas, con una inminente alianza entre Brasil y la Argentina, y luego de que Mitre hubiera desafiado a López públicamente al negar la legitimidad de su gobierno, el dictador paraguayo pensó seriamente en obstaculizar los planes de Mitre, buscando una alianza con Urquiza. López ahora temía que el involucramiento argentino-brasileño en la Banda Oriental fuese un preludio del desmembramiento de Paraguay. De acuerdo con esta nueva percepción de 1864, diferente a la de 1863, Solano López retornó al pensamiento de su padre, que había percibido en la formación de un estado independiente, integrado por Entre Ríos y Corrientes, la mejor garantía para la autonomía paraguaya y la libre navegación del río Paraná. Esta idea había sido sugerida a Urquiza luego de la secesión de Buenos Aires de la Confederación Argentina en 1853 y había sido recibida con interés por el caudillo entrerriano. (18)
   
La resurrección de esta idea se fundó eventualmente en el engaño y la mentira de Urquiza. Pero una vez más no deja de ser significativo que "el acto de agresión" por parte de López que llevó a la Argentina a la guerra contra éste no fue considerado por Urquiza como una cuestión importante. Esto último fue lo que el caudillo entrerriano dijo a Mitre: que el cruce del ejército paraguayo por el deshabitado territorio de Misiones, para atacar al ejército brasileño en Uruguay, era un asunto insignificante y no debía ser utilizado como un pretexto para la declaración argentina de guerra al Paraguay. (19)
   
Las reacciones argentinas desde 1863 indudablemente sorprendieron a López, quien se embarcó en una guerra con una nación con la que no quería pelear. En un vano intercambio de notas a principios de 1864, López trató una y otra vez de que Mitre aceptara el principio por el cual Paraguay tenía derecho a ser consultado en las cuestiones de la Banda Oriental. (20)  Desde su llegada al poder en 1862, López persiguió una política de conciliación, casi de deferencia, hacia Brasil. Los planes de López de designarse a sí mismo como emperador de Paraguay estaban aparentemente basados en una sugerencia del mismo Pedro II. Para McLynn, se puede acusar a López de inepto en su diplomacia, pero no se puede plantear la figura del dictador paraguayo como un provocador de guerras, irrumpiendo súbitamente en las potencias pacíficas del Río de la Plata.
    Tanto Uruguay como Urquiza (con un base de poder virtualmente independiente en Entre Ríos), aunque hayan sido factores importantes en los acontecimientos que llevaron a la emergencia del conflicto general en 1865, no pueden ser considerados según McLynn los factores primarios en la provocación (o causalidad) de la Guerra de la Triple Alianza. Urquiza era en esos años un político oportunista, que reaccionaba según el juego de los hechos, pero que nunca inició políticas. Y en el caso de Uruguay, si bien es cierto que la crónica inestabilidad y la mordacidad de la lucha facciosa entre blancos y colorados fue una precondición para la aparición del conflicto en el Río de la Plata, no fue una razón convincente para hacer de las cuestiones orientales la causa primaria del conflicto general. La lucha entre colorados y blancos había sido continua desde la independencia uruguaya y no había engendrado sin embargo una guerra en gran escala en el Río de la Plata. (21) 
    McLynn se pregunta qué ocurre con Brasil. A primera vista, podría aparecer como un prometedor candidato a constituir la causa primaria del conflicto con Paraguay, especialmente debido a que una suerte de crudo imperialismo parece haber compelido a esta nación a jugar un rol principal en un área de importancia periférica para sus intereses de seguridad. ¿Por qué Brasil intervino en Uruguay? La causa próxima de la presencia brasileña fue la invasión de Flores y su consecuencia. Se temía en Río que la nueva política de López de mirar hacia el exterior pudiese conducir a una alianza entre Paraguay y la Argentina. Si al mismo tiempo los colorados, aliados de Mitre, invadían Uruguay, la Argentina surgiría como una fuerza excesivamente poderosa en el flanco sur de Brasil. La ironía de la guerra paraguaya es que Brasil originalmente intervino en el Río de la Plata para prevenir la emergencia de una "Argentina más grande" y se encontró luchando en una guerra cuyo propósito, en la percepción porteña, era justamente éste. Como resultado del desatino de López de presentarse a escena en el momento equivocado, en septiembre de 1863, Mitre fue capaz de distraer la atención brasileña hacia una supuesta amenaza militar de Paraguay. (22) 
   
