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A estas alturas, la situación del presidente uruguayo Berro era sumamente complicada: el 6 de mayo de 1864 José Antonio Saraiva, líder de la fracción moderada de los liberales brasileños, llevaba el ultimátum a Montevideo; y el 20 del mismo mes arribaba a la capital oriental la escuadra comandada por el almirante barón de Tamandaré. La falta de caballos le impedía a Berro liquidar la guerra contra Flores. El gobierno de Paraguay había abandonado momentáneamente su decisión de intervenir en Uruguay después de la firma del protocolo Lamas-Elizalde, y además Berro terminaba su período presidencial y no encontraba reemplazante. Interinamente ocupaba la presidencia el titular del Senado, Atanasio de la Cruz Aguirre, manteniendo a Juan José de Herrera en la cartera de relaciones exteriores. (1)
   
Para colmo de males, Berro tampoco pudo obtener respaldo del lado entrerriano. Si bien la inmensa mayoría de los entrerrianos pedía la guerra contra el mitrismo, tenía paradójicamente como principal obstáculo a su propio gobernador Urquiza. Este último terminó su período en mayo de 1864, y el candidato de recambio aparentemente era Ricardo López Jordán. López Jordán estaba a favor de la lucha contra el presidente argentino y tenía mayoría en la Legislatura. Pero Urquiza seguía siendo un peso pesado en la política entrerriana. Logró poner a algunos diputados contra López Jordán e intervino en forma fraudulenta en la elección de los "compromisarios" (integrantes del colegio electoral junto con los legisladores). Constituyendo un colegio electoral adicto, Urquiza logró el nombramiento como su sucesor de su ministro José Domínguez.  Según José María Rosa, una carta de Urquiza a Mitre del 7 de abril de 1864 probaría que el último había pedido a Urquiza que efectuara esta hábil jugada en la política entrerriana. La carta decía: 

Tengo el gusto de participar a V.E. que los candidatos apoyados por mí para electores de gobernador han obtenido una entusiasta e inmensa mayoría contra una oposición compuesta de algunos amigos disidentes y de todos los malos elementos que hay en la provincia. Quiero decir que ha triunfado el principio de orden, de legalidad y de adhesión a la autoridad nacional que forma la base de mi política indeclinable.

Urquiza agregaba en una carta a Mitre del 30 de abril, en que daba cuenta del nombramiento de José Domínguez como gobernador en Entre Ríos: "Es mi actual ministro. Cuenta con todo el apoyo de mi influencia. V.E. contará en él un cooperador decidido". (2) La presión de Mitre sobre Urquiza consiguió pues que el gobierno blanco de Berro no pudiera contar con la alianza de Entre Ríos.

Un paréntesis en el intervencionismo brasileño en la Banda Oriental

Si bien la situación del gobierno uruguayo era muy comprometida, la misión conjunta de Saraiva y Tamandaré en mayo de 1864 debió dar un paso atrás, debido al peso de dos factores no suficientemente analizados por el gabinete imperial: los preparativos bélicos por parte del gobierno paraguayo de Francisco Solano López, quien estaba embarcado en la organización del ejército más grande de esa época en Sudamérica, y la escasa solidez del gobierno de Mitre, que no lograba representar con su partido de la Libertad al conjunto del liberalismo porteño y provincial, pues más que a un partido representaba a un grupo faccioso. Además del problema de la división en Buenos Aires entre "crudos" y "cocidos" en torno de la molesta cuestión de la Capital, el presidente argentino se enfrentaba con el obstáculo de que más allá de su alianza con el entrerriano Urquiza, el colorado oriental Flores y eventualmente con las autoridades imperiales, el resto de los caudillos provinciales "federales" era profundamente antimitrista e incluso simpatizaba con el gobierno paraguayo y con el blanco de Berro. 
   
Ante los preparativos militares del gobierno de López, el barón de Mauá, quien -como sostiene McLynn- tenía intereses financieros en ambas márgenes del Río de la Plata, procuró frenar la alternativa belicista. Mauá  llamó a la reflexión al gabinete liberal brasileño, que según el enfoque revisionista de Rosa,  parecía dispuesto a embarcar al Imperio en una guerra costosa con el gobierno de Paraguay para responder a los intereses ganaderos de los republicanos de Río Grande. Saraiva, convencido por los prudentes argumentos del barón de Mauá, decidió abandonar su postura intervencionista y, aunque reclamó por los excesos de la policía oriental contra los residentes brasileños en el Estado uruguayo, decidió cambiar las "reclamaciones" por frases de amistad. En la versión del paraguayo Cardozo, el ministro de negocios José María da Silva Paranhos, quien había empleado la "diplomacia del patacón" para acercarse a Urquiza en los años previos a Pavón, fue el propulsor del cambio en la actitud tradicionalmente recelosa de la diplomacia brasileña hacia Buenos Aires.
   
Paranhos buscaba afanosamente la alianza con el gobierno argentino, objetivo éste que contaba con resistencias en la mentalidad de la clase política brasileña, que percibía a los estados del Plata como anárquicos y atrasados. La diplomacia imperial inició bajo Paranhos la búsqueda de un acercamiento con Buenos Aires y en contra de Asunción ya desde Pavón. Para lograr erradicar la mentalidad tradicional imperial y conseguir la alianza con Mitre teniendo en vista la amenaza paraguaya, Paranhos debía adoptar una actitud abstencionista en el Estado Oriental, aun contra los deseos del grupo de riograndenses liderados por el general Joao Netto o del jefe de la Liga Progresista, Teófilo Ottoni. Este, agrupando en la misma a liberales y conservadores disidentes, llegó a lamentarse que el monarca brasileño no hubiera tenido "un ministro que, cual Cavour, anexase al Imperio las repúblicas del Plata". (3)
   
Cardozo procura probar la existencia de las nuevas ideas de Paranhos en el órgano conservador Jornal do Commercio, que ya en su número de febrero de 1861, propugnaba abandonar la actitud intervencionista en el Plata con las siguientes palabras: 

Si esta idea homérica de conquista que se lee en la circular del señor Ottoni, pudiese llegar hasta las repúblicas del Plata, y fuese recibida como la expresión de ideas de un grupo político, las sospechas y temores de que aquellos pueblos crecerían y tomarían un carácter de susceptibilidad que más y más dificultaría el sostenimiento de las relaciones amistosas y de confianza en que felizmente vivimos en estos últimos tiempos.
Y si la Liga, de que es jefe el señor Ottoni, subiese al poder, llegaría el caso en que aquellos países se preparasen para una resistencia y para afrontar los peligros de una guerra probable.
La experiencia nos da derecho a no pretender la anexión de aquellas repúblicas, aun cuando fuese solicitadas por ellas. (4)

Mas allá de sus causas -no sería nada desaconsejable combinar las explicaciones del revisionismo y de Cardozo-, lo cierto es que este giro de la diplomacia imperial le permitió al hasta ese momento cercado gobierno de Berro permitirse el lujo de efectuar su propia réplica al gobierno de Río, reclamando por los excesos de parte de las autoridades brasileñas frente a los residentes orientales. Quedaba momentáneamente en suspenso la política intervencionista del Imperio.

  1. Pelham Horton Box, Los orígenes de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza, (edición paraguaya), p. 130, cit. en J.M Rosa, op. cit., pp. 122-123.

  2. Archivo Mitre, II, pp. 64-65, cit. en ibid., p. 123.

  3. E. Cardozo, El Imperio del Brasil y el Río de la Plata..., op. cit., p. 67.

  4. Jornal do Commercio, Río de Janeiro, 22 de febrero de 1861, cit. en ibid., pp. 67-68.

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