Sin embargo, en las primeras etapas de la crisis uruguaya, la política brasileña estuvo lejos de ser monolítica. Existían poderosas razones que tironeaban al gobierno imperial a adoptar una política en sentido contrario de la esperada por los hombres fuertes de Río Grande. (23) Presiones que no obedecían precisamente a consideraciones políticas de equilibrio de poder. El barón de Mauá, al frente de un banco brasileño, era una poderosa figura en Río y la fuente de crédito más importante para los gobiernos del Río de la Plata, y deseaba a cualquier precio un arreglo pacífico en la disputa oriental. (24)  Por convicción Mauá favorecía a los blancos y despreciaba al general Flores, pero lo más importante es que Mauá temía los efectos que podía tener un conflicto sostenido en el Río de la Plata sobre sus vastas inversiones en la Argentina y Uruguay. (25)  Es significativo -apunta Lynn- que Mauá fue capaz de eliminar a Urquiza como factor causal en la crisis oriental de 1863 gracias al poder de su dinero (lo que el revisionista José María Rosa denomina la "diplomacia del patacón"), pero el monto total de créditos facilitados por Mauá a Mitre -que totalizaban 8 millones de pesos- no le consiguieron ninguna influencia sobre el gobierno de éste. (26) 
   
Evidentemente, estos últimos factores no fueron lo suficientemente significativos y el año 1864 fue testigo de una alianza de Brasil con la Argentina y de la iniciación de la guerra contra Paraguay. Aun el cambio de gobierno en Río a fines de 1863, que condujo a los liberales al poder, no afectó este giro proargentino de la política exterior brasileña. Para dar cuenta de esta inusual alianza con la Argentina y de la masiva intervención imperial en Uruguay, algunos autores sugieren que Brasil se embarcó en una aventura externa para desviar la atención interna de la depresión económica y la crisis financiera. (27)
    Otros autores ponen el acento en el interés de Brasil en abrir la economía paraguaya y lograr la libertad de navegación de los ríos Paraná y Paraguay, sobre todo debido al aislamiento de la provincia de Mato Grosso del resto del Imperio. La cuestión de la libre navegación era un punto "ideológico" que unía a las autoridades imperiales con las argentinas. Otros puntualizan como factor causal de la actitud brasileña de acercamiento a la Argentina los recurrentes conflictos de límites ente Paraguay y Brasil, sin explicar cómo estos conflictos llegaron a ser súbitamente en la década de 1860 tan importantes como para provocar una guerra en gran escala o cómo condujeron a la alianza con la Argentina. La mayoría de los autores que adjudican a Brasil la responsabilidad primaria en la Guerra de la Triple Alianza siguen a Box en su argumento de atribuir a las políticas de Pedro II un sesgo de crudo imperialismo o expansionismo, realzado por la percepción de los líderes políticos brasileños de que si no eran satisfechas las aspiraciones económicas de Río Grande, esta provincia se separaría del resto del Imperio. Lynn contraargumenta que aceptar la tesis de Box sobre el sesgo expansionista de Brasil implica rechazar su interpretación de Solano López, ya que si realmente Brasil estaba motivado por este tipo de política, López tenía justificación para sus acciones. (28)
   
Pero la tesis de un Brasil expansionista no resulta convincente según McLynn por dos razones principales: en primer lugar, aceptar dicha tesis implica esperar que Brasil hiciera efectiva esta política en 1870 y se convirtiese en la fuerza permanente y más importante de la región rioplatense, lo que no ocurrió. Segundo, implica sostener que la elite de Río Grande do Sul realmente tuvo el poder y la influencia que esta tesis requiere y que el interés nacional de Brasil era percibido por su clase gobernante como en gran parte dependiente de los intereses ganaderos del sur. Esta afirmación no se corresponde con nada de lo conocido acerca de la vida política o económica brasileña en este período, ni por el curso tomado por los acontecimientos luego de 1870. Para McLynn es más probable que la verdad de la cuestión resida en el hecho de que los brasileños tenían percepciones e intereses divididos respecto de Uruguay y que el factor específico de la diplomacia de Mitre los haya empujado a la guerra con Paraguay. (29)
   
McLynn se pregunta luego por el rol desempeñado por Gran Bretaña en el conflicto y si es posible adjudicarle haber sido el motor principal del mismo. (30) Si Gran Bretaña significa el gobierno británico, en su opinión esta afirmación no es correcta. Es bastante claro, a  juzgar por las fuentes, que el gobierno británico tenía realmente poco interés en la guerra. (31) Verdaderamente, las grandes potencias fueron censuradas más por la apatía hacia Paraguay que por la intervención. Con la excepción de Estados Unidos, que tendía a favorecer a López, las grandes potencias miraron con indiferencia la invasión de Paraguay. En la medida en que Gran Bretaña reaccionó, lo hizo en forma desfavorable a las naciones de la Triple Alianza. En 1866, disgustado por las cláusulas secretas del tratado de la Triple Alianza, el gobierno de Londres las publicó para que fuesen sometidas al examen  internacional. La verdad es que en la esfera política el personal del Foreign Office en el Río de la Plata tenía virtualmente libertad de maniobra. El principal diplomático británico en el área rioplatense en los primeros años de la década de 1860 era Edward Thornton, quien estaba estrechamente identificado con las políticas adoptadas por el presidente Mitre. En junio de 1864 Thornton acompañó al canciller de Mitre Rufino de Elizalde a Montevideo para intentar forzar los términos de negociación con el gobierno blanco de Aguirre. La aversión de Thornton hacia Paraguay y Solano López era un secreto a voces. Su informe acerca del estado de Paraguay y de la "tiranía" de López en 1864 lo demostraban en forma clara. (32) 
   
Paraguay y Thornton era viejos enemigos: en 1859, durante la cuestión Canstatt, Thornton había detenido a la nave paraguaya "Tacuarí" en Buenos Aires con Francisco Solano López a bordo, para forzar al entonces presidente Carlos Antonio López a liberar de la prisión a Santiago Canstatt que pedía la nacionalidad británica. Pero debe recordarse que Thornton perseguía una política particular, no recomendada ni ordenada desde Londres. Durante la ausencia por licencia de Thornton, desde agosto de 1862 a diciembre de 1863, su sucesor Doria virtualmente invirtió su política. En mayo de 1863 Doria incorporó a sus colegas francés e italiano para levantar una enérgica protesta contra la intervención de Mitre en Uruguay. (33) Como resultado de sus recriminaciones contra la invasión de Flores respaldada por Mitre y Elizalde, Doria llevó las relaciones con la Argentina casi al punto de ruptura.(34) El principal escándalo explotó en agosto de 1863 cuando Doria ordenó al almirante Warren y a los barcos de guerra británicos en el Río de la Plata que interceptaran a los convoyes que auxiliaban a Flores; mientras Warren ofrecía respuestas evasivas, Thornton desde Londres condenaba la acción de Doria. (35) La primera acción de Thornton al asumir nuevamente su cargo como ministro en Buenos Aires en diciembre de 1863 fue anular las iniciativas de Doria y lanzar su completo respaldo a Mitre.
    La única sugerencia que podría formularse respecto de por qué Gran Bretaña podía haber estado ansiosa en abrir la economía paraguaya -uno de los argumentos del revisionismo argentino- podría estar vinculada a la necesidad de provisión de algodón interrumpida cuando los estados del sur de Estados Unidos, los principales proveedores de algodón para Gran Bretaña, estuvieron convulsionados por la guerra civil norteamericana de 1861 a 1865. Este argumento -que está reflejado en el trabajo de León Pomer, La Guerra del Paraguay. Gran negocio, (Buenos Aires, 1968)- sostiene que los intereses británicos, respaldados por su gobierno, desearon convertir a Paraguay en una especie de colonia auxiliar del Imperio, constituyendo la principal fuente de algodón que no podía obtenerse de los Estados Confederados. (36)
    Para McLynn este argumento no es convincente por dos razones. Primero, la cronología no favorece tal interpretación. La Guerra de la Triple Alianza estalló justo cuando la guerra civil norteamericana había terminado, luego de cuatro años durante los cuales Gran Bretaña no protagonizó ningún esfuerzo serio para almacenar la cosecha de algodón de Paraguay. Segundo, los británicos tenían una oferta bastante adecuada de algodón, capaz de reemplazar la pérdida del mercado norteamericano a causa de la guerra civil, en otra parte. Desde principios de la década de 1860 las ventas de algodón desde Egipto se incrementaron drásticamente, proveyendo 70% de las ganancias de exportación e insertando firmemente a Egipto dentro del ámbito del sistema económico internacional británico. (37) En consecuencia, no puede ser sustentada la tesis de la manipulación británica de Mitre. No existen dudas acerca de que muchos de los empresarios británicos eran partidarios de abrir Paraguay al "libre comercio" y que, desde el punto de vista ideológico, sentían un considerable desagrado por el sistema económico cerrado de dicho país. Después de todo, los comerciantes extranjeros habían sido expulsados de Paraguay en los días de Rodríguez de Francia (los hermanos Robertson fueron los comerciantes más conocidos que sufrieron este destino) y no se les permitió volver. Pero sin el respaldo oficial los deseos de los capitalistas individuales contaban poco. 
    Sin eliminar otras posibles explicaciones, McLynn se centra en las acciones y políticas del gobierno de Mitre en la Argentina para explicar la Guerra de la Triple Alianza. Lynn sostiene que Box acierta cuando coloca en su análisis causal de dicha Guerra el conflicto entre la ideología de laissez-faire del liberalismo en la Argentina y el estatismo del Paraguay. El monopolio estatal del tabaco y la yerba mate en Paraguay, que representaba una tradición que databa de las reducciones jesuíticas, había sido respaldado y reforzado por Francia y los López. En todo sentido los sistemas políticos y económicos de la Argentina y Paraguay parecían chocar entre sí. Desde el punto de vista paraguayo, la Argentina siempre había sido el enemigo tradicional. Problemas limítrofes que involucraban la soberanía sobre el Gran Chaco y sobre el río Paraná constituyeron tal vez problemas de menor importancia al lado de la actitud propietaria de la Argentina hacia Paraguay, evidente desde 1811. En Buenos Aires se sentía que el antiguo Virreinato del Río de la Plata formaba una entidad política "natural" y que Paraguay debía formar parte de una gran nación argentina. Los gobernantes de la Argentina no estaban preparados para aceptar la independencia permanente de Paraguay y deseaban absorber ese territorio. Sólo en 1852 con la caída de Rosas la Argentina reconoció la soberanía paraguaya como nación autónoma. Mc Lynn se pregunta por qué este conflicto natural entre la Argentina y Paraguay condujo a una guerra en gran escala recién en la década de 1860. La respuesta usual está vinculada a la llegada de Solano López al gobierno paraguayo. Si bien McLynn no opone objeciones metodólogicas a este argumento, afirma que recargar las tintas en la personalidad de Solano López oscurece las "contradicciones" estructurales entra la Argentina y Paraguay y enfatiza los factores contingentes erróneos. Para McLynn el dato más significativo en el desarrollo rioplatense en la década de 1860 no fue la llegada de Solano López al gobierno de Paraguay sino la de Bartolomé Mitre al de una Argentina unificada, dedicado éste a un programa de "modernización" y "civilización" o, en otras palabras, a la transformación de la Argentina en una sociedad capitalista moderna. (38)
    Recién con Mitre la Argentina tuvo por primera vez la oportunidad de establecer sus diferencias con Paraguay. Para poder explicar la conducta de Mitre respecto del Paraguay, McLynn analiza las fuerzas opuestas a Mitre y la precariedad de su propia base de poder. Dentro de la misma provincia de Buenos Aires los autonomistas  o localistas porteños se oponían a él, también lo hacían los caudillos del Interior, salvo pocas excepciones, y a los ojos de Mitre la lealtad del ex presidente Urquiza, el líder de los federales del Interior y el poder más prominente en Entre Ríos, era dudosa. En Uruguay la facción de los blancos  que estaban en el gobierno eran los enemigos de Mitre y Paraguay continuaba ostentando el desafío de su existencia a los porteños.
   
Para ser exitoso en sus objetivos políticos, Mitre debía destruir a sus enemigos. El punto de inflexión real para la Argentina y Paraguay llegó en 1863 con la revuelta del líder montonero de La Rioja, Angel Vicente Peñaloza. Fue este acontecimiento el que convenció a Mitre de que el momento crítico de su régimen había llegado y que la mejor forma de defenderse era el ataque. Peñaloza buscó apoyo en Uruguay y en Urquiza. Si el apoyo de éstos últimos era otorgado y Mitre los enfrentaba, podrían responder a dicho ataque buscando ayuda en Paraguay. En este sentido, se puede afirmar que todos los actores principales en el área rioplatense estaban indisolublemente unidos. Como lo puntualizara Alberdi, las dos facciones en Uruguay, los blancos y los colorados, eran meras extensiones de los partidos federal y liberal en la Argentina y era imposible considerar los hechos en la Banda Oriental en forma aislada de los que sucedían del otro lado del estuario del Río de la Plata. (39)
    Esta tendencia quedaba claramente evidenciada por la actitud de los actores. El general Flores, líder del partido colorado exiliado en Buenos Aires luego de la derrota de su partido en Quinteros en 1858, urgió a Mitre el día posterior a Pavón para que pusiera su atención en Uruguay, ya que había triunfado en la Argentina y podía entonces ayudar a sus amigos aquí. (40) Mitre, altamente receloso respecto de la formación potencial de fuerzas contra su autoridad, decidió conducir a Flores contra Uruguay en abril de 1863, inmediatamente después de las noticias de que Peñaloza estaba estableciendo la norma de revuelta. Su objetivo era remover la amenaza interna a su régimen para consolidar sus apoyos externos. El primer objetivo a ser superado era Uruguay; luego, dependiendo de las circunstancias, Paraguay o Urquiza.
    Un estudio profundo de la guerra paraguaya la revela como el aspecto más serio de una guerra civil continua en el Río de la Plata desde 1863 a 1871, desde la última revuelta de Peñaloza a la derrota de Ricardo López Jordán en Entre Ríos. Los levantamientos montoneros de 1863 y 1867, la guerra civil oriental de 1863-1865 y el golpe de 1870, el asesinato de Urquiza y la revuelta de Entre Ríos en 1870 son acontecimientos que están íntimamente conectados con la Guerra de la Triple Alianza y no pueden ser considerados en forma apartada de ella. (41) Paraguay era una amenaza para Mitre en un sentido adicional que iba más allá del que lo llevó a enfrentar el levantamiento montonero de 1863. Una de las más severas debilidades de la montonera radicaba en su falta de contenido ideológico o conciencia política; líderes como Peñaloza o Felipe Varela no explicaban en sus pronunciamientos cuál era la alternativa al capitalismo liberal propuesto por Mitre. En cambio, Paraguay constituía un ejemplo vívido y floreciente de un sistema político y económico totalmente diferente al pretendido por el mitrismo. (42)
   
Pero esta situación no significaba precisamente que una economía controlada por el estado como la paraguaya fuera capaz de derrotar a la burguesía comercial en su propio juego: más allá de esto, debido a que las provincias del Interior de la Argentina necesitaban la protección económica que el estado de Paraguay extendía a sus productores y que los intereses del librecomercio porteño no otorgaban, el ejemplo de Paraguay era peligroso e insidioso. En una palabra, el sistema económico y político de Paraguay parecía ofrecer a las provincias del Interior argentino lo que necesitaban, en una forma que el sistema porteño obviamente fracasaba completamente en otorgar. (43)  Una dimensión adicional en el molesto ejemplo paraguayo era la integración social de su población guaraní.
    Puede objetarse que existe poca evidencia documental para sostener la interpretación de Mitre como un personaje involucrado en un elaborado proceso de agresión y eliminación de oponentes en el Río de la Plata. Pero la poca existencia documental resulta ciertamente impresionante respecto de esta tendencia. La negativa de Mitre a aceptar cualquiera de las propuestas de López tendientes a una alianza defensiva contra Brasil ha sido notoria. Aun más interesante es la habilidad con la que Mitre manipuló a Pedro II y a López para generar conflictos entre ambos. Ni Brasil ni Paraguay habían tenido realmente intereses vitales en juego en nombre de los cuales fuesen a la guerra uno contra el otro, y sólo lo hicieron en última instancia cuando uno malinterpretó las intenciones del otro. La proeza sorprendente de Mitre de convertir a Brasil en el protagonista en las políticas rioplatenses y convertirlo en el caballo de Troya para la política exterior argentina constituye para McLynn una de las anécdotas más exitosas y  desconocidas en la historia argentina. (44)
   
En 1863 Brasil se había alarmado respecto de una posible anexión del Uruguay por parte de la Argentina y comenzó a actuar para prevenir tal desarrollo, en la línea de los tradicionales objetivos de equilibrio de poder brasileños. (45)  El canciller Juan Alvez Loureiro salió de Río de Janeiro para sondear las intenciones argentinas; en Buenos Aires su llegada fue considerada con aprehensión por la elite porteña, que temía un fuerte reproche. (46) En ese momento Solano López pidió a través de una enérgica nota una reafirmación de la neutralidad argentina en la Banda Oriental. Con habilidad superlativa Mitre buscó persuadir a Loureiro de que los intereses brasileños estaban siendo amenazados por un nuevo enemigo en la forma de Paraguay. (47)
    Sorprendentemente Loureiro aceptó esta interpretación mitrista y se echaron las bases para una alianza entre la Argentina y Brasil. Mientras tanto, la implacable intransigencia con la que Mitre perseguía sus objetivos se evidenció claramente en sus negociaciones con otro brasileño, el barón de Mauá, que llegó a la Argentina en misión de paz aproximadamente en el mismo momento de la visita de Loureiro. (48) Como ya se dijo, los empréstitos de 8 millones de pesos a Mitre no pudieron hacerle ganar a Mauá la influencia necesaria para que finalizase la intervención argentina en el Uruguay. Hacia diciembre de 1863 las relaciones entre Mauá y Mitre (a quien el brasileño acusaba por esta época de fomentar la guerra en Uruguay) se volvieron tensas hasta el punto de que el entonces presidente argentino rehusó incluso contestar las cartas de su acreedor referentes al Uruguay. (49)  
   
Hacia fines de ese año Mitre había enredado a Brasil en los acontecimientos del Río de la Plata insistiendo en que el árbitro en el conflicto entre blancos y colorados debía ser el Imperio. (50)  Esta fue una brillante respuesta al pedido de Berro para que el gobierno de Paraguay fuese el mediador en la crisis oriental, (51) ya que colocaba a Paraguay y Brasil en caminos opuestos para el mayor logro de las políticas mitristas. Loureiro, quien había llegado a Buenos Aires para pronunciar una advertencia contra la anexión argentina del Uruguay, salió para Río en octubre de 1863 habiendo firmado un acuerdo que hacía a Pedro II el árbitro de todas las disputas entre la Argentina y Uruguay. Al mismo tiempo los blancos habían prometido a López que ningún acuerdo sería alcanzado en el futuro en la Banda Oriental sin la participación paraguaya. Poco extraña entonces que el conflicto entre Brasil y Paraguay comenzara a parecer inevitable. Mitre reveló su intransigencia en 1864, incluso en las negociaciones con su nuevo aliado. Pedro II quería llamar a una conferencia tripartita integrada por Brasil, Argentina y Uruguay con el objeto de resolver la cuestión oriental pero Mitre no aceptó la postura imperial. (52)
   
José Mármol, el emisario argentino enviado a Río a principios de 1864, demostró ser demasiado dócil y responsable para la discusión racional, (53) factor que llevó a que fuera rápidamente descartado, y entonces el canciller Rufino de Elizalde asumió la dirección personal en la cuestión uruguaya. La misión de junio de 1864 a Uruguay de Elizalde, Thornton y el brasileño Saraiva era la misión de paz más inimaginable de todas: los tres eran antiparaguayos comprometidos y doctrinarios, decididos a llevar adelante las políticas mitristas.
   
Mitre asimismo alegó que comprometer tropas argentinas abiertamente contra los blancos uruguayos invitaría a la represalia de Urquiza. Brasil en consecuencia se encontró interviniendo militarmente en Uruguay mientras Mitre permaneció como mero espectador. Este era una evolución  verdaderamente sorprendente, explicable sólo como fruto de la habilidad de Mitre y de los intereses ganaderos de Río Grande do Sul. (54)
   
La firmeza del presidente argentino respecto de perseguir sus grandes designios en el Río de la Plata lo llevó más tarde a usar el sutil pretexto del territorio de Misiones para conducir a la Argentina a una guerra con Paraguay en la que Brasil se había comprometido desde hacía tiempo. Además el implacable deseo de Mitre de destruir a Paraguay quedó evidenciado en la conferencia que sostuvo con López en septiembre de 1866 en Cerro Corá. El rechazo de Mitre a los términos de paz de López sólo puede ser explicado como la acción de alguien determinado a no tolerar ningún obstáculo en la destrucción de su rival. (55)
   
La evidencia documental de esta obsesión de Mitre por destruir a Paraguay desde 1863 es abrumadora. Naturalmente Mitre nunca admitió que sus verdaderos objetivos eran la destrucción de toda oposición, rival o amenaza a su nuevo orden político-económico en el Río de la Plata, pero según McLynn se pueden detectar signos de sus ambiciones, adecuadamente transfiguradas en el lenguaje diplomático. Esto se debió a que con la entrada de la Argentina en la guerra Mitre dejó caer la máscara un poco y reveló a sus aliados que quería anexar Paraguay en prosecución de la emergencia de una "Argentina más grande". (56)  Elizalde admitió por su parte a Thornton que los objetivos de una "Argentina más grande" incluía la anexión de Paraguay, Uruguay y Bolivia. Aunque la afirmación de Elizalde resultaba audaz, probaba que Mitre tuvo objetivos a priori que no serían alterados hiciera Solano López lo que hiciera. Como Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López habían comprendido claramente, Brasil era el aliado natural de Paraguay. El peor error de Solano López fue no identificar al verdadero y permanente enemigo de Paraguay, la Argentina. 
   
Las conclusiones de McLynn son las siguientes. Primero, en la búsqueda de causas primarias de la guerra paraguaya se pueden descartar a los británicos y a los brasileños. Segundo, la elección reside entre Paraguay y la Argentina, y McLynn opta por esta última. Tercero, el hecho de identificar las políticas de Mitre como el detonante principal de la guerra implica la idea de un hombre de estado con objetivos racionales, más allá del juicio que éstos merezcan. A la vez, no pueden identificarse los objetivos de Solano López como primarios, porque esto obligaría a dejar el ámbito de lo racional y suscribir a una teoría tal que planteara una interpretación acerca de las acciones de un loco paranoico, lo cual no resiste en ningún lugar la prueba de las evidencias.
   
McLynn -al igual que Halperín Dongui- percibe una vinculación entre la Guerra de la Triple Alianza y la necesidad de Mitre de consolidar el proceso de conformación del Estado nacional argentino: Sostiene McLynn:  

Mitre procuró la destrucción de gobiernos hostiles a él y a sus políticas porque su mera existencia (y en el caso de Paraguay, su ejemplo como sistema político y económico alternativo) amenazaba la supervivencia de la Argentina que había sido tan precariamente unificada en 1862. Para alcanzar este objetivo sin ser destruido por las fuerzas combinadas de Uruguay, Paraguay, Urquiza y los montoneros, Mitre tuvo que recurrir al poder de Brasil en el Río de la Plata, auxilio este último que logró con superlativa habilidad. (57)

McLynn puntualiza una ironía final. Aunque la guerra siempre fue un proyecto minoritario de los mitristas debido al volumen masivo de opositores en el interior de Argentina, desde el punto de vista porteño implicaba al menos luchar por intereses reales. Los habitantes del Interior, en cambio, conocieron la guerra y pensaban que la misma era un holocausto fratricida contra su hermano natural, Paraguay, una guerra en la cual ellos se sacrificaban en función de los intereses de Brasil. Este es un tema constante en los escritos de Alberdi. (58) Pero según McLynn Brasil luchó en una guerra sangrienta y gastó enormes recursos humanos y financieros por objetivos que en ningún sentido tenían relación con sus intereses reales. (59)

  1. P.H. Box, op. cit., p. 157.

  2. Ibid., p. 174.

  3. Herrera a Antonio de las Carreras, Montevideo, 14 de julio de 1864, fuente citada y comentada en ibid., p. 176.

  4. Ibid., p. 186.

  5. Lapido a Berges, Asunción, 2 de septiembre de 1863. Texto y traducción incluidos en un despacho de Washburn a Seward, Asunción, 6 de octubre de 1863, M.S.S. del Departamento de Estado, Paraguay Diplomático, I, cit. en ibid., p. 193.

  6. Berges a Elizalde, Asunción, 6 de septiembre de 1863, en A. Rebaudi, op. cit., p. 137, cit. en ibid., p. 194.

  7. Ibid., p. 211.

  8. Urquiza a Mitre, San José, 23 de enero de 1865, Archivo del General Mitre, tomo II, p. 95, cit. en ibid., p. 244.

  9. Ibid., p. 249.

  10. Ibid., pp. 282-284.

  11. F.J. McLynn, op. cit., p. 21.

  12. Ibid., p. 22.

  13. Archivo del general Mitre, II, pp. 9-18, cit. en ibid., p. 22.

  14. Ramón J. Cárcano, op. cit., vol. I, pp. 131-133, cit. en ibid., p. 23.

  15. La Nación Argentina, 8 de diciembre de 1863; Lafuente a Mitre, 3 de diciembre de 1863, en Archivo del general Mitre, II, pp. 27-28, cit. en ibid., p. 23.

  16. López a Mitre, 28 de diciembre de 1863, Archivo del general Mitre, II, pp. 37-39, cit. en ibid., p. 24.

  17. Thornton to Russell, 13 October 1864, British Foreign Office Reports, Public Record Office, London Series 6 Nº 251, cit. en ibid., p. 24.

  18. Ramón J. Cárcano, Del sitio de Buenos Aires al campo de Cepeda, Buenos Aires, 1921, p. 135, cit. en ibid., pp. 24-25.

  19. Urquiza a Mitre, 29 de diciembre de 1864, Archivo del general Mitre, II, p. 89, cit. en ibid., p. 25.

  20. Correspondencia entre Mitre y López, Archivo del general Mitre, II, pp. 29-54, cit. en ibid., p. 25.

  21. Ibid., p. 26.

  22. Ibid.

  23. McLynn se pregunta por qué motivos Brasil simpatizó más con los colorados cuando debería haber apoyado a los blancos como contrapeso de la influencia argentina en el Río de la Plata. Señala entonces que existían otras razones profundas que explican el interés imperial en la Banda Oriental que hacía tiempo habían tentado al gobierno de Río en dirección a la propuesta de independencia del Uruguay, y el resultado fue el choque entre los objetivos que apuntaban al equilibrio de poder de Brasil y otros objetivos. Cita entonces las cuatro motivaciones que según Juan Bautista Alberdi impulsaban el interés brasileño en Uruguay. La primera motivación estaba vinculada al hecho de que Uruguay era el proveedor y granero del Imperio, que disponía de escaso territorio para el pastoreo de ganado y el cultivo de cereales.  Brasil necesitaba carne fresca pero no quería convertirse como Cuba en un cliente de los saladeristas argentinos. Por otro lado, la tierra usada para estos propósitos no producía los altos beneficios que se derivaban del cultivo de tabaco, café y azúcar. En consecuencia, existía un conflicto entre el "interés general" y los intereses de los propietarios privados, que estaban interesados en colocar a Brasil en el status de cliente en relación a Europa y Estados Unidos. La clase gobernante de Brasil prefería resolver este problema sea por la completa anexión de Uruguay sea por la inclusión de este último país en la esfera de influencia brasileña. 
    La segunda motivación estaba relacionada con los intentos del gobierno brasileño por estimular la inmigración europea en el territorio imperial, que se toparon con el obstáculo del tórrido clima del Brasil: el clima templado del Uruguay era un factor que hacía a esta área mucho más atractiva para la colonización europea. La tercera motivación era que Uruguay actuaba como un refugio de los esclavos que escapaban de Brasil en una época en que la esclavitud era todavía considerada como factor esencial de la supervivencia económica del Imperio. La cuarta motivación señalada por Alberdi es tal vez la más importante. Los estancieros de la provincia de Rio Grande do Sul, ubicada al sur de Brasil, evidenciaban intereses particulares en Uruguay. Para estos hombres era importante que el gobierno de Montevideo favoreciera sus intereses: la mayoría de los saladeros brasileños estaban ubicados en Rio Grande do Sul y en consecuencia estaban geográficamente bien ubicados para utilizar la producción de Uruguay con el objetivo de proveer de carne salada a los esclavos negros. (Juan Bautista Alberdi, Obras completas, Buenos Aires, 1886, VI, pp. 64-65, cit. en ibid., p. 27.) 
    Debe aclararse aquí a la argumentación de McLynn que la inclinación de Brasil por el partido colorado uruguayo era histórica y era extremadamente improbable que Brasil optara por apoyar al partido blanco. Por otra parte estas causas profundas del interés brasileño en el Uruguay son justamente las que los revisionistas enfatizan para responsabilizar al imperio de desatar la guerra. En realidad McLynn las desestima porque considera que el sector riograndense no tenía tanta influencia en el gobierno brasileño como para que sus intereses llevaran al país a una guerra regional. No obstante es seguro que dichos intereses sumados a otros factores de política interna coadyuvaron para que ése fuera el camino elegido.

  24. Doria a Russell, 12 de noviembre de 1863, F.O. 6/246, cit. en ibid., p. 28.

  25. Lidia Besouchet, Mauá y su época, Buenos Aires, 1940, cit. en ibid., p. 28.

  26. Ibid., p. 28.

  27. Harry Bernstein, Dom Pedro II, New York, 1973, pp. 93-96, cit. en ibid., p. 29. No debe dejar de subrayarse que el giro proargentino de la política brasileña se debía además a que quien ocupaba la presidencia argentina -el general Mitre- había luchado por años en contra del gobierno de Rosas aliado a los sectores orientales liberales y antirrosistas que a su vez tenían el apoyo del Imperio. 

  28. Ibid, p. 29.

  29. Ibid., p. 30.

  30. El intento más sustantivo por argumentar que los intereses británicos impulsaron la guerra están en León Pomer, La Guerra del Paraguay. Gran negocio, Buenos Aires, 1968, cit. en ibid., p. 30.

  31. Existe una copiosa evidencia a través de los documentos del Foreign Office entre 1865-1870, pero tal vez la declaración más explícita al respecto sea la de Stanley a Stuart, 7 de julio de 1868, F.O. 6/272, cit. en ibid., p. 30.

  32. Thornton a Russell, 6 de septiembre de 1864, F.O. 6/251, cit. en ibid., p. 30.

  33. Doria a Russell, 14 de mayo de 1863, F.O. 6/245, cit. en ibid., p. 31.

  34. Doria a Russell, 25 de mayo de 1863, F.O. 6/245, cit. en ibid., p. 31.

  35. Doria a Russell, 27 de agosto de 1863; 18 de septiembre de 1863, F.O. 6/246 (contiene correspondencia de Thornton a Warren), fuentes citadas en ibid., p. 31.

  36. L. Pomer, op. cit., pp. 236-239, cit. en ibid., p. 31.

  37. E.R.J. Owen, Cotton and the Egyptian Economy, 1820-1914, Oxford, 1969, cit. en ibid., p. 32.

  38. Ibid., p. 35. Señala McLynn que la primera amenaza real a Paraguay debió haber llegado en los años de Rivadavia, pero éste estaba en ese momento absorbido en el conflicto con Brasil. Circunstancias similares impidieron a Rosas actuar más allá de su categórica negativa a aceptar al estado de Paraguay como independiente durante su larga dictadura. Es cierto que Paraguay declaró una guerra a Rosas en diciembre de 1845, que tuvo como eje la actitud rebelde de la provincia de Corrientes hacia el orden rosista, pero las hostilidades terminaron sin un solo disparo intercambiado entre las dos naciones.  Con respecto a la Confederación Argentina de Urquiza, existente hasta 1861, no sólo sus intereses económicos no estuvieron en conflicto con los de Paraguay, como lo estuvieron los de Buenos Aires, sino que también el gobierno de Paraná estuvo involucrado en una agria lucha por la supremacía contra el estado independiente de Buenos Aires. 

  39. J.B. Alberdi, op. cit., VII, pp. 33-34, cit. en ibid., p. 36.

  40. Juan E. Pivel Devoto, Historia de los partidos políticos en Uruguay, Montevideo, 1942, I, p. 370, cit. en ibid., p. 36.

  41. Ibid., p. 37.

  42. Thornton a Russell, 24 de noviembre de 1864, F.O. 6/251, cit. en ibid., p. 37.

  43. Ibid., p. 38.

  44. Los objetivos, premisas y pasos de la diplomacia de Mitre se pueden consultar en Efraím Cardozo, op. cit,, y en Ricardo Caillet Bois, Un año crítico en la política exterior de la Presidencia de Mitre, Buenos Aires, 1946, fuentes citadas en ibid., p. 39.

  45. Doria a Russell, 27 de agosto de 1863, F.O. 6/246, cit. en ibid., p. 39.

  46. Doria a Russell, 25 de septiembre de 1863, F.O. 6/246, cit. en ibid., p. 39.

  47. Doria a Russell, 20 de octubre de 1863; 12 de noviembre de 1863, F.O. 6/246, cit. en ibid., p. 39.

  48. L. Besouchet, Mauá..., op. cit., cit. en ibid., p. 39.

  49. L.Besouchet, op. cit. Ver también Archivo del general Mitre, XIII, pp. 63-370 cit. en Ibid., p. 39.

  50. Mitre a Berro, Archivo del general Mitre, XIII, pp. 334-338, cit. en ibid., p. 39.

  51. Berro a Mitre, 9 de noviembre de 1863, en Archivo del general  Mitre, XIII, pp. 333-334, cit. en ibid., p. 40.

  52. R. Caillet-Bois, op. cit., p. 25, cit. en ibid., p. 40.

  53. Idem nota anterior, p. 29, cit. en ibid., p. 40.

  54. Ibid., p. 40.

  55. Mitre a Paz, 22 de septiembre de 1866, Archivo del general  Mitre, VI, p. 142.  También Thomas J. Hutchinson, The Parana, with Incidents of the Paraguayan War and South American Recollections from 1861-68, London, 1868, fuentes citadas en ibid., p. 41.

  56. Thornton a Russell, 24 de abril de 1865, F.O. 6/255, cit. en ibid., p. 41.

  57. Ibid., p. 42.

  58. J.B. Alberdi, op. cit., VI, p. 445, cit. en ibid., p. 43.

  59. Ibid., p. 43.

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